Capítulo 25
Los días posteriores a Navidad transcurrieron entre expedientes, reuniones aplazadas y una oficina ocupada por menos empleados de lo habitual.
Ryan y yo no habíamos hablado de nuestro acercamiento. Tampoco pusimos nombre a la relación que empezó en aquella azotea y continuó entre su cama y una Navidad compartida.
Había vuelto a trabajar sin saber si debía comportarme como su empleada, su amante o una mujer que había pasado con él dos noches extraordinarias sin prometer nada.
Ryan parecía desenvolverse mejor dentro de aquella indefinición. Entraba en mi despacho, robaba mi café, dejaba notas divertidas junto a los expedientes y encontraba oportunidades para rozarme cuando nadie podía vernos.
El martes, poco antes del mediodía, Serena apareció en mi despacho con la excusa de retirar una papelera que solo contenía dos envoltorios.
—¿Piensas vaciarla cada vez que tiro algo? —le pregunté.
—Ofrezco un servicio personalizado a la alta dirección.
—No formo parte de la alta dirección.
—Tienes despacho, una cafetera que funciona y acceso carnal al propietario. No sé cuánto más quieres ascender.
—Baja la voz.
—No he utilizado ningún detalle.
—Eso no mejora la frase.
Serena tomó la papelera y salió conmigo porque teníamos previsto almorzar juntas en el cuarto del personal. Habíamos avanzado hasta la recepción cuando las puertas del ascensor se abrieron.
Una mujer salió arrastrando una maleta pequeña.
Tendría unos treinta y cinco años y llevaba un abrigo color crema sobre un vestido negro, botas altas y un bolso que probablemente costaba más que varios meses de mi antiguo salario.
Su cabello oscuro estaba cortado a la altura de la mandíbula y unos pendientes de esmeraldas destacaban junto a su rostro.
No necesitó preguntar por Ryan. Lo vio al otro lado de la recepción y dejó la maleta junto al mostrador.
Él se dirigió hacia ella con una sorpresa que pronto se convirtió en una sonrisa.
La mujer abrió los brazos y Ryan la estrechó con una familiaridad que no le había visto utilizar con nadie.
Cuando se separaron, ella le colocó una mano sobre el pecho, le arregló el cuello de la camisa y le apartó una pelusa de la solapa.
—Estás muy feo —le reprochó entre risas.
—Tú sigues mintiendo al saludar.
—Y tú sigues necesitando que una mujer revise cómo sales de casa.
Se elevó sobre las puntas de los pies y lo besó. Ryan movió la cabeza en aquel instante y los labios de ella quedaron cerca de la comisura de su boca. Después él rodeó su cintura con un brazo y la condujo hacia los despachos.
Me detuve junto al mostrador.
—Vaya —murmuró Serena—. Ese recibimiento no figura en el protocolo de inversores.
—Me da que no.
Continué caminando hacia el cuarto del personal, aunque el hambre había desaparecido. Serena me siguió con la papelera todavía en la mano.
—No saques conclusiones —me aconsejó—. Podría haber una explicación.
—No necesito ninguna. Ryan y yo no hemos acordado nada.
—Eso es cierto.
—Puede recibir a quien quiera.
—También es cierto.
—No somos pareja.
—Correcto.
Abrí la puerta con más fuerza de la necesaria.
—Podrías dejar de darme la razón.
—No sé qué respuesta mantiene a salvo mi vida.
Dejé el recipiente del almuerzo sobre la mesa y ocupé una silla. La imagen de aquella mujer tocando a Ryan se repetía con una precisión irritante. No era solo el beso. Era la confianza con que había arreglado su ropa, la sonrisa de él y el brazo alrededor de su cintura.
—Quizás hace esto con todas —comenté.
—¿El qué?
—Conseguir que crean que son especiales durante unos días.
—No parecía un hombre que compartiera el jacuzzi cuando estaba con Nessa.
—También creíamos que iba a comprometerse con ella y la relación llevaba años destruida.
—Eso demuestra que no se entera de nada, no que sea promiscuo.
Abrí el almuerzo sin intención de comer.
—Sé lo que he visto.
Serena se sentó frente a mí.
—Pregúntale.
—No voy a exigir explicaciones a un hombre que no me ha prometido exclusividad.
—Podrías preguntarle quién es sin redactar un contrato matrimonial.
—No me interesa.
