El secreto de Nadia Capítulo 22
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Capítulo 22

El coche me dejó frente a la casa de Emily poco después de las nueve de la mañana.

Ryan había querido acompañarme, pero una despedida ante la puerta, bajo la vigilancia de una mujer capaz de interpretar hasta la posición de un botón, me pareció demasiado para un sábado.

Antes de despedirnos, se inclinó para besarme. Fue un beso breve, aunque consiguió devolverme varias imágenes de la noche anterior.

—Te llamaré —me aseguró.

—No prometimos nada.

—Llamarte no es una promesa. Es utilizar un teléfono.

—Siempre encuentras una respuesta.

—Por eso dirijo una empresa.

Entré en el edificio antes de que lograra convencerme de volver con él. Durante el trayecto había intentado decidir cómo explicaría mi ausencia, pese a que Emily sabía perfectamente dónde había pasado la noche.

La encontré en la cocina, dando el biberón a Adam. Llevaba una bata azul, zapatillas de cuadros y una expresión de inocencia que no le creí ni durante un segundo.

—Buenos días —me saludó—. ¿Has descansado?

—Sí.

—Qué bien.

Esperé la siguiente pregunta. Emily se concentró en el biberón y ajustó la manta sobre las piernas del niño.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más quieres que te pregunte?

—Nada.

—Perfecto.

Fui hacia la cafetera. Mi vestido y los zapatos viajaban dentro de una bolsa que Ryan me prestó.

Me había puesto una camisa suya bajo el abrigo porque la cremallera del vestido quedó atrapada durante la noche y ninguno de los dos tuvo paciencia para repararla.

Emily reparó en las mangas dobladas, pero se limitó a ofrecerme café.

—Por cierto —añadió—, la camisa te queda muy grande.

—Lo sé.

—Es de hombre.

—También lo sé.

—Y bastante cara.

Me volví hacia ella.

—¿Vas a preguntarme algo?

—No necesito hacerlo. La camisa ha presentado un informe completo —añadió entre risas.

Adam terminó el biberón y me recibió agitando los brazos. Lo tomé, besé su rostro y respiré el olor de su cabello. Había pasado una sola noche lejos de él, pero sostenerlo me devolvió a una realidad en la que el ático, el champán y las manos de Ryan parecían pertenecer a otra mujer.

—Te has divertido —afirmó Emily.

—No sabes cuánto —le comenté mientras mis dientes delanteros aprisionaban mi labio inferior.

—Me alegro.

No pidió detalles ni mencionó qué podía suceder después. Aquella discreción resultó más afectuosa que cualquier interrogatorio.

Habíamos acordado visitar un mercadillo navideño antes de decorar la casa, así que subí a ducharme y regresé media hora después con ropa cómoda. Emily ya había vestido a Adam con un abrigo azul marino y un gorro rematado por dos pequeñas orejas.

—Parece un osito de peluche —comenté.

—Es Navidad. Los bebés tienen derecho a perder la dignidad.

El mercadillo ocupaba una plaza rodeada de edificios de ladrillo. Los puestos de madera ofrecían adornos, velas, dulces, tejidos y objetos fabricados por artesanos locales. Olía a canela, chocolate y pan recién horneado.

Un coro infantil cantaba cerca de la entrada, aunque varios niños seguían melodías distintas y el resultado tenía más entusiasmo que armonía.

Emily empujaba el cochecito mientras yo examinaba los puestos. Se había negado a dejarme pagar el alquiler y apenas aceptaba dinero para la comida, de modo que llegué al mercadillo decidida a contribuir de alguna forma a nuestra primera Navidad.

Me detuve ante una colección de pequeñas casas de cerámica pintadas a mano. Tenían huecos en la parte posterior para introducir luces y formar un pueblo iluminado.

—Compraremos tres —decidí.

—No necesitamos casas de cerámica —objetó Emily.

—Tampoco necesitamos seis cucharas para Adam y las tenemos.

