El secreto de Olimpia CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Aunque ha leído el mensaje tres o cuatro veces, las palabras parecen flotar delante de sus ojos, pero no logran calar en su interior.

Hacía muchos años de eso. ¿Veinte? Sí, veinte o veintiún años.

Ilaria y Valle mantuvieron el contacto por teléfono durante todo ese tiempo.

Primero se llamaban o escribían cartas, luego usaron mensajes o WhatsApp gracias a los avances tecnológicos.

Más tarde, Chiara contactó a Valle por redes sociales y solían conversar a menudo.

Cuando Valle tenía un viaje de trabajo a Roma, las tres solían quedar y disfrutar de una comida o una cena agradable poniéndose al día.

Ahora ella era una reconocida historiadora del arte, como Chiara, e Ilaria tenía un puesto de diplomática de la embajada de España en Roma, consejera de Asuntos Culturales y Protocolo.

Chiara estaba muerta. Eso le había dicho Ilaria con voz temblorosa.

Circunstancias especiales. No podía parar de pensar en eso mientras miraba la pantalla del móvil y seleccionaba el nombre de su amiga en la lista de llamadas recientes.

Esperó con paciencia el sonido de los tonos de llamada.

Dos, tres. Cuatro. De pronto una voz fina, el acostumbrado acento italiano, la dulzura en las palabras…

y la tristeza colándose en las respiraciones nerviosas.

—Valle. Es terrible. Terrible. Me han avisado a la embajada. Estaba trabajando… —Un silencio abrupto. De fondo, un silencio profundo. Valle afinó el oído y pudo escuchar la reverberación suave de un motor eléctrico.

—¿Dónde estás?

—Voy hacia el Istituto di Medicina Legale . Cuando me alertaron, ya habían ordenado trasladar el cuerpo al obitorio judicial. Los padres de Chiara están avisados, pero estaban fuera de Roma y tardarán unas horas. He pensado acompañarlos. Tienen que reconocer a Chiara.

—Estoy desconcertada. Ilaria, ¿qué ha ocurrido?

—Chiara ha caído desde el balcón de Sant’Ivo alla Sapienza. Anoche. Es imposible que se haya suicidado, aunque la policía da por buenas todas las opciones.

—Hablé con ella hará un mes. Estaba bien.

—Sí, ilusionada con la beca que le habían dado para el proyecto de arte. Trabajaba mucho, apenas nos veíamos, aunque estaba feliz.

—Ilaria, voy lo antes que pueda, estoy en Francia y debo cerrar un asunto.

—Avísame cuando llegues a Roma.

Claire entra de nuevo en la sala. Valle está frente al monitor del ordenador, la luz azulada se refleja en su rostro, concentrada en la pantalla, pero sin asimilar.

—¿Y ahora qué? —pregunta la francesa.

—Termino el informe y te lo imprimo. Te recomiendo reforzar la seguridad del claustro ahora que la policía se ha marchado. Esta obra no es una falsificación. Es una reliquia. Y que la hayan profanado con sangre deja entrever una amenaza.

Valle no sabe cómo contarle. Le resulta difícil despedirse de ella. Pese a que le ha pedido que refuerce la seguridad, teme que la reivindicación se vuelva más agresiva.

—Claire, debo irme. Me ha surgido algo urgente. Muy urgente. Tenía pensado marcharme dentro de unos días, ayudarte a desentrañar quién ha hecho esto, pero no tengo tiempo. Te contaré más adelante, debo viajar a Roma.

Imprime el informe y se lo entrega. Se despide de Claire con un largo abrazo y la esperanza de que todo se resuelva pronto y, sin mirar atrás, sale hacia el hotel. En media hora está en el aeropuerto con el peso de una historia resuelta en la espalda… y otra más peligrosa aún por comenzar.

Mientras espera la hora de embarcar piensa en Chiara, su compañera de intercambio del instituto, como Ilaria.

Ambas siguen siendo muy amigas suyas. El impulso de quedarse unos días para seguir los rastros, los pigmentos, las grietas de la base de la escultura, que parecen contener runas talladas, aunque invisibles sin instrumentos, la empujan. Pero ya no puede quedarse.

En el avión llama a Ilaria, que le cuenta que está esperando a que lleguen los padres de Chiara.

Ni siquiera la han dejado entrar a ver el cuerpo.

Desde el punto de vista de Valle, que Ilaria trabajara en la embajada y perteneciera a la diplomacia le daría algún privilegio.

En este caso no era así. Ilaria nunca alardeaba de su posición ni de los beneficios que podía obtener, era una persona discreta y sensata.

Sin embargo, parecía extraño que la hubieran avisado pero que no la dejaran hacer nada.

Quizás ni siquiera había insistido lo suficiente.

O puede que solo hubiera ido en calidad de amiga.

Valle medita sobre esto, aunque no se lo dice, recapacita sobre la forma en que debe preguntarle.

Ella sabe bien cómo actuar en cada momento, pero la nota desorientada, abrumada.

Habla poco y sus palabras son inconexas, o incluso sin sentido, envueltas en largos silencios.

