CAPÍTULO 11
La embajada principal de España se encuentra en el Palacio Borghese, un edificio histórico situado en la piazza Borghese, a pocos metros del río Tíber y muy cerca de la via di Ripetta.
Esta sede es la representación diplomática española más importante en la relación con la República Italiana, la que lleva el peso político y administrativo de los vínculos bilaterales, ya que existe otra, la embajada de España ante la Santa Sede del Vaticano, que representa los temas de carácter religioso.
El palacio es de finales del siglo XVI, aunque terminó de construirse en el XVII, cuando la familia Borghese lo convirtió en símbolo de su poder.
La fachada que mira a la plaza es sobria y regular: filas de ventanas enmarcadas en mármol travertino y balcones sencillos que reflejan el estilo clasicista de la época.
Valle ha estado cientos de veces, pero siempre le impresiona el efecto de mole de piedra que ofrece el palacio.
Paolo aparca en la zona delimitada para los diplomáticos, Valle e Ilaria no esperan.
—Vayamos a mi despacho, allí podremos ver con calma el contenido del cofre. Aún faltan veinte minutos para que llegue Cavellini.
Después de un asentimiento rápido, Valle ajusta el bolso a su cuerpo. Se alegra de que su amiga también quiera ocultar sus hallazgos a ojos del capitán.
En el interior, cruzan por los pasillos los salones amplios con techos altos, salas que la embajada española utiliza para actos diplomáticos, recepciones oficiales y reuniones de trabajo.
El contraste entre el pasado aristocrático y el presente diplomático se percibe en cada rincón: donde antes se exponían mármoles y lienzos barrocos, hoy se discuten acuerdos culturales, económicos y políticos entre España e Italia.
Ilaria revisa el teléfono y se adelanta unos pasos para hacer una llamada.
Valle, como historiadora del arte, recuerda que en Roma existe otra embajada española: el Palacio de España en la piazza di Spagna, sede de la embajada ante la Santa Sede.
Ese palacio representa la continuidad del diálogo entre España y la Iglesia.
De esta forma, Roma alberga dos embajadas españolas con funciones distintas: la del Palacio Borghese, que es la representación diplomática principal ante el Estado italiano y el escenario de la política contemporánea; y la del Palacio de España, que conserva la memoria de más de cinco siglos de relaciones con la Santa Sede.
Cuando la diplomática cuelga, vuelve junto a su amiga.
Se esfuerza por ocultar las lágrimas en los ojos, que limpia de manera rápida con el exterior de la mano.
Valle quiere preguntar, pero sabe que no debe.
Si Ilaria quisiera decirle algo, lo haría.
Llegan ante una puerta de madera oscura, rematada con herrajes antiguos.
Entran al despacho de la diplomática española.
La altura del techo de molduras barrocas en tonos claros, con guirnaldas y motivos florales, y la lámpara de araña de cristal hacen que parezca más un salón que una oficina moderna.
En el centro, una mesa amplia de madera pulida, rectangular y robusta sostiene carpetas ordenadas, algunos documentos oficiales y un ordenador. Ilaria se sienta en una de las dos sillas de respaldo alto, tapizadas en tela gris claro, que esperan frente al escritorio; Valle hace lo mismo.
La luz natural entra por un gran ventanal con contraventanas blancas, que da hacia un patio interior. Desde allí se filtra un murmullo: pasos, voces, algún claxon lejano. Las cortinas, de lino claro, ondean al aliento del aire fresco.
Valle se fija en un detalle curioso: sobre una mesa lateral, de mármol blanco, descansa un busto antiguo.
Parece una copia en yeso de un emperador romano, colocada junto a un jarrón de cristal con flores frescas y un pequeño reloj de sobremesa, de estilo art déco, que marca la hora exacta con un leve tic-tac.
Son elementos que no había visto en sus anteriores visitas.
—Son regalos de Erik. —Cuando parece que va a continuar, baja la mirada y después de unos segundos y un largo suspiro, enciende el ordenador y su atención se pierde en la pantalla.
Con sumo cuidado, Valle saca el cofre. Coloca en la mesa, alejada, su libreta.
—¿Quieres que lo veamos? —pregunta con tacto, a la vista de las últimas reacciones de su amiga con respecto a esa caja repleta de misterio.
Ilaria asiente y se aparta del ordenador; su amiga se esfuerza en detectar el origen de esas reacciones tan extrañas, le gustaría preguntarle directamente, pero a veces siente que nunca ha tenido acceso a esa parte tan privada.
Un ejemplo de ello es que jamás la ha invitado a quedarse a dormir en su casa en lugar de en un hotel.
—Siento la muerte de Valentina —dice Valle—, supongo que estarás afectada.
—Estoy preocupada por Chiara. Es extraño que no se haya puesto en contacto conmigo. Podría hacerlo de muchas formas. Dices que está en peligro, es lo más fácil que podemos pensar. Pero no entiendo que no me contacte.
—Te entiendo. Pero debe de haber algún motivo, nos está dejando pistas, está haciendo que veas que está bien. En cierto modo, ha contactado contigo de la forma que ella ha visto más segura.
—Con ese laberinto de palabras en papeles.
Valle acaricia el cofre.
—Venga, ábrelo —le pide Ilaria con su sonrisa tímida de siempre.
