CAPÍTULO 18
Ella sabe que es una idea absurda. Pero el relámpago helado que ha atravesado su cuerpo en el instante en el que lo ha pensado la ha dejado sin aliento.
Le da una vuelta. Su sospecha no es infundada, alguien ha robado el cofre de la embajada y lo más factible es que esa persona conozca el funcionamiento del edificio diplomático, así como la ubicación del despacho de Ilaria y de la caja fuerte.
«¿Cómo podían saber que no lo llevaba yo en el bolso? Dejarlo en la caja fuerte fue una decisión de última hora, ni siquiera Paolo lo sabía.»
Recuerda la frase que les dejó Chiara: « Los que nos persiguen tienen muchos rostros. Cuidado.» Y se tranquiliza. Puede haber sido cualquiera.
Su llegada a la embajada causa un revuelo lógico después de lo sucedido.
Jamás nadie había entrado sin permiso al edificio.
Y menos aún había sustraído algo de la caja fuerte de uno de los despachos.
Ni de ninguna parte, en realidad. Así que, cuando Ilaria cruza la puerta de entrada, los vigilantes acuden a su encuentro y comienzan un parloteo que a Valle le recuerda al de los polluelos en el nido.
La embajadora de España en Roma, Alejandra Santamaría, la espera en el pasillo que da acceso a todos los despachos, incluido el de suyo.
Está junto a su mano derecha, el ministro consejero Ignacio Relinchón.
—Bellini —indica Santamaría, con un tono de voz firme pero suave—, vamos a tu despacho.
—Claro.
Ilaria se adelanta a Valle para ponerse junto a la embajadora, justo detrás va Relinchón, la historiadora cierra la comitiva.
Desde su perspectiva, ambas mujeres tienen aproximadamente la misma altura, la embajadora viste traje de chaqueta y pantalón, de líneas modernas, y lleva el pelo largo y liso en una coleta baja de la que solo escapan un par de mechones que caen sobre la frente.
Aunque se conocen y siempre ha sido muy correcta, debido a la urgencia e importancia del asunto no la ha saludado, eso le extraña, por grave que sea lo que ha ocurrido.
Una vez en el despacho de Ilaria, con Cavellini y un equipo de la científica trabajando sobre el terreno, Alejandra Santamaría se retira al extremo derecho del fondo del despacho junto a Ilaria.
—Lo que ha ocurrido es insólito —dice—. En primer lugar, el capitán me ha informado de lo que han robado de la caja fuerte. ¿Qué hacía ese objeto ahí? Según él, por lo que le habéis dicho vosotras, el cofre contenía artículos de un valor incalculable debido a la época a la que corresponden…
—Así es —interrumpe Ilaria con la voz suave y dulce de siempre—, Valle y yo lo habíamos encontrado siguiendo la pista que nos ha dejado una amiga de la juventud.
Cuando termina la frase se da cuenta de lo ridícula que puede haber sonado.
Mira a Valle, que está junto a Cavellini e Ignacio con la mirada puesta en el interior de la caja fuerte y la mano metida en el bolsillo de su chaqueta de punto.
Puede percibir cómo coge con fuerza el cuaderno que no han logrado sustraer.
—Pero ¿en qué andas metida? —recrimina Santamaría.
—Ha sucedido todo demasiado rápido. Ya he hablado con Valle esta mañana. Ni siquiera deberíamos habernos involucrado tanto… Mi casa…
—El capitán me ha puesto al día. Es inaudito. Siento que haya ocurrido, aunque debes comprender que algo así nos puede afectar mucho. Y no quiero que eso ocurra. Así que silencio total sobre el tema. No se comenta absolutamente nada con nadie.
—Por supuesto.
—Por ahora no os van a detener. He tenido que negociarlo con él. Hemos llegado a la conclusión de que puede que sea mejor para la investigación.
—Eso piensa Valle.
La embajadora asiente, pero con el rostro empañado por las dudas.
—El capitán me ha indicado —añade— que su equipo ya ha realizado todas las fotografías y ha recogido las muestras necesarias en tu domicilio. Puedes encargar que lo limpien. Si no, te envío yo a alguien.
—No hay problema con eso. Nuestro asistente de casa lo hará. Voy a avisarlo para que no se asuste al llegar.
Ilaria se aparta. Santamaría se dirige con determinación hacia Valle, que está delante de la mesa con el ministro.
