Capítulo 24
Ryan atrapó mi mano antes de que pudiera apartarla y entrelazó los dedos con los míos.
Aquel contacto carecía de la urgencia de la azotea o del ático, aunque tuvo un efecto más profundo.
Hasta entonces nos habíamos besado, habíamos pasado una noche juntos y acabábamos de compartir la Navidad; sin embargo, nunca habíamos caminado de la mano por una calle en la que cualquiera podía vernos.
Dublín estaba más callada que de costumbre. Muchos establecimientos permanecían cerrados y apenas circulaban coches.
La lluvia había respetado la tarde, pero el pavimento conservaba la humedad y reflejaba las decoraciones instaladas entre las fachadas. De algunas viviendas escapaban música, risas y el sonido de platos recogidos después de la cena.
Ryan adaptó el paso al mío. La temperatura descendía y el aire me obligó a cubrirme mejor con la bufanda.
—Tienes frío —observó.
—Es diciembre.
—Esa no es una respuesta.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que presente una reclamación al clima irlandés?
—Podrías acercarte.
Tiró de mi mano hasta situarme junto a él y rodeó mis hombros con un brazo. El calor de su cuerpo atravesó el abrigo. Continuamos así, compartiendo el espacio estrecho de la acera y apartándonos cuando aparecía algún grupo.
—¿Te ha gustado tu primera Navidad ucraniana e irlandesa a la vez? —le pregunté.
—Mucho. Aunque sigo pensando que tus varényky tenían una ventaja injusta sobre los míos.
—Los tuyos parecían pequeños ataúdes.
—Representaban la muerte de las normas culinarias.
—Emily guardará alguno para estudiar su evolución.
—Espero que no lo entregue a un laboratorio.
A ambos nos apeteció dar aquel paseo, pese a las bajas temperaturas.
Llegamos a una plaza y encontramos un abeto instalado frente a un edificio público.
Sus luces cambiaban lentamente del blanco al dorado.
Varias familias se fotografiaban delante y dos niños perseguían las sombras proyectadas sobre el suelo.
Nos detuvimos a cierta distancia. Ryan seguía rodeándome con el brazo.
—Adam me ha declarado la guerra —comentó.
—Te ha sonreído durante casi todo el día.
—Ha intentado arrancarme el reloj, me ha golpeado con una cuchara y ha escupido puré sobre mi camisa.
—En su idioma, eso significa que quiere volver a verte.
—Entonces nos entendemos.
La facilidad de aquella respuesta me hizo levantar la vista. Ryan contemplaba a los niños que corrían alrededor del árbol, aunque no parecía incómodo ante lo que acababa de decir.
—Te has manejado muy bien con él.
—He necesitado instrucciones para cogerlo.
—Pero no has huido cuando empezó a llorar.
—Estuve cerca.
—No lo parecía.
—Tengo experiencia ocultando el pánico ante los inversores.
Sonreí y apoyé la cabeza sobre su hombro. Permanecimos allí hasta que una de las familias nos pidió que les hiciéramos una fotografía. Ryan aceptó y dedicó varios minutos a encuadrar a siete personas, un cochecito y un perro que se negaba a mirar hacia la cámara.
—No estás autentificando un Rembrandt —le recordé.
—La señora quiere que aparezca el árbol completo.
—La señora quiere volver a casa antes de Año Nuevo.
La mujer se rio. Cuando Ryan devolvió el teléfono, aseguró que la foto era excelente y nos ofreció hacer una a nosotros.
Mi primer impulso fue negarme. No teníamos ninguna fotografía juntos y aceptar implicaba conservar una imagen de algo que todavía no habíamos definido. Ryan me consultó con la mirada.
—De acuerdo —acepté.
Nos colocamos frente al árbol. Su mano se apoyó en mi cintura y yo sujeté la solapa de su abrigo. La mujer tomó varias fotografías antes de entregarnos el teléfono.
—Hacéis una pareja preciosa —comentó.
Ninguno la corrigió.
