Capítulo 27
Seis meses después, la víspera de mi boda amaneció con un cielo azul que nadie se atrevía a interpretar como una garantía.
Emily aseguró que el clima irlandés respetaría el enlace porque había negociado personalmente con él, aunque guardó tres paraguas en el coche por si sus gestiones fracasaban.
Mi madre llegó a Dublín aquella mañana. La esperé en el aeropuerto con Adam en brazos y una impaciencia que me impedía permanecer en el mismo sitio. Ryan nos llevó hasta allí.
Cuando la vi cruzar la terminal, arrastrando una maleta y buscando mi rostro entre la gente, volví a ser la hija que había despedido en Ucrania con un bebé creciendo dentro de su vientre y un miedo que no me atreví a confesarle.
Corrí hacia ella y nos abrazamos durante tanto tiempo que varias personas tuvieron que rodearnos. Larysa me tocó el cabello, las mejillas y los hombros, comprobando que la mujer que había visto durante meses a través de una pantalla existía de verdad.
—Estás preciosa —me aseguró.
—Tú también, mamá.
—Yo estoy agotada. Es distinto.
Después miró a Adam. Mi hijo la recibió con una seriedad que duró hasta que ella empezó a hablarle en ucraniano. Entonces extendió los brazos, le tocó el rostro y trató de quitarle el collar. Larysa se echó a llorar mientras lo estrechaba contra su pecho.
—Lo conozco desde antes de que naciera y esta es la primera vez que puedo tocarlo.
Adam respondió tirándole del cabello.
—Esa es su forma de demostrar cariño —le expliqué—. A Ryan le roba el reloj.
—Entonces a mí me ha tratado con delicadeza.
Ryan y ella se presentaron de la manera más afectuosa. Desde que me pidió matrimonio, solo dos meses atrás, también conocí al resto de su familia.
Emily nos esperaba en casa. Había preparado té, comprado pastel y colocado flores en la habitación que hasta entonces compartíamos Adam y yo. Al abrir la puerta, pronunció en ucraniano las palabras que llevaba varias semanas practicando:
—Bienvenida a tu casa.
Mi madre comprendió. Dejó la maleta y la abrazó.
—Gracias por cuidar de los míos —le respondió en inglés.
—Ellos también han cuidado de mí —le aseguró Emily.
Ninguna necesitó una traducción perfecta para entender a la otra. Se tomaron de las manos y comenzaron a hablar mediante palabras aisladas, gestos y una aplicación que convertía algunas frases sencillas en afirmaciones desconcertantes.
Ryan nos dejó a solas mientras ultimaba detalles del enlace.
Durante el almuerzo, preparado por mí y supervisado por dos mujeres que discrepaban en idiomas distintos, Larysa nos dio la noticia.
Su hermano había mejorado mucho y ya no necesitaba que ella permaneciera a su lado.
Su recuperación avanzaba, podía desenvolverse de nuevo y contaba con personas cercanas que lo ayudarían cuando fuera necesario.
—Él mismo me pidió que viniera —me explicó—. Dice que he pasado demasiado tiempo ocupándome de todos menos de mí.
—¿Cuánto tiempo podrás quedarte?
Mi madre dejó los cubiertos.
—No he venido solo para la boda. Quiero quedarme en Dublín, si todavía me quieres cerca.
—¿Para siempre?
—Durante todo el tiempo que me permitáis.
Me levanté para abrazarla. La idea de tenerla allí, cerca de Adam y de la vida que había construido, me parecía un regalo que no me había atrevido a pedir.
Emily reaccionó un segundo después.
—Te quedas aquí.
Larysa miró hacia mí, esperando una traducción, pero el gesto con que Emily señaló la casa resultaba bastante claro.
—Dice que vivirás con ella.
—Si quiere.
—Claro que quiere —intervino Emily—. Esta casa va a quedarse demasiado callada cuando te marches con Ryan.
—Vendremos constantemente. No conseguirás librarte de nosotros.
—Lo sé, pero vuestra habitación no tiene por qué quedar vacía. Además, tu madre y yo tenemos mucho de lo que hablar.
—No compartís idioma.
—Eso nunca ha impedido hablar a dos mujeres.
Larysa aceptó con lágrimas en los ojos. Las dos empezaron a organizar su convivencia mediante gestos, palabras sueltas y la aplicación, que tradujo “compañeras de casa” por “socias inmobiliarias”. Ninguna consideró necesario corregirla.