El cofre metálico es, de ancho, mayor que la palma de una mano, pero tiene una forma casi cuadrada, por lo que su largo es del mismo tamaño aproximadamente.
De alto, el doble. La historiadora contiene la respiración al volver a abrir la cúpula azul, cuyo interior está pintado del mismo color, pero con puntos dorados brillantes, que parecen formar una constelación.
Después de pasar una mano sobre la superficie de la mesa, como si la quisiera limpiar, Valle estira la hoja que contenía el mensaje:
«Los que nos persiguen tienen muchos rostros. Cuidado.
Confío en vosotras, estoy a salvo de momento.»
Extrae el trocito de espejo, le da la vuelta y enseña a Ilaria el dibujo.
—Debe de representar a Borromini, ¿ves? Sostiene la mano de una niña. Pienso que el dibujo lo debió de realizar ella por los trazos, eficaces pero inseguros.
Con sumo cuidado, saca el boceto que vio en el coche, el que tenía al pie el monograma.
—Está hecho con grafito. La forma de pintar, estos círculos, con líneas que parecen corregirse a sí mismas. Creo que representa a una familia.
—Sí, son un hombre, una mujer y una niña.
—El rostro de él está incompleto, pero creo que es identificable: esas cejas, esa frente…
Creo que es Borromini. Lo único que sé de él en su vida privada es que tuvo una amante, Costanza.
El monograma que desciframos es el nombre que aparece si das la vuelta a las letras y las trasladas a nuestro alfabeto.
Puede que Borromini y Costanza tuvieran una hija.
—Eso parece, según el dibujo.
Valle achina los ojos y clava su mirada en el dibujo.
—Sin embargo, el monograma, a modo de firma, indica que quien lo hizo fue Olimpia. Y el boceto lo ha realizado claramente un niño. En este caso, amiga, creo que se trata de una niña.
—Entonces…
—Entonces estoy segura de que este dibujo lo hizo Olimpia, y que ella era la hija de Borromini, no su amante.
—¿Quién es esa mujer, entonces?
—Supongo que la amante de él, y madre de ella. Me encantaría conocer su identidad.
Ilaria asiente. Valle extrae un pliego de papeles de tamaño cuartilla de un sobre ajado por el tiempo.
Son varias hojas dobladas por la mitad y atadas con un cordel, con las tapas de cartón oscuro.
Contempla los bocetos, despacio. Esta vez no hay monogramas, no se aprecia ninguna rúbrica, ni hay forma de saber quién los hizo, salvo por un detalle.
—Los trazos corresponden también a una mano infantil, solo que ¿ves las líneas que los acompañan?
Es como si un adulto le estuviera enseñando, como si el infante hiciera el dibujo y el adulto le mostrara la corrección.
¿Ves todas esas figuras de estas dos hojas?
—Valle señala en el papel, y mueve hacia adelante y hacia atrás para que Ilaria pueda contemplar lo que ella le explica.
—Estos esbozos se corresponden con las figuras de la Fuente de los Cuatro Ríos.
—Fontana dei quattro fiumi, cierto. Los reconozco.
—Esa fuente es de Bernini, de 1651.
—Sí, Bernini, correcto. Tiene más renombre que Borromini, ¿cierto?
—Sí.
—No es casualidad. Aunque ambos eran grandísimos artistas, Bernini se llevó siempre los méritos, las buenas críticas y el favor de los papas, mientras que Borromini, más reservado y obsesivo, quedó a menudo a la sombra, incomprendido por sus contemporáneos, pero hoy reconocido como un genio de la arquitectura barroca.
—Conozco una curiosidad. Se hacían la vida imposible.
Una frase muy repetida en Roma es que «Bernini ganaba con la lengua lo que Borromini perdía con el carácter».
Hay una historia que cuentan los guías turísticos: en la piazza Navona, Bernini construyó la Fontana dei Quattro Fiumi frente a la iglesia de Sant’Agnese in Agone, de Borromini, la leyenda indica que una de las estatuas del río levanta la mano sobre su rostro como si quisiera protegerse o evitar que se derrumbe la fachada sobre él.
— En realidad, la fuente se terminó antes que la iglesia, así que no podía ser una burla real.
—Pero la historia se sigue contando.
—Hasta el final de los tiempos, como tantas otras.
Ambas regresan al cuaderno, observan el boceto.
—Ilaria, estos dibujos podrían pertenecer a alguien de su familia, él tuvo muchos hijos.
—O a la misma Olimpia, imitándolos.
—Es extraño. La rivalidad entre ambos artistas era popular. Si la persona que hizo los dibujos era del entorno de Borromini… Quiero decir, hubiera sido un agravio que fuera así.
—Nunca se sabe. No podemos saberlo. Valle, si era una amante, si se trataba de una hija secreta…
—Tienes razón.
En las siguientes hojas se aprecian más bocetos acompañados de frases como: «El dolor se muestra en los párpados caídos, el esfuerzo se mide en la tensión de los dedos, nunca olvides que el mármol, como la carne, respira».
Son figuras escultóricas más que de arquitectura, por lo que Valle afianza la idea de que el cuaderno pertenece al entorno de Gian Lorenzo Bernini.
Llega a la penúltima página. De un vistazo, comprende todo y lanza un grito.