—Te interesa tanto que vas a apuñalar esa patata.
Dejé el tenedor. La puerta se abrió y Chloe nos avisó de que la reunión técnica prevista para la una se había adelantado. Guardé la comida y regresé a mi despacho decidida a comportarme con profesionalidad.
Ryan entró pocos minutos después acompañado por dos miembros del equipo. No mencionó a la mujer ni mostró nada distinto en su comportamiento.
Durante la reunión me pidió que explicara las reservas sobre un informe de procedencia y aceptó mis recomendaciones. Yo respondí con cortesía y evité mirarle a los ojos.
Cuando terminó la reunión, recogí mis notas y anuncié que enviaría el informe antes de marcharme.
—Nadia, quédate un momento —me pidió.
—Tengo trabajo pendiente.
—Tardaremos poco.
Los otros empleados salieron. Ryan cerró la puerta y se volvió hacia mí.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Llevas una hora tratándome como si... —Se interrumpió y corrigió la construcción—. Has recuperado el “señor Bellew”, no has discutido ninguna de mis observaciones y has rechazado el café que te ofrecí. Las tres cosas juntas anuncian una catástrofe.
—Estoy trabajando.
—Eso no te impedía insultar mis conocimientos de conservación la semana pasada.
—Nunca los he insultado. He señalado que son limitados.
—Eso es lo más amable que me has dicho en este rato.
—¿Necesitas algo más?
Ryan demoró la respuesta. Después abrió la puerta.
—De momento, no.
Regresé a mi ordenador enfadada conmigo misma. Había pretendido que no notara nada y solo conseguí demostrar que me afectaba. El error no consistía en haber pasado la noche con él, sino en esperar que aquellas horas significaran lo mismo para los dos.
A las dos menos cuarto, alguien llamó a mi puerta.
La mujer de la recepción entró sin esperar respuesta. Se había quitado el abrigo y llevaba una carpeta contra el pecho.
—Tú debes de ser Nadia.
Me levanté.
—Sí.
—Soy Emma.
Esperé un apellido o una explicación.
—La hermana de Ryan —añadió.
La vergüenza me recorrió de una sola vez.
—No sabía que tuviera una hermana.
—A veces él tampoco lo recuerda. Vivo en Toronto y he regresado antes de lo previsto porque cancelaron una reunión. Quería sorprenderlo.
Se acercó a la fotografía de Adam.
—Así que este es el famoso hombre de seis meses.
—¿Famoso?
—Ryan habla mucho de él. Y de ti.
Emma tomó la cartulina de las manos verdes y sonrió.
—También me ha contado que su primera obra ocupa un despacho antes de que él haya cumplido un año. En nuestra familia tardamos décadas en conseguir algo parecido.
Intenté formular una respuesta, pero solo conseguía recordar todas las conclusiones que había compartido con Serena.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó.
—Sí. Solo estoy sorprendida.
—Espero que no te moleste que haya venido sin avisar. Quiero llevarme a Ryan a tomar café antes de regresar al hotel, aunque ha insistido en que primero debía terminar una reunión contigo.
—Ya hemos terminado.
—Entonces intentaré secuestrarlo durante media hora. Me marcho mañana y necesito comprobar si mi hermano sigue siendo capaz de hablar de algo que no seas tú.
Emma sonrió antes de salir. Me senté y cubrí el rostro con las manos.
Serena apareció tres minutos después.
—¿Qué quería la mujer misteriosa?
—Es su hermana.
—Ah.
—Vive en Toronto.
—Eso explica la maleta.
—Ryan le ha hablado de mí. Es que él, sin embargo, apenas habla de su familia.
La miré.
—Eso no es un crimen. Dale tiempo. Llevas un rato de acusaciones imaginarias y una patata asesinada.
—No estaba celosa.
—Estabas a punto de comprobar si el veneno dejaba huellas en las acuarelas.
Emma y Ryan salieron juntos poco después.
Ella volvió a besarle la mejilla, esta vez sin ningún movimiento que distorsionara la imagen, y ambos entraron en el ascensor.
Antes de cerrarse las puertas, Ryan me miró desde el interior.
Su expresión confirmó que todavía no comprendía mi comportamiento, aunque pensaba averiguarlo.
A las cinco, el edificio estaba casi vacío. Me había quedado para terminar el informe y compensar el tiempo perdido durante la mañana. Serena se marchó después de obligarme a prometer que no volvería a imaginar una traición sin consultar primero el árbol genealógico.
