CAPÍTULO 12
En la página de la izquierda ve: «La expresión no nace de la frente, sino de la respiración que insinúa la boca.» En la de la derecha, un bosquejo que ocupa toda la hoja parece querer salir en una tercera dimensión.
Valle pone ese bosquejo junto al de la familia.
—Son la misma mujer.
—Sí.
—Entonces, son bocetos del entorno de Borromini.
—No, él no talló esculturas autónomas, aunque su arquitectura está llena de detalles decorativos que demuestran su habilidad escultórica. Mira lo que pone en el lateral: Bonarelli.
Ilaria afina la vista; en el margen de la hoja se ven unas letras diminutas, también a grafito, emborronadas. Ahora que Valle le ha dicho lo que pone, sí lo puede intuir, pero a simple vista no se aprecia.
—Lo veo. Fíjate, la caligrafía —pasa páginas hacia atrás y hacia adelante— es distinta de la que hemos visto en el monograma.
—Es difícil de apreciar, pero creo que tienes razón.
Verás, Costanza Bonarelli fue amante de Bernini.
Nunca creí mucho esa historia, aunque haya perdurado a lo largo de los siglos.
Creo que fue sobre 1636 cuando Bernini tuvo una relación con una tal Costanza, durante unos tres años.
Ella era la esposa de un escultor que trabajaba en su taller.
Se dice que, a la vez, ella estuvo con Luigi, hermano de Gian Lorenzo.
Tuvieron una pelea bastante fuerte, en la que Luigi salió malherido; no contento con eso, Bernini envió a un criado a desfigurar el rostro de Costanza.
Ella terminó encarcelada por adulterio, el hermano en el exilio; el marido, expulsado del taller, él, gracias a su talento artístico y sus relaciones con el Vaticano, logró el perdón del papa Urbano VIII y acordó con él un matrimonio y se casó con Caterina Tezio, su esposa y madre de sus hijos.
Cuentan que Costanza volvió con su marido y enviudó años más tarde.
Ella dirigió un negocio de arte en Roma hasta su muerte. No recuerdo la fecha.
—Entonces, ¿qué piensas?
—Hay una escultura de Costanza hecha por Bernini.
No me he dado cuenta antes, pero diría que es la misma imagen que en los dos dibujos.
Estas últimas hojas deben de ser de Bernini o de alguien muy cercano.
Fíjate en los trazos de la imagen, no son iguales que los de los esbozos de las páginas anteriores.
Es como si el propio Bernini la hubiera dibujado en el cuaderno de su hijo.
—De acuerdo. Crees que Costanza, la amante de Gian Lorenzo y Luigi, es la misma mujer que, según piensas, fue amante también de Borromini.
—Y madre de su hija.
—Y madre de su hija —repite Ilaria con cierto tono sarcástico y gesto de asombro y admiración hacia Valle.
—No sabemos de qué fecha datan estos cuadernos. El marido de Costanza falleció en 1654 —dice tras realizar una búsqueda rápida en el navegador del móvil—. Es una historia asombrosa, Ilaria.
—No sé si esto que Chiara y Valentina encontraron es suficiente como para que alguien haya querido hacerles daño. Quizá los conservadores no se lo tomarían demasiado bien.
—Pero cambia el relato de la historia que conocemos hasta ahora. Normalmente, en la actualidad, un escándalo así no perjudica. Al contrario, podría ser una historia interesante que contar por los guías turísticos.
Al pasar la hoja, se da cuenta de la cantidad de información que tiene a su alcance.
Se encuentra de frente con una niña con los rasgos dulces y la mirada triste. Quien la ha dibujado ha escrito debajo:
Olimpia
1645-1698
—Mira… Ilaria.
Cada descubrimiento, cada pequeño objeto, cala en el sentimiento de Valle. Es como si el éxtasis se fuera comiendo poco a poco su voz, haciéndola más ronca.
Ilaria se asoma.
—Olimpia —indica Valle—. Sí. Era una niña. Esas son las fechas de su nacimiento y de su muerte. ¿No es… impresionante que tengamos esto en nuestro poder?
Con respeto, con la emoción desbordándose en sus ojos, pasa el dedo sobre la figura, a escasos centímetros del papel.
Permanece así, obnubilada, como en una ensoñación, buscando en su mente recuerdos de las historias que ha estudiado a lo largo de los años, inventando lo necesario para cubrir los espacios en blanco, creando una fábula nueva que llene su alma con la información que termina de descubrir.
Cierra los ojos y las lágrimas caen sobre su regazo.
Sin embargo, no los abre; respira hondo y se transporta mentalmente a aquellos lugares en los que ha estado, sabiendo que Olimpia los pisó años antes que ella.
—Date cuenta, Ilaria. El número del archivo en el que Chiara guardó este cofre es el año de la muerte de Olimpia.
Tras unos minutos que Ilaria respeta y entiende, Valle mete la mano en el cofre y mueve con cuidado el contenido.
Aprecia que queda poco ya, aunque le sigue pareciendo muy valioso lo que ya ha descubierto.
Es como si el anhelo de que el cofre albergara joyas sin límite empañara la felicidad de las ya expuestas.
