El secreto de Olimpia CAPÍTULO 5
12%

CAPÍTULO 5

—Es la compañera de Chiara —indica Ilaria.

Todos han salido de la sala, los padres se marchan tras una despedida apresurada en el pasillo. La diplomática ha hecho uso de su cargo y, en una llamada, ha resuelto el enigma. Valle la mira, asombrada, sin entender nada de lo que ocurre.

—¿Cómo se han podido equivocar?

—Por inverosímil que sea, Valentina llevaba la documentación de Chiara.

Por eso la confundieron. No es que se parecieran tanto, pero tenían el pelo similar, su complexión no era muy distinta…

Pienso que no comprobaron bien. Quiero decir, vieron la documentación y pensaron que era ella.

Tengo que pedirte algo. Roberto Cavellini, quien dirige la investigación, me ha dicho que sería interesante que fuéramos a Sant’Ivo.

Al comentarle lo que ha sucedido, le he explicado que, además de sus padres, nos encontrábamos tú y yo en la sala; al informarle de que eres historiadora me ha pedido que vayamos, cree que podemos ayudarle en algo.

—¿Nosotras?

En realidad, no es la primera ocasión en que investigadores de cualquier ámbito acuden a ella por motivos de distinta índole.

—Si la persona a la que acabamos de ver es Valentina, ¿dónde está Chiara, Ilaria? ¿Por qué crees que llevaba su documentación? ¿Te ha dicho Cavellini por qué creen que se trata de un asesinato?

—Tiene que ver con lo que han encontrado en el lugar en el que murió, también es el motivo por el que ha solicitado tu presencia.

Salen a la calle, es noche cerrada, pasan de las once.

—¿Tienes hambre? —pregunta Ilaria.

—Lo cierto es que no.

—Yo tampoco, aunque me vendría bien un café. Luego te llevamos al hotel. He quedado con el capitano mañana por la mañana.

Al llegar al vehículo, asiente brevemente como saludo a Paolo. Ilaria le indica el nombre de un café cerca de la piazza Navona, uno que sabe que a Valle le gusta visitar.

Cuando llegan, él toma asiento en otra mesa. Le sorprende ese acuerdo tácito y silencioso con el que manejan la situación. Al fin y al cabo, él es un empleado y está en su horario laboral, que parece indeterminado.

Ilaria saca del bolso el sobre de Chiara unos segundos antes de que les lleven los cafés.

Solo el aroma la reafirma en el lugar en el que se encuentra.

Extrae el papel. Lee en voz alta, dotando al texto de un misterio que se desliza en su voz dulce, en su acento italiano que arrastra las vocales y canta las sílabas.

«Cuando la luz de la ☉ caiga sobre la ⤿,

recuerda la risa que Bernini escondió entre las curvas prohibidas.

Solo quien conozca al hombre de las manos de piedra y la ▲ que nunca tocó el cielo, verá dónde las † susurran y las sombras revelan el secreto.

La clave está en la unión de ⦿ y ✠, allí donde la geometría se pliega

sobre sí misma y la caja olvidada aguarda bajo la mirada de la

linterna que busca alcanzar el Paraíso.

Guarda la llave invisible: sigue el arco que nunca es recto, el patrón que burla a la perfección, y la recompensa será tuya».

Valle reflexiona. Ilaria deja el papel sobre la mesa y la historiadora lo gira hacia ella. Lee en voz baja, bisbiseando, las frases, intentando transformar los símbolos en palabras para dotar al texto de sentido.

—Hay varias pistas simbólicas —indica, señalando aquí y allá conforme va descifrando el mensaje, y anotando en la pequeña libreta que ha sacado de su bolso—.

Los iconos son iconos del Unicode. El círculo con el punto dentro debe referirse a la linterna.

Precisamente en Sant’Ivo es muy importante.

Se refiere a la luz que entra desde la linterna de la cúpula, es un punto de referencia inequívoco de Sant’Ivo.

Ilaria confirma y mira de reojo a Paolo, que habla con la camarera de forma animada. Valle desvía un momento su atención hacia el asistente, pero no se permite la distracción y se concentra de nuevo en la carta.

—La flecha curvada... Creo que este símbolo se refiere a la espiral sagrada, la famosa espiral de Borromini en el altar.

El triángulo negro podría ser la torre. Hay una burla famosa, un chascarrillo, sobre la eterna rivalidad entre Borromini y Bernini.

Una de las cosas que se decían es que el segundo fastidiaba al primero con críticas furibundas sobre su obra.

Otra, en este caso sobre Sant’Ivo, es que su torre nunca tocó el cielo.

Era como una mofa de Bernini sobre la verticalidad imposible.

Ilaria asiente y trata de interpretar algo de lo que su amiga le ha dicho.

—Cuando la luz de la linterna caiga sobre la espiral girada —dice—, recuerda la risa que Bernini escondió entre las curvas prohibidas. Solo quien conozca al hombre de las manos de piedra y la torre que nunca tocó el cielo… Sigo sin comprender.

—Verás dónde las cruces susurran y las sombras revelan el secreto.

En Sant’Ivo son famosas las luces y sombras que convergen en el altar.

La clave está en la unión del círculo y la cruz, en este caso una cruz geométrica, símbolo, una vez más, de la forma de construir de Borromini.

Allí donde la geometría se pliega sobre sí misma y la caja olvidada aguarda bajo la mirada de la linterna que busca alcanzar el Paraíso...

Parece que buscamos una caja. Creo que en algún momento se refiere a los ejes de las cruces y al círculo central.

Solo alguien que conozca la obsesión de Borromini por la geometría y el humor de Bernini puede conectar los símbolos y metáforas para descubrir la ubicación exacta de la caja en el altar.

Creo que Chiara sabía muy bien a quién enviar este mensaje.

No estaba dispuesta a permitir que cualquiera encontrara eso que con tanto mimo ha escondido.

O, mejor dicho, con tanto mimo ha querido explicar a la persona indicada dónde encontrarlo.

—Era imposible que supiera que tú vendrías…

Ambas suspenden sus pensamientos, tratando de entender, de descifrar.

—¿Por qué me llamaste?

—Cierto. Ella sabía que no entendería una palabra y que te avisaría. Además, está escrito en español. Esta carta era para ti.

Ilaria la recoge y la guarda con cuidado.

—Mañana, ¿dónde has quedado con el capitán?

—En Sant’Ivo. Hay algo que nos quiere enseñar allí.

Valle asiente.

Ilaria se levanta y una mirada basta para que Paolo las siga al exterior.

A su llegada al hotel, él le descarga la maleta, como si un ápice de humanidad o cariño lo hubiera invadido de repente.

Tal vez solo por la sensación de tener la oportunidad de practicar sexo con ella.

Paolo es de ese tipo de hombres que sacrifican la comodidad de una relación estable por la libertad y la plenitud que les proporciona la soltería.

Cada día, una mujer, pocas veces repite.

Cada día, una oportunidad nueva, un cuerpo nuevo, la entrega completa de quien conoce por primera vez y desconoce si será la última.

—Valle. Intenta descansar. También necesito que te prepares para algo. Cavellini me ha dicho que mañana necesitará enseñarnos fotos del cadáver.

—Ya hemos visto el cadáver.

—Lo sé, se lo he dicho. A lo que se refiere es a la extraña posición en la que el cuerpo apareció.