Ryan regresó cuando estaba cerrando los archivos. Entró en mi despacho, se quitó el abrigo y ocupó la silla frente a mi mesa.
—Mi hermana cree que estabas enfadada porque la viste besarme.
—Tu hermana tiene demasiada imaginación.
—También cree que estabas celosa.
—No lo estaba.
—Nadia.
—No habíamos acordado nada. Podías estar con otra mujer.
—¿Y eso es lo que pensaste?
—No tenía por qué preguntarte.
Ryan se levantó y rodeó la mesa.
—Mírame.
Continué ordenando los documentos.
—He terminado por hoy.
—Yo no.
Tomó la carpeta de mis manos y la dejó sobre el escritorio.
—No estoy con ninguna otra mujer.
—Ya sé que es tu hermana.
—No me refiero a Emma. No estoy buscando a nadie, no flirteo con nadie y no he pasado estas semanas repartiendo invitaciones a mi ático.
—No tienes que explicarme...
—Sí tengo. Sobre todo si te has pasado media jornada creyendo que lo nuestro no significaba nada.
—No dijimos que significara algo.
—Tampoco dijimos que no lo hiciera.
Sus dedos rodearon mi muñeca, sin retenerme cuando intenté apartarla.
—No sé hacer esto, Ryan. Trabajo para ti, tengo un hijo, vivo en casa de otra persona y hace unos meses no podía pagar una habitación. Tu mundo cambia de dirección con una llamada. El mío puede derrumbarse con una mala decisión.
—Tú no eres una mala decisión.
—No puedes saberlo.
—Estoy loco por ti.
Las palabras interrumpieron todas las objeciones que había preparado.
Ryan se acercó.
—Pienso en ti cuando no estás, invento motivos para entrar en tu despacho y llevo días preguntándome cuándo podré ver otra vez a Adam sin que Emily tenga que organizar una conspiración. No sé qué nombre quieres darle, pero no estoy tratando de sustituirte por nadie.
—¿Loco por mí?
—De todo lo que he dicho, ¿eso es lo único que has oído?
—Es la parte más difícil de creer.
—Entonces tendré que repetirla.
Me sostuvo el rostro y me besó. El contacto empezó con la urgencia de una discusión que ninguno había ganado. Le rodeé la cintura y terminé contra su cuerpo, olvidando la prudencia que había intentado recuperar durante todo el día.
—La puerta —murmuré.
Ryan la cerró y giró la llave. Después bajó la persiana interior que cubría el cristal del pasillo.
—Podemos ir a otro sitio.
—No quiero esperar.
La respuesta cambió su forma de mirarme.
Me sentó sobre el borde del escritorio, apartando antes cada documento para no dañar nada. Sus labios recorrieron mi cuello mientras abría los botones de mi blusa y mis manos deshacían el nudo de su corbata.
Había algo distinto en aquel encuentro: no buscábamos prolongar la espera ni convertir el deseo en un juego. Necesitábamos borrar la distancia que el miedo había creado durante unas horas.
Ryan mantuvo el control sin perder la delicadeza. Me pidió que lo mirara, que confiara en él y que le dijera si quería detenerme. Mi respuesta fue atraerlo de nuevo hacia mí.
Hicimos el amor en el sofá de su despacho, entre prendas abandonadas y la música tenue que llegaba desde el sistema del edificio.
Tuvimos que contener las voces, aunque eso solo aumentó la intensidad de cada caricia.
Me llevó al límite con la paciencia que ya conocía y permaneció conmigo hasta que ambos perdimos cualquier preocupación por la hora.
Después me acomodó contra su pecho y cubrió mis piernas con su chaqueta. Su corbata seguía en el suelo y mi blusa había perdido un botón.
—Esto plantea varios problemas laborales —comenté.
—Podemos convocar una reunión para estudiarlos.
—No pienso sentarme otra vez en este sofá durante una reunión.
—Yo tampoco conseguiría concentrarme.
Levanté la cabeza.
—No vuelvas a dejar que una mujer te bese en la recepción.
—Es mi hermana.
—La norma puede incluir excepciones familiares.
—Estabas celosa.
—Estabas a punto de convencerme hasta que has dicho eso.
Ryan se rio y volvió a besarme.
—Estoy loco por ti —repitió contra mis labios.
Esta vez lo creí.