El secreto de Nadia Capítulo 23
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Capítulo 23

El día de Navidad empezó antes de las ocho porque Adam decidió que ninguna celebración respetable debía permitir que los adultos durmieran.

Cuando miré hacia él, lo encontré despierto en la cuna, golpeando el colchón con los pies y conversando con el zorro de trapo.

—Feliz Navidad, amor mío.

Me recibió con un grito, agitó los brazos y trató de arrancarme el cuello del pijama cuando lo tomé. Lo llevé al salón, donde Emily ya había encendido las luces del árbol y colocado música navideña a un volumen prudente.

Llevaba una bata roja, zapatillas de renos y una corona de papel dorado.

—¿De dónde has sacado eso? —le pregunté.

—Abrí uno de los crackers para comprobar que funcionaban.

—¿A las siete de la mañana?

—La seguridad exige sacrificios.

Los regalos rodeaban el abeto. La mayoría pertenecían a Adam, aunque él mostró más interés por el papel de envolver que por el tren de madera, los libros de tela y la ropa que Rachel envió desde Londres.

Emily recibió una bufanda que tejió mi madre y un marco con una fotografía de Megan y Adam: había unido dos imágenes distintas mediante un montaje que encargué en una tienda del barrio.

La contempló durante varios segundos antes de abrazarme.

—Ahora tengo a mis dos pequeños juntos.

—Adam todavía no sabe que debe compartir el marco.

—Megan tampoco compartía nada a su edad. Se habrían entendido perfectamente.

A las nueve llamamos a Larysa. Había preparado el teléfono sobre la mesa y colocado el portátil frente al árbol para que pudiera ver el salón.

Mi madre apareció con una blusa bordada y el cabello recogido.

Detrás de ella, una vela ardía junto a la ventana y nuestra antigua vajilla ocupaba la mesa de la cocina.

La comunicación se interrumpía a ratos, pero conseguimos enseñarle los regalos, el adorno con el nombre de Adam y las figuras del belén. Emily utilizaba una aplicación para traducir frases cortas y esperaba con impaciencia mientras el teléfono convertía su inglés en ucraniano.

—Dile que la bufanda es preciosa —me pidió.

—Mamá te está escuchando.

—Pero quiero decírselo yo.

Pronunció la frase cerca del micrófono. La aplicación produjo una traducción tan extraña que mi madre empezó a reír antes de que pudiera corregirla.

—¿Qué ha dicho? —quiso saber Emily.

—Que la bufanda es hermosa y que espera utilizarla durante un incendio.

—Eso no lo he dicho.

—La tecnología tiene espíritu creativo.

Larysa habló con Adam y él respondió mordiendo una estrella de tela. Después quiso saber qué habíamos preparado para la comida. Enumeré el pavo, las patatas, los varényky , la ensalada de remolacha y la kutia . Mi madre aprobó el menú hasta que confesé que había comprado la masa de los varényky.

—No me daba tiempo a hacerla —me defendí.

—El tiempo aparece cuando se organiza bien.

—También trabajo, mamá.

—Yo trabajaba y hacía la masa —bromeó.

Emily no comprendía las palabras, pero reconoció una reprimenda maternal y se mostró de acuerdo con Larysa mediante gestos.

—No la animes —le advertí.

Llamaron a la puerta en mitad de la conversación.

—¿Esperamos a alguien? —le pregunté a Emily.

—Quizás sea la señora O’Connor.

—Dijo que iría a casa de su hijo.

—Entonces no será ella.

La inocencia de su respuesta resultaba sospechosa. Dejé a Adam sobre su regazo y caminé hacia el recibidor. A través de la mirilla distinguí a un hombre con un abrigo oscuro y varias bolsas en las manos.

Abrí la puerta.

Ryan llevaba un jersey azul marino sobre una camisa blanca y un pantalón oscuro. El cabello conservaba algunas gotas de lluvia y una bufanda gris rodeaba su cuello. No lo había visto desde que me dejó en casa el sábado por la mañana.

—Feliz Navidad —me saludó.

—¿Qué haces aquí?

—También me alegro de verte.

—No sabía que vendrías.

—Esa era la parte que tu compañera de conspiración consideró importante.

Miré hacia el salón. Emily levantó la mano y me saludó desde el sofá.

—¿Lo has invitado tú?

—No podía dejar que pasara el día solo —me respondió.

—No iba a pasar el día solo aunque los míos no estén este año en Dublín —aclaró Ryan—. Tenía una invitación para comer con unos amigos.

—Eso no es familia —sentenció Emily.

—¿Cómo conseguiste su teléfono?

—Llamé a la empresa. Chloe fue encantadora.

