CAPÍTULO 2 #2
—Pensamos que fue a última hora. No descartamos la idea de que lo hicieran cuando las visitas estaban cerradas. Como te he dicho, están revisando las cámaras, podemos ir ahora si quieres.
Valle asintió con un breve movimiento de cabeza como respuesta.
—Este cuadro parece también del Barroco.
La luz no es uniforme y hay un contraste muy fuerte con las sombras.
¿Ves? —Señaló la zona en la que la luz caía directamente sobre el rostro desdibujado por la sangre.
—Esta zona es el foco dramático. Aun sin rostro, se puede ver la intensidad en el gesto, fíjate en los tendones y las venas marcadas en el cuello y en esas manos casi agarrotadas.
Las pinceladas son vibrantes. La parte no cubierta por la sangre muestra colores intensos.
Hay un uso marcado de las diagonales y las curvas en contraposición con las composiciones equilibradas del Renacimiento.
Y luego estos ropajes que caen sobre el cuerpo, con arrugas, con suciedad, es un vestido desgastado, estos signos afianzan mi teoría sobre la época en la que fue pintado.
—Sigues sorprendiéndome.
Volvió a asentir, ya pensando en la interpretación que podía realizar de la imagen en sí, tratando de relacionarla con alguna figura propia de esa época.
Las pinceladas de sangre, que dibujaban el rostro, ocultaban parte de la pintura original.
Extrajo la libreta y tomó nota de lo que había podido constatar y de las primeras conclusiones.
—Creo que puede representar la virtud femenina de la humildad.
Por eso su vestimenta sencilla y su rostro emborronado, que simbolizaría su renuncia al yo, la modestia absoluta.
Todavía no puedo ver la relación entre ambas obras.
Pienso que los trazos de sangre son para llamar nuestra atención, no parecen significar nada concreto.
Mientras regresaban sobre sus pasos, Valle sintió una inquietud cargada de ansiedad.
El descubrimiento de una escultura tan antigua en un lugar con siglos de historia, la cripta de la Abadía de Saint-Victor, pese a que había sido analizada exhaustivamente, revelaba que era algo colocado a posteriori y con intención, no un descubrimiento fortuito.
Sin embargo, nadie sabía cómo había llegado hasta ahí.
Era una zona controlada por cámaras, un espacio por el que a menudo transitaban turistas o el propio personal de la abadía, absolutamente vigilado.
Y, sin embargo, nadie sabía nada. Había aparecido sobre el altar menor, con una base de piedra manchada con sangre seca.
A su lado se encontraba el cuadro sin marco, en mal estado, con una nota manuscrita clavada bajo la tela de la parte posterior, también usando el fluido rojo como pigmento: Donde la verdad sangra, nadie permanece indemne.
No dejaba de darle vueltas a la frase y a su significado.
Era evidente que en sentido real la sangre se sumaba a la pintura, pero lo que quien escribía el mensaje quería reivindicar estaba detrás de la metáfora.
Esa pintura era la clave para descifrarlo.
—Entiendo que la escultura es importante, te ha sorprendido por la cantidad de sangre y la evidencia de su carácter original. Sin embargo, pienso que en el cuadro está la clave. Ese mensaje… Claire, ¿hay algo que haya podido provocar en alguien esta reacción? Parece un reclamo.
Claire pensó por un tiempo indeterminado. Sacudió la cabeza un par de veces.
—Ya sabes que siempre estamos en el punto de mira. Las restauraciones, por su propio carácter invasivo, siempre generan controversia.
—¿En qué estás pensando?
—Bueno, no en nada en concreto. He recibido críticas por autorizar restauraciones de patrimonio histórico acorde con mis responsabilidades.
—¿Has recibido amenazas de algún tipo?
La comisaria se concentró.
—Nada destacable. Nada que me haya asustado. Esto es frecuente.
—¿Qué, Claire? ¿Qué ha ocurrido últimamente? Debemos darle importancia, no es casual.
—He recibido críticas severas sobre una intervención menor de conservación en una capilla barroca de la iglesia, centrada en la limpieza y fijación de la policromía de una imagen de culto, deteriorada por el humo de las velas y el paso del tiempo.
Critican que la imagen pierde su expresión original o su herida emocional.
Creen que se perturbó su función devocional.
Según indican, yo no lo veo igual. Sí que es verdad que la limpieza fue más profunda de lo que se esperaba y se alteró en exceso la pátina acumulada por el tiempo.
Nada más. Las restauraciones siempre han tenido sus detractores.
—Debes dar constancia a la policía de las amenazas recibidas.
—Siempre notificamos este tipo de intimidaciones. No imaginarías la cantidad de fundaciones que defienden el respeto en las manifestaciones artísticas a cualquier precio.
