El secreto de Nadia Capítulo 26
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Capítulo 26

La conversación que convirtió a Ryan en mi novio ocurrió la misma tarde del malentendido con Emma.

Después de abandonar la oficina, fuimos a cenar a un restaurante pequeño donde él no conocía a nadie y pudimos hablar sin vigilar las puertas.

Habíamos evitado definir nuestra relación porque ponerle nombre parecía añadir riesgos a algo que apenas empezábamos a comprender. Sin embargo, los celos que sentí aquella mañana demostraron que la falta de palabras no me protegía de nada.

—No quiero volver a preguntarme si estás con otra mujer —admití mientras Ryan servía vino en mi copa—. Tampoco quiero que tú tengas que adivinar qué espero.

—¿Qué esperas?

—Exclusividad.

—Ya la tienes.

—Quiero saber que la tengo, no enterarme después de comportarme como una idiota delante de tu hermana.

Ryan dejó la botella.

—Entonces vamos a decirlo de una manera que no admita interpretaciones. No quiero estar con nadie más y tú eres mi pareja.

—¿Me estás pidiendo que sea tu novia?

—A mi edad esa palabra resulta extraña, pero sí.

—Podríamos utilizar “amante exclusiva”.

—Parece una categoría incluida en una póliza de seguros.

—“Compañera sentimental”.

—Parece que vamos a solicitar una prestación.

—Entonces tendrás que conformarte con “novia”.

—Me conformo encantado.

La noticia provocó en Serena una alegría tan escandalosa que tuvimos que pedirle que no lo anunciara mediante el sistema de megafonía.

Emily reaccionó con menos sorpresa. Aseguró que llevaba semanas esperando que aceptáramos lo evidente y preguntó si aquello significaba que Ryan acudiría con más frecuencia a comer.

La respuesta fue afirmativa. Durante las semanas siguientes, se incorporó a nuestra vida con una naturalidad que todavía me sorprendía.

Algunas tardes llegaba con documentos que pretendía revisar conmigo y terminaba en el suelo del salón construyendo torres para que Adam las derribara.

Emily había dejado de considerarlo una visita y ya le encargaba pan, le pedía que moviera muebles y lo reprendía cuando consultaba el teléfono en esas horas.

En Bellew Art Capital manteníamos una conducta profesional, aunque toda la empresa conocía la relación.

Ryan no intervenía en mis informes y yo procuraba no participar en decisiones que afectaran a mi contrato. Chloe se convirtió en mi responsable administrativa directa para evitar conflictos, una medida que Serena definió como “el método legal de impedir que el amor apruebe las vacaciones”.

La investigación interna sobre las operaciones fraudulentas continuó.

Los abogados reunieron pruebas contra el amante de Nessa y consiguieron bloquear pagos pendientes, aunque Ryan se resistía a presentar una denuncia formal contra su ex.

Lo estuvo meditando bastante, y decidió dejarlo correr, pensando en que no volvería a la carga en ningún momento.

No compartía su confianza, aunque respeté la decisión. Nessa fue despedida de forma fulminante y supuse que el miedo a las consecuencias la mantendría alejada de nosotros.

Me equivocaba.

A finales de enero, Ryan y yo acudimos a la inauguración de una exposición organizada por una galería con la que Bellew Art Capital colaboraba desde hacía años.

El evento reunió a coleccionistas, conservadores, representantes de casas de subastas e inversores. Yo había participado en el estudio técnico de dos obras y debía responder a las preguntas de varios posibles compradores.

Llevaba un traje azul oscuro, una blusa de seda color marfil y los pendientes que Emily me prestó en la fiesta de Navidad. Ryan vestía un traje gris y una corbata azul que había elegido yo después de rechazar otras tres.

—Nunca había necesitado supervisión para vestirme —protestó cuando se la ajusté antes de entrar.

—Tu hermana y Emily no opinan lo mismo.

—Las mujeres de mi vida están organizando un comité.

—Y todas tenemos voto.

Durante la primera hora apenas coincidimos.

Ryan atendía a los inversores y yo acompañaba al conservador de la galería.

Había terminado de explicar las imágenes infrarrojas de uno de los cuadros cuando vi a Serena cerca de la entrada.

Chloe le había conseguido una invitación y ella aceptó bajo el argumento de que merecía conocer el destino de las obras que antes contemplaba con un paño en la mano.

Se acercó con una copa.

—Acabo de ver a alguien que va a estropearnos la noche.

No necesité preguntar. Nessa entraba en la sala junto a su amante.

Ella llevaba un vestido negro de líneas rígidas y un abrigo blanco sobre los hombros. Él vestía un esmoquin y saludaba a varias personas con la seguridad de quien todavía no había sufrido las consecuencias de sus actos.

—¿Cómo se atreve a aparecer aquí? —le pregunté.

