El secreto de Olimpia OLIMPIA
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OLIMPIA

Me llama la atención que tía Valle le contara a la periodista lo del internado.

Sé que para ella la historia familiar estaba guardada con minuciosidad.

Apenas quería hablar de lo sucedido. Que mi abuelo desapareciera de forma misteriosa y mi abuela los criara a ella y a papá de forma tan distinta fue traumático.

Muchas veces le he preguntado sobre las razones por las que la ingresaron en ese colegio. Nunca he obtenido una respuesta.

Recuerdo que en las celebraciones familiares todos fingían serenidad.

En mi entorno, cuando era niña, siempre hubo alegría, mi tía jugaba conmigo cada vez que nos veíamos y siento añoranza.

Con todo, cuando me hice más mayor, las reuniones eran cada vez más espaciadas, y más solemnes.

Pensé que era parte del crecimiento, que esa unión entre nosotros era firme pero que no se mostraba en forma de cariño.

Pero cuando estaba a solas con mi tía, todo cambiaba.

Cierto es que mi abuela nunca ha sido prolija en besos ni abrazos.

Tampoco papá, ahora que lo pienso. Entre las fotos de mi tía que ella me enseñaba a menudo, en su gran álbum de tapas de terciopelo, siempre se detenía unos instantes en una foto de ella, con unos seis o siete años, con su padre.

Solo me decía que había desaparecido. No era capaz de verbalizar nada más; acariciaba su imagen con la yema del dedo como si no quisiera estropear el plástico que la cubría.

Después seguía pasando las hojas de cartón con las fotos pegadas. Alguna vez sonreía.