CAPÍTULO 20
La voz grave del policía logra que se estremezca y el miedo le cemente los pies. Frena su huida a pocos metros del cruce. Vienen a su mente recuerdos de la infancia.
—¡Señorita Moliner, pare!
Fue en el internado. Era otoño, estaba nublado y hacía frío.
Algunas gotas de lluvia fina caían sobre ella, las notaba avanzar a gran velocidad hacia su cara y las veía alrededor de su cuerpo.
La monja continuaba corriendo, pero ella se había detenido, así que la alcanzó con rapidez.
El sabor a leche blanca caliente y a la aspirina que le habían dado para su fingido dolor de oído le amargaba en la garganta.
Estaba a punto de alcanzar la portería, todavía en el patio del colegio.
La presión de los dedos huesudos de su captora le produjo un dolor insoportable en el antebrazo.
De una sacudida, le dio la vuelta. En el segundo siguiente recibió con la mano libre de la hermana un bofetón en la parte derecha de la cara.
La monja no era zurda, así que la puntería no fue precisa, el golpe cayó con fuerza sobre el oído y el impulso acompañado de un pitido la hizo caer al suelo.
—Llama a mi padre. Me quiero ir de aquí.
La monja reía. Reía y la cruz de su pecho bailaba con sus carcajadas.
Después, encerrada días en su habitación, perdiendo la noción del tiempo y sufriendo pesadillas que la despertaban sin piedad.
Perdida la noción del tiempo, sola y sin hablar con nadie.
Recordando por qué había acabado ahí. Esperando a que alguien le levantara el castigo y deseando el abrazo de su madre, de su hermano.
Cuando percibe el ruido de las suelas de los zapatos sobre el empedrado acercándose a toda prisa, se gira un segundo.
Los dos policías están cerca de ella. A unos diez metros.
No hay tiempo de recuerdos, lucha contra la parálisis del miedo y arranca la marcha.
Logra alejarse de ellos. Busca el coche oficial de la embajada y lo localiza a su izquierda, bastante cerca.
Escucha el ruido del motor cada vez más cerca y en segundos alcanza la puerta del copiloto. El coche se pone en marcha conforme ella la cierra.
—Ha faltado poco —le dice Paolo, conduciendo a gran velocidad entre el espeso tráfico de la ciudad.
A Valle le cuesta recobrar el aliento. Un par de minutos después, con la frente perlada de gotas de sudor, mete la mano en su bolsillo.
—Creí que lo había perdido.
Saca el cuaderno y acaricia, una vez más, la cubierta de cuero con el dedo pulgar.
—Ese hombre que nos seguía. Habla español. Tiene acento andaluz. ¿Cómo puede saber que el siguiente paso en mi cabeza es San Carlos?
Paolo se toma unos segundos para responder.
—Quizá esté en contacto con Chiara.
—O sabe demasiado sobre este asunto.
—Ilaria me envió un mensaje, no pudo retenerlos mucho tiempo, se dieron cuenta enseguida de que no estabas con ella.
—La embajadora se enfadará con ella, porque Cavellini no la va a dejar tranquila.
Paolo revisa su reloj y Valle se estremece.
—Queda poco más de una hora para tu cita en San Carlino, estamos cerca. Será mejor que conduzca hacia allí, debemos intentar dejar el coche en un lugar oculto, para que la policía no nos localice.
Ella asiente y saca de su bolso el teléfono.
Tiene muchas llamadas de un número sin grabar.
Revisa los mensajes. Ilaria ha enviado uno hace menos de un minuto, diciéndole que va a la embajada y que intentará inventar algo para despistar a la policía.
Valle se lo agradece y le pide que tenga cuidado.
Una hora después, con el coche aparcado en via Nazionale, a dos calles en paralelo de la via del Quirinale, Valle y Paolo llegan a la intersección de las Cuatro Fuentes.
Es uno de los lugares favoritos de la historiadora en la ciudad.
El Complejo de las Cuatro Fuentes respira historia, piedra y agua en un mismo latido.
