CAPÍTULO 6
¿Dónde está Chiara? Esto es lo que se pregunta Valle.
¿Por qué llevaba Valentina la documentación de su compañera?
La lógica le proporciona una respuesta. La llevaba para simular que era ella.
Es evidente que guardan cierto parecido.
No para quien las conociera bien, al menos a una de ellas, pero sí para quien no hubiera tenido un trato más cercano.
Ilaria y Paolo recogen a Valle a las nueve en punto.
A ella le ha dado tiempo de ducharse, arreglarse y hasta de hacer la cama, costumbre que tiene y que la hace sentir más en casa.
Ha bajado a desayunar y ha tomado un café con un bollo de chocolate.
Ha revisado el email y el WhatsApp y ha contestado a su sobrina, que pensaba que todavía estaba en Francia, a donde le dijo que iría desde el congreso de Bruselas.
Le cuenta que sí ha resuelto el caso de Saint-Victor, le contará más adelante.
Que está en Roma, por un nuevo reto, y que se encuentra emocionada y feliz por ello.
Después se siente mal, no quiere mentir a Olimpia, tampoco preocuparla.
Valle se fija en el vestuario de su amiga: de nuevo traje de falda y chaqueta y stilettos de tacón bajo.
—Tengo que ir en algún momento a la embajada —se justifica Ilaria al ver la inspección a la que está siendo sometida. Valle baja la mirada hacia sus vaqueros y zapatillas y se pregunta si su amiga tendrá ese tipo de prendas de sport.
En la puerta exterior del Palazzo della Sapienza, antigua sede de la Universidad de Roma, las espera il capitano Cavellini, dos policías más custodian la entrada.
Le llama la atención el frondoso bigote negro, que ensombrece el gesto de su rostro, haciendo que parezca diez años mayor, sin embargo, Valle lo imagina sin él y analiza las pocas arrugas alrededor de ojos y labios.
Seguramente sea de su edad. No lleva anillo de casado, buscarlo es uno de los gestos de los que más se avergüenza ella, pero es fruto de las decepciones del pasado.
La mayoría de los hombres no se lo quitan en ese primer encuentro.
Si no fuera por el bigotón, Roberto sería una buena opción para pasar la noche.
Un aguijón hace sentir a Valle lo sola que se siente, lo rápido que van sus pensamientos y lo sensible que es a la belleza.
Pronto se recompone. Tras los saludos y presentaciones pertinentes, los tres atraviesan la puerta.
El patio de Sant’Ivo alla Sapienza es un escenario único en la arquitectura barroca de Roma.
Valle reconoce de inmediato la huella de Borromini, que transformó el antiguo claustro renacentista de Giacomo della Porta en un espacio cargado de dinamismo.
Observa cómo las arcadas regulares del palacio enmarcan la mirada hacia el objetivo: la iglesia de Sant’Ivo, que se alza en el centro, al fondo.
Su fachada curva, convexa y cóncava al mismo tiempo, rompe la monotonía del rectángulo del patio.
Valle recrea en su mente la planta de la iglesia, en la que la fusión de círculo y triángulo equilátero es símbolo de perfección y de la Santísima Trinidad.
Desde el patio, la fachada parece expandirse hacia el suelo, como si el edificio respirara dentro del espacio cerrado de la Sapienza, la antigua universidad pontificia.
En lo alto, la cúpula ligera culmina en la famosa linterna en espiral que, desde donde se encuentra, se percibe casi como una llama de piedra ascendiendo al cielo. Esa linterna no es solo un remate arquitectónico, sino una metáfora visual de la búsqueda de la sabiduría divina.
Así, el patio de Sant’Ivo no es un simple acceso a una iglesia, sino un lugar en el que la severidad clásica y la imaginación barroca conviven. Borromini transforma la geometría en emoción, y el espacio, en un manifiesto de la inteligencia y la fe.
A los pies de la magnífica edificación, todavía quedan señales de la profanación de las fuerzas del orden.
Cavellini, cigarro en mano, les explica en un italiano con acento napolitano dónde se encontraba el cadáver.
Tiene una tos cavernosa. Valle e Ilaria pueden apreciar los símbolos en el suelo empedrado.
—A eso se refería cuando hablaba de un escenario peculiar —dice Ilaria.
—Mira esas cruces —señala Valle, extrae su libreta del bolsillo de la chaqueta y apunta.
—Están torcidas. Se aprecian figuras geométricas también —piensa en voz alta, agachada, sin llegar a tocar las pinturas, pero acercando el dedo casi como si quisiera hacerlo.
Sabe que podría, pero para ella eso sería mancillar el escenario, la obra de alguien.
—Círculos, elipses, hexágonos. ¿Sabes? Creo que están dibujadas con cal.
¡Pero mira esas otras! Esa de allí… es la forma de la planta de Sant’Ivo, la unión de círculo y triángulo equilátero.
