CAPÍTULO 22
La iglesia de San Carlino, desierta hace apenas media hora, ha comenzado a atestarse de turistas que deambulan por los pasillos y la nave central. Isaac se muestra más nervioso por momentos.
—Debo irme. Debemos marcharnos ya.
El tacto suave de la cubierta de piel del cuaderno entre los dedos de Valle le recuerda algo. Duda entre preguntar o no, pero sabe que Isaac tiene más información de la que les está dando y la causa no es otra que el pánico que siente.
—¿Qué pudieron descubrir que fuera tan importante? ¿Por qué la asesinaron? Un simple cuaderno no pudo provocar el odio que desencadena un asesinato.
—No me lo dijeron.
Isaac mira por un segundo a Valle a los ojos y ella descubre la verdad en los del restaurador.
—¿Le dijeron dónde encontraron ese cuaderno? ¿De qué trataba?
Isaac respira profundamente, mueve el peso de su cuerpo de un lado a otro varias veces, desliza su mirada con rapidez de un grupo a otro.
—No sé nada más. Lo siento. Desde la muerte de Valentina he acudido de una iglesia a otra, les he podido ver a ustedes hacer lo mismo.
Sé que Sant’Ivo tenía algo importante para ellas, porque fue el último lugar en el que Valentina estuvo.
De Chiara no sé nada. Esperaba que se pusiera en contacto conmigo, pero no lo hizo.
Después, pese a conocer el peligro al que estoy expuesto por haberlas ayudado, llamé varias veces a su teléfono.
Está apagado. No recibe mis mensajes. Eso me hace pensar que, o bien está muerta, o bien se deshizo de él.
Esto último tiene bastante sentido si, como pienso, detrás de todo esto se encuentra alguien influyente, una persona sin escrúpulos y con muchos medios para conseguir su objetivo.
—¿Quién? ¿Cuál cree que es su objetivo?
—Sinceramente, no tengo ni idea. Posiblemente que ellas dejaran de investigar. O puede que quisiera recuperar ese cuaderno. Según me dijeron, es antiguo, de hace siglos, y, en ese caso, su valor sería incalculable.
—¿Dónde encontraron el cuaderno?
Isaac barre con la mirada la nave central y el presbiterio, apenas visible desde su posición.
—Cuando yo estaba con ellas, los responsables de la iglesia nos dejaban recorrer todos los lugares.
Me he ganado la confianza de muchos con mi trabajo.
No me contaron exactamente dónde lo encontraron.
Al principio me movía la curiosidad, quería saber qué hacían, qué buscaban.
Con el tiempo, confié en ellas. Mientras realizaban sus estudios yo iba de aquí para allá, buscando zonas que pudieran necesitar una reparación, así justificaba cara a los supervisores nuestras largas estancias en ellas.
—¿Por qué cree que lo siguen a usted?
—Como he dicho antes, creo que puede que el responsable de la muerte de Valentina sea alguien relacionado con la comunidad eclesiástica. Yo estuve con ellas. Era quien las acompañaba y quien les daba paso. Gracias a mí encontraron el cuaderno.
—¿Cree que se lo pudieron decir a alguien?
—No tengo ni idea. Eran muy responsables, además, por su entusiasmo sé que el cuaderno contenía algo importante. Lo siento, me tengo que marchar.
El restaurador echa un rápido vistazo a los visitantes de la iglesia.
Algunas personas se han sentado en los bancos y el párroco se dispone a dar la misa.
Se gira hacia ellos y hace un rápido asentimiento con la cabeza.
Se pone las gafas de aviador y abre de nuevo la cancela, espera a que salgan y la cierra de nuevo.
Aunque está a un paso de la puerta, da la vuelta y sale por la zona menos concurrida, variando su velocidad a intervalos, como si quisiera salir corriendo y de pronto los pies se le convirtieran en cemento.
Paolo coge a Valle por el codo.
—Será mejor que nos marchemos —dice.
—No, espera. —Saca el cuaderno del bolsillo y abre por la primera página.
—Estos símbolos y estas anotaciones corresponden a esta iglesia.
Creo que llevan a algún lugar dentro de ella.
¿No crees que es posible que primero lo encontraran y después, siguiendo sus indicaciones, dieran con el resto de los artículos del cofre?
—Recuerda la llamada de Ilaria y la del número desconocido. —Dame un segundo, salgo y la llamo.
—Voy contigo.
Contagiados por el nerviosismo de Isaac, observan a los turistas con cierto recelo.
Procuran pasar lo suficientemente lejos de cualquiera de ellos como para poder ser atacados.
Paolo hace que Valle camine por delante de él, pero la rodea con sus brazos y la protege con su cuerpo.
Ella se gira un momento para pedirle, con la mirada, que se tranquilice.
En una mano lleva el móvil junto con los documentos que le ha dado el restaurador; la otra la lleva dentro del bolsillo, con el cuaderno entre sus dedos.
Poco antes de llegar a la puerta, la pantalla del móvil se ilumina.
Vuelve a ser el número desconocido con prefijo de Italia.
—Debo cogerlo.
—Ya casi estamos.
Segundos antes de cruzar la puerta que da al exterior, un ruido metálico, potente y seco, seguido de otro idéntico un segundo después, les hace detenerse. Paolo abraza a Valle y se lanza al suelo de espaldas, poniéndose con rapidez de medio lado con ella entre sus brazos.
Valle jamás ha oído un arma dispararse.
Él sí. Y sabe cómo suenan dos disparos.