El secreto de Olimpia CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Ilaria sale disparada. Valle guarda el folio y la libreta con rapidez y paga la cuenta llamando a la camarera y lanzando un billete de diez euros sobre la barra; luego sigue a su amiga, a la que alcanza cuando ya está agarrando a Paolo para que deje de pegar puñetazos al individuo de gris.

—¡Paolo! ¡Para! —Valle se acerca a ellos y tira de la camisa de Paolo, ayudando a su amiga a llevarlo a empujones hasta el coche. El hombre con el que batallaba aprovecha para echar a correr.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Valle.

Paolo no responde, se limpia con el revés de la mano un reguero de sangre que cae desde su labio partido.

— Dai, sali in macchina, andiamo. [10]

Valle sube al coche cuando ve que Paolo obedece, Ilaria se sube al asiento del copiloto y lo apremia para que se ponga en marcha mientras saca un pañuelo del bolso y se lo entrega.

—¿Qué ha pasado, Paolo? —insiste Valle.

—Niente. [11]

—Dopo parliamo io e te. Guida fino a Palazzo Spada —ordena Ilaria. [12]

Paolo obedece y Valle observa por el retrovisor cómo se limpia la sangre mientras sujeta con la mano derecha el volante. Ilaria sigue mirándolo con el gesto serio, desencajado. Nunca la había visto tan enfadada.

Suena el teléfono de Ilaria y atiende la llamada.

—Mi dica, Cavellini… Per il momento, no, niente… [13]

Ilaria hace una pausa, mira a Valle para que ella le dé una salida, el capitán se mantiene en silencio al otro lado del teléfono, esperando una respuesta convincente.

—Dile que sabemos que los dibujos están hechos con una mezcla de sangre y cal.

La italiana se lo dice y espera respuesta, después le indica que debe ir a la embajada y le pide que contacte con ella para cualquier cosa que necesite. Se despide y cuelga. Revisa el teléfono. Responde a algún mensaje y después resopla.

—Tengo mucho trabajo. Me ha preguntado si hemos descubierto algo. No le quería contar nada.

—Mejor que no le digamos nada por ahora, todo son suposiciones que no nos llevan a ninguna parte.

—Lo sé, pero quiere vernos. Creo que no me ha creído.

Vendrá a la embajada. Me ha dicho que tengamos cuidado.

—Hace una pausa, mira por la ventanilla, como si de pronto estuviera buscando una respuesta a algo sencillo.

—La sangre, de acuerdo, sería la de Valentina.

Pero ¿de dónde ha obtenido la cal? ¿O es que ya iba preparado para dejar los símbolos?

—Durante el Barroco, la cal era un material fundamental en la construcción. Además, se suele utilizar para restauración de edificios históricos. Es muy posible que la haya sacado de cualquier pared, pero es muy significativo.

El tráfico es denso en el corso Vittorio Emanuele II, así que Valle saca de nuevo la hoja y la libreta.

—Con ese número en tu mente, busca otro que lo complemente mientras caminas por el laberinto de calles que aún guardan…

Un número que complementa al seis. Estamos hablando de la planta de Sant’Ivo, de la estrella.

Es muy revelador, la estrella actúa como firma simbólica.

Busca otro que lo complemente… Ilaria, puede que sea el número nueve.

En la planta conviven un triángulo y un hexágono.

Sumando sus lados, el resultado sería nueve.

Es un truco clásico de cifrado numérico en manuscritos de gabinete.

Pero no estoy segura, tendríamos un seis y un nueve.

¿Por qué no un tres?... Bien, podría ser un tres.

—¿Y qué significa?

—No entiendo. ¡No entiendo! No tengo ni idea, espero averiguarlo cuando lleguemos al Palazzo Spada.

—Reconoce por la ventanilla el final de la Via Giulia antes de llegar a via Capo di Ferro.

Sigue leyendo: —Cuenta cuántas columnas sostienen el engaño.

Buscamos otro número. Si hablamos de columnas, son trece.

No me cuadra que nos dé como resultado un número de dos cifras.

—Valle cierra los ojos, piensa, recupera datos ya olvidados en su memoria, por minuciosos, por banales.

—La galería de perspectiva del Palazzo Spada está señalada en el enigma por las columnas que crean la ilusión.

Son trece columnas. Ocho metros. Son ocho metros.

Ocho. ¡Claro! El primer número es trece, lo complementaría el ocho.

Trece columnas, ocho metros. Por eso habla de engaño.

No es el número de columnas, como parece indicar.

Espera, Ilaria, hay algo mejor. No es ocho como tal.

La perspectiva de las columnas da la sensación de infinito.

La ilusión de infinito se convierte en número concreto.

Solo quien sepa mirar más allá del engaño podrá obtener la cifra verdadera.