—Ryan no la denunció —me recordó Serena—. A efectos sociales, solo es una directora que abandonó su empresa por diferencias profesionales.

Nessa nos vio. Sus labios dibujaron una sonrisa que no anunciaba ninguna intención pacífica. Entregó el abrigo a un empleado y caminó hacia nosotras, mientras Gavin se detenía a conversar con un galerista.

—Nadia —me saludó—. Veo que continúas aprovechando las oportunidades.

—Y yo veo que sigues frecuentando a tus intermediarios.

Serena ocultó una risa detrás de la copa.

—Ten cuidado con lo que insinúas —me advirtió Nessa—. Algunas acusaciones pueden salir caras.

—Lo sé. Tú me acusaste de robar una pintura que habías escondido en mi carro.

—No pudiste demostrarlo.

—Tu tarjeta de acceso sí.

Nessa bebió un sorbo de champán y me examinó desde los zapatos hasta el rostro.

—Te ha vestido bien. Supongo que ahora también paga tus facturas.

—Tengo un salario.

—Que él decidió concederte.

—Mi trabajo decidió que lo conservara.

—No te engañes. No serías nadie en esta ciudad si Ryan no hubiera sentido lástima por una refugiada con un hijo sin padre.

El insulto alcanzó el único lugar en el que todavía podía hacerme daño. Serena avanzó, pero le indiqué que no interviniera.

—No menciones a mi hijo.

—¿Por qué? ¿También piensas utilizarlo para asegurarte un matrimonio? Sería una estrategia inteligente. Ryan siempre quiso una familia y tú llegaste con una ya preparada.

Varias personas cercanas empezaron a prestar atención. Nessa lo advirtió y elevó la voz.

—Todos deberían conocer la extraordinaria historia de Nadia. Entró en Bellew Art Capital para fregar suelos y tardó unas semanas en conseguir un despacho, un salario de especialista y la cama del propietario. Un ascenso admirable.

—El mío se debe a que descubrí la falsificación que intentaste hacer pasar por una obra del siglo XVII —le respondí—. ¿Quieres explicarles cómo conseguiste la comisión?

Su sonrisa desapareció.

—No sabes con quién estás hablando.

—Sí lo sé. Con una mujer que tuvo el puesto, el dinero y la confianza que tanto reclamaba, pero decidió venderlos porque todavía le parecían insuficientes.

—Me quitaste lo que era mío.

—Nunca fue tuyo. Ryan no era una propiedad y la empresa tampoco.

Su amante se acercó al percibir la discusión. Colocó una mano en la espalda de Nessa, aunque ella la apartó.

—Vámonos —le aconsejó.

—No he terminado.

—Yo sí —intervino Ryan.

Había llegado por el lado contrario. Se colocó a mi lado y tomó mi mano, sin preocuparse por quienes observaban.

—Te pedí que te mantuvieras lejos de Nadia y de la empresa.

—Esta es una galería. No puedes echarme.

—No tengo intención de hacerlo. Quiero que todos vean con quién has decidido presentarte.

Nessa miró nuestras manos unidas.

—Al final era cierto. Te acostabas con ella mientras todavía estabas conmigo.

—No inventes. La respetaba demasiado.

—Qué caballeroso.

—No tergiverses lo ocurrido. Tú llevabas meses con este mientras utilizabais la empresa para introducir operaciones fraudulentas.

El galerista y varios inversores escucharon la acusación. Su amante intentó alejarse, pero Ryan se dirigió también a él.

—Mis abogados te enviarán mañana la reclamación definitiva. Después de esta noche, también recibirás noticias de las autoridades.

Nessa palideció.

—No tienes por qué hacerlo. Creí que eras otro tipo de hombre.

—Y tú lo utilizaste para atacar de nuevo a Nadia.

—¿Vas a destruirme por ella?

—No. Voy a denunciar lo que hiciste porque acabo de comprender que protegerte solo te ha permitido creer que no habría consecuencias.

—Te arrepentirás.

—Ya me arrepiento de haber esperado tanto.

Nessa tomó su abrigo y abandonó la galería. El tipo la siguió después de descubrir que nadie de los presentes quería continuar conversando con él.

Ryan me llevó a una sala privada y cerró la puerta.

—¿Estás bien?

—Ha hablado de Adam.

—Lo sé.

—Quería hacerme sentir que lo utilizo para retenerte.

—No necesito que nadie me retenga.

—Tampoco necesitaba que la denunciaras por mí.

—No lo hago por ti. Lo hago porque ella cometió delitos contra la empresa y trató de culparte. Pensé que podía resolverlo sin llegar a los tribunales. Me equivoqué.

A la mañana siguiente, Bellew Art Capital presentó formalmente la denuncia y entregó todos los registros. Nessa y su amante dejaron de pertenecer solo a un escándalo empresarial.

