OLIMPIA
Ha pasado un día desde que llegó a mis manos el manuscrito.
En este tiempo no he salido más que para bajar a la tienda de ultramarinos que hay enfrente.
Al principio, pensé en llevármelo a mi casa y leerlo tranquilamente, pero después la historia me atrapó y pasaron las horas.
He dormido aquí, agazapada entre las sábanas de su cama, con el aroma de su perfume todavía impregnando el tejido suave.
Acurrucada bajo su edredón, con Dovela ronroneando a mis pies.
Me ha despertado el sonido del motor de una furgoneta.
La escuchaba demasiado cerca, casi como si estuviera en el salón.
La puerta del balcón estaba abierta, como siempre, pues la gatita tiene el arenero fuera.
Es por eso por lo que se oía tan cerca. Y es así como he dado con la respuesta que, no sé por qué, no encontré antes.
Creo que esa fue la manera en la que entraron a su casa sin forzar la cerradura.
Primero pensé que alguien conocido podría haberla envenenado.
Después, que podrían haber utilizado un método común entre los ladrones, una forma de abrir las puertas con un imán potente, siempre que la llave no estuviera echada.
Recordé que sí que lo estaba cuando entré en el piso aquel día en el que la descubrí tirada en el suelo.
Así que había descartado ambas opciones, e incluso había comenzado a dar por buena la opción de la muerte natural, por remota que me pareciera la idea.
Pero hoy me he dado cuenta de que pudo ser así.
En condiciones normales, el balcón queda lo suficientemente distanciado de la calle como para que nadie pueda entrar, a no ser que hubiera utilizado una escalera muy alta.
Con todo, al asomarme y ver la furgoneta aparcada justo debajo, valoro como una posibilidad real que alguien la utilizara para subir.
Busco alternativas, e incluso me contradigo para poner a prueba esa hipótesis.
¿Fue casualidad? ¿Esa furgoneta aparca de forma habitual ahí? Quizás el asesino se encontró con el golpe de suerte y no tuvo que forzar la entrada. O quizás la estuviera vigilando durante días y encontrara en esa forma la más discreta.
Después de buscar por todas partes el cuaderno de mi tía, sin resultado, me he hecho un café y me he sentado de nuevo en el sillón.
No me he quitado el camisón de lino que le cogí prestado y he utilizado su cafetera italiana y su utensilio para capuchinos, que ella trajo de Roma durante el intercambio del instituto, una jarra metálica con un espumador que se acciona manualmente con una barrita de acero terminada en una bola.
Es impresionante, sigue como nuevo después de casi tres décadas.
Con su camisón, con una de sus tazas llena de un cappuccino casero, con Dovela ronroneando a mis pies cubiertos solo por los calcetines gordos de estar por casa, siento que me acerco más a lo que ella sentía en esos días en Roma.
Con todo, no dejo de mirar hacia el balcón con el temor de que pueda aparecer alguien en cualquier momento. De alguna forma, empiezo a comprender lo que ella debía sentir.
Miedo.