—Las cucharas son útiles.

—Una de ellas apareció ayer dentro de tu zapatilla.

—Eso demuestra su versatilidad.

Elegí una vivienda de fachada roja, una panadería con el tejado cubierto de nieve y una iglesia diminuta. Emily intentó pagar antes que yo, pero le quité el monedero.

—Hoy pago yo.

—Son para mi casa.

—Y yo vivo en ella.

—Precisamente por eso no necesitas comprar la decoración.

—Precisamente por eso quiero hacerlo.

La vendedora observaba nuestra discusión con una sonrisa. Terminé entregándole el dinero mientras Emily anunciaba que aquella conducta tendría consecuencias.

—¿Qué harás? ¿Devolverme el alquiler que no me permites pagar?

—Podría obligarte a comerte mis huevos revueltos.

—Eso sería un delito.

En otro puesto encontré una figura de madera que representaba a una mujer con un bebé en brazos. No tenía rasgos definidos; solo las líneas suaves del vestido, la cabeza inclinada y el niño protegido contra el pecho. La tomé y sentí que Emily se detenía a mi lado.

—Esa viene con nosotros —resolví.

—Es preciosa.

—La pondremos cerca del árbol.

Encontramos también un reno de fieltro, un pájaro de cristal y una bola transparente en cuyo interior podían escribir un nombre. Pedí que pintaran “La primera Navidad de Adam en Dublín” con letras blancas. Cuando estuvo terminada, Emily sostuvo el adorno durante varios segundos.

—Megan tenía uno parecido —me contó—. Rachel lo compró en su primera Navidad.

—¿Lo conservas?

—Conservo todos.

Continuamos hasta un puesto dedicado a figuras de belén. Emily aseguró que ya tenía uno guardado, aunque faltaban varias piezas porque Megan jugaba con ellas cuando era niña.

—Durante años tuvimos dos pastores y ningún san José —recordó—. Después apareció san José dentro de una caja de cereales.

—¿Cómo llegó allí?

—Megan culpó a Rachel. Rachel llevaba años viviendo en Londres.

Compré un nuevo san José, una oveja y un ángel con una de las alas ligeramente torcida. El vendedor quiso buscar otro, pero Emily declaró que aquel encajaría mejor con nuestra familia.

Regresamos cargadas de bolsas. El abeto que encargó Emily había llegado mientras estábamos fuera y la señora O’Connor permitió la entrada a los repartidores. Ocupaba una esquina del salón, cerca de una librería, y desprendía un aroma fresco que se extendía por toda la casa.

Antes de comenzar, preparamos té y abrimos una caja grande que Emily guardaba en el armario. En su interior había adornos envueltos en papel de seda, algunos comprados décadas atrás y otros fabricados por manos infantiles.

Sacó una estrella de cartón recubierta de purpurina.

—La hizo Megan cuando tenía seis años.

Una de las puntas estaba doblada y la purpurina se desprendía al tocarla. Emily la colocó sobre la mesa con el cuidado reservado a una pieza valiosa.

Después apareció otro reno de fieltro con tres patas, obra igualmente de Megan, y una bola azul en la que alguien había escrito “Mi primera Navidad” junto a una fecha de hacía más de veinte años. También había figuritas de cristal, campanas de metal y un ángel de porcelana que perdió una mano.

Cada pieza venía acompañada de una historia. Rachel rompió una campana mientras perseguía al perro de la familia; Megan se negó a colocar adornos rojos durante una etapa en la que solo aceptaba el color morado; el ángel presidió todas las Navidades de Emily desde el primer año de matrimonio.

—Rachel quería que fuera a Londres en estas fechas —me contó mientras desenredaba un cable de luces—. Insistió varias veces.

—¿Por qué no vas? Podemos arreglarnos aquí.

—Porque quiero quedarme.

—Es tu hija.

