CAPÍTULO 14
Ilaria camina hacia el extremo opuesto del despacho.
Valle la observa, intenta escuchar lo que dice, pero su amiga ha vuelto a su tono habitual, suave, aunque no logra percibir la dulzura que normalmente lo acompaña.
No logra concentrarse en los dibujos del cuaderno.
Piensa en Ilaria, que siempre fue tan educada, tan empática y cariñosa, y que eligió una carrera en la que la fuerza para controlar las emociones y el carácter firme son cualidades básicas para quien la quiera ejercer.
Está segura de que su amiga las tiene, de que ha debido de moverse en espacios en los que la afabilidad no tenía cabida.
Y eso le demuestra ahora en sus susurros al teléfono, mezclados con algunas palabras que se escapan de la contención, intransigentes con su interlocutor.
Valle no entiende por qué no ha salido de la estancia, pero se ve en la obligación moral de dejarle su espacio, pues entiende que puede ser porque cualquier otra área de la embajada puede resultar menos privada para ella.
Cuando abre la puerta ve a Paolo, firme, solo a la espera de órdenes. Como un maniquí al que puedes manipular para cambiar de posición, pero que continúa estático.
—¿Quieres un café? —le pregunta él.
—No, no, es solo que… —Valle señala al interior y Paolo asiente.
—A veces, es mejor estar solo. No tener familia, ni nadie con quien discutir.
Valle se encoge de hombros.
—También está bien tener a alguien con quien compartir los momentos felices, o los difíciles. Supongo.
—¿No tienes a nadie? —pregunta él, tomando la literalidad de la frase de Valle.
—Sí, claro… No me refería a eso…
La puerta se abre e Ilaria asoma la cabeza. Tiene la cara enrojecida y los ojos un poco hinchados.
—Pasa, Valle. Y disculpa.
Una vez dentro, las dos están sentadas, una con la mirada puesta en el ordenador y la otra en el cofre, aunque ninguna puede concentrarse; el silencio incómodo parece querer romperse. Ambas toman aire varias veces para empezar a hablar; sin embargo, no lo hacen.
Valle se centra en los dibujos. Recuerda que San Carlo alle Quattro Fontane fue la primera obra independiente de Borromini.
Antes había trabajado bajo la dirección de Carlo Maderno en la fachada y nártex de San Pedro y en las ampliaciones del Palacio Barberini.
A la muerte de Maderno, Bernini heredó sus proyectos, así que Borromini continuó con la escalera helicoidal del Palacio y la cúpula de San Pedro.
La historiadora busca con su móvil fotos de San Carlino, pues no recuerda bien el interior.
Ha reconocido la planta, que fue muy innovadora en la época: Borromini le dio forma de cruz griega prolongada, mezclada con formas curvas, ovales y espacios que se entrelazaban en un juego de luces y formas.
Busca fotos y vídeos, lo que quiere es descubrir en qué lugares se encuentran las formas geométricas plasmadas en los bocetos.
Piensa que puede ser el origen de la iglesia, el proyecto arquitectónico de Borromini antes de comenzar el trabajo, pero pronto se da cuenta de que no.
Los dibujos no muestran titubeos, ni las modificaciones propias de los primeros trazos fruto de la lucha entre lo que uno quiere realizar y lo que la estructura constructiva permite.
Puede tratarse de un cuaderno con las ideas finales, copiado de otro previo; o puede que sea algo más.
La palabra «Apertura» no es una palabra escogida al azar.
Si Borromini creó ese cuaderno quizá indique lo que se pretende con él.
Valle saca la libreta y toma apuntes. Hace garabatos. Piensa algo, lo escribe y después lo tacha.
La diplomática suspira poniendo una mano en su estómago.
—Oye, ¿estás bien? —le pregunta su amiga tomando el bolígrafo que le tiende, similar al que tenía Chiara y que ambas encontraron en Sant’Ivo.
—Todo esto… está siendo demasiado. Sé que estás emocionada por esto que acabamos de descubrir y entiendo que es un gran hallazgo. Sin embargo, no dejo de pensar en Valentina, en Chiara, en el peligro que supone esto que estamos haciendo y ocultando a la policía. Deberíamos informar a Cavellini.
—Nos quitarían todo esto. —Valle levanta los brazos y abarca con ellos, casi como en un abrazo, todos los elementos que tiene sobre la mesa. —Y, lo peor, no lo sabrían descifrar.
—Tienes razón… Perdona, es que…
—Sabes que me puedes contar lo que quieras. Sé que algo no va bien.
Ilaria cambia el gesto, desarmada, y comienza a llorar de forma descontrolada.
—Nada está bien. No. Erik y yo hemos discutido mucho últimamente. Y ahora no… Perdona, son cosas privadas, no quiero molestarte con esto.
