CAPÍTULO 23
Había ocurrido ocho años atrás.
El sol de la mañana bañaba el puerto de Nápoles.
En el Palacio del Mediterráneo, un edificio de piedra clara y balcones barrocos, se celebraba una recepción diplomática en honor a un nuevo acuerdo cultural entre diferentes embajadas europeas.
Ilaria Bellini, asesora cultural de comunicación de la Embajada de España en Roma, supervisaba los últimos detalles con la precisión que la caracterizaba.
A su lado, Paolo Ferri, su joven asistente, ajustaba los micrófonos y revisaba la lista de invitados con un gesto nervioso.
A las once en punto, las puertas del salón principal se abrieron para recibir a los delegados.
Todo transcurría con la calma de los eventos oficiales: discursos medidos, copas de prosecco y un cuarteto de cuerdas que amenizaba el ambiente.
Ilaria se permitió un respiro, observando la bahía a través de los ventanales. Nápoles parecía tranquila.
Entonces, todo cambió.
Un ruido seco, metálico, cortó el murmullo del salón. Luego otro, y otro más. Durante un segundo, nadie entendió. Las notas del violonchelo se detuvieron. Paolo fue el primero en reaccionar: «¡Al suelo, Ilaria!»
Uno de los delegados franceses cayó herido sobre una mesa.
Primero sonó el grito de su acompañante, después, el pánico se desató.
Los cristales estallaron cuando una nueva ráfaga de disparos alcanzó las ventanas.
La multitud corrió sin dirección, derribando copas, mesas, banderas.
Ilaria sintió cómo Paolo la sujetaba del brazo y la empujaba detrás de una columna.
El sonido de los disparos rebotaba en las paredes como un trueno atrapado.
—Por detrás, hay una salida al jardín —susurró Paolo—. Tenemos que movernos ahora.
Avanzaron agachados entre los cuerpos que se arrastraban buscando refugio; algunos hombres de los diferentes equipos de seguridad se habían tirado sobre sus líderes, otros se movían agachados, buscando la forma de neutralizar al atacante.
En ese momento, Ilaria lo vio de reojo: un hombre con chaqueta negra y el rostro cubierto por una bufanda, que apuntaba con calma hacia el estrado.
No parecía improvisado; sabía lo que hacía.
Mientras corrían, Ilaria pensó fugazmente en la ironía de aquel acto de «hermandad cultural» convertido en una emboscada.
Llegaron al pasillo lateral, donde el aire olía a pólvora. Paolo empujó una puerta que daba al jardín. Afuera, el ruido se amortiguó. Se escuchaban sirenas a lo lejos. Corrieron entre las fuentes y las estatuas cubiertas de flores, hasta que encontraron refugio detrás de un muro cubierto de hiedra.
Ilaria respiraba con dificultad, las manos temblorosas. Paolo la miró con los ojos abiertos, todavía incrédulo.
—Chi può aver fatto questo? [43] —preguntó ella.
—Si dice che il delegato francese avesse ricevuto minacce per un contratto di opere d’arte rubate durante la guerra [44] —contestó él—. Forse non era solo una voce. [45]
Minutos después, la policía irrumpió en el jardín. Los disparos habían cesado, y el atacante había desaparecido entre la multitud.
Paolo, cuyas funciones hasta ese momento eran administrativas, protocolarias o de apoyo personal, se formó en defensa personal para reforzar su talento natural para anticiparse ante situaciones de emergencia similares a la que se había producido.
En el cruce de Las Cuatro Fuentes se ha desatado el caos.
Son las cuatro y media y el tráfico espeso se ha detenido.
Decenas de viandantes cruzan por en medio de la calle pasando por delante de la puerta de la iglesia, donde se encuentran tirados Valle y Paolo.
Ella se intenta levantar, pero él la tiene abrazada.
Le ha susurrado la historia a intervalos, procurando que la historiadora entendiera el peligro al que están expuestos e intentando destacar su autoridad en ese momento para que ella se destense y se deje llevar por él cuando le indica que son disparos y ella responde sorprendida, incrédula.