Revisamos las imágenes mientras continuábamos caminando. En la mejor, Ryan me miraba a mí en lugar de a la cámara y mi sonrisa revelaba que acababa de darme cuenta.
—Envíamela —me pidió.
—Pensaba borrarlas todas.
—Entonces tendrás que luchar conmigo por el teléfono.
Lo guardé dentro del bolso.
—No me asustas.
—Has olvidado quién ganó la última vez.
—No recuerdo que hubiera una competición.
—Yo sí.
Su voz adquirió una intención que me devolvió a su dormitorio. La música, las sábanas y cada orden pronunciada cerca de mi oído regresaron con una precisión que no combinaba con el carácter inocente del paseo.
Ryan se detuvo bajo el saliente de un edificio y me situó delante de él.
—¿En qué estás pensando?
—En nada.
—Mientes bastante mal.
—Es una cualidad.
—Depende de lo que intentes ocultar.
Acercó los labios a los míos, pero no llegó a besarme.
—¿Estabas pensando en el viernes?
—Quizás.
—¿Qué parte?
—La que no voy a comentar en mitad de la calle.
—Podemos ir a un lugar más privado.
—¿Has planeado esto con Emily?
—No. Tuve una conversación de veinte minutos con ella cuando me invitó y dedicó diecinueve a explicarme el menú.
—¿Y el minuto restante?
—Me advirtió que no te hiciera daño.
Aquello borró parte de la ligereza.
—¿Qué le respondiste?
—Que no era mi intención.
—Las intenciones no siempre bastan.
—Soy consciente.
Ryan no intentó ofrecerme una seguridad que sería mejor que demostrara con hechos que con palabras. En lugar de hacerlo, me besó despacio, con una mano junto a mi cuello y la otra en la cintura. Respondí sin preocuparme por las personas que pasaban cerca.
—Vendrán a recogernos en cuanto avise —me informó al separarse.
—Eso significa que sí lo habías planeado.
—Planeé tener la opción de volver a casa sin conducir después de la cena. Lo que ocurra cuando lleguemos depende de ti.
—Emily te habría ofrecido la habitación de invitados —bromeé.
—También me ha dicho “hasta mañana” mientras te guiñaba un ojo. No creo que quisiera un invitado en el pasillo.
El vehículo aguardaba donde había indicado, con un conductor al volante. Nos instalamos en el asiento trasero.
Durante el trayecto hablamos de la comida, de mi madre y del regalo de Emily. Aquella conversación cotidiana me permitió comprender que ya había tomado la decisión antes de subir al coche.
El ático nos recibió con las luces del salón encendidas. Alguien había dejado una bandeja con fruta, agua y una botella de champán dentro de una cubitera, aunque Ryan pidió que retiraran el servicio antes de nuestra llegada.
—Tu casa se prepara sola —comenté.
—Es una de sus mejores cualidades.
Dejé el abrigo sobre una butaca. Ryan se quitó el suyo y aflojó el cuello de la camisa.
—Hay algo que no probamos la otra noche.
—Probamos bastantes cosas.
—No todas.
Me condujo por un pasillo situado al otro lado del salón.
Una puerta comunicaba con un cuarto de baño revestido de piedra clara y madera.
El jacuzzi ocupaba una plataforma cercana a un ventanal tratado para impedir la visión desde el exterior.
Desde allí se distinguían las luces de los edificios y el canal.
Ryan abrió los grifos. El agua empezó a llenar la bañera mientras ajustaba la temperatura y encendía los chorros.
—No he traído bañador.
—Yo tampoco.
La respuesta provocó un cosquilleo bajo mi piel.
—Eso parece poco práctico.
—Podemos utilizar la ropa de Navidad, aunque no creo que Emily apruebe el resultado.
Se acercó y me quitó la bufanda. Después abrió los botones de mi abrigo uno a uno, pese a que podía haber utilizado la cremallera. Lo dejó caer sobre una silla y volvió a situarse delante de mí.
—¿Sigues queriendo estar aquí?
—Sí.
—Entonces desnúdate.