Las operaciones, las comisiones y la manipulación de las cámaras pasaron a formar parte de una investigación que ya no podrían controlar mediante amenazas.

El juicio de Aaron se celebró un mes después.

Ryan me acompañó cada día. Emily también declaró por la agresión sufrida ante la panadería, aunque la señora O’Connor cuidó de Adam mientras estábamos en el tribunal.

La noche anterior a mi testimonio apenas dormí. Había repetido los hechos ante la policía y los abogados, pero contarlos frente a Aaron me devolvía a la habitación del centro, a su mano bajo mi camisón y al miedo de verme en la calle con mi hijo.

—No tienes que demostrar que fuiste valiente aquella noche —me recordó Ryan mientras esperábamos fuera de la sala—. Solo tienes que contar la verdad. Además, otras mujeres también lo harán.

—Él va a mirarme.

—Mírame a mí cuando salgas.

No podía subir conmigo al estrado ni responder por mí. Su presencia tampoco borraba lo ocurrido. Sin embargo, saber que estaba presente en la sala me permitió avanzar cuando pronunciaron mi nombre.

Aaron negó las acusaciones. Su abogado trató de presentar las entradas en las habitaciones como inspecciones y las expulsiones como decisiones administrativas. La grabación realizada por Emily, las imágenes de la agresión y los expedientes alterados desmintieron aquella versión.

Después declararon otras mujeres.

Una relató que Aaron la amenazó con trasladar a sus hijos si hablaba.

Otra conservaba mensajes que él le envió de madrugada.

Una tercera explicó que la expulsaron pocos días después de rechazarlo.

Ninguna historia era idéntica, pero todas mostraban el mismo método: encontrar a una mujer aislada, convertir la protección en una deuda y castigarla cuando se negaba.

El tribunal lo declaró culpable de varios delitos, entre ellos las agresiones sexuales y la agresión a Emily. La sentencia impuso una pena de prisión y órdenes de protección para las víctimas.

Cuando escuché la condena, no sentí una victoria inmediata. Pensé en la noche que pasé en la pensión, en la llamada que no me atreví a hacer a mi madre y en todas las mujeres que se marcharon de aquel centro creyendo que nadie las escucharía.

Al salir, Ryan esperaba junto a Emily.

Ella me abrazó primero.

—Se acabó —murmuró.

—Para nosotras.

—Y para las que vendrán después. Ya no lo encontrarán allí.

Ryan me tomó la mano. No necesitó preguntarme nada; vio el cansancio y nos condujo hacia el coche sin obligarme a hablar.

Aquella tarde recogimos a Adam y cenamos en casa.

Emily encargó comida porque nadie tenía fuerzas para cocinar, y mi hijo consiguió que la solemnidad del día terminara cuando introdujo una patata en el vaso de Ryan.

Poco a poco, las distintas partes de mi vida encontraron un lugar.

Aaron estaba en prisión. La investigación sobre Nessa y su amante concluyó.

Mi madre había recibido la noticia del juicio y lloró al saber que ya no debía temer que aquel hombre se acercara a nosotros.

Mi trabajo había dejado de parecer una oportunidad prestada y se había convertido en una profesión que volvía a pertenecerme.

Ryan y yo seguíamos aprendiendo a combinar mundos que antes parecían incompatibles. Había mañanas en las que discutíamos por una adquisición y tardes en las que lo encontraba en el salón, gateando detrás de Adam porque había descubierto que aquello conseguía hacerlo reír.

Semanas después del juicio llegó a casa con un sobre y un folleto doblado. Emily se llevó a Adam hacia la cocina con una falta de discreción que revelaba otra conversación secreta.

—¿Qué estás planeando? —le pregunté.

—Un fin de semana.

—Eso parece bastante inespecífico.

Abrió el folleto. Mostraba una casa contemporánea situada en la costa de Wicklow, rodeada de terreno y con vistas al mar.

—Pertenece a un amigo que pasa la mayor parte del año fuera de Irlanda. Tiene tres dormitorios, chimenea, acceso a una playa pequeña y todo lo necesario para un bebé.

—Has comprobado lo del bebé.

—He aprendido que viajan con más equipaje que los adultos.

—¿Cuándo quieres ir?

—El próximo viernes. Dos noches, sin expedientes, sin abogados y sin nadie que intente vendernos una falsificación. Solo tú, Adam y yo.

Ryan tomó mi mano y esperó.

—Quiero pasar un fin de semana contigo fuera de Dublín —añadió—. Y quiero que Adam venga con nosotros.

Desde la cocina llegó la voz de Emily.

—¡Di que sí de una vez!

Ryan sonrió.

—Creo que ya tengo su autorización.

Miré la fotografía de la casa, el mar extendido detrás de los ventanales y al hombre que no estaba invitándome solo a compartir una cama.

Nos estaba invitando a los dos.

—¿Vendríais conmigo? —me preguntó y casi me lo como a besos.