—¿Llamaste a mi trabajo para invitar a mi jefe a Navidad?

—Era eso o buscar su dirección, y habría parecido entrometida.

Ryan trató de ocultar una sonrisa.

—Puedo marcharme si prefieres que...

—No —lo interrumpí—. Ya estás aquí. Quédate.

—Una bienvenida emocionante.

Le quité una de las bolsas y cerré la puerta. Ryan dio dos pasos hacia el salón y descubrió a mi madre en la pantalla del portátil. Larysa observaba la escena con enorme interés.

—Mamá, este es Ryan.

—El jefe —añadió Emily.

—Sé quién es —respondió Larysa.

No quise preguntar cuánto le había contado Emily mediante aquella aplicación.

Ryan se acercó al ordenador y felicitó a mi madre en ucraniano. Había aprendido la frase, aunque su pronunciación hizo que Larysa le pidiera repetirla. La segunda vez lo entendió y aplaudió encantada.

—Ha estado practicando —observé.

—Durante todo el trayecto.

Mi madre le dio las gracias por ayudarme con el título y por reconocer mi trabajo. Traducía sus palabras, aunque Ryan respondió que no había hecho nada salvo conseguir que se revisaran los documentos adecuados.

—Dice que una persona poderosa que utiliza su influencia para corregir una injusticia merece agradecimiento —le expliqué.

—Dile que su hija corrigió una injusticia mucho mayor en mi empresa.

Larysa sonrió y formuló una pregunta que no necesitó traducción: quería saber si Ryan había conocido ya a Adam.

—Todavía no —respondí.

Emily levantó al niño.

—Pues ya es hora.

Ryan se quitó el abrigo, dejó los regalos cerca del árbol y se acercó. Adam lo examinó desde los brazos de Emily con la seriedad que reservaba a los desconocidos.

—¿Quieres cogerlo? —le preguntó ella.

—No estoy seguro de que quiera venir conmigo.

—Aún le falta para cumplir un año. Sus decisiones todavía son discutibles.

Ryan extendió las manos, pero se detuvo antes de tomarlo.

—¿Dónde sujeto la cabeza?

—Ya la sostiene solo —le expliqué—. Una mano bajo el cuerpo y la otra en la espalda.

—Eso parece poca seguridad.

—No es una obra de arte. Puedes tocarlo.

—Las obras de arte no se mueven sin avisar.

Emily depositó a Adam en sus brazos. Ryan adoptó una postura rígida y lo sostuvo a varios centímetros de su pecho, temiendo ejercer demasiada presión.

—Acércalo —le indiqué—. No explota.

—Esa información habría sido útil antes.

Adam agarró su jersey y estudió los botones de la camisa. Después encontró el reloj, tiró de la correa y trató de llevárselo a la boca.

—Tiene buen gusto —comentó Ryan—. Ha elegido lo más caro que llevo encima.

—Es hijo de una experta en arte —repuso Emily.

—También intenta comerse las cucharas —le recordé.

Ryan terminó acomodándolo contra el pecho. La inseguridad inicial fue desapareciendo mientras Adam tocaba la textura de su jersey y le apoyaba una mano bajo la barbilla. Cuando el niño sonrió, Ryan respondió con una ternura que no le había visto en la oficina.

—Hola, Adam —murmuró—. He oído hablar mucho de ti.

Mi hijo contestó introduciéndole dos dedos en la boca.

—Eso significa que le caes bien —le expliqué.

—¿Qué hace cuando alguien le cae mal?

—Lo mismo, pero antes le araña.

Larysa reclamó nuestra atención desde el ordenador. Había presenciado todo el encuentro y su expresión indicaba que acababa de elaborar varias conclusiones sobre las cuales esperaba interrogarme más tarde.

Terminamos la videollamada después de que mi madre le hiciera prometer a Ryan que comería varényky . Cuando cerré el portátil, él continuaba con Adam en brazos.

—Ya puedes devolvérmelo —le ofrecí.

—Creo que estamos llegando a un acuerdo.

—Está intentando arrancarte el reloj.

—Toda negociación exige concesiones.

Nos sentamos alrededor del árbol para abrir los regalos que había llevado Ryan. Emily recibió una caja de té, una manta de lana y dos entradas para una representación teatral en enero.

—Son dos —advirtió ella—. Tendrás que acompañarme, Nadia.

Para Adam había comprado un cubo de actividades de madera, un oso blando y un libro titulado Mi primer museo. En cada página aparecía una obra de arte acompañada por dibujos, texturas y colores.

—Es un bebé —le recordé.

—Nunca es demasiado pronto para educar a un inversor.