Justo cuando se decide por un papel plegado que parece de la misma época que las cuartillas anteriores por el desgaste, llaman a la puerta y entra Paolo antes de que Ilaria responda; sin embargo, solo ella se asombra.
—Está aquí el capitán Cavellini —anuncia Paolo en español.
Valle también se sorprende por ello, es obvio que, por educación, lo habla siempre que ella está, pero le parece un esfuerzo innecesario.
Sacude la cabeza. No es tan importante. Lo que sí es sustancial es recoger todo y meterlo en la caja otra vez.
Se da cuenta cuando ve a su amiga recogiendo los papeles que hay sobre la mesa y cogiendo el cofre con la otra mano.
Quiere protestar, custodiar ella el tesoro.
No le da tiempo. Ilaria lo mete en una caja fuerte que hay dentro de un armario justo cuando Cavellini cruza la puerta.
A Valle le llama la atención el cigarrillo entre los dedos, esta vez apagado.
—Buon pomeriggio, signora. Ecco la sua documentazione dell’ambasciata. [14]
—Grazie mille, che sbadataggine [15] —dice Ilaria con gesto de fastidio por el descuido, gesto que el capitán no pasa por alto. Sus ojos, sobre los de Ilaria, provocan que ella agache la cabeza.
Valle pregunta a Cavellini si ocurre algo, él muestra todo su enfado al responder que le pidieron entrar en Sant’Ivo, que les dio permiso y libertad, pero que ha recibido una queja del responsable de la iglesia.
Cuando ambas lo miran fingiéndose arrepentidas, él añade que también han ido al Palazzo Spada y arroja una pregunta: ¿por qué razón lo han hecho si no han averiguado nada?
Lo expresa con tanto enfado que apenas respira, de manera que un ataque de tos lo sobresalta al terminar.
Las amigas se miran. Ilaria se aprieta las manos. Valle toma la palabra para mentir. Le explica, con tono dubitativo debido a la improvisación, que le pareció que los símbolos en el pavimento tenían relación con los que recordaba en el Palazzo Spada, pero que se equivocó en su intuición.
El capitán observa a su alrededor, pasea por la estancia y piensa.
Ve la luz de la pantalla del ordenador y se acerca para dar un vistazo rápido a la pantalla, en la que puede ver el email abierto.
Ilaria le pide que se retire, lo que se trata en los correos es privado y confidencial.
Sin retirar la mirada de la pantalla, les explica que les dejó entrar a la iglesia para ayudarle a la investigación, ya que ellas están relacionadas de alguna forma con lo ocurrido y, de todos modos, los conocimientos de Valle les serían de gran utilidad.
Les pide, con tono de orden, que se pongan en contacto con él sobre cualquier pista que encuentren.
—Così faremo [16] —responde Ilaria con tono áspero y el rictus serio.
—Un attimo, capitano. Ho ricordato che abbiamo trovato qualcosa.
[17] —Busca en su bolso y extrae el bolígrafo envuelto en el pañuelo de papel.
— Ecco, abbiamo trovato questa penna tra i banchi della chiesa. È di Chiara, gliel’ho regalata io. [18]
El capitán toma el pañuelo y lo abre con cuidado. Observa el bolígrafo y después clava los ojos en Ilaria y Valle. Su bigote oscuro se mueve, mostrando la tensión de sus labios apretados. Después, sin mediar palabra, se da la vuelta y sale de la habitación, cerrando la puerta a su espalda.
Ilaria se deja caer en la silla.
—Comprendo —afirma— que debemos guardar lo que sabemos hasta estar seguras; sin embargo, esto me perjudica.
—Lo sé.
La diplomática se da unos segundos para recomponerse, después se pone en pie, camina hacia la puerta, la abre y le indica a Paolo que no debe entrar nadie sin aviso previo.
—Abramos ese cofre de nuevo —dice, abriendo la caja fuerte y extrayendo de su interior el arca—. Debemos descifrar lo que nos quiere decir Chiara, encontrarla.
—Estoy segura de que ella no quiere que la encontremos, Ilaria, ni nosotras ni nadie. Se siente a salvo de esta forma.
—Pero está sola. Puede cometer un error. Debemos protegerla.
—No sabemos si está sola.
—Tienes razón, no lo había pensado.
—Aunque así fuera, ella ha visto al asesino. Sabe de quién tiene que huir.
—No, Valle, recuerda su mensaje: «Los que nos persiguen tienen muchos rostros. Cuidado».
—Sí. Aun así, ella sabe mucho más que nosotras.
—Déjame responder a un par de asuntos importantes —responde Ilaria, sentándose en la silla y acercándose al ordenador, mientras con el dedo pulgar de la otra mano desliza en la pantalla del móvil—.
He ordenado a Paolo que nadie nos moleste, así que saca todo lo que contiene esa caja. Una buona volta per tutte! [19]
Valle frunce el entrecejo. De nuevo el tono de hastío de su amiga la descoloca. En su cabeza la traducción literal no tiene la fuerza con la que sabe que se utiliza en italiano esa expresión.
Después de extraer del cofre las reliquias que ya han revisado, solo quedan dos: un papel doblado y un librillo similar al que ya han visto, pero con la cubierta de cuero. Acaricia la cubierta y el lomo del cuaderno, sin embargo, se decide a abrir la hoja.
—¡Hostia puta!