El secreto de Olimpia CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Valle se entrega al abrazo; su cuerpo se ablanda y sus brazos rodean a Ilaria, casi veinte centímetros más alta que ella, en la zona media de la espalda.

—Es terrible, Valle —dice cuando se separan, mirándola de cerca y cogiendo sus manos. Fuerza una leve sonrisa cariñosa cuando las lágrimas caen—. Me alegro muchísimo de verte, pero estamos consternados con la muerte de Chiara.

—Lo entiendo.

Valle le aprieta las manos y procura ser empática; incluso se pregunta por qué ella no siente tristeza en un momento como este. Ella también conocía a Chiara, también eran amigas, aunque no con la misma intensidad. Sin embargo, no siente una tristeza profunda. Solo asimila la situación.

Avanzan por uno de los pasillos asépticos, de suelo brillante marmoleado, en el que se reflejan las luces blanquecinas de las luminarias.

Los tacones, bajitos pero finos, de los salones de Ilaria, repiquetean en el suelo.

Valle mira sus zapatillas Hoff; por muy caras que sean, jamás llegarán a alcanzar la elegancia sublime de Ilaria, que se estira ahora con delicadeza la falda de tubo, logrando que vuelva a alcanzar la medida de la rodilla.

La camisa, blanca impoluta, se entalla a su cintura fina a la perfección.

—Entiendo vuestra tristeza, me siento conmocionada, creo que por eso no soy capaz de mostrar…

—No tienes que disculparte, cada persona adulta demuestra sus sentimientos de formas muy distintas.

Valle calla. Su habitual manía de corregir los deslices léxicos o gramaticales de las personas que se esfuerzan en hablar en su idioma puede esperar en este momento.

También omite su respuesta. Ni siquiera ella comprende su frialdad.

A sus treinta y nueve años, ha vivido verdaderos dramas familiares.

Uno de ellos, el peor, la muerte del que fue su único novio con solo veintitrés años.

La única persona con la que había convivido después de una tensa relación con su padre, que la hizo abandonar el domicilio familiar con solo veinte.

Después, tras demasiadas relaciones intensas y fallidas, ella, que era una persona a la que le gustaba vivir en pareja, nunca había tenido la oportunidad; solo había vivido varias historias de algunos meses en las que había compartido más cama que mesa y en las que se había dejado la piel y el alma en su ilusión de que las cosas pueden funcionar solo por desear que funcionen.

Ahora se ve joven todavía, aunque se da cuenta de que ha sacrificado demasiado por su pasión, el arte, y que, quizás, ese tiempo perdido no volverá para ofrecer otra oportunidad.

Giran en silencio una esquina en un largo pasillo y aparece otro de la misma longitud, al final se aprecia una pareja de unos sesenta y pico años, no muchos más, que, cogidos de la mano, miran hacia el suelo.

Ilaria los saluda en italiano, por lo que Valle entiende que los padres de Chiara acaban de llegar.

Según dicen, no han pasado todavía, pero les han indicado que pueden hacerlo en el momento que estén preparados.

¿Quién puede prepararse para algo así? Eso dice la madre.

Se deja caer sobre una de las sillas de la hilera que hay contra la pared.

El padre de Chiara se arrodilla delante de ella, con una mano le acaricia la cara empapada de lágrimas; con la otra agarra las dos de su esposa.

Las amigas se apartan un par de metros para concederles intimidad. Ilaria se coloca frente a Valle. Rebusca en su bolso sin perder de vista a los padres de Chiara, parece que los vigile en lugar de simplemente observarlos. Saca un sobre. Se lo da a Valle, que permanece de espaldas a los padres.

—Recibí esta carta hace unos días.

Valle saca el papel que hay dentro del sobre. Una carta breve, escrita a mano. Lee en voz baja. En un momento dado, Ilaria se mueve, un tanto nerviosa. La madre ha dejado de llorar y parece que, tras un abrazo, va a levantarse.

«Cuando la luz de la linterna ☉ caiga sobre la espiral sagrada ⤿,

recuerda la risa que Bernini escondió entre las curvas prohibidas.

Solo quien conozca al hombre de las manos de piedra y la torre que nunca tocó el cielo ▲, verá dónde los † susurran y las sombras ✶ revelan el secreto.

La clave está en la unión de ⦿ y ✠, allí donde la geometría se pliega

sobre sí misma y la caja olvidada ⧓ aguarda bajo la mirada de la

linterna que busca alcanzar el Paraíso.

Guarda la llave invisible: sigue el arco que nunca es recto, el patrón que burla a la perfección, y la recompensa será tuya».

—Es un mapa.

—Sí, Valle. Según he leído, es un plano para llegar hasta una caja que ella misma escondió. Es la letra de Chiara, la reconozco.

—Sí. Un secreto que, quizá, cambiará la narrativa de la historia —dice.

—Después de recibir la carta, traté de contactar con ella, pero fue inútil, tenía el teléfono apagado.

—Pero no murió hace días.

—No, he podido hablar con la persona responsable de la investigación por teléfono y me ha dicho que el cuerpo no estaba rígido, lo han encontrado a las pocas horas de caer.

—Piensas que esto tiene algo que ver con su muerte, ¿verdad?

—Cierto.

Valle oye pasos a sus espaldas y le entrega con rapidez el sobre a Ilaria, quien lo guarda en el bolso.

El padre le dice que están listos para entrar. Ella le pone la mano en el hombro y aprieta un poco en señal de empatía. Le pregunta si les molesta que entre Valle, amiga de Chiara.

Valle mira a Ilaria con sorpresa y entiende que esa petición tiene más que ver con los deseos de la italiana que con los suyos propios.

El padre responde que no hay problema. Ambas se acercan a la madre, la saludan, le sonríen con el gesto absurdo de quien no sabe qué decir.

Ilaria toma de la mano a Valle. La mira con profundidad antes de entrar.

Es una mirada insondable que la historiadora nunca ha visto en su amiga, no distingue si es pena, respeto o incluso, miedo. Paura . [2]

Entran. Delante van los padres, cogidos del brazo, como si el peso del uno soportara el del otro, con pasos apelmazados, con miradas que se refugian en las baldosas, como si levantar la vista y centrarla en el cuerpo que se intuye sobre la camilla tapado con una sábana no fuera su obligación.

En parte, su deseo. La madre gira un poco la cabeza para comprobar que las amigas de su hija les siguen de cerca, sentirlas ahí es una forma de apuntalar sus cuerpos, que amenazan con desplomarse.

El médico levanta la sábana con solemnidad cuando todos rodean la cama metálica.

La madre grita llevándose las manos al rostro, cubriéndolo con ellas.

El padre la suelta del brazo y da un paso atrás.

Valle e Ilaria se quedan firmes, impertérritas, asustadas y desconcertadas ante la visión del rostro golpeado. Pese a que hay una herida que parte en la sien y desaparece en el pelo aplastado y ensangrentado bajo la cabeza, la cara está intacta.

Como un susurro roto, de los labios de Ilaria sale una sola palabra:

—Valentina.

Todos han podido ver con claridad que la persona que yace ante sus ojos no es Chiara.