Claro que sí, Chiara, claro que sí —sonríe extasiada.

Ilaria gira su cuerpo completamente en el asiento para mirar de frente a Valle, quien ni siquiera se da cuenta porque no levanta la vista del papel, sus gafas de pasta roja resbalan hasta la punta de su nariz, pero ella no se detiene a ponerlas en el sitio.

—Mientras caminas por el laberinto de calles que aún guardan ecos de academias…

Claro, Ilaria, solo tienes que ver el recorrido, la Sapienza era el antiguo centro de estudios; hemos cruzado para venir toda la Roma renacentista, en ese periodo de tiempo la ciudad se convirtió en un centro educativo, artístico y humanístico de primer orden…

Y busca el palacio que lleva en su nombre el filo de una espada.

Bien, eso está claro. Palazzo Spada, vamos allá.

Ilaria sacude la cabeza con una mezcla de asombro y deslumbramiento.

Paolo detiene el coche en la puerta. Enseña la identificación diplomática al vigilante que custodia la puerta, pues el palacio acoge ahora el Consejo de Estado de Italia.

Ilaria baja del coche y entrega su acreditación para que les dejen acceder, sin poner pegas, a todas las zonas con plena libertad.

El teléfono de Ilaria suena y ella se aleja para atender la llamada. Paolo y Valle han bajado del coche, él se enciende un cigarro, ella se coloca el bolso en el hombro y se ajusta las gafas. Se acerca a él.

—Se te ha ensuciado la camisa. —Valle toca una mancha de sangre en la camisa blanca, a la altura del pecho. —Si no la limpias ahora, no se quitará. Ve a por una botella de agua, la puedes frotar con agua fría.

Él no se mueve, le sostiene la mirada, que busca tras las gafas rojas, hasta que ella se siente incómoda y retira la mano. Ilaria se acerca y ambos se separan.

—Vamos —ordena la italiana con tono seco, poniendo en silencio el móvil—. Esta vez vienes con nosotras, Paolo.

Valle percibe que su amiga quiere dejar claro quién manda. Encuentra a Paolo a ojos de su amiga como un ser inferior, jamás antes había percibido ese detalle y no sabe si actúa de ese modo por la pelea. Supone que alguien de la diplomacia no puede permitirse ciertas salidas de tono.

Ilaria pregunta al guía por dónde se va al archivo artístico y después mira a Valle y Paolo para que la sigan, acompañados por el empleado.

Mientras acceden al patio empedrado, Valle observa la entrada a la Galleria Spada, sin embargo, el guía los lleva por las dependencias internas del palacio.

Ya en la puerta, el trabajador duda si dejarlos solos, Ilaria interviene en voz baja, sin alterarse y marcando quién es superior, aunque sin menospreciarlo, y este se marcha.

—Chiara y Valentina pudieron entrar como investigadoras acreditadas, con su debido permiso —indica Ilaria.

Acceden a través de una pequeña entrada y bajan por una estrecha escalera de caracol negra cuyo final es otra puerta, de madera y con vidrieras, que tiene la llave puesta.

En las estanterías, todos los archivos están codificados por un número.

Valle recuerda los números, busca un orden lógico, no lo encuentra.

Finalmente se decanta por el seiscientos noventa y ocho.

Es el desglose de las cifras que le vinieron a la mente en un primer momento: el seis, el nueve, y el ocho.

Inquieta, busca el 698. Saca el legajo que hay en la balda y busca el ansiado cofre, pero no hay nada.

Revisa los papeles, antiguos, con la lengua del paso del tiempo lamiendo la superficie, oscureciéndola, arrugándola.

—Tiene que estar aquí. Seiscientos noventa y ocho.

Tiene que ser aquí. —Saca el papel del bolso y lee: —En el centro de aquel recinto, donde las sombras de los archivistas han tejido siglos de secretos, aguarda un cofre sellado.

Solo quien comprenda cómo del fuego del Espíritu se pasa al filo de la espada, donde hallará la estancia exacta donde la verdad descansa.

—Repasa en su cabeza, ágil, frenética. Sube unas líneas y lee de nuevo: —Un templo.

Uno. Mil seiscientos noventa y ocho. Tiene que ser eso.

Tiene que serlo. —Camina por los pasillos, busca.

—No tiene ningún sentido. 1698 no es una fecha referente en la vida de Borromini.

Murió en 1667, de hecho. —Localiza el número en la estantería.

Estira del pliego de papeles y descubre una caja de cartón, igual a las que hay repartidas en otras zonas del registro.

La saca de la estantería y la abre. Ahí está el ansiado cofre, metálico, de más calidad que el anterior, sin llave.

Pesado. Repleto. De un vistazo, descubre los diferentes objetos que contiene y trata de controlar su emoción.