Cada una de sus figuras parece murmurarle un secreto antiguo, un eco del Barroco que se niega a morir.
Para ella, el espacio de la iglesia que construyó Borromini en este complejo encierra movimientos del alma.
La arquitectura vibra, las curvas respiran, las sombras cuentan historias.
En las líneas del conjunto percibe una geometría oculta, casi alquímica, que conecta las fuentes como si formaran un círculo de poder.
Y mientras el sol se inclina sobre Roma, la historiadora cree ver el agua detenerse por un instante, como si estuviera al tanto de los secretos que se le han desvelado y del encuentro que está a punto de suceder.
La fachada de San Carlo no se limita a elevarse: ondula, se curva, avanza y retrocede como si el mármol se hiciera carne.
Borromini transforma la piedra en un lenguaje vivo, un diálogo entre luz y sombra que cambia con cada hora del día.
La historiadora observa cómo la fachada se pliega sobre sí misma, como si quisiera abrazar el espacio que la rodea.
Nada en ella es estático. Y por un momento, siente que el muro mismo la mira, invitándola a entrar en su misterio, a resolver enigmas del pasado y fundirse con él.
Paolo se ha acercado a la puerta y ahora permanece en silencio a su lado hasta que se gira hacia él:
—Estamos demasiado expuestos aquí —dice él—. No encuentro un lugar donde ocultarnos. La iglesia está cerrada. Falta un cuarto de hora para que abran. Crucemos, quizá en esa calle de enfrente estemos mejor.
Ambos miran a un lado y otro del cruce, sin perder la perspectiva, y cruzan hacia via delle Quattro Fontane, donde un pórtico de piedra travertina abre paso a un prestigioso estudio legal, según indica la placa metálica moderna de la fachada.
Ella mete un momento las manos en los bolsillos de la chaqueta, en uno lleva el cuaderno y en el otro el móvil, se ha dejado el bolso en el coche para hacer fácil la huida de ser necesaria, algo que prefiere no pensar ahora.
Da un vistazo rápido a la pantalla: notificaciones de email, WhatsApp y llamadas.
Sacude la cabeza y guarda el teléfono, nada que no pueda esperar.
Paolo tira de su brazo de repente y las gafas de Valle caen al suelo, las recoge rápidamente y juntos se refugian en la entrada fosca, desde donde no pueden ver el acceso a la iglesia, aunque están justo en el lateral derecho de la misma, que se extiende hasta que corta con un estudio de interiores.
Han quedado juntos, en la oscuridad del portal, con la piedra fría en la espalda de Valle y Paolo frente a ella, dos centímetros, con su mano rodeándole el antebrazo.
Se miran con intensidad, con los ojos acostumbrándose a la penumbra, acariciando cada uno los rasgos del otro hasta detenerse en los labios.
Él resbala su mano para tomar la de ella, que alza su mirada para conectar con la de él.
Y los ojos se cierran y los labios se acercan hasta rozarse.
Como si transportaran electricidad, el contacto provoca que se separen, escapando de la pujante sensación.
Solo una mirada más y los cuerpos se acercan hasta abrazarse, las bocas se unen en un beso largo y profundo.
Después, ella acomoda la cabeza en el pecho de Paolo, que la rodea con sus brazos sobre los omoplatos, con suavidad y firmeza, después sube una mano, deslizándola por la espina dorsal hasta su nuca.
Ella levanta de nuevo la vista. Sus ojos se encuentran y sonríen.
—Está bien —afirma Valle procurando recuperar la compostura— este remanso de paz en medio de la batalla. Pero debemos seguir.
Paolo asiente y mira de nuevo el reloj.
—Eres zurdo, ¿verdad? —pregunta Valle, después de debatir entre hacerlo o no.
—¿Qué?
—Zurdo. Mancino [42] —traduce, y señala el Pattek.
—Sí, bueno… —duda Paolo levantando la muñeca y colocándola entre ambos—. Sí.
Se encoge de hombros y hace una mueca que a Valle le resulta casi infantil. Él se separa para mirar la acera de enfrente, por la que, a esa hora, apenas hay gente.
