CAPÍTULO 3 #2
Pese a llevar tanto tiempo sin regresar a su verdadero hogar, de alguna manera ella siente, al llegar a Roma, y pese a los motivos y la premura de esta visita, que está a salvo.
También experimenta un recuerdo importante: Roma y ese intercambio son el origen de su vocación.
Desea abrazar a su amiga Ilaria y pensar por un momento que está en familia, compensar su dolor, percibir que comparte el peso que se ha instalado en su pecho.
Sale del vestíbulo y se dirige hacia la zona en la que Ilaria la suele esperar, no tarda en localizar el coche negro, brillante como recién estrenado, elegante y con las lunas traseras tintadas.
Se asoma a la ventanilla delantera derecha y se inclina hacia adelante para que el conductor la pueda ver y saluda a Paolo, quien no hace ademán, como de costumbre, de bajarse a ayudarla a cargar la maleta; sin embargo, lo ve accionar el portón trasero desde la pantalla central del Tesla Model 3.
Valle no necesita ayuda para la acción mecánica de introducir la maleta, pero considera que sería un gesto educado por parte de Paolo.
Una vez completada la acción, la historiadora abre la puerta trasera derecha y se da cuenta de que el asiento está vacío.
Dirige la vista hacia delante, como queriendo comprender, aunque en el asiento del copiloto no hay nadie.
Paolo se percata de la contrariedad que muestra el rostro de Valle.
—Ilaria no ha venido. Me ha dicho que te diga que te ve en el Istituto. Los padres de Chiara la han avisado momentos antes de que yo saliera de que estaban a punto de llegar. Quiere estar presente y acompañarlos en esta situación tan desagradable.
Valle se sigue sorprendiendo de lo bien que se expresa en español.
El asistente sabe perfectamente que ella entiende el italiano, pero hace quince años que lo conoce y aprecia el esfuerzo que ha hecho por mejorar su idioma.
Al fin y al cabo, trabaja en la rama diplomática, es asistente de Ilaria y ambos están obligados a hablar español; la italiana habla siete idiomas.
También le gusta la forma de pronunciar la doble ele, como una ele geminada, más larga e intensa que una sola; también Ilaria la pronuncia así.
La historiadora asiente, comprende la situación y, pese a echar en falta a su amiga, sabe que ha tomado una buena decisión.
Nunca ha faltado a su recibimiento en el aeropuerto y lamenta que todo sea distinto.
Se deja caer, cansada, en la derecha del asiento trasero. Ha dudado sobre si sentarse delante, pero él no la ha invitado, y de cualquier manera es un vehículo oficial. Desde ese ángulo puede ver la cara del asistente, completada por su reflejo en el retrovisor.
En el camino, Valle revisa los mensajes en el móvil, tanto de WhatsApp como de email.
Por un lado, su sobrina Olimpia le dice que la echa de menos y le pregunta si sigue en Francia y cómo ha resuelto el enigma de la pintura y la escultura.
En el email, Claire le da las gracias y le asegura que notificará a las fuerzas del orden sus teorías.
Que estará bien. Que siente lo ocurrido y que espera que vaya todo lo mejor posible dadas las circunstancias.
Paolo, pelo castaño y liso con corte moderno, ojos rasgados y boca carnosa, gira un poco el retrovisor buscando su mirada.
Hubo un tiempo en el que pudo suceder algo, Valle le mantiene la mirada y un pinchazo atraviesa su pecho y despierta su deseo.
No es buena idea. Nunca lo fue. Baja la vista y guarda el móvil en el bolso.
Después, se fija en su pierna, en el hombro que sobresale del asiento, en la camisa entallada azul rey y los pantalones negros que se ajustan a sus piernas de forma perfecta.
Se fija en su mano, que agarra el volante con firmeza y elegancia y puede ver el Patek Philippe de correa plateada y esfera verde relucir.
Valle piensa que tiene buen gusto para elegir los complementos, pero no para combinarlos.
