CAPÍTULO 21
A la vez que Valle y Paolo ven emerger de entre las sombras al individuo del chaleco verde y gafas de aviador, el teléfono de Valle suena.
Quiere quitarle la voz, apagarlo, que esa canción de Viva Suecia, que le encanta, deje de sonar contra las paredes de apariencia flexible de la iglesia, pues devuelven la melodía y la amplifican.
Logra bajar el volumen y mira la pantalla.
Es Ilaria. Ella sabía perfectamente dónde estaban y lo que iban a hacer.
Acaba de llamar a Paolo, debe de ser algo importante. Muy importante.
No le da tiempo a responder. El hombre de verde duda entre si acercarse o no.
—Deja el móvil —le dice Paolo en un susurro aumentado por el efecto hueco de la iglesia desierta.
Antes de que lo pueda meter de nuevo en su bolsillo, la melodía suena de nuevo y ve que se trata de un móvil italiano, pues le sale el prefijo +39. Se lo enseña a Paolo.
—Debo cogerlo.
Paolo sacude la cabeza cuando ve que el hombre de verde se acerca a ellos.
Ella quita el sonido al móvil y lo guarda. De pronto siente un miedo aterrador que le bloquea los músculos. Percibe cómo su mandíbula se agarrota y el frío natural de la iglesia penetra en sus huesos. Apoya el hombro sobre el brazo de Paolo buscando refugio.
—¿Puedo saber quién es? —dice el individuo, señalando al asistente.
—Está conmigo —responde Valle sin querer explicar nada más de momento.
—¿Quién eres tú? —pregunta Paolo.
—Solo quiero saber si eres de confianza —responde quitándose las gafas de sol.
Está frente a ellos y de pronto en su tono de voz Valle detecta el mismo miedo que a ella le oprime la garganta.
—Es de confianza, dime de una vez lo que quieras decir —invita Valle.
El hombre guarda sus gafas en el bolsillo de la camisa que lleva debajo del chaleco, que se abulta ligeramente.
Valle se da cuenta de que la prenda está bastante abullonada por el centro, en forma rectangular.
Hace una mueca de extrañeza. Él se toca el pecho y los papeles que lleva escondidos crujen.
Sin darle más importancia, mira hacia la puerta, por la que está entrando un grupo de turistas con su guía, y señala con los brazos hacia el pasillo lateral en el que se encontraba unos minutos antes.
Valle se da cuenta de que tiene una pequeña herida en la ceja, acompañada de un moretón en el mismo ojo, fruto, seguramente, de la pelea el día anterior con Paolo.
—Mejor que nos resguardemos.
Se coloca detrás de un pilar, desde donde puede controlar la entrada sin apenas ser visto, y sigue indicando con sus gestos para que Valle y Paolo se sitúen al lado contrario, en la galería.
Aunque mira fugazmente hacia ellos, su objetivo principal es la puerta.
Valle percibe el miedo que siente y se contagia de él.
Paolo sigue en tensión, vigilando y analizando al personaje, sin fiarse de él.
Baja la voz en un susurro casi inaudible:
—Soy Isaac Arlandis, restaurador. Coincidí con Chiara en el Doctorado de Patrimonio Cultural. Para su proyecto necesitaban mi ayuda y durante unos meses trabajé con ellas. Hasta que ocurrió lo de Valentina.
—Exactamente, ¿cuál era la labor que usted desempeñaba? —pregunta Valle.
Arlandis mete su mano por debajo del chaleco y extrae los folios que Valle había intuido y se los entrega. Ella alisa la superficie arrugada y después mira la portada, en la que se lee:
El Barroco romano y la arquitectura de Francesco Borromini: análisis formal, estructural, iconográfico e intervención patrimonial, por Chiara Ruggieri. Universidad: Sapienza.
—Trabajaba en este proyecto —explica Isaac—.
Tenía una beca doctoral con salario durante tres años, una asignación adicional para viajes de investigación, financiación de estancias en archivos…
Yo soy restaurador y conozco las zonas ocultas en algunos de los edificios que ella estaba analizando.
Su investigación arquitectónica iba más allá de lo que cualquiera podía descubrir a simple vista.
Ella tenía un objetivo claro que implicaba preguntas incómodas y una metodología efectiva, aunque cuestionable…
Cuando acudió a mí, hace aproximadamente cuatro meses, su trabajo estaba muy avanzado.
