CAPÍTULO 10
—Valle, Chiara está viva. Sabe que estamos juntas, buscando explicaciones, siguiendo sus pistas. Nos está observando.
Busca a su alrededor, dentro y fuera de la pizzería. Valle y Paolo, por inercia, la imitan; hace mucho tiempo que no ve a Chiara y la afluencia de turistas ataviados con gorras y gafas de sol en el exterior logra saturarla.
—Sí —piensa Valle en voz alta—. Entonces, puede que ambas estuvieran juntas en Sant’Ivo, digamos que con este cofre que acabamos de encontrar. Sabían que corrían peligro, pues ella misma te envió la carta con el primer acertijo días antes.
—Sí, hará cinco días.
—De acuerdo. Entonces, o bien estaban cambiando el cofre de lugar, o bien lo escondían por primera vez, pero quien las perseguía las sorprendió. Posiblemente fue eso, ella quiso poner a salvo este cofre, por eso puso un nuevo mensaje bajo la baldosa del altar. Y la llave en la cúpula.
—Pero aquí ya nos habla a las dos —comenta Ilaria señalando el papel.
—Puede —interviene Paolo— que preparara el mensaje en Sant’Ivo y pusiera la llave en la cúpula y hoy haya dejado el cofre.
—Es una posibilidad —responde Valle—. Ha transcurrido muy poco tiempo. Lo importante es que está viva. Y no solo eso. Nos guía.
El empleado de la pizzería llega a la mesa con las pizzas.
Valle coge el cofre y lo pone en su regazo, una vez les sirve la comida, ella aparta su plato y vuelve a ponerlo sobre la mesa.
La mirada de Ilaria, que siempre ha sido tan dulce y correcta, le sorprende. Está escandalizada y parece resentida.
—¿Puedes quitarlo de ahí? Se va a ensuciar.
Valle, sorprendida por la amonestación y por el hecho de que, de pronto, a su amiga le importe más la integridad del tesoro que a ella misma, devuelve el cofre a su bolso.
Esta vez cree reconocer en su enfado el incidente de Paolo, pero ella se siente impaciente por abrir cada uno de esos pliegos, por coger entre sus manos ese trozo de espejo y ver qué representa el dibujo.
No necesita comer. Su hambre es de conocimientos, de descubrir las joyas halladas y escondidas por las investigadoras.
Mordisquea por obligación un par de trozos y espera por educación a que los otros terminen sin volver a tocar el cofre.
Nunca se ha comido una buena pizza italiana estando tan disgustada, y aunque lo haya hecho y no lo recuerde, el hecho de comerla siempre había cambiado su ánimo.
Saca una toallita para limpiarse las manos y al guardar el paquete vuelve a rozar el cofre, como para asegurarse de que sigue ahí.
—Vayamos a la embajada —dice Ilaria limpiándose las manos con la servilleta. —Cavellini nos espera. Nos vendrá bien estar en un lugar privado. Sin esperar una respuesta, se levanta y camina hacia el lavabo.
—Paolo, tú la conoces mejor que yo. La noto irritada, ¿no te parece?
A él la pregunta le pilla por sorpresa. Piensa un momento, sin esfuerzo, sin darle importancia.
—¿Irritada?
—Enfadada.
—Pienso que está cansada. A esta hora, sin haber pasado por la embajada en todo el día, tendrá muchas llamadas y emails por responder.
—Entiendo. Supongo que mi alegría por el hallazgo es demasiado evidente y puede que haya olvidado lo que es importante en realidad.
Ilaria conocía a Valentina. Puede que esté afectada.
¿Crees que está bien? ¿Va todo bien en su casa?
No la he visto hablar con Erik; recuerdo que suelen llamarse varias veces al día. O al menos antes lo hacían…
Paolo no responde. Ella siente que no ha sido todo lo comprensiva que hubiera debido.
Mientras revuelve el contenido del cofre, sin sacarlo del bolso, acariciando los papeles plegados, abriendo y dando un rápido vistazo, tocando el espejo y dándole la vuelta, observando el dibujo, piensa que quizás Ilaria lleve sobre los hombros una carga que a ella nunca le ha parecido tan insoportable.
