El secreto de Olimpia CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Un nuevo jeroglífico, escrito a mano, como el anterior, con la misma caligrafía.

Leen en voz baja, de forma rápida, con la premura que acompaña a los momentos de pasión limitada que proporciona la vida; esa emoción exaltada solo la vivirán una vez.

Leen para sí mismas, diciendo en voz alta alguna que otra palabra, susurrando, bisbiseando, buscándose con la mirada de vez en cuando.

«En la ciudad donde el mármol respira, se alza un templo que no termina en †, sino en ★, donde el sabio maestro ocultó las proporciones de ∞. Allí comienza el camino: mira hacia el sol y cuenta los ∠ que apuntan al Espíritu.

Con ese número en tu mente, busca otro que lo complementa mientras caminas por el laberinto de calles que aún guardan ecos de academias, y busca el palacio que lleva en su nombre el filo de una ⚔︎. Cuenta cuántas columnas sostienen el engaño.

Dentro no hallarás sangre, sino papel, pues sus muros guardan la memoria de príncipes y papas.

En el laberinto de aquel lugar, donde las sombras de los archivistas han tejido siglos de secretos, aguarda un cofre sellado.

Solo quien comprenda cómo del fuego del Espíritu se pasa al filo de la ⚔︎, hallará la estancia exacta donde la verdad descansa».

Valle termina antes y espera a que Ilaria lo haga. Extrae su libreta y toma algunas notas.

—Debemos irnos —dice la italiana con el miedo rozando su espalda.

—Ilaria, esto está lleno de policías, no debes temer.

—Tengo una mala sensación.

Valle recoge el cofre del suelo e introduce dentro el papel, plegado.

Lo mete en el bolso junto con su libreta.

Deshacen los pasos en sentido inverso, asegurándose de que las puertas queden bien cerradas tras ellas.

El vértigo es abrumador, impulsado por la certeza de haber visto algo único: un lugar al que casi nadie llega, han vivido una experiencia que no se repetirá jamás.

Nunca volverá a ser la primera vez que accedan a la cúpula de Sant’Ivo, aunque lograran un permiso para volver a subir, jamás sería lo mismo.

Afianzan cada paso. Ilaria lleva los zapatos en la mano y desliza la otra por la pared.

La bajada contiene más dificultad que la subida.

Por momentos el aire se hace irrespirable, lo notan en mayor medida porque el viaje de ida sufrió intervalos en los que recuperar el aliento.

Ilaria mira varias veces a su espalda, pierde el equilibrio en una de ellas y resbala en el escalón con la media de lycra, cae varios escalones por delante.

Por suerte, Valle va bastante avanzada con respecto a ella y la caída de su amiga no la abate.

Se gira con rapidez, lo que provoca que sus gafas salgan volando y caigan varios escalones por debajo.

Las recoge después de ayudar a su amiga a levantarse. La italiana se frota las nalgas.

—¿Estás bien?

Ilaria afirma y le indica que continúen la marcha.

El eco de sus pasos las persigue incluso cuando atraviesan la puerta final, que las lleva a la nave de la iglesia.

El paso de Ilaria se detiene un momento para calzarse, después continúa su andadura, adelantando a Valle, que se ha detenido a observar a su alrededor.

—Creo que Valentina estaba aquí para esconder el cofre —indica.

—O para cambiarlo de lugar —responde la italiana.

—Es posible. Puede que ambas estuvieran aquí.

—Se sabían en peligro. Eran conscientes de que debían protegerse y cuidar lo que hubieran descubierto, pues todo estaba en peligro.

La española continúa mirando a su alrededor, quiere encontrar algo que dé explicación a lo que están viviendo, ordenar los datos de forma comprensible. De pronto, algo entre los bancos llama su atención y se acerca.

Un ruido suena a sus espaldas, con el eco repitiéndolo varias veces. Se giran. Un hombre ataviado con ropas eclesiásticas las saluda con la mano, afable pero desconfiado.

—Che cosa fate qui? La chiesa è chiusa oggi per quello che è successo. [6]

—Abbiamo il permesso del capitano Cavellini. Ce ne andiamo già [7] —responde Valle antes de que Ilaria termine de coger aire para hacerlo.

Él asiente y vuelve a la sacristía. Posiblemente haya experimentado el mismo sobresalto que ellas.

Valle avanza con agilidad hasta el hueco entre los bancos de madera. Se agacha y, con el borde de su chaqueta de punto, recoge un bolígrafo plateado. Lo sostiene un instante, como si pesara más de lo que aparenta, y luego se acerca a Ilaria.