Ya había visitado todos los edificios según las normas establecidas. Necesitaba más. Había descubierto algo…
Se mueve con rapidez hacia la parte interna del pasillo, donde se encuentran Paolo y Valle y desde donde no se ven más que la nave lateral, el altar, el presbiterio y el pasillo del lado contrario, por el que deambulan los turistas.
Se asoma de forma tan sutil que sería imposible percibirle desde la entrada, pero él parece verla a la perfección.
—Esto es muy peligroso —afirma sin siquiera mirarlos.
—¿Cree que lo están siguiendo? —pregunta Valle.
—No lo creo, lo sé. Y a ustedes también. Estoy seguro.
Sin dejar de mirar hacia todos lados, en especial hacia la pareja de mediana edad que ha cruzado la puerta y ha llamado su atención, se gira para señalar el documento.
—Tenía acceso a archivos, iglesias, bibliotecas y otros edificios relacionados con el estudio que llevaban a cabo, su profesor tenía buenas conexiones. Pero había descubierto algo, un cuaderno, me dijo, que tenía una fórmula para abrir una puerta secreta.
Valle acaricia, con la mano en el bolsillo, la cubierta de cuero con el pulgar y después lo aferra con fuerza.
—Un momento —interrumpe Valle—, ¿dice usted que conocía a Chiara? Y a Valentina, ¿no la conocía?
—Chiara iba siempre con una chica —responde Isaac, mirando a los ojos a Valle detrás de sus gafas rojas de pasta—.
Era un poco más joven, una estudiante de carrera.
No sé cómo se llamaba. Bueno, no lo sabía entonces, porque después vi en las noticias lo de Sant’Ivo.
Ellas pasaban demasiado tiempo allí. Chiara me pidió que les enseñara cómo acceder al interior de la linterna.
Les enseñé todos los recovecos, pasillos de servicio, estancias que no se visitan habitualmente.
Es curioso que nadie haya mejorado la vigilancia en esa iglesia después de que apareciera un cadáver en medio del patio, ¿no les parece?
—Supongo que porque siguen pensando que fue un suicidio —miente Valle, sabiendo que la investigación de Cavellini va enfocada a un posible asesinato.
—¿Alguien que se suicida desde el balcón, al que solo se accede por pasillos y escaleras semiocultas? Aunque hubiera sido así, deberían haber reforzado la seguridad.
—Pero… No le entiendo —dice ella—. ¿Qué es lo que nos está sugiriendo?
—Creo que la Iglesia puede tener algo que ver en todo esto. Y a ellos no les interesa que haya vigilancia en «su casa».
—¿A ellos?
Él solo asiente. Valle mira a Paolo, que sigue escrutando con la vista a Isaac.
—No nos ha respondido a la pregunta —indica el asistente—. ¿Cuál era su labor?
Valle se muestra contrariada, el restaurador sí les ha respondido de alguna manera a esa cuestión.
—Soy restaurador, les guiaba por pasillos que casi nadie conoce, algunos de ellos vetados al público, incluso para quienes disponían de credenciales.
Paolo asiente. Isaac vuelve a asomarse por detrás del pilar. Un segundo después se esconde, frota sus manos en las perneras del pantalón, su respiración se vuelve agitada y empieza a sudar.
—Debemos irnos de aquí. Síganme.
Lo acompañan hasta una escalera de caracol situada a la derecha de la puerta de salida.
Se mueve como un lince herido, buscando ser sigiloso en sus movimientos torpes.
Extrae un conjunto de llaves del bolsillo derecho de su pantalón, con un llavero de plástico en el que pone el nombre de la iglesia, y abre la cancilla que limita la entrada de turistas a la zona privada: campanario y salas de servicio.
—Habían descubierto un cuaderno —expresa con nerviosismo—; las llevó a algo más.
No me dijeron qué. Fue aquí, en San Carlino.
Después, alguien las empezó a seguir. Quizás fuese antes, puede que ya las estuvieran siguiendo cuando vinieron a mí.
El caso es que estaban en peligro. Los tres recibimos, de distintas maneras, un mensaje claro:
Hay cosas que no deberían desenterrarse. Un día después, esa chica, Valentina, estaba muerta.