CAPÍTULO 16
Valle sale a la entrada de la casa, donde ve a Ilaria accionando las luces del jardín.
—Hay… —indica agitada, en tono muy alto—. Había… He visto a alguien ahí fuera, a este lado de la verja.
Corre hasta la cocina y Valle la sigue. Ambas observan a través de los grandes ventanales, desde los que se ve el cenador en primer lugar y la entrada al fondo.
—¡Mira! —Ilaria corre hacia el comedor, cuyas ventanas dan a la parte trasera de la casa. Valle no logra discernir a nadie en el exterior, solo a su amiga siguiendo algo con la mirada, algo que se mueve con rapidez. El sonido irritante de la alarma continúa sonando.
—Ilaria, no veo nada. ¿Qué ves?
—Corre hacia la salida del servicio, está en esa esquina —. Señala con el dedo hacia el ángulo derecho del jardín, donde apenas llega la luz. —Se ha ido.
—Hay que llamar a la policía.
—La alarma está conectada con ellos, no tardarán en venir.
—¿Ha forzado la entrada? ¿La de la verja?
Ilaria vuelve a la zona de alarma. Mira la pantalla. Pone el código para pararla y presiona varios comandos en el teclado táctil.
—No, no. La alarma ha sonado porque ha detectado movimiento. Vamos a ver las cámaras.
Sobre la cama de matrimonio, Ilaria busca en su portátil el programa que conecta con las cámaras de la casa.
Elige la grabación del jardín y la reproduce hacia atrás en secuencias de cinco segundos con una cadencia rápida.
Cuando llega al momento en el que las luces se encienden, disminuye el ritmo con el que va retrocediendo hasta que ve movimiento por encima de la puerta de la verja, momento en que deja que la grabación se reproduzca a ritmo normal.
—¿Ves? Ahí—. Señala la pantalla, Valle entrecierra los ojos y sigue el índice hasta una pequeña mota negra en la pantalla, su amiga tiene el dedo justo debajo y sigue con él el movimiento del intruso.
—¡Lo veo! —dice, al fin. —Ha saltado la valla.
—Sí. Hay algo extraño. La alarma tardó en sonar. Debería saltar en cuanto él pasa a este lado.
En las imágenes pueden ver cómo el individuo cruza el jardín con cierta tranquilidad. Ilaria selecciona otra cámara y repite la acción de retroceder hasta que lo localiza, comparte las dos en vista ampliada.
—¿Qué está haciendo? —pregunta.
—Ha sacado algo de la mochila.
Las luces se encienden en las imágenes casi a la vez, en las dos ventanas ampliadas de la pantalla.
Ilaria busca otras cámaras que enfoquen esa área, pero no logra optimizar lo que ven.
El individuo, de espaldas, pinta algo en la fachada de revoco liso.
En menos de dos minutos, recoge un pequeño bote y cuelga su mochila al hombro y después sale por una puerta semioculta entre la vegetación.
—Pon otra vez la imagen, Ilaria, por favor.
—Sale por la puerta lateral. ¿Qué has visto? —Retrocede en la ventana de la derecha, la que le ha señalado Valle.
—Mira, ¿las cámaras reproducen la imagen tal como es? Quiero decir, ¿hacen efecto espejo?
Valle se levanta y camina hacia la zona en la que el intruso ha estado, cerca de la última ventana de la cocina, en la parte derecha de la casa, vista desde dentro. Ilaria la sigue con el portátil en la mano hasta que ve cómo se da la vuelta y levanta la mano.
—No te entiendo, Valle.
—Creo que es zurdo. —Se acerca al portátil, Ilaria ha parado la imagen. Valle toca el teclado para retroceder la grabación y vuelve a detener la imagen. —Es zurdo.
Las luces de la policía se reflejan en las paredes blancas. Ilaria deja el portátil y desactiva la alarma. Con un botón abre la verja y un coche entra por el camino ancho que bordea el jardín y que termina en la puerta del garaje.
Las dos mujeres salen a su encuentro en pijama.
Un segundo coche llega a la puerta y accede a la propiedad, no es un vehículo oficial, lo conduce Cavellini con una luz de emergencia pegada con un imán al techo.
Valle se ha quedado paralizada frente a la fachada.
Ilaria saluda a Cavellini y ambos caminan junto a ella.
Ilaria levanta la vista y observa los grandes trazos rojos.
— Oddio! [26]