—Deberíamos entregárselo al capitán.

El gesto de la diplomática se tensa al reconocerlo.

—No. Ese bolígrafo es de Chiara. Se lo regalé por su cumpleaños.

Valle alza la vista, alerta.

—Entonces estuvo aquí.

Ilaria niega despacio.

—Chiara no pierde cosas. Si lo dejó, fue a propósito.

—Ilaria, es muy poco probable que supiera que íbamos a venir nosotras.

—No necesitaba saberlo —replica, firme—. Le bastaba con confiar en que alguien lo encontraría.

Valle frunce el ceño, pensativa.

—¿Y qué ganaba con eso? —murmura. Hace una pausa, hilando ideas—. Las notas están en castellano… sabía que tú recurrirías a mí. Y si lo encontraba la policía, acabarían preguntándote de todos modos.

Ilaria sostiene su mirada.

—Entonces no es una pérdida —dice en voz baja—. Es un mensaje.

Ambas permanecen en silencio durante unos segundos. Ilaria saca un pañuelo de papel y coge el bolígrafo sin tocarlo directamente con las manos, lo envuelve con cuidado y lo guarda en su bolso.

—Vamos —dice—. Mejor que hablemos de esto fuera de aquí.

Saludan a los policías que custodian el acceso a la iglesia y, ya en el patio, Ilaria propone a Valle tomar un café, a lo que la española responde con un simple gesto afirmativo.

Se detiene una vez más antes de la salida, observa la iglesia, enmarcada por el rectángulo del patio, la cúpula en la que acaban de estar, ese lugar inaccesible al que, probablemente, jamás volverá.

Suspira y vuelve junto a su amiga, unos pasos por delante, ya en la calle.

Se despiden de los otros policías que protegen el pórtico de entrada.

Paolo sigue aparcado en la puerta, dentro del coche.

—¿Podríamos ir caminando? —propone Valle.

—¿No has tenido bastante ejercicio?

—Precisamente, me gustaría ir a algún sitio cercano, pero no quiero meterme en un espacio cerrado de nuevo.

Ilaria piensa.

—¿Te parece bien el Sant'Eustachio il Caffè? Es un café muy famoso, histórico, en piazza di Sant’Eustachio. Está aquí detrás. A dos minutos.

—Sí, lo conozco. Perfecto.

Ilaria se asoma a la ventanilla del copiloto para dar la orden a Paolo, él asiente y se pone en marcha.

—Piensa, Ilaria. —Un coche que pasa junto a ellas absorbe el sonido.

—¿Qué? —responde.

Valle eleva la voz:

—Tienes que pensar. Recuerda las últimas conversaciones con Chiara. Puede que hubieran descubierto algo tan grave como para que las quisieran matar.

—Pienso que más bien protegían…No sé… —Ilaria baja el volumen al final de la frase y mira a los lados.

Han girado desde el corso dil Rinascimento hacia la via degli Staderari.

Su voz parece retumbar en las paredes de piedra de los edificios adyacentes, enfrentados con tanta proximidad que parecen caer sobre ellas.

Detrás una mujer se acerca demasiado hasta adelantarlas.

—Algún tesoro —indica dudando de la palabra y acercándose a ella todo lo que puede. La coge del brazo.

—¿A qué te refieres?

—No recuerdo las conversaciones con exactitud, pero estaban a punto de dar con algo importante. Creo que ya lo habían encontrado: una prueba, quizá algo muy antiguo… un documento, no lo sé.

A Ilaria le llama la atención un hombre que va detrás de ellas desde que salieron de Sant’Ivo.

Viste informal, con vaqueros negros y un jersey de punto color gris, y gafas de sol negras estilo aviador.

Se fijó en él por parecerle extraña la combinación con unas zapatillas de running negras con el logo de leopardo, pero le parece inquietante que siga el mismo camino que ellas, aunque con unos metros de distancia y por la acera contraria de la calle estrecha.

Ven desde su posición la piazza Sant’Eustachio.

—Tienes que recordar lo que te dijo —pide Valle—. ¿No te parece que Chiara quiere decirnos algo? Necesitaríamos más información. Desde luego, es peligroso, así que cuanto antes…

—No te des la vuelta. Pienso que ese hombre del jersey gris nos está siguiendo.

Ese es el café —señala enfrente—. Abre tú la puerta, me dejas entrar y aprovechas para mirarlo.

—Busca con la mirada a Paolo, a quien ha ordenado aparcar en la plaza y esperarlas o tomar café si quiere.

