CAPÍTULO 2
En la sala de restauración del museo, frente a los hallazgos, Claire mira a Valle para preguntarle, después de que ella le haya dado las teorías sobre la procedencia y datación de las obras.
Los rosetones de la sala tienen las contraventanas cerradas y la luz amarillenta de las farolas entra a través de las lamas venecianas y refleja en los mechones largos y dorados del pelo de Valle.
Sus ojos grandes y rasgados, castaños, tras sus gafas de pasta roja, miran la pantalla azulada.
—¿Y ahora qué? —pregunta Claire.
—Termino el informe y te lo imprimo. Te recomiendo reforzar la seguridad del claustro ahora que la policía se ha marchado. Esta obra no es una falsificación. Es una reliquia. Y que la hayan profanado con sangre deja entrever una amenaza.
Claire asiente, aunque su rostro enjuto se contrae como si acabara de atragantarse con una verdad inconmensurable. Sus ojos azules se clavan en los de su colega experta en arte como alfileres que buscan leer su mente.
Valle había recibido el mensaje de voz de Claire Meunier, comisaria del Museo de Arte Sacro del Mediterráneo, una semana antes, cuando se encontraba en Bruselas, donde asistía a la prestigiosa International Conference on Arts, Humanities and Social Sciences para realizar una ponencia sobre la variante del canon del Vitruvio en las obras de Andrea Pozzo.
Al escuchar el mensaje de voz de Claire, Valle había podido percibir que el temblor se colaba entre las inspiraciones de su tono firme, provocando que su marcado acento francés se volviera sibilante.
«Valle, te necesito urgentemente. Han encontrado una escultura en la cripta de Saint-Victor.
Tiene sangre en la base. Literalmente sangre, sangre…
seca. La pieza no figura en ningún inventario, ni nacional ni internacional.
Valle, lo peor es que nadie sabe cómo ha llegado allí.
Nadie. Ha aparecido al pie del altar esta mañana, sin rastro de entrada.
Hay un cuadro también, mal conservado. El reverso del bastidor tiene una nota escrita a mano: “Sanguis in pictura late”» .
La sangre se oculta en la pintura. Sé que estás ocupada, pero... necesito tu cabeza para esto».
Ese mismo día viajó a Marsella. A su llegada percibió que el aire era salado y grueso como una tela. Era un otoño húmedo y frío. Se ciñó el abrigo a la cintura delgada haciendo un lazo con el cinturón.
Sin siquiera pasar por el hotel para dejar el equipaje, se dirigió a pie a la vieja Abadía de Saint-Victor. Claire la esperaba allí, frente a un acceso lateral custodiado por la Police Nationale. Después de darle un largo abrazo, miró su maleta.
—Querida Valle, disculpa que te haya avisado de forma tan apremiante, sé que estabas en el Congreso, apenas habrás podido volver a casa.
—No te preocupes, tenía previsto regresar a Valencia en dos días. De todas formas, ya sabes que mi trabajo es así, no he vuelto a casa desde que nos vimos la última vez, creo que hace dos meses ya.
—¿No has vuelto desde entonces?
—No, he enlazado un encargo con otro y todavía no he regresado. De todas formas, el estudio de arquitectura que contraté para la reforma de la casa no ha terminado, así que no tengo prisa, prefiero estar fuera que vivir acompañada de albañiles de ocho de la mañana a seis de la tarde.
—Siempre es bueno estar en casa. Pero ¿no viven tus padres? ¿Podrías haberte mudado con ellos? —Claire hizo un esfuerzo por pronunciar bien cada palabra. Valle agradecía que la comisaria se esforzara en hablarle en su idioma, pese a que ella también sabía francés.
—Mi madre vive todavía. Ya te digo que igualmente he tenido trabajo. Aunque, si te digo la verdad, me encanta mi casa, está en un barrio, Ruzafa que tiene una alta actividad cultural.
—Me alegro muchísimo. Eso es muy importante.
—Al viajar tan a menudo, tengo la sensación de no pertenecer a ningún lugar. Espero que una vez acabada la remodelación vuelva a reencontrarme con ese sentimiento de hogar.
—Te deseo que lo consigas. —Hizo una breve pausa para introducir un cambio drástico de tema y le señaló con una mano el interior invitándola a pasar—. Como te decía, desde que soy comisaria no había sucedido algo así.
—Estoy encantada de estar aquí, gracias por haberme avisado a mí.
—No podía ser otra persona, nadie como tú conoce el arte barroco, necesitamos distinguir el origen de las obras y si las letras de sangre contienen algún simbolismo. Lo más extraño es que han aparecido sin más. Esta abadía se había revisado escrupulosamente.
Bajaban por una escalera estrecha y la humedad pesaba en el aire hasta volverse casi irrespirable.
Por eso ella solía decir que el Barroco no era un periodo histórico: era un olor.
Un olor a esplendor podrido, a belleza que se desvanece en su propio exceso.