—Entiendo, la belleza de las obras ha sido siempre el menor de los problemas, lo que se proclama es que representen de la forma más fiel posible los principios de la Iglesia.
—Sí, y sus relatos.
—Lógico, puesto que suele ser la Iglesia quien encarga las obras.
Al llegar a la pequeña sala en la que se organizaba la seguridad de la abadía, dos policías revisaban las imágenes junto con un vigilante de seguridad.
Otros dos entrevistaban al que, según dijo Claire, era quien había encontrado las obras.
Valle pudo percibir en el acento de las preguntas que los unos hacían al otro cierto tono acusador hacia él.
Claire preguntó a los dos policías que revisaban las imágenes.
Ellos pidieron al guardia de seguridad que retrocediera hasta el momento en que un hombre entraba en la cripta.
El desconocido se detenía, observaba el suelo y parecía hacer cálculos.
Contaba las baldosas, las tocaba una a una hasta que, unos diez minutos después, sacaba un escoplo y comenzaba a rascar la junta de una de ellas.
Tras limpiar cuidadosamente el contorno, levantaba la losa con esfuerzo.
Se detenía de nuevo, como si dudara, hasta que finalmente encontraba lo que buscaba.
Extraía con sumo cuidado una pintura enrollada y sujeta con un pequeño cordel.
Después sacaba la escultura. Colocaba ambas piezas sobre el altar y extraía de la mochila una pequeña botella transparente con sangre.
Mojaba un dedo y trazaba con ella unas palabras sobre la escultura y la pintura.
Luego se lavaba las manos en la pila bautismal, se las secaba en la ropa y guardaba de nuevo la botella.
Recogía la mochila y abandonaba la cripta, dejando las dos obras al pie del altar.
Siguiendo las diferentes cámaras, se le veía salir por un acceso recóndito, una puerta entre la hiedra del muro del patio, oculta en su cara interna y la externa por la frondosa planta.
Nadie sabía de su existencia al estar en una zona inaccesible para el público por riesgo de derrumbe de un pequeño tejadillo que unía el muro con un cuarto que en el pasado se había utilizado para guardar las herramientas de mantenimiento.
La policía les informó de que la hora que marcaban las grabaciones era las tres de la madrugada, por lo que el individuo pudo actuar con tiempo y tranquilidad.
Sospechaban que podía ser alguien del equipo de seguridad, puesto que se le veía actuar tranquilo; la última ronda que se realizaba era a medianoche y la siguiente a primera hora de la mañana, concretamente a las ocho, que era cuando el vigilante había alertado del hallazgo.
Ya habían enviado las imágenes a la central para que las pasaran por los programas de reconocimiento facial.
—Lo que me extraña es que nadie vigilara estas cámaras —dijo Valle a Claire en un susurro apenas inaudible.
—No acostumbramos a quedarnos toda la noche mirando los monitores, cuando el museo está cerrado, nos limitamos a echar un vistazo y a las rondas programadas —respondió el vigilante con tono colérico, harto de que las acusaciones se dirigieran hacia él más que a la persona que había realizado la infracción.
Esa noche, después de una frugal cena en el restaurante del hotel, Valle apenas pudo dormir.
Sin duda era un encuentro inquietante, no solo por el origen de las obras y su descubrimiento, sino por la forma turbadora de profanarlas que había tenido aquel individuo.
Aunque estaba acostumbrada a que la avisaran para revisar la restauración de obras descubiertas en todos los lugares de Europa, un hallazgo así no era tan frecuente como les gustaría a los especialistas del arte.
Tras diez días de análisis y una investigación paralela con documentos de archivo, había llegado a las siguientes conclusiones:
El cuadro procedía del convento de Saint-Ursule, un monasterio femenino desaparecido en 1692 durante las purgas eclesiásticas del sur de Francia. La obra formaba parte de un retablo menor atribuido a un círculo de artistas anónimos del Barroco provenzal. Nunca fue documentada oficialmente.
Una carta hallada en el archivo del Museo de Arte Sacro del Mediterráneo indicaba que, en 1704, un abad de Saint-Victor recibió un paquete impuro sellado con cera negra, con instrucciones de esconderlo en el lugar más hondo del templo .
El cuadro desapareció en algún momento del siglo XVIII, hasta que fue redescubierto hacía apenas una semana por la persona que lo manipuló.
Se sabía, gracias a la identificación realizada, que se trataba de Frédéric Dupont, un restaurador con antecedentes policiales.
Acostumbraba a manifestarse de forma violenta, a favor de la preservación del arte en su estado original y en contra de cualquier intervención que alterara su esencia.
Para él, restaurar no era conservar, sino borrar las huellas de la historia.
En una entrevista había asegurado que la verdad no debía ser corregida, embellecida ni reinterpretada; debía permanecer intacta, aunque para ello fuera necesario destruir todo aquello que intentara ocultarla.