Una discreta sonrisa escapa de sus labios.
Luego recuerda sus gafas de pasta roja, que recoloca sobre el arco de su nariz con el dedo índice, y se justifica a sí misma pensando que viste con tonos que siempre armonizan con ellas.
—Gracias por recogerme. Sé bien que tendrás trabajo estando Ilaria ocupada con lo que ha pasado.
—No hay problema, todo está bien. Ella me ha enviado. Cuando te deje tendré que volver a la embajada y realizar algunas comissioni .
—Encargos.
—Sí, eso es.
Valle sonríe, el asistente siempre ha sido muy natural con ella, sabe de sobra que con otras personas no se permite la confianza del tuteo, puede que ni siquiera se digne a hablar en el trayecto, si es que Ilaria le encarga recoger a alguna persona normalmente, algo que no sabe con seguridad.
Lo que conoce de las tareas de Paolo es que su trabajo es tan variado como lo sean las necesidades de Ilaria.
Cualquier diligencia que ella tenga que hacer y no pueda, normalmente por falta de tiempo, se la encarga a él.
De modo que se podría decir que Paolo es una extensión de la propia Ilaria.
Valle piensa en lo que le ha dicho su amiga.
Él fue quien le dio la noticia sobre la muerte de Chiara.
—¿Cómo te enteraste de la muerte de Chiara? —pregunta sin dar dos vueltas a la idea.
—Nos han informado porque Chiara tenía relación con Ilaria. No solo de amistad. Durante mucho tiempo Ilaria ha asistido a ponencias y ha apoyado los trabajos de Chiara de forma oficial, es decir, no en calidad de amiga sino de asesora cultural.
—Sí, lo sé, ese es el cargo de Ilaria junto con el de jefa de protocolo. Tienes razón, todo está relacionado.
—El trabajo de Ilaria siempre se ha dirigido más hacia el protocolo de la embajada, pero últimamente Chiara le había pedido más esfuerzo como institución en cuanto a su soporte al arte, sé que ella evitó por todos los medios usar sus influencias, puede que cambiara de idea porque la presionara Valentina, su compañera en el proyecto.
Por eso, al conocer la identidad de la víctima a través de fuentes de la investigación, nos han avisado.
—¿Creen que podéis estar implicados?
—¡No! No pienso eso. Pienso que, simplemente, la imagen de Ilaria está asociada a la de Chiara en los últimos tiempos y por eso nos han avisado. Además de que son —eran— grandes amigas. Pero dudo que ellos estuvieran enterados de ese dato tan personal.
Asiente. Valle sigue creyendo que tal vez todo empezó como un cotilleo entre trabajadores más que como una comunicación oficial, sin embargo, detecta en el tono de Paolo cierta tristeza.
El asistente enseña la identificación diplomática en la puerta de la Città Universitaria , conduce siguiendo las indicaciones que la persona de la entrada le ha dado para llegar a la Sezione di Medicina Legale del Dipartimento SAIMLAL , aparca en la zona reservada a vehículos oficiales del Istituto di Medicina Legale.
Valle llama a Ilaria para que salga a recibirla, sobre todo por la autorización o invitación que necesitaría para acceder.
De forma inesperada, Paolo se baja del coche y camina hacia la puerta de atrás. La abre.
Valle se queda parada, mirándolo. Jamás ha hecho algo así, ni siquiera en la puerta de la embajada.
Ella baja y él se mantiene a su lado, cerca.
La historiadora puede percibir su respiración caliente en la mejilla cuando él deja un beso sobre ella.
Después la rodea con sus brazos, que se ciñen al contorno con grandes manos apretando la espalda.
Están tan cerca que las hebillas de los cinturones rozan y emiten un leve tintineo.
Ella levanta el brazo y, colocando la mano sobre el fuerte hombro, da unos golpecitos.
Nunca la había recibido de una forma tan efusiva, pero Valle encuentra la explicación solo unos minutos después, cuando Ilaria sale y también la abraza con más fuerza que nunca.