—Quedan cinco minutos para que abran —indica después.
—Vamos.
—No, es mejor esperar. Incluso llegar más tarde, cuando esté abierto.
—¿Me esperará?
—Por supuesto, sea quien sea esperará.
Valle piensa. La sensación de miedo e incertidumbre vuelve a asaltarla. Busca refugio en el brazo de Paolo, que ahora le resulta acogedor, un poco de calor en un día frío. No quiere que esa sensación se aleje de su cuerpo, así que abraza la extremidad desde atrás y apoya la cabeza sobre la espalda.
—Me da pena que Ilaria no tenga el apoyo de Erik en estos momentos —dice de pronto, embriagada por una emoción que hacía demasiado tiempo que no sentía.
—Lo está pasando muy mal. He escuchado discusiones terribles. Ella, que casi nunca pierde la calma, gritando. Imagina.
—Tengo una pregunta algo… Indiscreta. Arriesgada, por así decirlo.
—Dime.
—¿Crees que le pega?
—Creo que no le pega. Pero la domina. Le habla sin amor e incluso sin educación.
Ilaria tiene que darse cuenta. Sabes que trabajo para ella desde hace muchos años.
Tenemos una amistad firme. Aunque no me deja entrar en ese espacio.
Unos días antes de la muerte de Valentina tuvo, en el coche, una conversación terrible con Erik.
Él se marchó de casa, por lo que me contó ella después. Y no ha vuelto.
—Anoche se presentó allí. Yo estaba allí. También discutieron.
El cuerpo de Paolo se tensa. Valle, que tenía los ojos cerrados y ha logrado relajarse por un momento, se sobresalta. Da un paso al lado. Paolo la detiene poniendo una mano en su abdomen.
—Es él —susurra.
Da un paso atrás llevando consigo a Valle, hasta el hueco de la puerta de madera de la oficina de información.
Desde la penumbra ven al tipo del chaleco verde y las gafas de aviador pasar por delante, por la acera de enfrente.
Camina con precaución y mueve la cabeza nervioso, mirando a su alrededor, incluso dirige la vista hacia donde ellos están, pero después vuelve al frente, no los ha visto.
Paolo mira de nuevo su reloj. Son las tres en punto. Cuando el hombre dobla la esquina, sale del hueco. Valle lo sigue.
—Vamos ya —implora—, por favor. No soporto esta espera.
Ni esa, ni ninguna. La paciencia no es una cualidad que destacar en la historiadora, aspecto que ha tenido que trabajar para alcanzar la posición que tiene entre sus colegas de profesión. No se puede desvelar en un minuto lo que los siglos ocultaron en su silencio.
Caminan tan cerca que el hombro de Valle roza el brazo de Paolo. Ella se detiene frente a la fachada. Sus ojos recorren las líneas curvas, las pequeñas columnas que parecen bailar sobre la piedra. Una armonía imposible le hace inclinar la cabeza, como una reverencia.
Paolo empuja la puerta y un leve chirrido anuncia su entrada.
Al cruzar el umbral, un olor a incienso y piedra húmeda la envuelve.
La luz que entra por los ventanales ilumina las paredes onduladas.
Cada curva parece guiar su mirada hacia la cúpula, que flota arriba como un cielo diminuto.
Valle respira hondo y da un paso dentro de la nave central.
Observa los relieves de estuco, las molduras delicadas y los nichos cuidadosamente dispuestos.
Todo el espacio le parece en movimiento, a la vez íntimo y grandioso.
Por un momento, se queda paralizada, maravillada ante la perfección del lugar.
El silencio del templo desierto se rompe con el tono de llamada del móvil de Paolo.
Ambos miran a su alrededor y él saca torpemente el teléfono del bolsillo. Le quita el sonido con un toque en el botón de encendido/apagado y después mira la pantalla y se la enseña a Valle.
Es Ilaria.
Duda, pero le cuelga.
Al levantar la vista, un chaleco verde oliva aparece entre las columnas de un pasillo lateral.