Mi regalo era un libro ilustrado sobre arte sacro ucraniano. Se trataba de una edición agotada que conocía desde mis años universitarios. Había mencionado su título una sola vez durante una conversación en el despacho.

—¿Cómo lo encontraste?

—Tengo contactos.

—Empiezo a pensar que esa es tu respuesta para todo.

—También tengo internet y una tarjeta de crédito. Juntos producen resultados extraordinarios.

No había escrito ninguna dedicatoria ni acompañado el libro de una frase que convirtiera el regalo en una declaración. Aun así, recordar aquel comentario perdido entre tantas conversaciones me emocionó.

Emily también había preparado algo para él. Le entregó un paquete rectangular que Ryan abrió con curiosidad.

Dentro había un nivel de burbuja.

—Nadia me contó lo del diploma —le explicó—. Esta casa cree en las segundas oportunidades.

Ryan levantó la herramienta y comprobó su tamaño.

—Es un regalo muy considerado.

—La próxima vez harás un solo agujero.

—No prometo milagros.

Terminar de preparar la comida ocupó el resto de la mañana. Yo me encargué de cocinar, mientras Emily supervisaba desde una silla y Ryan aceptaba todas las tareas que le asignaba.

Peló patatas, preparó las verduras y consiguió cerrar los varényky sin que se abrieran, aunque los primeros parecían objetos geométricos más que comida.

—Eso no es una media luna —le indiqué.

—Es una interpretación contemporánea.

—Se abrirá al hervir.

—Tiene una estructura conceptual sólida.

—No puedes defender una empanadilla con tus definiciones de jefe rico.

—Lo hago todos los días con inversiones mucho más caras.

Adam observaba desde la trona. Ryan le ofreció una cuchara de madera y recibió varios golpes en el antebrazo.

—Es una crítica dura —concluyó.

La comida duró varias horas. Antes de empezar, Emily repartió los crackers navideños y nos obligó a cruzar los brazos para tirar de ellos.

Los estallidos asustaron a Adam, que tardó poco en descubrir que las coronas de papel podían romperse. Ryan acabó llevando una corona violeta y leyendo un chiste tan malo que Emily insistió en que el verdadero regalo era que terminara.

Probó todos los platos y repitió varényky . Emily contó historias de Rachel y Megan; yo hablé de las Navidades en Ucrania, y Ryan terminó confesando que llevaba años pasando aquellas fechas entre compromisos sociales o viajes, pues los suyos viajaban muy a menudo.

Nunca pregunté por qué no había construido sus propias tradiciones. Aquel día estaba participando en las nuestras y parecía disfrutar de cada detalle, desde las discusiones sobre el pavo hasta el puré que Adam consiguió extender por la mesa.

Después de comer, insistió en lavar los platos.

—Eres el invitado —protesté.

—He cocinado formas geométricas. Ya pertenezco al equipo.

Emily le entregó un paño.

—Puedes secar. No quiero que rompas mi vajilla el primer año.

Por la tarde jugó con Adam sobre la alfombra. Al principio intentaba enseñarle el cubo de actividades siguiendo las instrucciones, pero mi hijo prefería golpear dos piezas entre sí.

Ryan terminó imitándolo y ambos mantuvieron una conversación compuesta por ruidos y risas.

Lo observé desde el sofá, sorprendida por la facilidad con que había entrado en nuestra casa.

No intentaba impresionar a Emily ni fingía experiencia con el bebé. Preguntaba, aprendía y aceptaba las bromas cuando colocaba mal un pañal o interpretaba cada quejido de Adam como una emergencia.

Al anochecer, Emily llevó al niño a dormir. Regresó al poco y nos encontró todavía en el salón, hablando cerca del árbol.

—Deberíais salir a dar un paseo —propuso—. Las calles están preciosas y lleváis todo el día encerrados conmigo.

—No me importa quedarme —respondió Ryan.

—A mí sí. Quiero ver una película y hacéis demasiado ruido.

—Hemos estado hablando.

—Exactamente.

Me levanté para buscar el abrigo.

—Daremos una vuelta corta.

—Tomaos el tiempo que necesitéis —me recomendó Emily—. Adam no se despertará hasta dentro de varias horas.

Ryan se puso la bufanda y abrió la puerta. Cuando salí detrás de él, Emily me guiñó un ojo.

—Hasta mañana.

—¡Emily!

Cerró la puerta antes de que pudiera regresar.

Ryan me observó, divertido.

—Parece bastante segura de nuestros planes.

—Lleva semanas inventándolos.

—¿Y siempre se equivoca?

Miré la puerta cerrada, después al hombre que había pasado la Navidad con mi familia y aún llevaba en el bolsillo la corona violeta que Adam intentó comerse.

—Hoy no —admití.