CAPÍTULO 19
Ilaria da un respingo cuando recibe el codazo de Valle en la cintura. La historiadora señala con la mirada hacia la galería lateral en la que se encontraba el hombre. Pero ya no hay nadie.
—Estaba ahí —indica en un susurro—. El hombre del café, el hombre de ayer… Estaba ahí.
Ilaria arquea las cejas y se gira, buscando. Valle la imita y, tras unos segundos, se encamina hacia la salida. La diplomática la sigue. En la puerta encuentran a Paolo, que fuma un cigarrillo apoyado en la fachada.
—¿Has visto? —pregunta Valle con la respiración entrecortada—. El hombre con el que te peleaste ayer. ¿Lo has visto?
Él se encoge de hombros.
—Acabo de llegar, me ha costado mucho aparcar.
A Valle le extraña que el asistente se haya molestado en buscar aparcamiento, cuando siempre deja el coche donde le parece.
Ve el vehículo oficial de los policías que Cavellini les ha puesto, que han quitado una de las cadenas de los bolardos de hierro fundido que protegen la acera, situada en el mismo lado de la calle que la iglesia, en toda su extensión y se acerca al coche policial, se asoma por la ventanilla del conductor.
Antes de hablar puede ver que los policías están viendo vídeos en el móvil del que está sentado en el asiento del copiloto.
Al verla, bloquea rápidamente el teléfono y lo guarda en su regazo, entre sus manos.
—Agenti. Avete visto uscire qualcuno dalla chiesa? [38] —pregunta, sin esperar respuesta verbal al ver la cara de asombro de los agentes.
Se aparta del coche y mira hacia ambos lados de la calle que, aunque estrecha, tiene una longitud suficiente como para que el hombre al que Valle ha visto haya tenido que correr si no quería ser visto.
Sin embargo, el chaleco verde oliva de punto con el que iba vestido lo delata al final de la calle, en la piazza Vidoni, parado, mirándola.
Esa quietud, esa posición estática y ese gesto serio, hacen que sienta un escalofrío y duda de si ir o no. Mira a Ilaria, que está detrás de ella.
—Es ese. ¿Lo ves?
La diplomática asiente y ese gesto sencillo le da fuerzas a Valle para correr hacia él, valorando a cada zancada si lo que está haciendo es una temeridad, ya que él la espera.
Todavía a pocos metros de la iglesia puede escuchar cómo Ilaria alerta a la policía y las puertas cerrarse a sus espaldas.
Los tres le gritan que se detenga, los policías le piden que los deje a ellos.
Pero no lo hace. Cuando está a dos metros del individuo puede ver cómo él cambia el peso de una pierna a otra y mira a los lados. Está valorando escapar.
—Chi sei? Cosa vuoi? [39] —grita Valle, desbordada.
—San Carlino. Es tu siguiente paso. Te espero allí a las tres de la tarde. No traigas a la policía.
Valle se detiene en seco. Él corre y desaparece al final de la plaza, girando hacia el corso Vittorio Emanuelle II. Los policías la rebasan. Ilaria y Paolo llegan a su lado cuando ve a los agentes girar hacia la derecha igual que el individuo.
—¿Qué te ha dicho? —pregunta él.
Valle calcula la respuesta. No le ha pedido que vaya sola, solo que no vaya con la policía.
—Quiere que nos veamos en San Carlos.
—¿Quién es? —cuestiona Ilaria.
—No lo sé.
—No debes ir. Nos ha estado siguiendo. Es peligroso.
Con el cuaderno de cuero entre sus dedos, en el bolsillo de la chaqueta de punto, Valle intenta tomar una decisión y valora la respuesta.
—Debemos ir.
—No podemos ir, Valle. Olvídalo. Se lo diremos a Cavellini y ellos se encargarán.
Ven a los agentes al final de la plaza, volviendo hacia ellas.