Ella alarga la mano para recoger sus gafas, que han caído junto a ellos, y las guarda en su mano.
—A la de tres, nos levantamos y entramos a la iglesia —ordena él.
—Es imposible, mira cómo está la puerta.
En efecto, los turistas que había dentro han comenzado a salir al escuchar el revuelo y pasan por encima de ellos.
—Debemos levantarnos o nos aplastarán. Vamos.
Ni siquiera llega a contar hasta tres. La suelta de sus brazos y, con la que tiene más cerca, le toma la mano libre —la que no sostiene las gafas— y tira suavemente de ella para incorporarla.
Ella introduce la otra mano en el bolsillo, deja las gafas y comprueba que el cuaderno y el móvil sigan en su lugar.
—¡Paolo! No tengo el teléfono.
Ambos miran hacia el suelo buscando el móvil; lo ven a dos metros. Ella corre a cogerlo pese al intento de Paolo por detenerla.
—Está roto —dice al volver.
Entonces levanta la cabeza y se pone las gafas. Un grupo de gente empieza a acumularse alrededor de algo en el suelo.
—¡Paolo!
Él la atrae hacia sí y la guía hacia el interior de la iglesia.
—Paolo, es…
—Lo sé. Espera un segundo.
—Es Isaac.
—Sí. Por eso debemos ponernos a salvo. Quien sea que haya hecho eso puede que nos esté buscando. Espérame dentro.
Valle no accede al interior, sino que lo sigue con la vista. Ve cómo se acerca al cuerpo sin vida del restaurador y, con rapidez, le mete la mano en el bolsillo derecho del pantalón y extrae el manojo de llaves de San Carlos. Antes de que nadie pueda retenerlo, corre de vuelta.
De nuevo, les recibe el silencio del templo vacío.
Valle siente un escalofrío al escuchar el eco de sus propios pasos, devuelto por las paredes onduladas, que contrasta con el bullicio del exterior.
Él la guía hacia el pasillo izquierdo, abre la cancela de hierro forjado con ornamentos y, cuando ambos pasan, la cierra a sus espaldas.
—Vamos. Esa gente le contará a la policía lo que he hecho. Lo mejor, por ahora, es que nos ocultemos.
—Paolo, estas escaleras suben al campanario y a un claustro superior. Puede que haya personas, continúa siendo un centro espiritual y cultural.
Él ya está subiendo. Sabe, por lo que le cuenta Valle, que no tardarán en encontrarse con alguien e idea en su cabeza una excusa.
—¿Sólo al campanario?
—También al claustro, el convento está en la planta de abajo, detrás de la iglesia. —Hace un gesto para que él escuche. —Ahí hay alguien. También se accede a zonas de servicio y mantenimiento del templo.
—Déjame hablar a mí —responde musitando.
—No, yo sabré dar una explicación más realista.
Les faltan seis escalones, todavía no pueden ver de quien se trata, pero Paolo asiente al escuchar las voces.
Terminan de subir y se encuentran de frente con dos hombres, uno va vestido con pantalón y camisa negros; el otro lleva una túnica blanca con un cordón a la cintura.
Susurran, por lo que su conversación es inteligible, pero Valle consigue distinguir que el que va vestido de calle se dirige al otro utilizando el vocativo ministro .
Cruzan las miradas y, cuando ya casi los han sobrepasado sin contratiempos, el ministro se gira:
—Posso esservi d’aiuto? [46] —dice con voz ajada por la edad y marcado acento argentino.
—Soy la restauradora Ana Martínez, colaboradora de Isaac Arlandis. Me ha pedido que revise una grieta en el campanario, este es mi colega Roberto Maselli— Paolo les enseña las llaves.
Ambos contienen la respiración.
—Tengan cuidado, por lo que nos han dicho, ha habido disparos y hay una persona herida ahí fuera.
—Grazie —responde Paolo.
Continúan andando hasta una bifurcación. Un pasillo corto con solo tres puertas y uno largo, con al menos diez puertas más antes de llegar a una esquina.