—¿Quién te avisó?

—Fue Paolo. En la embajada habitualmente se manejan ese tipo de informaciones.

No estoy aquí como diplomática, sino como amiga —baja la mirada y respira hondo.

Valle respeta su silencio, pese a que las preguntas se le agolpan en los labios—.

Supongo que, al conocer la identidad de Chiara, me lo comunicó.

—Otro silencio—. Paolo conocía a Chiara, más de una vez la recogía o la llevaba cuando quedaba con ella —añade después de pensar.

—Ilaria, llegaré en una hora.

—Esperaré en el aeropuerto.

Para no pensar en lo ocurrido con los pocos datos que tiene, algo que resultaría agotador e improductivo, saca el portátil y revisa las notas que tomó sobre el caso de Francia y redacta un nuevo resumen en un documento.

El activista marca con sangre antigua tanto una escultura de 1692 como una pintura barroca descubiertas en la cripta de Saint Victor.

Lo hace como acto de reivindicación simbólica, para denunciar lo que considera un sacrilegio a la Iglesia.

Carece de sentido que profane una obra para denunciar, precisamente, lo que considera una profanación.

El uso de sangre no es gratuito. La sangre es materia viva, memoria biológica, pero al tener más de un siglo implica historia reprimida. Marca las obras como si fueran «reliquias profanadas», reclamando que el arte sacro también está teñido de los abusos de la institución.

El activista sostiene que en el siglo XVII la Abadía ocultó prácticas que contradicen su discurso oficial.

La escultura (1692) y la pintura (finales del XVII) habrían sido retiradas del culto y enterradas en la cripta porque contenían elementos simbólicos peligrosos: algunos monjes los interpretaron como heréticos o demasiado cercanos al dolor humano frente a la gloria divina.

El cuadro mostraría una Virgen rodeada de símbolos esotéricos.

Por ejemplo, tendría geometrías pitagóricas, referencias alquímicas o signos masónicos.

Esto sugiere que parte de la iconografía barroca estaba ligada a la ciencia hermética.

Esa ciencia chocaba con la ortodoxia. El activista, al marcarlos con sangre, reclama que el arte sacro también era un vehículo de conocimiento oculto.

Sobre esa base, la amenaza no se ciñe únicamente contra Claire.

La clave está en que es sangre de más de cien años, lo que le da un aire inquietante pero posible desde un punto de vista científico: podría proceder de ampollas médicas del siglo XIX conservadas en hospitales o laboratorios.

En esa época, se almacenaba sangre humana coagulada en condiciones rudimentarias para estudios anatómicos.

Otra opción: restos momificados o cuerpos enterrados en el pasado en la propia cripta. La sangre desecada puede sobrevivir siglos si está protegida de la humedad, aunque degradada.

El iconoclasta pudo acceder a objetos relicarios, como ampollas de sangre de santos.

Estos objetos eran muy habituales en monasterios barrocos.

Luego los usó de forma irónica contra la Iglesia.

Esta nueva visión es la que Valle cree más acertada.

La profanación del cuadro puede no ser solo una reivindicación por las restauraciones, sino una protesta por la implicación o aceptación de la Iglesia en ciertas creencias que consideraban heréticas.

Es más, en una búsqueda sobre este asunto descubre varias organizaciones que defienden la teoría de que, durante siglos, el arte en los templos, así como las representaciones religiosas en las manifestaciones artísticas de cualquier tipo, ocultan dogmas laicos, incluso científicos.

Así, la sangre no solo sería biológica, sino sagrada, profanada y devuelta contra la institución.

Así pues, el activista podría pertenecer a alguna de estas corporaciones no religiosas, que le habrían dado la ubicación de las obras gracias a los siguientes documentos:

*Archivos parroquiales del siglo XVII: menciones en inventarios que hablaban de un «Cristo en mármol demasiado cruento» y de un «lienzo de la Madre con signos ininteligibles».

*Planos arquitectónicos: en un pliego de reformas de la Abadía a finales del XVII se indica que ambas piezas fueron «trasladadas al subsuelo, junto a la capilla de los difuntos».

*Cartas privadas de un monje ilustrado que denunciaba la censura de imágenes incómodas y detallaba el rincón de la cripta donde fueron ocultadas.

El profanador marca las piezas con sangre para denunciar que la Iglesia ocultó un arte incómodo y vinculado al conocimiento prohibido.

La sangre, con más de un siglo de antigüedad, puede proceder de reliquias, restos humanos de la cripta o material médico antiguo.

Y el hallazgo fue posible gracias a archivos y correspondencias que revelaban dónde se habían escondido en el siglo XVII.

Envía el documento por email a Claire. Aprovecha para informarle con los datos que tiene sobre lo ocurrido en Roma, más por educación que por deseo.

Una vez cerrado el portátil, mira por la ventanilla. Suspira.

Volver a Roma es volver a casa.

Así se siente Valle cuando el avión aterriza, en medio de la noche, con las luces de la ciudad haciendo espejo con el cielo estrellado.