CAPÍTULO 2 #3
Valle solo pudo descifrar sobre la escultura que era del mismo siglo. El cuadro estaba sobrepintado con una capa de pigmento a base de sangre y una sustancia oleosa. Bajo rayos ultravioleta, descubrió una imagen secundaria oculta bajo la principal: una mujer de rostro vendado idéntica a la figura.
La sangre en la base de la escultura y en el cuadro fue analizada.
Era sangre humana coagulada de más de cien años, preservada mediante una técnica de mezcla con aceites resinosos y barnices naturales.
La del cuadro estaba, además, mezclada con tierra roja.
No había ADN moderno. Pendientes de corroboración con más pruebas, sospechaban que pertenecían a la misma persona, pero los análisis realizados hasta el momento no arrojaban ningún resultado, posiblemente los elementos que se habían utilizado para su conservación, junto con el paso del tiempo, habían roto las cadenas que hacían posible siquiera identificar si correspondían al mismo individuo.
Tampoco había esperanza de encontrar su ADN en ninguna base de datos, ni siquiera estaría vivo.
El deseo de saber si era de la misma persona solo estaba motivado por interpretar los motivos del profanador, aunque para Valle era claramente una amenaza.
La aparición de la obra y la escultura eran completamente intencionadas.
Intuían que lo que se requería era que resolviera la incógnita, aunque estaban completamente despistadas.
El templo de Saint-Victor recibía visitas a menudo y al restaurador se le había visto en grabaciones durante los días anteriores, en horarios de apertura, frecuentando la cripta.
La hipótesis barajada es que podía pertenecer a algún grupo reivindicativo, pero ninguno había manifestado su autoría.
Su visita la madrugada del sacrilegio era más que premeditada.
—Opino que el mensaje es una advertencia, Claire.
Alguien quiere que se comprenda el sentido real de esas piezas.
De otra forma, no las hubieran impregnado con la sangre, sino simplemente las hubieran puesto a la vista de todos.
Créeme, por favor. Pienso que quien ha hecho esto no busca una forma de reivindicación pacífica, creo que puede ser el principio de algo mucho peor.
Llevaba varios días sin apenas dormir ni comer y las horas encerrada en la cripta, frente al hueco que había dejado la baldosa retirada, le habían hecho contraer una tos incómoda.
—Vamos, Valle, necesitas descansar un poco —señaló un día, de madrugada, en la sala de restauración del museo.
Los ojos de la valenciana ardían de tanto mirar la misma pincelada.
El cuadro estaba casi descompuesto, como si el tiempo lo hubiese maldecido con lentitud.
Todas las pruebas habían confirmado sus teorías sobre el origen y datación de las obras, pero la preocupación de Claire le hacía sentirse responsable, quería descifrar el mensaje escrito con sangre.
Claire la acompañó al hotel, le pidió algo de comida que le llevó el servicio de habitaciones, una sopa de cebolla que ella sabía que tanto le gustaba. No tardó en dormirse.
Estuvo enferma una semana. No pudo levantarse de la cama porque la fiebre le asaltaba de forma constante. El médico le diagnosticó una neumonía. En los escasos momentos de lucidez que tenía, tomaba la libreta y revisaba sus anotaciones.
Hoy, por fin, se encuentra mejor, ha llamado a Claire y le ha pedido que la espere en la zona de restauración. Entre los claroscuros de la fiebre, lo había entendido todo.
—La escultura y el cuadro no son obra de un autor moderno ni un devoto extraviado —le explica—.
Son fragmentos. Restos. Piezas desgajadas de una mise en scène ritual olvidada, orquestada posiblemente por algún grupo litúrgico oculto del siglo XVII.
Un grupo que usaba el arte como vehículo para ritualizar, no representar.
Por otro lado, la pintada del activista está hecha con sangre humana.
En concentraciones ínfimas, sí, pero suficiente para convertir el cuadro en una reliquia macabra.
Las muestras del laboratorio confirmaron la presencia de hemoglobina y proteínas plasmáticas, así como que no era reciente.
El hecho de que alguien supiera de su existencia y su ubicación hace pensar que esa persona no actúa sola.
Aunque el hombre que descubrió las obras a ojos de todos sea un reconocido activista que media a favor de la Iglesia y un profesor de historia del arte con años de experiencia a sus espaldas, todo me hace pensar que no actúa solo.
Antes de enfermar logré que la policía me facilitara algunos datos sobre las últimas manifestaciones en las que había sido detenido y busqué información sobre estas.
Aunque mi informe formal se limitará a las averiguaciones que he realizado sobre las obras, su procedencia y datación, siento verdadera curiosidad por saber qué llevó a ese hombre a realizar un acto planeado tan minuciosamente.
Necesito saber de dónde había sacado esa sangre tan antigua y cómo obtuvo la información sobre el emplazamiento de las obras.
Solo de esa forma podré saber qué era lo que pretendía con su profanación, más allá de la amenaza visible.
—Es posible que únicamente pretenda que no autorice las restauraciones más invasivas —responde Claire. Su teléfono vibra en el bolsillo y lo extrae, se excusa y sale al pasillo a atenderla.
Mientras Valle redacta el informe en el ordenador principal de la sala de restauración, ve que la pantalla de su móvil se ilumina. Es su amiga Ilaria, con quien solo habla para felicitaciones de cumpleaños o en Navidad. Ha dejado un mensaje.
«Valle … no sé si puedes coger un avión hoy, pero necesito verte. No es por mí. Es… es sobre Chiara. Hay algo que tengo que decirte».
Se queda inmóvil un segundo, el auricular pegado al pecho. Es como si el pasado y el presente hubieran firmado un pacto a sus espaldas. Un mensaje que transpira urgencia. Ilaria jamás le ha pedido que viaje a Roma, cuando se han visto, ha sido porque estaba en un viaje de trabajo allí.
Llama, pero no responde. Revisa el teléfono. Hay varios mensajes y llamadas de los días anteriores, la mayoría de su hermano y de su madre. Sin embargo, algo le llama la atención: una llamada perdida de Chiara, de hace dos días.
Un minuto después llega otro mensaje.
«Chiara ha muerto en circunstancias especiales. Necesito que vengas, por favor».