CAPÍTULO 17
El teléfono de la casa suena. Ilaria cruza una mirada larga con Valle y tarda en reaccionar, pero después hace un gesto con la mano, disculpándose, y entra, para salir poco después con el inalámbrico al oído.
Cavellini habla con los policías que llegaron en primer lugar y les ordena que rastreen la casa por la zona del jardín, por donde Valle le ha indicado.
Ilaria habla con la empresa de seguridad, Valle puede escuchar sus respuestas, en las que reconoce a su interlocutor que la alarma sonó.
Pregunta si se trata de un sabotaje o si solamente tardó más de lo previsto en activarse.
Cuelga el teléfono y se acerca a Valle y Cavellini, que han esperado a que ella terminara la conversación contemplando la pintada roja de la pared, en silencio.
—Ho capito —responde Cavellini, sin dar tiempo a que Ilaria le traduzca. —La prima de mi esposa es de Alicante. Hace un tiempo estuve de vacaciones en la España y aprendí un poco de español. No mucho —dice con acento tosco, aunque cantarín. —Pueden hablar en español. Yo entiendo.
Valle e Ilaria se miran. Evidentemente, el capitán entendió lo que decían en Sant’Ivo y puede que desconfíe de ellas.
—Pero había luz, ha sonado la alarma — indica Valle.
—Tenemos un generador auxiliar. Cuando se puso en marcha, sonó la alarma.
—¿Cómo pudieron las cámaras seguir grabando?
—Las cámaras de seguridad —interviene Cavellini con su acento tosco y su voz cavernosa— están conectadas a una fuente ininterrotta [30] de energía.
Ilaria asiente, pensativa, recordando la explicación del operario que instaló el circuito de vigilancia en un tiempo lejano.
—Quien sea que matara a Valentina —dice Valle—, sabe que nosotras estamos investigando.
—Lo afirma observando la fachada, de donde lee en voz alta: —Dejad de buscar.
El tesoro está a salvo donde siempre debió estar.
—Señala los dibujos mirando con firmeza a Ilaria.
Y calla, porque Cavellini no lo sabe. Sin embargo, coinciden con los objetos encontrados en el cofre.
Entonces, después de que Ilaria le haga un gesto con la cabeza para indicarle que entiende a lo que se refiere, Valle comprende el significado de la frase y profiere un grito casi animal.
—¡El cofre! —dice con las manos cubriendo su boca.
—Son las cinco de la mañana. En la embajada solo está el servicio de vigilancia. Pero es imposible. No temas.
Ilaria se aleja con el teléfono inalámbrico y Cavellini pregunta a Valle:
—¿Qué sucede? ¿Qué me ocultáis?
—Encontramos algo en Sant’Ivo. Pero es necesario que nos deje tenerlo. Debemos… Un momento.
Valle corre al interior de la casa, entra a la habitación y busca sobre la mesilla de noche el cuaderno de Borromini. Suspira llevándoselo al pecho. Cavellini la ha seguido.
—Mire… Es un cuaderno muy antiguo. Creemos que es del maestro Francesco Borromini.
—Chi cavolo? [31]
—Es un arquitecto muy importante. Borromini —le repite Valle.
—Ah, già, capisco! Così antico? [32]
—Estoy casi segura. Capitán, debemos ver las imágenes de las cámaras. Hay algo que…
—Si me ocultáis información os dovrò arrestar per ostruzione alla giustizia. [33]
El rostro de Valle muda. Siente la presión que supone lo que Cavellini le acaba de decir, pero sabe que, si habla, no podrá seguir desentrañando las pistas de Chiara.
Ilaria vuelve junto a ellos. Tiene el rostro desencajado, los ojos muy abiertos y llorosos, respira de forma agitada y se muerde los labios.
—¿Qué? —pregunta Cavellini.
—No es posible —dice —. Nos han robado el cofre que contenía los objetos.
—¿Cofre? ¿Qué objetos? —pregunta el capitán sacando pecho y dando a la entonación una buena dosis de severidad.
—¿En la embajada? —pregunta casi a la vez Valle—. ¿Cómo puede ser?
—Por lo que me ha dicho el equipo de seguridad, hubo un corte de electricidad.
He comprobado que fue a la misma hora que aquí.
Luego la luz volvió. En ese momento debieron forzar la caja, puesto que no se hubiera abierto sin corriente eléctrica.
Me han dicho que han hablado con la compañía eléctrica, alguien hackeó el sistema, lo inutilizó durante los instantes precisos para acceder.
—¿De qué estáis hablando? —pregunta Cavellini, la excitación provoca en su garganta una irritación que le provoca, de nuevo, la tos.
Valle lo mira y piensa si debería decirle que apague el cigarrillo que lo acompaña, impertérrito, desde que llegó. Y que le molesta, no solo por el olor, sino por la incómoda voz que acompaña a cualquier intento de expresarse del capitán.
—Además de este cuaderno —indica Valle cogiéndolo con fuerza y acariciando la cubierta con el pulgar—, encontramos algunas…
cosas más. Iban dentro de un cofre. Lo guardábamos en la caja fuerte del despacho de Ilaria en la embajada.
—Valle espera unos segundos y asiente para confirmar que el capitán la ha entendido—.
Lo que dice Ilaria es que han entrado a la embajada y lo han robado.
—È inaudito [34] ! ¿Por qué no me han dicho nada? Hay personas especializadas en mi unidad, preparadas para recibir cualquier pista sobre el asesinato. È intollerabile. [35]
—Lo siento —dice Ilaria. Parece que va a añadir algo más, respira hondo y abre la boca, deja escapar el aire sin pronunciar palabra y mira a Valle.
