OLIMPIA
En primer lugar, me pregunto por qué Serena cuenta con tanto detalle en el manuscrito el caso que atendía mi tía cuando su amiga Ilaria le informó de la muerte de Chiara.
Pienso que la periodista era demasiado impresionable, que se dejaba deslumbrar fácilmente y que la forma en que la tía Valle resolvió las dudas la fascinó.
No soy una escritora como ella, no tengo idea de cómo se debe hacer un libro ni de si es buena forma de empezarlo tratar una trama que es completamente ajena a lo que creo que es el tema principal.
Pero he leído muchos libros y me da la impresión de que no sería la mejor forma de empezar una novela.
Puede que la razón para incluirlo sea describir el talento de mi tía a la hora de datar el origen de la obra y revelar su procedencia.
En este momento pienso así, continúo leyendo pese a todo porque también es cierto que a mí no me impresiona lo que mi tía era capaz de hacer, ya que, aunque admirable, estoy acostumbrada a escuchar sus proezas.
Creo que la tía Valle se lo pudo contar como preámbulo, antes de meterse en materia, pero que Serena lo reflejó en su novela, aunque no tuviera sentido desde el punto de vista literario.
No alcanzo a comprender que, aunque mi tía me hablara de Saint-Victor en una de nuestras conversaciones telefónicas, por las fechas sé que fue justo antes de viajar a Italia, como solía hacer con sus trabajos, no me mencionara la muerte de Chiara y lo que sucedió en los días posteriores a la llamada de su amiga Ilaria.
Que mi tía guardara ese secreto me incita a querer saber todo sobre ese viaje.
Secretos. No iba mal encaminada cuando empecé a leer. Me sorprendió que mi tía no me hubiera dado apenas información sobre ese viaje a Roma, ni en el momento en el que sucedió ni en estos años posteriores. Desde luego, no era poca la responsabilidad que tenía. Estaba investigando un asesinato.
Estoy muy intrigada por saber qué relación tenía eso con la otra parte de la novela, la historia de Borromini, su vida.
Mis padres siempre me habían dicho que tía Valle eligió mi nombre.
Lo que no sabía, lo que nunca me dijeron, es que era el nombre de la hija del artista.
Dicho nombre no aparece en ningún estudio que se haya hecho sobre él.
¿Puede ser que en realidad mi tía le dijera ese nombre a Serena en una historia inventada sobre la vida del maestro?
Sentada en su sillón favorito, en el que tantas veces ella se acurrucó a leer, acariciando a Dovela de la forma que ella lo haría, me pregunto cuántos secretos me guardó mi tía Valle.
Sobre la mesita auxiliar, donde una lámpara de luz cálida alumbra las hojas del manuscrito, está nuestra foto favorita, esa que nos hicimos delante de la playa, con su pelo castaño, largo y ondulado meciéndose con el viento.
Reímos. Y me doy cuenta de cuánto nos parecíamos físicamente.
El parecido entre nosotras es mayor que el que tenemos con mi padre.
Me pregunto de nuevo por qué guardó ese secreto. Por qué no me habló sobre el proyecto de la novela o por qué desestimó publicarla.
Sabiendo lo sucedido, pienso que pudieron asesinarla por algo relacionado con el manuscrito.
¿Por qué no se lo llevaron en ese caso? Solo encuentro una respuesta posible: el propio manuscrito es una amenaza.
No lo ocultan, pero quien lo lea, sabrá cómo actuar.
Es una advertencia: puedes conocer el secreto, aunque debes preservarlo. Eso es lo que he deducido.
Dovela ronronea y frota su cabeza contra mi mentón, después se acurruca en mi regazo, debajo de las hojas, y se duerme.
La gatita fue quien vio a mi tía con vida por última vez.
¡Ay, Dovela! ¡Si pudieras hablar!