—Y la amo. Pero trabaja hasta el día veinticuatro, su marido tiene compromisos con su familia y pasaríamos la mitad de la Navidad corriendo de una casa a otra. Vendrá a verme más adelante.

—Quizás deberías estar con ella.

Emily soltó el cable y me miró.

—No me he quedado por obligación, Nadia. Esta es mi casa y vosotros sois mi familia. Quiero celebrar la primera Navidad de Adam aquí.

—No quiero separarte de Rachel.

—Rachel no piensa que lo hagas. De hecho, está encantada de que alguien consiga que deje de quejarme de la soledad.

La palabra me llevó a imaginarme las Navidades de Emily sin nosotros. Y enseguida aparté ese pensamiento.

Empezamos por las luces. Tuvimos que colocarlas dos veces porque la primera dejamos un lateral del árbol casi vacío. Adam presenció la operación desde su parque y emitía sonidos cada vez que una rama se movía.

Colgamos primero los adornos antiguos. La estrella de Megan ocupó la parte superior y el reno de tres patas quedó en una rama baja. Después añadimos nuestras compras: las casas de cerámica sobre una mesa auxiliar, la mujer con el bebé junto al belén y la bola de Adam en el centro del árbol.

—Falta algo ucraniano —observó Emily.

Había comprado en el mercadillo una pequeña araña hecha con alambre plateado y cuentas blancas. Le expliqué la tradición de decorar los árboles ucranianos con arañas y telarañas, asociadas a una leyenda sobre la buena fortuna.

—Una araña navideña —repitió—. Eso sí asusta a los niños con originalidad.

—Trae suerte.

—En ese caso, compraremos más.

Cuando terminamos, apagamos la luz del techo y encendimos el árbol, las casas de cerámica y las velas eléctricas del aparador.

El salón no parecía recién decorado, sino construido a partir de varias generaciones: la infancia de Rachel, los recuerdos de Megan y los primeros objetos que Adam heredaría algún día.

Emily llevó al niño junto al abeto. Las luces se reflejaron en sus ojos y él extendió una mano hacia la rama más cercana.

—No puedes tocar —le advertí.

Adam cerró los dedos alrededor del reno de tres patas.

—Ha elegido a Megan —murmuró Emily.

Liberé la figura antes de que terminara en su boca y la coloqué en una rama más alta.

Más tarde nos sentamos a decidir el menú de Navidad. Emily proponía comprarlo todo preparado; yo quería cocinar. Llegamos a un acuerdo que combinaba ambas culturas y reducía las posibilidades de que ella se acercara a los fogones.

Habría salmón ahumado y pan moreno para empezar, pavo asado con patatas y verduras, varényky rellenos de patata y cebolla, una ensalada de remolacha y kutia para mantener una tradición de mi madre.

Emily encargaría el pudin de Navidad porque su último intento terminó, según confesó, con la intervención de los bomberos.

—También quiero pastel de miel —añadió.

—Eso no es irlandés.

—Tú tampoco y te hemos incorporado estupendamente.

Anotamos la compra, discutimos cuántas patatas podía comer una persona y decidimos que Adam recibiría un puré especial, aunque probablemente preferiría el papel de los regalos.

Cuando lo acosté aquella noche, permanecí un rato junto a la cuna.

Mi vestido seguía dentro de la bolsa de Ryan y aún sentía sobre la piel el recuerdo de sus caricias, pero no intenté decidir qué significaba.

Habíamos acordado no prometer nada y necesitaba conservar la noche sin obligarla a convertirse de inmediato en un futuro.

Regresé al salón. Emily dormía en el sofá y las luces del árbol iluminaban los adornos antiguos y los nuevos. La cubrí con una manta, recogí las tazas y coloqué la figura de la madre con su bebé junto a la casa de cerámica roja.

Por primera vez desde que salí de Ucrania, no sentía que estuviera celebrando la Navidad en una vivienda prestada. Estaba decorando mi hogar.