—Si se lo decimos, no conseguiremos nada. Tienes que ir a la embajada, no puedes inmiscuirte en esto. Deja que Paolo me acompañe.
Ilaria piensa.
Valle la mira un par de segundos. Después, clava sus ojos en Paolo y se acerca tanto como para que los policías, que ya están llegando, no la puedan oír.
—No hay tiempo. Necesito que confíes en mí. ¿Lo harás?
Él asiente con un breve gesto de cabeza acompañado de una ligera subida de hombros.
—¿Dónde está el coche?
—Al final de la calle, casi en la puerta del Teatro Argentina.
—Espérame allí con el coche arrancado. Vamos, vete. —Le da un golpe suave en el brazo, aunque él no se mueve. Los policías están llegando al punto en el que se encuentran. Paolo mira a Ilaria.
—Ve —le dice ella.
Él duda y después asiente.
Valle valora cómo actuar. Si corre, ellos se alarmarán y no la dejarán escapar.
—Entremos de nuevo.
Uno de los agentes informa por teléfono a Cavellini de lo sucedido. El otro da por radio el aviso, con la descripción del hombre. Valle les indica con un gesto que van a volver a entrar.
El oficio está terminando.
—Ilaria, he visto el coche fúnebre en la plaza.
Tiene que hacer marcha atrás para recoger el féretro.
Cuando lo haga, la policía no podrá mover su vehículo.
Aprovecharé el revuelo que se va a formar cuando saquen el ataúd, pues todos saldrán a la vez después.
Entiendo que la familia se quedará junto al coche fúnebre, por lo que se hará un tapón.
Yo correré hacia atrás, al contrario del sentido de circulación, si ellos vuelven a subirse al coche, mirarán hacia adelante, que es adonde irán las personas de forma natural, al ser el sentido de la marcha, es más probable que hayan aparcado hacia ahí.
Tengo que pedirte, aun así, que los distraigas, por favor.
—No quiero que te pongas en peligro.
—Estaré con Paolo. Estaré bien.
Ilaria piensa. El cura levanta las manos y dice las últimas palabras: «… andate in pace.» [40] Comienza un revuelo sordo al levantarse la gente de los bancos de madera.
—De acuerdo, pero me vas informando de todo lo que ocurra. Iré a la embajada. Aunque ellos se van a dar cuenta de que no voy con Paolo, y de que no estás tú.
—Se darán cuenta. Nos buscarán, pero no nos encontrarán. Finge que me he escapado en un descuido. No quiero que tengas más problemas por mi culpa.
Ven cómo el párroco avanza por el pasillo hacia la puerta, dos asistentes de la funeraria empujan el carrito hacia el mismo lugar.
—Llega el momento. Ve hacia los policías cuando empiece a salir la gente, todo va a salir bien.
Valle abraza a Ilaria como si con su cuerpo pudiera infundirle valor, el rostro de su amiga representa la preocupación y el miedo. Cuando se separa de ella, camina hacia uno de los pasillos laterales, por donde un grupo espeso de personas se dirige hacia la salida.
Se alegra de algo que siempre le ha fastidiado, su escasa altura, porque con solo agachar la cabeza queda oculta entre el resto, sin apenas llamar la atención.
Debe esperar un momento, pues cada persona que sale se detiene a dar el pésame a los padres, que se han parado a la izquierda de la puerta, un golpe de suerte que aprovecha para deslizarse y salir hacia la derecha.
De un vistazo rápido ve a Ilaria hablando con los policías, que no están dentro del coche, pero ella se las ha arreglado para ponerse de tal forma que para escucharla den la espalda a la vía de escape de Valle, lo que esta aprovecha para caminar con calma.
Se dirige hacia el cruce de la via del Sudario con la via di Torre Argentina, donde Paolo la espera.
Cuando está llegando al final de la calle, escucha la voz de uno de los policías a su espalda.
—Signorina Moliner, si fermi! [41]