Y cada vez que lo reconocía en una esquina, comprendía que el pasado no está muerto: solo duerme en las cosas que seguimos tocando.
Su memoria sinestésica era su cualidad más apreciada, gracias a su buen olfato disfrutaba las vivencias que le ofrecía su trabajo como si fueran viajes en el tiempo.
—Me dijiste que aparecieron delante del altar.
—Sí, en el altar de la cripta. Nadie sabe cómo ha podido ocurrir.
Lo más probable es que alguien las tuviera en otro lugar y las haya traído aquí.
El vigilante de seguridad no ha visto nada hasta esta mañana, cuando al realizar la ronda ha encontrado la escultura, al acercarse se ha dado cuenta de que también había un cuadro y ha alertado al responsable, que me ha avisado a mí.
Tenemos que revisar las grabaciones de las cámaras de seguridad, están en ello.
Cuando llegaron a la puerta de la cripta, vigilada por dos policías más, Claire les dirigió una mirada cómplice que hizo ver a Valle que ellos sabían su identidad y que respetaban su posición. Se detuvo frente a ella.
—No deberíamos estar aquí aún, pero tú no eres cualquiera —le dijo, bajando la voz.
Valle asintió y eso fue suficiente para que ambas cruzaran la puerta con una mezcla de inquietud y emoción contenida.
Al ver la escultura, le impactó más por el gesto de la imagen que por la sangre.
Representaba a una mujer de ojos vendados y la boca abierta, en un grito que no parecía de dolor, sino de revelación.
La sangre estaba casi seca a la vista, era oscura en algunas zonas y clara en otras, y parecía fluir desde dentro.
No era pintura. Se percibía con claridad que era sangre reciente.
Se estremeció, pero, fiel a su rigurosidad, sacó una pequeña libreta y un bolígrafo y comenzó a tomar notas.
—No sabemos si la escultura es antigua o si es alguna imitación —indicó Claire, dándole unos guantes de látex. Pese a que ella también era doctora en Historia del Arte, su especialidad eran el arte griego, en concreto la época clásica, y el romano, en este caso la época imperial.
Valle se agachó, dejó la libreta y el bolígrafo en el suelo y se puso los guantes.
Entendió por qué para la comisaria era tan importante como para nombrársela antes que el cuadro que reposaba sobre el mantel que cubría el altar, la sangre era alarmante.
Era una escultura de menos de cincuenta centímetros.
A simple vista pudo ver en el mármol las marcas de cincel en las zonas secundarias, como la espalda o los pliegues internos del ropaje, signos de que el escultor era un tanto mediocre o quizás algo inexperto y no pulió del todo la piedra.
Por otro lado, el deterioro era irregular, conforme a lo natural en el paso del tiempo; en imitaciones o réplicas se percibiría un desgaste parejo, propio de un lijado artificial.
—Esta escultura puede datar del s. XVII, Claire, ¿ves?
—Le señaló la expresividad del rostro. — Además de la tensión propia del Barroco y pese a las marcas propias de la posible inexperiencia del autor, sus proporciones se ven exactas.
También está la peana, que se pudo utilizar para su integración en un altar o nicho, lo que es muy propio de la época.
—Pero en el Barroco lo habitual era reproducir vírgenes, esta imagen no representa la imagen de una virgen.
—No, yo diría que puede ser una santa. En concreto, Santa Lucía, a quien arrancaron los ojos.
También pudiera ser Santa Cecilia, que murió decapitada, aunque aparece en algunas obras con los ojos vendados porque se imagina que fue el paso previo al golpe fatal.
De todas formas, en el Barroco la venda en los ojos se usaba para reforzar la idea de sacrificio o subrayar la injusticia del martirio, al no ver la víctima a su verdugo.
—O para simbolizar la fe ciega en Dios.
—Exacto. Igualmente, a falta de las pruebas técnicas que puedan realizarse a la escultura, me aventuro a decir que es una pieza que data del s.
XVII, aunque depende mucho de la zona de Europa de la que proceda.
Parece una pieza que apenas arranca con los cánones de ese movimiento artístico, pero con restos del movimiento anterior, renacentista, ya que las formas son algo contenidas pese a todo, así que pienso que es de principios o mediados del Barroco; siendo francesa, sería del segundo tercio de dicho siglo.
Su estilo está dentro de los paradigmas propios de ese movimiento, así que sí considero que es una obra francesa.
—Y el cuadro...
Ambas se levantaron, Valle dejó su libreta sobre el altar y Claire cogió el cuadro con cuidado y se lo mostró.
Un lienzo con una figura central sin rostro.
Valle acarició la superficie con cuidado.
Después, le dio la vuelta. En el reverso, bajo la tela suelta, estaba la nota.
Claire había ordenado que se volviera a colocar en su lugar, conforme se había encontrado.
Algunos trazos de sangre todavía estaban húmedos.
—¿Ningún visitante vio nada? ¿Nadie se alertó al ver las obras ensangrentadas?