Es cierto que la italiana jamás se ha quejado, que ha sido siempre comedida y cariñosa.
En esta visita no la percibe así. Tal vez tenga problemas en casa.
La última vez que le habló de su matrimonio había cierta tensión entre Ilaria y Erik, su marido, posiblemente debido a la presión que ambos soportan por sus respectivos trabajos.
Erik es el cónsul general de España en Roma, un cargo que, como el de Ilaria, no debería suponer un gran esfuerzo, según opina Valle, por cómo ha visto gestionar a su amiga otras situaciones.
Sin embargo, sabe que ese tipo de empleos llevan mucha responsabilidad.
De camino a la embajada, saca, porque no puede esperar más, el pedacito de cristal.
Es lo que más le ha llamado la atención, aparte de un boceto hecho con carboncillo, emborronado por el paso del tiempo.
Observa el dibujo en el reverso del espejo.
Es un hombre con el rostro marmoleado. Recuerda los dibujos de época y bien podría ser Borromini, aunque las líneas son a la vez firmes pero difusas, como si la persona que lo hubiera hecho titubeara.
El espejo no era muy grande, el dibujo tampoco.
La figura del hombre está completa y Valle sigue la línea de su mano hasta las esquirlas del borde del espejo.
Lo que ve la deja asombrada: una manita pequeña que el hombre sostiene con cuidado.
—¡No es posible! —grita.
Ilaria y Paolo se sobresaltan. Ambos giran las cabezas para observarla, él, un segundo, ella, un poco más, pues busca la fuente de la reacción de su amiga.
—¿Qué ocurre?
—Al maestro Borromini no se le conoció familia cercana. Ni hijos ni sobrinos… En fin. Era un hombre solitario. —Abre el pliego con el boceto, el que le llamó la atención. —Increíble. Esto es extraordinario.
—¿Qué ocurre?
Valle coge el papel y observa el boceto. Misma geometría, incluso, para dibujar los rostros, y la firma…
—Creo que Borromini tenía una hija.
Ilaria guarda silencio.
—Bueno, puede ser. ¿Es importante?
—Durante siglos, el papel de la mujer en el arte ha estado marcado por el anonimato y la invisibilidad.
Muchas mujeres artistas tuvieron que firmar con seudónimos masculinos o incluso dejar sus obras sin rúbrica para que pudieran circular.
Otras trabajaban en los talleres de padres o esposos, pero sus obras eran atribuidas a ellos.
El anonimato era, en muchos casos, la única forma de participar en el mundo del arte.
Según estos dibujos, Borromini podría haber tenido una hija.
Las formas de sus bocetos, tanto en el papel como en el espejo, son casi como si el maestro las hubiera dibujado.
Pero se perciben la duda y la fragilidad de los trazos.
Y se ve el monograma. Es una firma, Ilaria.
Está en el boceto del papel y en el del espejo.
Valle levanta la hoja y señala con el dedo el monograma. Toma su libreta y, tras revisar las letras griegas, comienza a apuntar por la mayúscula. La Α.
—Fíjate, Ilaria. —Le enseña las letras apuntadas en el papel:
Αιπμυλ
—Aipmil —lee Ilaria.
—Conoces el alfabeto griego —dice Valle, apuntando bajo las letras griegas su análoga en español.
La diplomática asiente.
—Limpia —Relee Valle—. ¡No! Esto es increíble. Fíjate. El monograma suele ser un dibujo. Por lo tanto, la O, que forma parte del dibujo, no es solo un círculo que lo rodea todo. Es parte del nombre.
Escribe OlimpiA bajo las letras anteriores.
—Ilaria, esto es… Fíjate. Un monograma, un nombre completo. Es un gran descubrimiento. No solo cambia la narración de la historia de la vida de Borromini. Cambia la leyenda de su obra. ¿Y si algunos de sus trabajos no fueran obra suya?