Lo localiza apoyado en el coche, fumando un cigarro y comiendo un helado. Se le escapa una mueca de repulsión.

Valle obedece, observa al peculiar señor. Cuarenta y muchos. Delgado, fibroso, alto. Hortera. Extraño, sí. La maniobra de distracción resulta innecesaria cuando él camina un poco más rápido y aprovecha que la historiadora sujeta la puerta para pasar detrás de Ilaria. Valle sonríe.

—Grazie mille [8] —dice con marcado acento español.

Ilaria se ha quedado parada, asombrada ante la actuación. Ya no desconfía de él y busca la mirada cómplice de su amiga para reír la escena, algo turbada.

—No sufras, no le gustamos nosotras, ni siquiera Mónica Belluci —comenta Valle ya en la mesa, inclinada hacia adelante para que el hombre, que se ha quitado las gafas de sol y la mira desde un par de mesas detrás de Ilaria, no se dé cuenta de que hablan de él.

Valle hace una mueca graciosa y ambas ríen cómplices, olvidando por un momento la presión acumulada las últimas veinticuatro horas.

El aire huele a almendra amarga y a café recién molido; un rastro que se enlaza, en su memoria, con la cera caliente y el vino oscuro.

Así debía de oler el Barroco cuando aún se estaba gestando, cuando las obras respiraban en los talleres y nada era todavía definitivo.

El barista sonríe sin saber que, para ella, esa mezcla —el tueste profundo del café, la madera envejecida de las mesas— no es un simple aroma, sino la evocación precisa de un estudio en plena efervescencia, como si el pulso creativo de Francesco Borromini siguiera suspendido en el aire.

Les toman nota y la historiadora recupera su gesto serio. Después de una mirada a su amiga cargada de significado, se pone el bolso sobre las rodillas y extrae la libreta, que deja sobre la mesa. Abre el cofre con la llave sin sacarlo. Saca la hoja con el nuevo misterio.

Les sirven el café, ambas lo apartan a un lado y cierran el espacio adelantando los cuerpos, protegiendo el secreto. Valle lee en voz alta:

—En la ciudad donde el mármol respira se alza un templo que no termina en cruz, sino en estrella, donde el sabio Borromini ocultó las proporciones del infinito. Allí comienza la senda: mira hacia el sol y cuenta los … los… no sé qué significa este símbolo, es como una L.

Toma nota en la libreta mientras Ilaria se fija en el icono.

—¿Una esquina?

—Los… Es masculino. ¿Ángulos? Estamos con la geometría, no puede ser otra cosa.

¿Los ángulos que apuntan al Espíritu? Con este número en tu mente, busca otro que lo complementa mientras caminas por el laberinto de calles que aún guardan ecos de academias, y busca el palacio que lleva en su nombre el filo de una espada.

Cuenta cuántas columnas sostienen el engaño.

—Valle levanta la mirada y la clava en la de Ilaria.

—Es muy sencillo, habla del Palazzo Spada.

—Toma un sorbo de su café. Ilaria la imita.

Valle vuelve al folio: —Dentro no hallarás sangre, sino papeles, pues sus muros guardan la memoria de príncipes y papas.

El Palazzo Spada alberga la Galleria Spada, con colecciones de arte de los siglos XVI y XVII.

La diseñó Borromini y tiene una perspectiva forzada.

En el centro de aquel recinto, donde las sombras de los archivistas han tejido siglos de secretos, aguarda un cofre sellado.

Solo quien comprenda cómo del fuego del Espíritu se pasa al filo de la espada, hallará la estancia exacta donde la verdad descansa.

Ilaria toma su taza de café y apura su contenido.

Valle acaricia la suya, pensando, recordando días de universidad y lecciones aprendidas de memoria, con la mirada puesta al otro lado de la cristalera, en la heladería que queda a pocos metros cruzando la minúscula plaza.

Da un sorbo y también apura su café. Vuelve a la libreta.

—Por un lado, tenemos la cruz, la estrella, el infinito —apunta—. El ángulo. Tenemos que buscar un número.

—¿Para qué?

—No estoy segura, pero dice eso. Si partimos desde el templo que no termina en cruz, sino en estrella, la lógica me indica que se refiere a Sant’Ivo. Según su planta, los ángulos serían las puntas de la estrella, y en ese caso el número sería el 6. Partiendo del número 6, nos indica…

Un bullicio repentino hace callar a Valle. Viene de fuera. Ambas pueden ver a través de la cristalera a Paolo, junto a su coche, discutiendo con el hombre del jersey gris.