—Si quieres seguir involucrándote en todo esto, eres libre. Pero no permitiré que ningún miembro de mi equipo haga de investigador privado y se salte todos los protocolos morales y lógicos. Habéis cometido un delito.
—Las decisiones tomadas desde ayer, buenas o malas, fueron todas mías.
—Como si Ilaria fuera una niña. Ella tiene capacidad de decidir.
Relinchón se ríe la respuesta de su jefa, a Valle ya le parecía un pelele. Ahora, más.
—Por supuesto — responde—. Me refiero a que está abrumada por la muerte de Valentina. Y el descubrimiento del cofre con las reliquias fue algo que nos sobrepasó a las dos. Dejarlo aquí fue la decisión más sensata, por mucho que me doliera ayer aceptarlo y por mucho que me enfaden las consecuencias.
La embajadora asiente, sin embargo, su rostro sigue siendo rígido.
Valle no sabe cómo hacerle entender que todo ocurrió de forma fortuita y que apenas tuvieron tiempo para pensar.
Se dejaron llevar por la urgencia y las decisiones que tomaron eran las naturales en esos momentos.
Sigue con la mano en el bolsillo de la chaqueta, apretando con firmeza el cuaderno.
Como si fuera un secreto, como si todavía nadie supiera que lo tiene.
Calcula de nuevo quién lo sabe y qué probabilidades hay de que se lo reclamen.
Si Cavellini no ha dicho nada, ni Ilaria lo hará.
Lo necesita. Está segura de que es el siguiente paso.
Después de unos segundos en los que ambas se mantienen la mirada, Valle se gira hacia Ilaria, que permanece a poco más de un metro, petrificada. La embajadora se da cuenta y se acerca a ella.
—No puedes seguir protegiendo determinadas cosas, Ilaria.
—No las estoy protegiendo.
—Entonces tendrás que decidir de qué lado estás.
Ilaria levanta la mirada hacia Valle.
—No vuelvas a hablarme de eso —responde en un tono cargado de ira.
Alejandra permanece en silencio unos segundos.
—Como quieras.
Se miran, recelosas, durante unos segundos.
Valle ha visto la escena, ha podido escuchar algunas palabras, pero no les encuentra conexión.
Se acerca a ellas al ver que han terminado la conversación.
Observa a la embajadora, brazos en jarra, cuando se ilumina la pantalla de su smartwatch.
Con un gesto rápido, desliza el mensaje de WhatsApp para que no se aprecie.
En la diminuta pantalla se aprecia un dibujo geométrico sobre fondo blanco.
Es un círculo dibujado a mano alzada atravesado en su interior por varios trazos angulosos.
A Valle le resulta familiar, pero apenas ha tenido tiempo de verlo, pues Alejandra se da la vuelta y sale del despacho.
Después de más de dos horas, el capitán las reúne para informarles de que han podido comprobar que la electricidad se cortó el tiempo suficiente para distraer a los vigilantes y acceder al despacho.
En una serie de movimientos orquestados, la luz volvió a tiempo de abrir la caja fuerte.
Los generadores auxiliares no llegaron a arrancar.
El tiempo programado para hacerlo es de diez minutos.
Por lo que sospechan que quien ha perpetrado el robo conoce las instalaciones a conciencia.
Así como la contraseña de la caja fuerte.
Aunque hay personas capaces de descodificarla, dudan que sea el caso.
Ilaria declara que solo ella sabe la combinación de la caja, ni siquiera se la ha dicho nunca a su marido.
A Valle le parece que su amiga se pone demasiado nerviosa al realizar esa afirmación y vuelve a sospechar de la inocencia de Erik con respecto a un posible maltrato.
Quizás no físico. Pero no es el único tipo de maltrato.
Cavellini vuelve a recordarles, antes de marcharse, que, si ocultan algún descubrimiento más, las detendrá.
Valle le explica cómo encontraron el cofre, promete comunicarle cada detalle y le agradece que le deje quedarse con el cuaderno, le promete que, una vez logre descifrar lo que cree que oculta, se lo notificará.
También le informa de que irán al funeral y después a San Carlino.
El capitán insiste en que dos oficiales las acompañen y, aunque ellas no quieren, él no admite discusión.
Así recibirá información de primera mano y, además, estarán protegidas.
Después se da la vuelta y se marcha acompañado de su tos.
En el coche, de camino al entierro de Valentina, única y última licencia que ha obtenido Ilaria por parte de Alejandra, Valle insiste en entender lo que ocurre en el matrimonio de su amiga.
