El secreto de Olimpia I LA MUERTE DE UN GENIO (AGOSTO DE 1667)
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I LA MUERTE DE UN GENIO (AGOSTO DE 1667)

La desesperación invadió a Massari. Con esfuerzo, el sirviente levantó a Borromini del suelo, con la cabeza del arquitecto descansando débilmente en su hombro. Sabía que tenía que llevarlo a alguien que pudiera ayudarlo.

—¡Maestro! ¡Debemos llevarte a la ciudad, a un médico! —exclamó, pero Borromini, con un último atisbo de fuerza, agitó débilmente la mano, rechazando la idea.

Su mente, aún despierta, luchaba contra el velo de la inminente muerte, aunque su cuerpo no obedecía.

Massari intentaba girarlo. Era imposible que Francesco pudiera permanecer con vida en esa posición.

De lado, con los brazos estirados al frente, las piernas juntas y un poco flexionadas, el mango de la espada apoyado contra el suelo, como sujetando su cuerpo, la punta afilada sobresaliendo por detrás, apuntando al techo.

Massari entendió que no había nada que pudieran hacer. El destino había tejido una historia sombría para el arquitecto que había hecho de Roma su lienzo. Y mientras el joven lloraba en silencio, Borromini comenzó a cerrar los ojos, dejando que la oscuridad lo envolviera.

Afuera, el bullicio de Roma continuaba su danza frenética.

Las voces de los comerciantes, los pasos de los transeúntes y el canto de las aves que anidaban en las cúpulas resonaban con la vitalidad de la ciudad.

Pero dentro de la casa, el tiempo parecía detenerse.

Cada segundo se alargaba en un silencio abrumador, una pausa en la sinfonía del mundo que seguía girando.

Los días siguientes fueron dolorosos. Massari preguntó una y otra vez, en los pocos momentos de lucidez que tenía el genio, si quería que avisara a Olimpia.

Bien sabía lo que ella significaba para Francesco Borromini.

El artista solo aceptó una pequeña visita, hizo que Massari ocultara la herida y que la llamara con la excusa de preguntarle por el encargo que le había realizado.

La hija, secreto y prueba de la fragilidad del maestro, acudió a la llamada sin saber que esa sería la última vez que lo vería con vida.

Una vida que ya no era tal, que se escapaba entre respiraciones entrecortadas y una fiebre desmesurada.

Pidieron al criado que saliera de la estancia y los dejara a solas. Hablaron durante largo rato y se despidieron con solemnidad y tristeza contenida.

Solo dos días después, tras un último suspiro, Borromini se rindió a la sombra. La chispa de genialidad que había iluminado a Roma había sido apagada. El eco de las risas, de los debates apasionados sobre el arte y la belleza, todo eso se desvaneció con el último aliento del maestro.

La muerte de Borromini marcaba no solo el fin de un hombre, sino el cierre de una era.

Mientras la luz del día se desvanecía, la ciudad parecía llorar la pérdida de un genio, y su legado se alzaba en las estructuras que había creado, en cada curva y cada ángulo que contaba la historia de su brillante pero atormentada existencia.

Massari, sentado junto al cuerpo inerte de su maestro, sabía que la vida continuaría, aunque una parte de Roma nunca volvería a ser la misma.