CAPÍTULO 7
Franquean la puerta de entrada a la iglesia.
Valle aspira en profundidad, ese aroma húmedo y fresco que es común a las iglesias europeas es otra de las formas que la hace sentirse en casa.
El pavimento, de mármol de colores contrastantes, principalmente negro y blanco, forma figuras geométricas.
Las baldosas parecen trapezoidales y rectangulares, dispuestas de forma que continúan la geometría curva del altar.
—Ilaria, recuerda los dibujos del pavimento empedrado del patio.
Por un lado tenemos la planta de la iglesia, que es una estrella de seis puntas que combina el triángulo equilátero en dos posiciones contrapuestas y seis círculos, estas figuras representan respectivamente lo moral y lo divino.
Por otro lado, las cruces, podrían representar estrellas, también presentes en esta iglesia.
—Avanzan despacio por el pasillo central, tienen de frente el altar.
Valle se ajusta las gafas. —¿Ves la cúpula?
Las estrellas aparecen pintadas como decoración celeste, reforzando la idea de que el espacio interior es un reflejo del cosmos.
Además, está la figura de la abeja, símbolo heráldico de la familia papal de Urbano VIII, uno de los papas durante la época más prolífica de Borromini, significa dulzura, laboriosidad y el poder de la familia.
Por otro lado, teníamos elipses, círculos, triángulos y polígonos regulares.
Todo ello es representativo del Barroco.
No entiendo por qué el asesino ha realizado esos dibujos.
Valle se detiene bajo la cúpula. Ilaria la observa, intrigada. La deja pensar.
—Recuerda lo que hemos visto: un círculo perfecto, casi imposible de lograr sin un compás—dice al fin—; un triángulo que se repite tres veces, girado; y una estrella de seis puntas que emerge de la superposición de las formas anteriores.
No es un dibujo vulgar. Es un lenguaje. Es la misma gramática que Borromini emplea en la planta, en la cúpula, en la linterna que se retuerce hacia el cielo.
Entiendo que quien ha dejado estas marcas no quiere destruir, sino advertir.
Mira —señala en su libreta—, las figuras reflejan el contorno del cuerpo de Valentina.
El círculo queda por encima de su cabeza; el triángulo marca la posición de sus brazos; la estrella cierra esa especie de plano, a sus pies.
Percibo la intención: alguien que ama este lugar tanto como yo quiere recordarnos que el Barroco no se protege con palabras vacías, sino con atención, con un saber oculto en la geometría.
Este código es una llamada silenciosa, una súplica para que no olvidemos que la belleza es frágil.
—Me asombras. Eres única. Entiendo por qué Chiara insinuó que te buscara. Estoy segura de que ella conocía tus habilidades.
Ilaria abraza a Valle. Ambas están abrumadas, comprenden que en este momento tienen un objetivo demasiado grande, una empresa difícil y seria.
No se trata solo de descubrir quién asesinó a Valentina y por qué.
O quizás solo se trate de eso, pero están seguras de que pueden encontrar mucho más tras ese gran reto.
Caminan de la mano hacia el altar, Ilaria temerosa, Valle, atenta, observa a su alrededor, buscando a simple vista algún indicio de lo que le puede estar indicando Chiara con su acertijo.
Ilaria saca, de nuevo, el sobre de su bolso y desdobla la hoja.
Valle lee en voz alta, sustituyendo los símbolos por la palabra que cree que representan.
—Cuando la luz de la linterna caiga sobre la espiral girada —indica—, recuerda la risa que Bernini escondió entre las curvas prohibidas.
Solo quien conozca al hombre de las manos de piedra y la torre que nunca tocó el cielo, verá dónde las cruces susurran y las sombras revelan el secreto.
La clave está en la unión de círculo y cruz, allí donde la geometría se pliega sobre sí misma y la caja olvidada aguarda bajo la mirada de la linterna que busca alcanzar el Paraíso.
Guarda la llave invisible: sigue el arco que nunca es recto, el patrón que burla a la perfección, y la recompensa será tuya.
—Alza la vista. —La linterna. La luz que entra desde la linterna de la cúpula.
—Se coloca debajo de la linterna, comprendiendo que la luz puede no caer en ese preciso momento en el lugar indicado.
—La flecha curvada, la espiral sagrada es la espiral en el altar.
La torre. La unión del círculo y la cruz, la geometría se pliega sobre sí misma y la caja olvidada aguarda.
Los ejes de las cruces y el círculo central.
Eso podría ser bajo la cúpula. O bajo la linterna.
—Mira el suelo. El mensaje le sigue pareciendo difuso, es obra de alguien a quien, gustándole los acertijos, quizá no tiene los conocimientos suficientes como para formularlos.