—Ilaria, ¿qué tal se lleva Erik con tu familia?
—Bien —responde la italiana sorprendida, luego carraspea—.
Bueno, últimamente no me acompaña siempre a las reuniones familiares.
En más de una ocasión hemos discutido minutos antes de salir y ya no ha venido.
Mi madre ha notado que algo ocurría, aunque yo lo haya justificado, claro.
Mis hermanos no me dicen nada, aunque las pocas veces que coinciden con él, apenas le dirigen la palabra. Si mi padre supiera…
La frase se ahoga con las lágrimas que brotan sin permiso. Ella gira la cabeza hacia la ventanilla y se aparta el pelo de la cara, de paso se limpia con el reverso de la mano.
—Lo siento, no tiene que ser fácil. Tu padre era tan… alegre. Me acuerdo muchísimo de él. Solo lo conocí durante aquellos días de intercambio, hace ya tanto… Pero lo recordaré siempre con mucho cariño.
Ilaria niega, una negación hacia su propio dolor. No añade nada más. Valle cruza la mirada con Paolo a través del retrovisor. Le preguntará a él sobre Erik. No se fía del trato que puede estar dándole a su amiga, quien no pediría ayuda. Como tantas mujeres.
La Chiesa di San Giuliano dei Fiamminghi está en el centro histórico, cerca de corso Vittorio Emanuele II. Es pequeña, pero está repleta de gente, aunque se respira un ambiente íntimo.
Los policías que Cavellini ha asignado para la vigilancia de las dos amigas estacionan en la puerta. A Valle le asombra que Paolo no lo haga, sino que se marcha.
La humedad al entrar a la iglesia transporta a Valle a otra época. Arropada por el silencio, la visión del ataúd de Valentina frente al altar la sobrecoge.
Valle percibe la nota de incienso, el eco húmedo en las paredes y la textura de piedra; el siglo XVII regresa a su mente como un perfume derramado.
Ilaria se dirige hacia los padres de Valentina, sentados en el primer banco de la izquierda, junto al féretro.
No se levantan, Valle aprecia que, aunque quisieran, no podrían.
Se aprecia la extenuación, la tristeza, el dolor infinito que les cala hasta los huesos.
Valle también se acerca a ellos y les da el pésame, como Ilaria, con mucho cariño y mucha brevedad.
Después, ambas se sientan junto a los padres de Chiara.
El padre se dirige a ellas sin saludo previo y se expresa en español, para sorpresa de Valle.
—No sabemos nada de ella desde hace una semana. Cuando nos llamaron para ir a identificar el cuerpo, pasamos uno de los peores momentos de nuestra vida. Pero después tampoco se ha puesto en contacto con nosotros.
— Creemos que está viva pero que puede estar en peligro —responde Ilaria en voz baja—. Aunque no se haya hecho oficial, la muerte de Valentina no es un suicidio.
Una campanita indica que el oficio va a comenzar, lo que no evita que el padre de Chiara realice la pregunta que le quema en los labios:
—Come fai a sapere che potrebbe essere viva? [37]
Ilaria se encoge de hombros. No tiene una explicación real.
Todo lo que puede pensar está influenciado por lo que le ha dicho Valle, que está a su lado y no se pronuncia.
El párroco ha comenzado la misa y una mujer del banco de delante los ha mirado con insistencia durante las últimas palabras que se han pronunciado en voz alta.
El funeral es conmovedor. Valle se deja llevar por la emoción de Ilaria y el ambiente de tristeza creado por los asistentes.
La muerte de una persona joven es capaz de removerte las entrañas, de hacerte cuestionar la vida y el tiempo que se pierde en cosas sin importancia.
Cuánto sufrimos por nada, de eso es de lo que se da cuenta Valle.
Se seca una lágrima con el dedo índice por debajo de sus gafas de pasta roja y, al levantar el rostro, algo le llama la atención entre los bancos.
Alguien. Un tipo con gafas de aviador. Es curioso que no se haya quitado las gafas de sol.
El interior de la iglesia es luminoso, pero no es suficiente para justificar un complemento como ese.
Bajo la mirada de Valle, el hombre se quita las gafas y ella vuelve la vista al frente cuando se cruza con la mirada del hombre.
Pero con el rabillo del ojo percibe que él no le ha quitado la vista de encima.
Al mirarlo de nuevo, ahoga un grito entre sus manos.