El secreto de Olimpia CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

—Ilaria, es una carta. Una carta firmada por Bernini. ¿Cómo habrán conseguido las chicas todos estos objetos? Son auténticos tesoros.

Paolo abre la puerta sin llamar.

—¿Todo bien? —pregunta a unos pasos de la entrada, dirigiendo la mirada a las mujeres primero y a su alrededor después.

Ilaria afirma y le hace un ademán con la mano para que salga de la estancia.

—¡Mira esto! —dice Valle cuando la puerta se ha cerrado, señalando la hoja, estirándola sobre la mesa.

Se muestra ajada por el paso del tiempo, con algunos borrones, efecto de algún líquido sobre el papel, con las arrugas y el desgaste que acompañan a los siglos.

Valle lee en voz alta, traduciendo al español por inercia, con el aliento contenido, con la emoción anclada a su garganta, tratando de descifrar las palabras ilegibles sin romper la fluidez del texto.

—«Mi querido confidente, ha llegado el momento de impedir que Borromini obtenga lo que no le pertenece.

Su arrogancia al ambicionar las obras de San Pedro me indigna profundamente.

Haz que se vea obligado a retractarse, que perciba la presión de manos invisibles en su camino.

Haz que sus proyectos se transformen en su ruina moral; que sus errores le sean inevitables, como si el mismo destino conspirase contra él.

Que escriba y se delate a sí mismo, que sienta temor por aquello que más ama, y así aprenda a medir sus ambiciones.

No toleraré que la memoria de Costanza, ni la gloria que aún me corresponde, sean ultrajadas por su audacia.

Asegúrate de que todo parezca fruto del azar, obra del destino caprichoso.

Confío en tu discreción: que Borromini perciba la sombra de mi justicia sin conocer su origen. Tuyo: Gian Lorenzo Bernini».

Valle se lleva las manos a la cara y se cubre la boca, la hoja de papel cuelga entre sus dedos.

Ilaria la mira con una mueca indescriptible.

Puede que sea de sorpresa, puede sea que de intriga.

Es muy diferente del mohín de la historiadora, que tiene las cejas elevadas y arqueadas, los párpados muy abiertos, la mirada luminosa.

Cuando se quita las manos de la cara, conserva en los labios la forma de la letra O, la cabeza inclinada hacia atrás, como si se hubiera desplazado el centro de gravedad emocional.

Después, una risita nerviosa se escapa de sus labios liberando la tensión y una lágrima resbala por el ángulo interno de su ojo izquierdo. Una sola.

Cuando consigue hablar, lo hace despacio, en un susurro casi inteligible para su amiga, una frase que acompaña a un momento único en la vida, como es el descubrimiento de una verdad después de siglos de engaño.

—En mis manos, el secreto más íntimo del Barroco.

A las grandes revelaciones las acompaña un silencio espeso, un hálito envolvente que asegura que el secreto descubierto se asimile, se asiente, se preserve. Valle es incapaz de dejar de acariciar la hoja. La observa, la coge con dos dedos de cada mano y la relee para sí misma una y otra vez.

—Bernini encargó la muerte de Borromini —dice, al fin.

—Es solo una carta. Ni siquiera sabemos si esto es real.

—Lo es. He visto cientos de documentos del Barroco. Miles. Reconozco el desgaste en el papel, el tipo de enseres empleados, la letra… El idioma. Es un documento real, Ilaria. Y ellas lo encontraron. Encontraron la prueba de que Francesco Borromini no murió asesinado, como cuenta la historia.

—Cosa? [21]

—Según la historia, Borromini cayó sobre su propia espada. —Ríe. —No es algo demasiado creíble, nunca lo ha sido, pero hay una carta que él mismo escribió, en la que reconoce haberse lanzado sobre la espada. Estaba un poco tarado.

—¿Tarado?

—Loco. Había perdido la razón.

—Ah, ecco! [22]

—Bernini encargó la muerte de su máximo rival. No solo por la competencia que le hacía. También por Costanza. Eso apoya la teoría sobre los bocetos.

Coge de nuevo el espejo y le da la vuelta, también a la hoja con el dibujo firmado con el monograma de Olimpia.

Pone los tres artículos juntos y los observa, de uno en uno, cerrando en su mente los círculos, entendiendo ese triángulo amoroso del que nadie nunca supo nada, excepto dos personas: Costanza y Borromini; tres, incluyendo al vértice del triángulo, Bernini.

El silencio envuelve todo de nuevo. Por un momento, el sonido de coches y cláxones a última hora de la tarde penetra en el despacho e impregna el aire, incluso la respiración agitada de Valle.

Ilaria contempla los objetos unos segundos más. Una notificación suena en su ordenador y ella se vuelve hacia la pantalla, mueve el ratón y después aporrea las teclas.

Valle acaricia ahora el cuaderno. Necesita abrirlo con la calma que merece. Sabe que lo que descubrirá será tan importante como lo que ha revelado hasta ahora. Se lo indica el cuero, el hilo con el que las hojas de papel amarillento se sujetan formando un librillo.

—Este cuaderno es más elaborado —explica acariciando la superficie.

Ilaria asiente y vuelve rápido a la pantalla, pero cuando termina de teclear le presta atención a lo que su amiga tiene entre las manos, pues ha pasado la cubierta y observa la primera hoja.

—Mira lo que pone: «Apertura». —Pasa la página—.

Este boceto revela la planta de una iglesia verdaderamente singular, fácilmente reconocible por su forma elíptica tan poco convencional.

Es la planta de San Carlo alle Quattro Fontane.

Este cuaderno debe de ser de Borromini o de alguien de su entorno.

Me reafirmo, como en los casos anteriores, a la época de la que procede el papel, y en su desgaste.

Mira estas figuras. Borromini utilizó formas geométricas complejas, curvas concéntricas y un plano elíptico que crean efectos de percepción inusuales al recorrer el espacio.

La sensación de dinamismo es casi asfixiante para quien visita la iglesia.

—En Roma la llamamos San Carlino. Nunca me ha gustado mucho esa iglesia, cada vez que la he visitado, me he mareado.

La pantalla del móvil de Ilaria se ilumina cuando Valle está terminando la frase. Erik. La diplomática le da la vuelta y, tras unos segundos, la pantalla se apaga.

—He visitado esa iglesia —dice—, es cierto lo que dices.

La pantalla se ilumina de nuevo. Esta vez Ilaria, sin contemplaciones, atiende la llamada:

—Che cazzo vuoi adesso? [23]