Aunque, pensándolo bien, cumple la función de haberlas llevado hasta Sant’Ivo y al altar.
Le rechina la alfombra que, mirando la composición que forman el sagrario, el retablo y el altar, se ve descuadrada.
Tiene una esquina doblada, como si la hubieran recolocado con prisa.
La retira. Observa el suelo con detenimiento.
Se da cuenta de que una de las baldosas no tiene pasta de rejunte.
La pisa con cuidado y nota que se mueve bajo su pie. —Creo que es aquí.
Valle mete la libreta en el bolso y se agacha e Ilaria hace lo mismo.
Levantan la pesada baldosa entre las dos, con mucho cuidado y esfuerzo.
Valle se ajusta las gafas, que se le han descolocado, se descuelga el bolso, que ha quedado a la altura del codo.
Queda a la vista un pañuelo mediano, parece el purificador o la palía del cáliz utilizados en la liturgia, algo cogido en ese momento de forma improvisada.
Valle tira del trapo para descubrir un cofre dorado de metal, cerrado con llave.
Recuerda de nuevo el acertijo y piensa en voz alta:
—La llave está en la corona de la linterna espiral, en la esfera de bronce que corona la hélice de la linterna.
¿Ves? Es el remate con el laurel, la esfera y la cruz.
Esos elementos están en la cúpula. Fuera.
La baldosa se halla en el eje opuesto al acceso y la linterna actúa como su contrapunto vertical, la llave que falta está alineada verticalmente con la baldosa, en la esfera que corona la linterna.
—¿Y cómo podemos cogerla? Es imposible llegar ahí arriba.
Valle busca con la mirada algún acceso por el que poder llegar a la subida.
Descarta la de la sacristía y se decanta por una pequeña puerta a la derecha del altar.
Es de madera y al empujarla emite un quejido acuoso.
Con el pequeño cofre en la mano, es incapaz de meterlo en el bolso y perder de vista su hallazgo, aunque sea por unos minutos, empieza la subida por una escalera estrecha y húmeda, con peldaños desgastados.
Ilaria la sigue, cuando lleva once peldaños, se sube la falda de tubo por encima de la rodilla.
El aire se vuelve más denso a medida que ascienden en espiral.
Valle acaricia la pared, deslizando sus dedos por la piedra mojada.
Tras varias vueltas, llegan a una pequeña puerta que da acceso al balcón desde el que cayó Valentina.
También hay señales de que la policía ha estado ahí.
Están marcadas las suelas de los zapatos en el balaustre, junto a un marcador forense similar a los que han visto en el patio.
Ilaria vuelve a la escalera. Valle inspecciona las marcas, intentando construir una imagen de lo que pudo suceder.
Las huellas son finas, de lo que podrían ser las puntas de los pies.
Pero entonces ve que en la barandilla también hay una sola huella, de la puntera del zapato, lo que le hace pensar que Valentina se arrojó.
Intenta poner orden en las ideas mientras regresa a la escalera.
—Ilaria. Creo que Valentina se lanzó con prisa, no hay marcas de que se detuviera con los dos pies.
No creo que se suicidara, en ese caso se habría colocado para reflexionar.
—Alcanza a Ilaria, que se ha parado a un lado y recoloca de nuevo la falda de tubo hasta la rodilla para subir con menos esfuerzo la estrecha escalera.
—No solo por lo que hemos visto abajo, sino por las marcas de la barandilla.
Escondido entre el estuco hay un acceso más angosto, apenas un marco de piedra con una pequeña hoja metálica.
Valle empuja. Cruje. Queda a la vista una escalera de caracol aún más cerrada, encajada dentro del muro.
El espacio es casi irrespirable. La luz se filtra por rendijas, pero el ambiente es oscuro.
Suben. Ilaria resbala en uno de los peldaños y se mira los zapatos.
Valle piensa que ella se los hubiera quitado hace ya un buen rato.
—Observa, en la mayoría de las cúpulas barrocas, Borromini integró escaleras y pasadizos dentro del grosor de los muros.
No se ven desde el espacio litúrgico porque quedan embebidas en los contrafuertes y tabiques de la cúpula.
Salen al nivel del tambor, ahora están dentro de las famosas cristaleras que parecen inalcanzables desde el exterior.
El aire fresco entra por las rendijas. Valle comprende lo que tantas veces ha leído sobre la función de esos vidrios: la luz atraviesa la cúpula como un cuchillo durante el día, bañando el interior.
Acceden a un pasillo circular que recorre la base de la linterna.
Es estrecho, protegido por columnas que sostienen el peso de la aguja. El eco de sus pasos retumba.
—Mira, Ilaria, como si el espacio entero respirara.