Esa figura está hecha con una mezcla rojiza.
Apuesto a que es sangre y cal. Era algo muy común en la época barroca.
Capitano, hanno analizzato questi campioni?
È probabilmente sangue [3] —indica Valle, mirando a Cavellini.
Él le responde, en un italiano con marcado acento de Nápoles, que la científica ha recogido las muestras y posiblemente tengan resultados al día siguiente. La coletilla «si Dio vuole» hace que Valle se reafirme en el origen napolitano del capitán.
—Ilaria, no sé muy bien qué nos quiere decir con las figuras geométricas.
Mira —señala— las cruces torcidas. Aquella figura es una representación de la cruz y la daga.
Una cruz estilizada atravesada por una daga o espada.
Representa que fe y violencia son instrumentos inseparables.
Entiendo que dibuja la planta de Sant’Ivo, que es justo donde nos encontramos, porque es aquí donde nace todo. Donde empieza.
—O donde termina —responde la diplomática recogiéndose detrás de la oreja un mechón de su pelo corto, que cae de forma insistente sobre su rostro a causa de la inclinación de este.
El capitán las mira y asiente, sigue la conversación sin intervenir. Hace ver que las entiende, y las deja divagar.
—Chiara fingió su muerte —afirma Valle—. No sé si estaría aquí cuando sucedió esto. Pero se sabe en peligro. Quizás contacte contigo en algún momento, o puede que también esté muerta. Pero creo con firmeza que fingió su muerte para ponerse a salvo.
—Yo pienso que podría haber estado aquí.
Escondida. Ellas iban juntas a casi todas partes, incluso cuando no investigaban.
Con más probabilidad en un lugar como este, es difícil saber lo que estaban haciendo, pero es posible que se encontraran juntas aquí.
Además, es donde nos envía el acertijo de la carta.
—Ilaria calla. Quiere ocultar la existencia del enigma que Chiara les dejó y sabe que, aunque hable en español, Cavellini podría entenderla.
Pronto lanza una cuestión que distraiga al policía, le pregunta sobre lo que le ha comentado por teléfono sobre la posición del cuerpo.
Él le responde que se hallaba en una posición precisa.
Se busca en el bolsillo y saca un lote de diez fotos.
Cavellini extiende una de las fotos. Señala la imagen.
Es Valentina. Su cuerpo presenta la posición de decúbito lateral.
Con los brazos extendidos hacia adelante y las piernas un poco recogidas, pero juntas, haciendo coincidir las rodillas y los tobillos.
Un nuevo ataque de tos hace que se aparte del grupo.
Extrae un paquete de tabaco del bolsillo mientras a Valle se le escapa un pequeño grito que viaja entre el asombro y el horror, mezclados con admiración.
—Ilaria. Según los estudios, esta fue la posición en la que el criado de Borromini lo encontró en su habitación la noche en que se hirió.
No me cabe duda de que es una escena más que planeada.
Quien dio muerte a Valentina se entretuvo en crear todo un escenario.
El símbolo de la cruz y la daga es más bien una advertencia.
No quieren que investiguemos. Quien hizo esto, lo hizo después de que ella cayera desde la linterna —dice señalando hacia la torre girada.
—Los símbolos rodean el cuerpo de Valentina.
La perseguían porque había descubierto algo o estaba a punto de descubrirlo.
Ilaria transmite las observaciones de Valle a Cavellini. La historiadora baja la mirada hacia su libreta, revisa los símbolos y toma nota de las conclusiones que extrae.
—Valentina, pero también Chiara. Estaban juntas en el proyecto.
Valle mira alrededor, echa en falta cámaras en un lugar tan popular.
También es cierto que algunos edificios de Roma, que ella custodiaría con recelo, carecen de vigilancia de ningún tipo.
Le pregunta al capitán si no hay cámaras de videovigilancia, a lo que él responde que solo hay guardias de seguridad durante el horario de apertura y que las investigaciones indican que ocurrió antes de ese momento, en la madrugada, a falta del informe del forense.
Valle dirige de nuevo la mirada hacia la torre. Expresa en italiano su sospecha: debe de haber caído desde el balcón. Añade una amenaza cargada de superioridad:
—Spero che abbiano ispezionato tutto meticolosamente. [4] —La historiadora mira al comisario con aire de superioridad, a lo que el capitán responde con una más severa todavía. Ella relaja el gesto y añade: —Mi piacerebbe accedere all’interno, è possibile? [5]
Cavellini concede con un gesto del brazo, los dedos apuntando a la puerta.
Por la entrada al patio acceden dos personas que lo buscan, cuando llegan a él posicionan sus cuerpos para que no se vea lo que hablan.
Él, de espaldas, asiente. Se disculpa con Valle e Ilaria, lo reclaman a unas calles de distancia, donde han hallado unos guantes de piel negros con las yemas manchadas de una mezcla de cal y sangre.