Por la tarde subimos a mi habitación para contemplar el vestido.
Emily lo había confeccionado durante semanas, recuperando una habilidad que aprendió de su madre y apenas utilizó desde la juventud. Guardó en secreto los últimos arreglos y me prohibió ver el resultado terminado hasta la víspera.
El vestido esperaba suspendido frente al armario, cubierto por una funda de algodón. Cuando la retiró, la luz de verano encontró el tono marfil de la tela.
El cuerpo seguía mis líneas sin oprimirlas y terminaba en una falda larga de caída suave.
El escote, ligeramente abierto sobre los hombros, estaba rodeado por un encaje antiguo que había pertenecido a ella.
Sobre las mangas cortas aparecían diminutas flores bordadas a mano.
La espalda se cerraba mediante una fila de botones forrados que llegaba hasta la cintura y la pequeña cola prolongaba la falda sin restarle ligereza.
—Parece hecho para ti y solo para ti —murmuró mi madre.
—Lo está —le recordó Emily—. He tenido que corregir la cintura dos veces porque tu hija no sabe mantener el mismo peso durante estas semanas.
—Es por los nervios, que me adelgazan…
—Excusas.
Me ayudaron a probármelo. Larysa cerró los botones mientras Emily ajustaba la falda y examinaba cada costura con una atención que no habría permitido a nadie más. Cuando levanté la vista hacia el espejo, tardé unos segundos en reconocerme.
No parecía una refugiada que había llegado a Dublín sin saber dónde dormiría.
Tampoco la mujer con uniforme de limpieza que contemplaba las obras desde el otro lado de las vitrinas.
Era la novia de Ryan, la madre de Adam y la restauradora que había recuperado su profesión sin dejar atrás a la persona en la que se convirtió durante el camino.
En el interior del bajo, Emily había bordado una pequeña rama de brezo, invisible al caminar. Larysa sacó de su bolso un carrete de hilo azul y pidió una aguja. Junto a la rama añadió unas puntadas inspiradas en los motivos ucranianos que mi abuela cosía para proteger a su familia.
—Irlanda por fuera y Ucrania cerca de la piel —me explicó.
Emily abrió después una caja pequeña. Contenía varias horquillas de perlas.
—Eran de Megan. Las llevó en la boda de una amiga y volvió a casa con una menos. He contado estas tres veces para asegurarme de que continúan todas.
—No sé si debo...
—Ella habría querido que las utilizaras. Y quiero que una parte de ella esté mañana con nosotras.
Mi madre colocó una horquilla junto a mi cabello y Emily ajustó las otras dos. Nos contemplamos en el espejo: Larysa detrás de mí, con las manos sobre mis hombros; Emily a mi lado, sujetando todavía la caja vacía.
En menos de un año había llegado a aquella casa sin dinero, aterrada y convencida de que solo podría quedarme unos días.
Ahora mi vestido de novia ocupaba la habitación que me ofrecieron a cambio de compañía, mi madre preparaba una maleta para instalarse allí y, en la cuna cercana, Adam dormía ajeno a que al día siguiente Ryan se convertiría oficialmente en su familia.
Llamaron a la puerta. Un mensajero entregó un ramo de peonías blancas acompañado por una tarjeta.
“Quedan pocas horas. Estoy intentando no presentarme antes. Ryan.”
—Parece impaciente —comentó Larysa.
—Lleva meses preguntando cuánto falta —añadió Emily—. Mañana descubrirá que esperar mereció la pena.
Dejamos las flores cerca del vestido y nos sentamos sobre la cama. Hablamos de la ceremonia, del momento en que Ryan me vería avanzar hacia él y de quién lloraría primero. Emily apostó por Ryan; mi madre, por mí.
—Las dos os equivocáis —aseguré—. Llorará Serena antes de que empiece y después lo negará durante el resto de su vida.
Las tres reímos, procurando no despertar a Adam.
La tarde fue apagándose alrededor del vestido, las flores y aquellas dos mujeres que ya planeaban desayunos, paseos y discusiones compartidas.
Al día siguiente abandonaría aquella habitación para comenzar una vida con Ryan, aunque no estaría dejando atrás mi hogar. Lo llevaría conmigo hacia el altar.