—Capitán, nosotras pensamos, yo pienso, que Chiara, la amiga de Valentina, la persona de quien ella llevaba la documentación, nos quiere marcar el camino para llegar al asesino. Y es a nosotras a quienes manda esas pistas. No a usted. Con todos los respetos.
El rostro de Cavellini muda de cierta molestia a irritación colosal. Hincha los pulmones como si fuera a decir una frase larga. Después solo añade:
—Esto lo hablaremos más adelante. Póngame las imágenes de las cámaras. —Mira con firmeza a la diplomática.
Repasan juntos las imágenes en el salón, Ilaria ha conectado el portátil al televisor de gran tamaño, aunque no logran distinguir a la persona que ha entrado.
Va muy camuflada con la capucha de la gruesa chaqueta negra y el cuello alto de un jersey del mismo color, que le cubre el rostro, dejando solo libre al descubierto la zona de los ojos.
Cavellini aprueba la teoría de Valle sobre que el intruso es zurdo, aunque no sea de gran utilidad sin alguna pista más.
En el informe del forense sobre las pintadas en Sant’Ivo también se reflejaba esta peculiaridad sobre el autor de estas, una coincidencia para tener en cuenta.
—Sin embargo —dice Valle—, aunque la persona que asesinó a Valentina fuera zurda y la que ha entrado esta noche aquí, también lo sea, quien haya asaltado la embajada es otra persona.
—Por los tiempos —dice Cavellini—, debe haber sido así. ¿Alguna cosa más? —Ambas niegan. —¿Seguro? —espera unos segundos más. —Vado all’ambasciata. Le aspetterò lì. [36]
Se despiden de él y de los agentes que han inspeccionado la casa sin encontrar huellas ni ningún otro indicio útil.
Valle le propone a Ilaria quedar en la embajada. Se ha duchado y vestido con la ropa del día anterior.
—Es temprano —le responde—, pedí a Paolo que viniera a las ocho, todavía falta una hora. Lo estoy intentando localizar, pero no me atiende la llamada. He pedido un taxi, te acompañaré al hotel.
—Si prefieres ir a la embajada, no hay problema. —Valle abraza contra su pecho el cuaderno, resto de un naufragio que se podría haber evitado. O no.
—No, precisamente por eso que tienes en las manos, no. Si la persona que ha robado el cofre, o quien lo haya encargado, sabe que falta ese cuaderno, vendrán a buscarlo. No puedes estar sola.
Una hora después están en el hotel, Valle pasa la tarjeta electrónica que abre la puerta, las dos en silencio, entran a la habitación con la sospecha de que alguien haya podido entrar a buscar el cofre.
La española entra primero, Ilaria tiene la mano apoyada sobre la espalda de Valle y caminan muy juntas. Sin embargo, todo está en orden.
—Ilaria, sabían perfectamente dónde estaba el cofre, ni siquiera vinieron aquí a buscarlo.
—Nos vigilan. Es algo que no podemos ignorar. Es lo que hicieron a Valentina. Corremos grave peligro investigando. Creo que no deberíamos hacer nada sin el apoyo de la policía. En realidad, nuestra obligación es solo ayudar a Cavellini, porque nos lo ha pedido, no deberíamos involucrarnos tanto.
El teléfono de Ilaria suena.
—Paolo —responde—, tienes que venir inmediatamente al hotel de Valle a recogernos. —Espera respuesta, que llega de forma rápida y breve. —Ciao.
—Me ducho y me cambio rápido.
—Recoge tus cosas. Te vendrás a casa. Pediré a Paolo que no se separe de nosotras. Él tiene formación para defendernos si es necesario.
Ilaria sale al balcón mientras Valle se asea y recoge sus cosas. Se sienta en la silla de forja y atiende los emails en su portátil en la mesa a juego.
En poco más de media hora están en el vestíbulo, esperando al asistente. Ambas están en silencio. Los pensamientos pesan más de lo que les gustaría. Ilaria mira nerviosa a su alrededor, buscando sospechosos relacionados con la persecución que sufren. Valle ha recordado los bocetos del cuaderno.
—Después de ir a la embajada debemos ir a San Carlino.
—Hoy es el funeral de Valentina. Me gustaría asistir para dar las condolencias a sus padres.
Valle asiente.
—Ahí está Paolo. Vamos.
Paolo viene con cara de sueño, aunque aseado.
Ilaria se sienta detrás con Valle. Aun así, le pregunta en italiano y en voz baja dónde ha estado y por qué no le atendía las llamadas.
Él le responde con mal humor y peores formas que en su tiempo libre puede hacer lo que quiera.
Valle se siente incómoda, porque la conversación no termina ahí, su amiga insiste en continuar preguntando y forzando una explicación que él se niega a proporcionarle; así que extrae el cuaderno del bolso y analiza cada dibujo.
—Estoy segura —afirma, interrumpiendo la discusión— de que es un código. Una secuencia.
Paolo calla e Ilaria la mira asombrada.
—¿A qué te refieres? —pregunta la diplomática.
—Apertura —responde Valle, señalando la primera y única palabra del cuaderno.
Ilaria asiente, aunque apenas piensa en ello.
Siente el agotamiento que le provoca ese estado de alerta en el que entró en el momento en que le avisaron de la muerte de Chiara y del que no logra escapar.
Saca el móvil de su bolsillo. Responde varios mensajes y realiza dos llamadas durante los tres cuartos de hora que tardan en llegar a la embajada.
Valle continúa contemplando los dibujos, buscando en su teléfono imágenes del interior de la iglesia.
Se marea y levanta la vista, la mantiene fija al frente, entre los asientos delanteros, cuando de pronto algo le llama la atención.
El Patek Philippe de esfera verde que Paolo lleva en su mano derecha.