Valle se levanta y da la vuelta a la mesa. Se acuclilla delante de Ilaria y le pone las manos en las piernas.
—Todo estará bien. Esta situación es muy estresante. Pronto mejorará. Puedo seguir sola, si necesitas espacio.
—Se está haciendo tarde. Me duele la cabeza, necesito descansar. Vente esta noche a dormir a casa, por favor. Erik no va a estar y me da miedo estar sola.
Aunque el gesto de Valle muestra asombro, pronto lo modifica por una sonrisa tranquilizadora.
—Me parece buena idea. Nos irá bien.
—Recojo todo esto y nos vamos. Dejaremos los cofres en la caja fuerte.
—No, nos los llevamos. —Valle termina la frase en tono melifluo. —Creo que deberíamos custodiarlo todo nosotras. Al fin y al cabo, así lo ha querido Chiara. ¿No crees?
—No hay lugar más seguro que este, ¿y si nos atacan?
Valle piensa, sabe que la embajada es un lugar seguro, pero se resiste a perder de vista los valiosos objetos, en ninguna parte estarían más a salvo que con ella.
Sin embargo, la mirada de su amiga la hace recapacitar, se replantea si su actitud es egoísta y si pone en peligro algo que nunca le ha pertenecido.
—De acuerdo, pero deja que me lleve el cuaderno. Me gustaría seguir dándole vueltas a estos bocetos, a ver si descifro lo que quieren decir.
Señala la hoja de la libreta, en la que solo tiene dos apuntes.
*Fachada de San Carlos
*Planta de San Carlos
Guarda la libreta y el cuaderno con las tapas de cuero en su bolso.
A Valle le gustaría ir al hotel a recoger sus cosas, sin embargo, negocia con Ilaria ir al día siguiente por la mañana, ambas necesitan un descanso, y el tráfico a las siete de la tarde en Roma no es demasiado fluido.
Pese a la velada tranquila que Ilaria ha ofrecido, ha cogido de un cajón de su mesa un ordenador portátil y sigue respondiendo emails en el coche, lo que hace que se centre en las vistas de la ciudad a través de la ventanilla en el camino hasta el barrio Parioli, una de las zonas residenciales más elegantes y acomodadas de Roma, situado al norte del centro histórico, entre Villa Borghese y el río Tíber.
Mientras acaricia la cubierta de cuero se deja llevar por la nostalgia que proporcionan las visitas a los lugares en los que sonríes.
El tráfico al caer la noche, el rumor urbano se disuelve a la entrada del barrio.
El bullicio se apaga y Paolo detiene el vehículo a pocas calles del cambio de escenario.
Lo hace ante una villa austera, moderna, de líneas claras y proporción serena en sus volúmenes rectangulares.
De una sola planta. Un jardín discreto la abraza, donde pinos y laureles se elevan custodiándola.
Parioli: una Roma apartada del ruido, donde la modernidad se entiende no como ruptura, sino como continuidad refinada de la tradición.
Paolo recibe las últimas órdenes del día, que serán las primeras del día siguiente: recogerlas a primera hora, llevar a Valle a su hotel y a Ilaria a la embajada; después asistirán al funeral de Valentina.
Se despide de Valle con una sonrisa discreta cuando Ilaria pone la contraseña de la alarma y abre la puerta de la verja y cruza el jardín hacia la entrada.
El interior de la casa es más sobrio que el exterior.
La entrada da acceso directo al salón, que a mano derecha tiene la cocina y a la izquierda un pasillo que lleva a las habitaciones.
Líneas rectas y modernas, esculturas de bronce y una pared con cuadros de ciudades de España.
Solo un retrato, de tamaño un poco más grande, en el salón, de la boda de Ilaria y Erik.
—Esta será tu habitación. —Ilaria señala la primera estancia desde el pasillo, después de desarmar la alarma y volverla a armar una vez han entrado.
—Gracias, necesito una ducha.
Bajo el agua caliente, que cae sobre su piel como una caricia, Valle piensa en el día.
En todo lo que ha aprendido y descubierto.
Con el albornoz envolviéndola, se estira sobre la cama.
Le gustaría saber la intención de todo: ¿Por qué murió Valentina?
¿Por qué Chiara les ha dejado pistas? O el origen de todo: empezaron a indagar por el estudio, pero ¿qué fue lo que encontraron primero?
¿Cómo? ¿Todos esos tesoros estaban en el mismo lugar?
¿Dónde? Y lo más importante: ¿Quién está detrás de la muerte de Valentina?
Ha cerrado los ojos para pensar en todo eso y se queda dormida sin darse cuenta, hasta que unos gritos que proceden del salón la despiertan.