—La voz de Valle denota júbilo, por un momento pertenece al lugar, comulga con el alma del artista, descubre sus secretos y los hace propios.
—Observa a tu alrededor, ¿ves las dovelas del travertino?
, evocan la piedra romana, pesada y eterna, pero dispuesta en arcos que solo existen por la tensión entre las piezas que se empujan entre sí.
La dovela no es nada sola; cobra sentido en la curva.
La geometría oculta de Borromini hecha carne, tendones, piel.
Ilaria asiente, también extasiada por lo maravilloso del espacio, pero sin alcanzar a entender las palabras que Valle recita casi en un estado místico.
De hecho, aunque siempre que ha visitado con ella algún edificio, la historiadora se ha mostrado embelesada, en esta ocasión la nota arrobada, casi enajenada.
Lo entiende, están en un espacio íntimo que pocas personas han visitado.
Valle desliza sus manos por los muros, los dedos por los arcos, por el frío mármol travertino.
Cierra los ojos y aspira el aire pesado, renovado, que entra como un aliento fresco.
Sin embargo, encuentra un tacto distinto de repente, cuando abre los ojos, detecta otra trampilla, más rudimentaria.
Dentro, una escalera metálica y estrecha trepa por el núcleo hueco de la linterna.
Cada peldaño chirría como si no hubiera sido usado en siglos.
Por las rendijas entre los muros ven el exterior: la espiral gira alrededor suyo, como si estuvieran atrapadas en el interior de un caracol de piedra. Están en el interior de la hélice.
Llegan al punto más alto, están en el centro de la linterna, entre las llamas que lamen la esfera de bronce, coronada por la cruz, que quedan sobre sus cabezas.
El viento golpea fuerte, Roma se extiende bajo sus pies, la piazza Navona es apenas una sombra, el Tíber una cinta oscura.
Valle deja el cofre metálico en el suelo, junto a su bolso, mira a su alrededor y vuelve, abre los brazos y entiende por qué Borromini construyó ese remate: no es solo arquitectura, es un faro espiritual, una aguja que perfora el cielo.
Ha olvidado por un momento por qué está ahí.
—¿Por qué es posible técnicamente subir hasta aquí si el acceso es restringido? —pregunta Ilaria rompiendo la magia.
—El acceso a estas zonas no está pensado para el público, sino para mantenimiento o incluso para su construcción.
También en San Pedro hay entrada hasta la linterna.
Entiendo que sean zonas de acceso restringido, pienso que en ocasiones se podrá subir con guía, pero fíjate en el recorrido, no es algo sencillo, las escaleras son demasiado estrechas y prácticamente intransitables.
En realidad, harían falta algunos objetos que facilitaran o apuntalaran la subida, como una linterna o calzado antideslizante.
Ilaria observa a su alrededor, pero también la observa a ella, a su amiga, a la famosa historiadora del arte.
A alguien que podría describir de memoria y con los ojos cerrados esa iglesia sin haber pisado los lugares más significativos de la misma.
La desgracia le ha propiciado un permiso que de otra forma probablemente no hubiera obtenido.
Abajo puede ver a los policías a los que Cavellini dejó de guardia.
En el exterior de los muros aprecia el ir y venir de los coches, de las personas.
Algo le dice que deberían darse prisa en buscar la llave y salir de ese lugar.
—Valle, tenemos que buscar la llave. —Ilaria pronuncia la última palabra con misterio y con su habitual dificultad para reproducir el sonido de la doble ele: l·liave .
La historiadora se fija a su alrededor. En el mortero no hay nada.
La luz la deslumbra, son casi las once del mediodía y el sol apunta con sus rayos hacia el bronce, que resplandece.
Entonces ve, en movimiento, un delgado hilo que se mece al son del viento.
Está por encima de sus cabezas, estira el brazo, pero no llega.
Ilaria es más alta, pero sus intentos también son en vano.
—¿Cómo lo han podido atar ahí? —grita Valle con un tono enfadado que transmite su hastío.
Antes de terminar la frase, Ilaria se quita los zapatos de tacón de aguja y se encarama a la parte alta del muro de mortero.
Aunque le cuesta dos o tres intentos, logra alcanzar el hilo y estira de él.
Detrás cae la llave y el pedazo de cinta de doble cara que la anclaba a la parte baja de la esfera.
—Ese punto es inalcanzable —responde la italiana—.
Debieron lanzar la llave sujetando el hilo hasta que quedó pegada.
Tanto Chiara como Valentina eran más bajitas que yo, y a mí me ha costado conseguirlo.
—Valle desata el cordón antes de introducir la llave en la cerradura del cofre, que se abre con suavidad.
Levanta la tapa.
Ambas pueden ver lo que hay dentro: una hoja similar a la anterior con otro acertijo.