El secreto de Olimpia CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Valle camina despacio hacia el salón. Aprecia un pitido tenue, seguido de otros a intervalos de un segundo, similares a los que escuchó antes de que Ilaria apagara la alarma. De los gritos que llegan al pasillo, apenas son inteligibles las palabras finales de cada frase.

Valle avanza despacio. Las palabras de su amiga reciben una réplica masculina, pero no es una voz en grito, sino un susurro entre dientes, sombrío, delirante, del que ella no puede distinguir nada.

Percibe por los silencios, por los sollozos, que hay mucha tensión.

Ya en la última esquina del pasillo, donde un paso más la llevaría al salón, escucha a su amiga pedirle que se marche. Se asoma y ve a Erik.

Él la suelta con rapidez, asombrado de que haya alguien más en la casa.

—Erik ya se va —responde Ilaria.

Él parece querer añadir algo; sin embargo, finalmente coge las llaves del coche de la mesa auxiliar de la entrada y sale. Ilaria espera a que el vehículo deje de oírse para volver a teclear los dígitos de la contraseña de la alarma.

—Lo siento —dice avergonzada—. Es del todo inapropiado. No era mi intención.

Saca un cigarrillo del mismo mueble auxiliar y se lo enciende. Es la primera vez que Valle ve a Ilaria fumando.

—Hace tiempo que no estamos bien. No esperaba que viniera hoy, no te habría invitado de haberlo sabido. Me he asustado mucho.

—¿Te asusta Erik? Ilaria, ¿Erik te ha maltratado?

—¡No! No. A veces se pone nervioso, pero nunca me ha maltratado.

Pese a la explicación de Ilaria, Valle desconfía. Todavía tiene lágrimas en los ojos, que brotan sin cesar. Camina hacia la cocina y la invita a seguirla.

—Todo empezó a ir mal cuando él quiso que tuviéramos hijos. Yo estaba muy comprometida con mi trabajo entonces y no quería sacrificar el esfuerzo de tantos años. El tiempo pasaba y yo seguía sin ver el momento.

—Siempre quisiste formar una familia.

—Tuve que decidir. —Se seca las lágrimas con un papel de cocina y abre la nevera, echa un vistazo y se da la vuelta para continuar hablando.

—Porque así funciona, Valle. A él no le perjudicarían las consecuencias de un embarazo, pero a mí, sí.

Sobre todo, porque su idea era que me quedara en casa cuidando del bebé, indefinidamente…

Apaga el cigarrillo bajo el grifo de la cocina y lo tira a la basura.

—Ya…

—Su idea era tener hijos, varios, además, y no dejarlos al cuidado de nadie. Yo también pensaba así.

—Lo sé. Pero os conocisteis muy jóvenes. Las personas cambian a lo largo de la vida. Las prioridades se alteran. Es normal.

—Ahí, como te decía, fue cuando empezó a ir todo mal. Sin embargo, últimamente… Ya no es eso, ni siquiera hablamos del tema. Pero siempre discutimos, por cualquier razón.

—Lo siento mucho.

—Sé que todo se ha acabado, pero es tan difícil…

Valle la abraza e Ilaria llora desconsolada, como si ese abrazo, que pretendía ser una cura, fuera el revulsivo. Permanecen abrazadas hasta que se tranquiliza. Se separa abruptamente y se limpia las lágrimas de un manotazo.

—Ya está bien. El asistente nos dejó preparada la cena. —Se acerca a la nevera de nuevo y saca dos envases de cristal individuales con algo de carne y verduras.

—No tengo hambre, Ilaria.

—Ya, yo tampoco.

—¿Quieres que veamos una película?

Ilaria guarda los recipientes y camina hacia el salón; Valle la sigue.

—Me parece que será mejor que nos acostemos. Dormir será lo único que me quite este dolor de cabeza.

Se detiene en la puerta de la habitación de Valle y la abraza.

—Gracias por soportar la serenata.

—Estoy aquí, si me necesitas.

Dos horas más tarde, en mitad de una madrugada cerrada y tranquila, suena la alarma.

Esta vez, no es Erik.