La orden fue pronunciada en el mismo tono sereno que utilizaba al pedirme un informe. Lo obedecí con una lentitud deliberada, disfrutando de que Ryan no apartara los ojos mientras me quitaba el jersey, el pantalón y el resto de la ropa.
Él empezó a desvestirse después. Cuando terminó, tomó mi mano para ayudarme a entrar. El agua caliente me envolvió hasta los hombros. Las burbujas y los chorros ocultaban parte de nuestros cuerpos, aunque no disminuían la conciencia de su desnudez.
Ryan se acomodó frente a mí.
—Ven.
Me desplacé entre el agua hasta sentarme sobre sus piernas. Sus manos rodearon mi cintura y me atrajeron. El primer beso resultó suave, aunque la cercanía no tardó en cambiarlo.
El agua alteraba cada contacto. Sus dedos se deslizaban con facilidad por mi espalda y mis piernas; las burbujas vibraban contra la piel mientras su boca recorría mi cuello. Me sujeté a sus hombros, permitiéndole dirigir mis movimientos.
—No sabía que los fondos de inversión incluyeran estas instalaciones —murmuré.
—Solo para empleadas con una evaluación excelente.
—Eso plantea muchos problemas laborales.
—Puedes denunciarlos mañana.
Me besó antes de que continuara. Ryan me colocó de espaldas contra su pecho y rodeó mi cuerpo con los brazos. Una mano permaneció sobre mi vientre; la otra ascendió despacio, provocando una sucesión de sensaciones que el agua intensificaba.
—Relájate —me pidió al oído.
—Estoy relajada.
—Todavía intentas anticipar lo que voy a hacer.
—Es deformación profesional.
—Esta noche no tienes que analizar nada.
Cerré los ojos. Ryan controlaba el ritmo y se detenía cada vez que mi cuerpo parecía acercarse demasiado al límite. Cuando protestaba, respondía con una risa contra mi cuello y retomaba las caricias desde otro punto, prolongando la espera hasta volverla insoportable.
—Por favor...
—¿Qué quieres?
—Sabes lo que quiero.
—Quiero oírtelo.
Se lo dije en voz baja. Ryan me hizo volver hacia él y me besó mientras su mano continuaba moviéndose bajo el agua. Alcancé el clímax aferrada a sus hombros, con la respiración quebrada contra su boca.
No me permitió alejarme. Esperó a que recuperara fuerzas y me sostuvo sobre sus piernas. Después fui yo quien empezó a acariciarlo. Su dominio se debilitó, aunque trató de conservarlo hasta que me tomó por las caderas y detuvo mis movimientos.
—Despacio.
—Ahora me toca a mí.
—Eso crees.
Salimos del jacuzzi antes de continuar. Ryan me envolvió en una toalla, me secó con una dedicación que pronto dejó de tener una finalidad práctica y terminó levantándome en brazos cuando intenté alcanzar la puerta.
—Puedo caminar.
—Lo sé.
—Entonces bájame.
—No.
Me llevó al dormitorio entre risas y besos. Allí la ternura del paseo y el juego del jacuzzi se transformaron en un deseo más profundo. Nos unimos sin apresurarnos, atentos a cada reacción y libres de la incertidumbre que había acompañado la primera noche.
Después permanecimos tumbados, todavía húmedos y exhaustos. Ryan me rodeó desde atrás y acomodó una pierna entre las mías. Su respiración rozaba mi nuca.
—Emily tenía razón —murmuró.
—No vuelvas a decir eso. La animarás.
—Mañana presumirá durante horas.
—No pienso contarle nada.
Me volví dentro de sus brazos. Ryan apartó un mechón de mi rostro y me besó con una dulzura que no reclamaba nada más.
No hablamos de nuestra relación ni de lo que haríamos al regresar a la oficina. Aquella conversación tendría que llegar, pero no esa noche.
Apoyé la cabeza sobre su pecho. Ryan ajustó el edredón alrededor de los dos y mantuvo un brazo firme sobre mi cintura.
Por primera vez desde que empezamos a buscarnos, no dormimos separados después del deseo. Nos quedamos abrazados hasta la mañana.