El secreto de Olimpia CAPÍTULO 1
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El secreto de Olimpia

El secreto de Olimpia

Por Estela Melero Bermejo

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CAPÍTULO 1

La noche había caído sobre Sant’Ivo alla Sapienza, pero la iglesia se agitaba inquieta.

La cúpula, retorcida como una llama pétrea, giraba lentamente hacia el cielo, como si el tiempo hubiese plegado y moldeado cada roca.

Las sombras se alargaban entre las columnas del altar mientras el eco de un paso precipitado rompía el silencio del templo.

Se movía con la precisión de quien ha atravesado ese espacio cientos de veces.

La melena rubia, lisa, le volaba con cada paso; el rostro, perlado de sudor, alzaba una barbilla afilada hacia el techo.

Llevaba un jersey largo, gris, y unos vaqueros desgastados que se le adherían al cuerpo, húmedos por la prisa y el miedo de la huida.

No llevaba bolso ni abrigo: ambos descansaban junto al altar mayor, donde los había dejado horas antes.

En el instante previo a desaparecer por la puerta estrecha oculta en la moldura lateral, al fondo de la sacristía, giró el rostro.

Miró hacia su cómplice, que se escondía entre los bancos vacíos.

No fue un gesto de pánico, ni de súplica.

Fue una confabulación muda. Un acuerdo. Como si aquel cruce de ojos activara una secuencia que ya estaba escrita.

Una escena que ambas asumían sin dramatismos, en favor de un final acordado.

Un leve parpadeo y desapareció.

Los pasadizos no estaban en ningún plano, aunque ella los conocía. Sabía que tras el retablo había un hueco estrecho, una trampilla vertical que subía entre muros, escalones tallados en piedra siglos atrás por obreros que jamás firmaron su obra.

Subía.

La linterna que Borromini diseñó, esa torre que durante el día irradiaba un resplandor limpio y que parecía retorcerse contra las leyes del mundo, la guiaba en la penumbra.

Ordenaba discretamente sus pasos la media luz de la luna creciente.

No se detuvo. A su espalda, otro cuerpo subía también. Más pesado. Más furioso.

El eco de sus pisadas era ahora un tambor. Cada peldaño temblaba bajo sus pies, como si esa piedra firme se hubiera convertido en madera fútil.

Ella se apoyó en los muros curvos, rozando con los dedos la geometría imposible del arquitecto al que tan bien había estudiado.

El interior de la espiral estaba vivo: sentía el arqueo como si la piedra respirase.

El aire olía a cal, a humedad y a siglos de un tiempo de silencio.

Arriba, cada vuelta de la hélice la acercaba a la linterna diseñada para guiar las almas al cielo.

—¡Detente! —gritó la voz masculina detrás. El eco de sus palabras rebotó en las paredes trepando como volutas de humo.

Lo tenía cerca. Muy cerca. Un paso. Medio.

Salió al balcón que quedaba a escasos metros del final. El aire de la noche golpeó su rostro y enfrió su sudor al alcanzar el exterior. La luna iluminaba ahora con firmeza su figura. Sintió el aliento cálido y agitado de su persecutor en la espalda.

No gritó. No se giró. Titubeó unos segundos.

Apoyó su cuerpo contra la barandilla de mármol.

Dio el último paso.

El cuerpo se curvó un instante, suspendido en el vacío, mientras el mundo debajo parecía ralentizarse.

Se arrojó con firmeza. No hacia la nave central, sino al patio interior de la antigua universidad: el Cortile della Sapienza, donde las piedras grabadas con nombres y fechas observaron su caída sin inmutarse.

El golpe fue seco.

Un sonido sordo, óseo.

No fue un accidente. No fue un suicidio. Fue un mensaje.

Desde el borde superior, el cazador se asomó para corroborar el final de su persecución, pero un hilo de esperanza se desvaneció ante sus ojos.

Ya era tarde.

Ella había elegido su destino con la misma determinación con la que, minutos antes, había susurrado algo al oído de su acompañante en el presbiterio, junto al altar mayor.

Roma volvió a guardar silencio.

Solo la espiral, eterna, parecía todavía girar.