Cuando los trinitarios están lo suficientemente lejos:
—Valle, debemos ocultarnos. Si ellos van fuera y conocen a Isaac, sabrán que hemos mentido.
—Mejor que nos vayamos de aquí.
—Sí, deberíamos marcharnos de esta iglesia ya.
—No, debemos quedarnos en la iglesia, pero no aquí. Nos han visto; debemos escondernos. Necesito… —Saca el cuaderno de su bolsillo y se lo muestra a Paolo. —En este templo hay algo que necesito comprobar. Igual me equivoco, pero creo que en alguna zona de este lugar está la clave de todo.
Paolo asiente. Valle mira el cuaderno, ve los símbolos y trata de ordenarlos en su cabeza.
—Es algo complicado. Necesito un poco de tiempo.
—Veamos adónde nos lleva este pasillo.
Caminan por el largo, al final hay una puerta señalizada con una pequeña placa de metacrilato como CAMPANARIO. Al llegar al final, giran a la derecha.
Los baños.
—Debe de haber un acceso en esta planta que lleve al convento, que se encuentra a espaldas de la iglesia. Esa es la dirección que debemos seguir —dice Valle—. Creo que será el lugar más seguro.
—Si, como has dicho, esta zona es la de mantenimiento, aquí estaríamos más seguros. Al menos, si nos encuentran, podremos disimular.
—No podremos disimular mucho más cuando los de aquí dentro se den cuenta de que la persona a la que han disparado es Isaac, que es quien tenía las llaves y el acceso. Nuestra coartada se verá desmontada.
Vuelven sobre sus pasos hacia el pasillo corto. Las dos primeras puertas están abiertas y son oficinas. Después de un giro a la izquierda, ven una tercera: es el despacho del ministro.
—¡Paolo! Se oyen pasos.
Ambos se mantienen quietos, sin respirar, hasta que los pasos se sienten más cerca.
Paolo busca con sigilo entre las llaves, manteniéndolas en la palma de su mano para que no hagan ruido.
El sonido, con eco desacompasado de al menos cuatro pasos, se acerca por el corredor, están a unos pocos metros, cerca de la esquina del pasillo tras la que se encuentran.
Al fin, localiza la llave correspondiente.
Entran a la estancia, de proporciones más contenidas que la iglesia, con paredes altas y techos abovedados. Cierran a su espalda. Se escucha claramente lo que dicen en el pasillo. Valle y Paolo se miran, nerviosos. Distinguen la voz de Cavellini y su marcada tos.
—Saranno qui. [47]
Escuchan cómo el maestro responde que de esa puerta solo hay tres copias, la que tiene él, la del llavero maestro que guardan en la sacristía y la del restaurador oficial, Isaac Arlandis.
Para otras zonas hay un juego de llaves que Arlandis deja a sus colaboradores, pero jamás de las estancias privadas como esa en la que se encuentran.
Le revela a Cavellini que se ha cruzado con dos desconocidos, un hombre y una mujer, hace pocos minutos.
—Paolo —susurra Valle mientras él echa la llave de nuevo—, hay otra habitación ahí, debemos escondernos. Vienen hacia aquí.
Al otro lado de la puerta del despacho se oye la voz ajada del ministro y el tintineo de unas llaves, después, la cerradura.
Paolo prueba varias llaves antes de acertar con la que abre. Logran entrar y cierra la puerta a su espalda justo cuando oyen que se abre la anterior.
Se encuentran en una sala modesta, con un armario de puertas de madera oscura, un diván, un tocador antiguo compuesto de una palangana de cerámica y un espejo, varias estanterías con ropa litúrgica, un espejo grande y un aseo separado de la sala con una mampara de cristal.
A Valle le recuerda a un camerino más que a la típica habitación anexa a la sacristía para que los sacerdotes y el personal litúrgico se cambien de vestimenta.
De pronto, oyen voces que se acercan. Detectan nerviosismo y prisas en ellas.