—¿Qué significará esa fecha? Ilaria, ellas conocían el sistema clasificatorio del archivo, por eso dejaron la nota en Sant’Ivo y después vinieron aquí. ¿Quién os seguía?

La historiadora localiza la cámara situada en la esquina superior derecha y hace un gesto a Ilaria y Paolo para que la oculten el tiempo justo de guardarse en el bolso este segundo cofre metálico.

Ellos lo hacen y los tres salen con rapidez, esperando que nadie haya visto en las cámaras su hallazgo. Desandan el camino y alcanzan el patio. Justo cuando están llegando a la puerta, el guía sale y les grita. Ellos corren hasta el coche y se marchan.

—Tiene mis datos —afirma Ilaria recuperando el aliento, en el asiento trasero, junto a Valle. —Tiene mis datos.

Circulan a gran velocidad. El teléfono de Ilaria suena. Es Cavellini.

—No sabe nada —, explica al colgar. —Me avisaba de que me he dejado la documentación diplomática.

También me indica que mañana es el funeral de Valentina.

Me ha requerido información. Sabe que estamos haciendo descubrimientos y que no los hemos compartido con él.

Quiere que nos veamos en la embajada en hora y media.

Paolo frena, todos recuperan el aliento de forma pausada, con respiraciones profundas y lentas.

—Es hora de comer —añade. —¿Te apetece que vayamos a esa pizzería que te gusta tanto, Valle?

—Me gustaría poder ver el contenido del cofre con detenimiento.

—Podemos verlo más tarde, en la embajada. Es que necesito comer algo, apenas he desayunado.

Esa actitud sorprende a Valle. Ilaria siempre ha sido una persona coherente, en muchas ocasiones le ha parecido que carecía de las características propias y las necesidades de un ser humano.

Siempre concentrada, siempre correcta y empática.

Y ahora, de pronto, tienen algo entre manos que es con toda probabilidad lo más extraordinario que vayan a ver nunca.

Y no tiene prisa. La excusa pensando en los nervios de los últimos días, en su falta de rutina y de responsabilidad frente al deber que le espera en la embajada.

—Lo voy a abrir ahora, si no os importa.

Ilaria asiente, Paolo acepta la orden recibida a través del retrovisor y pone rumbo al Trastevere.

Valle pone el último cofre sobre su regazo.

Advierte que es más grande que el anterior y que contiene papeles de diferentes siglos, a juzgar por el deterioro.

Encima de todo hay un folio blanco, más reciente.

Cuando está a punto de abrirlo, Paolo da un volantazo y un coche en el exterior hace sonar el claxon.

El cofre cae al suelo del vehículo, se abre y su contenido queda desperdigado sobre las alfombrillas.

Valle lo recoge todo con cuidado, maldiciendo y lamentando.

Papeles de distintas épocas y formatos, un trozo de espejo con un boceto en el reverso.

Abre con cuidado un papel doblado que contiene el dibujo de una familia de tres personas.

La conducción en Roma es famosa por sus atascos, por el caos y por el zigzagueo de las motos y scooters entre los coches.

No es novedad, pero Valle lo percibe en este momento con más acritud que nunca.

Cuando ha conseguido introducirlo todo en la caja metálica, sin apenas haber podido contemplar nada, nota que el coche se para y Paolo comienza las maniobras de estacionamiento.

Levanta la vista y ve que están en la misma puerta.

El asistente no se complica, hace uso en todo momento de la «inmunidad diplomática».

Esta vez los tres se sientan en la misma mesa.

A Valle le cuesta comprender los códigos que manejan Ilaria y Paolo, algo que se ha debido estipular con antelación, bien en un acuerdo verbal o uno establecido con la fuerza de la costumbre.

Piden una pizza para cada uno, cuando se marcha la camarera Paolo pone las dos manos sobre la mesa y se inclina hacia adelante.

—El hombre con el que discutí —dice. —Os estaba siguiendo. Estaba primero en Sant’Ivo y después en el café.

Ambas lo miran, interrogantes.

Él no añade nada más.

—Nunca reaccionas así —dice, al fin, Ilaria.

—Ha sido muy maleducado. No soporto a las personas maleducadas.

Las sorprendentes palabras del asistente, que nunca ha tenido una reacción violenta ante ellas, las deja sumidas en una confusión momentánea.

Luego, Valle, que apenas puede contener la agitación, pone el cofre sobre la mesa y lo abre, ante la mirada recriminatoria de la italiana, que teme que alguien las esté vigilando.

Localiza el papel más reciente y lo desdobla con cuidado.

«Los que nos persiguen tienen muchos rostros. Cuidado.

Confío en vosotras, estoy a salvo de momento.»