El secreto de Nadia Capítulo 21
79%

Capítulo 21

El clic de la cerradura pareció concederle a la noche una intimidad que no había tenido hasta entonces.

Ryan dejó la llave sobre una consola y se desprendió de la chaqueta.

Bajo la iluminación indirecta del vestíbulo, la camisa blanca resaltaba contra el negro del pantalón y la pajarita torcida había perdido cualquier pretensión de formalidad.

Me contempló desde varios pasos de distancia, concediéndome un tiempo que no necesitaba.

—¿Quieres beber algo?

—Champán.

—¿Más?

—Solo una copa.

Entramos en el salón. Los ventanales mostraban la ciudad extendida alrededor del edificio y una hilera de luces marcaba el curso del canal.

El espacio era amplio, aunque no resultaba frío: madera clara, sofás color arena, alfombras de diseño geométrico y obras escogidas con una sobriedad que revelaba más de Ryan que cualquier explicación.

Se acercó a un mueble revestido de abedul y sacó una botella de una pequeña vinoteca. Mientras retiraba el precinto, dejé el bolso y el abrigo sobre una butaca.

—¿Siempre tienes champán preparado?

—Dirijo una empresa de inversión. La gente celebra cuando gana dinero y bebe para olvidar cuando lo pierde.

—Una estrategia empresarial muy sofisticada.

—Ha requerido años de estudio.

El corcho salió con un sonido moderado. Sirvió dos copas y activó el equipo de música desde una pantalla. Un piano llenó el salón, acompañado poco después por un contrabajo y una voz femenina que cantaba en un inglés lento.

Ryan me entregó una copa.

—Por las falsificaciones mal hechas —propuso.

—Y por las cintas adhesivas degradadas.

El cristal rozó el suyo. Bebí un sorbo y sentí las burbujas sobre la lengua, aunque el champán no consiguió distraerme de la forma en que me observaba.

—Ven aquí —me pidió.

No alzó la voz ni acompañó la orden con ningún gesto. Aun así, crucé el espacio que nos separaba y me detuve delante de él.

—¿Así?

—Más cerca.

Avancé hasta que las puntas de mis zapatos rozaron los suyos. Ryan tomó mi copa y la dejó junto a la suya. Después levantó una mano hacia mi rostro, pero se detuvo antes de tocarme.

—Quiero que me digas si algo no te gusta.

—Lo haré.

—Y si quieres parar.

—También.

—No intentes complacerme aceptando algo que no deseas.

—No he venido hasta aquí para complacerte.

—Bien.

Me sujetó la nuca y me besó.

Ya no existía la incertidumbre de la azotea. Su boca encontró la mía con una seguridad que me obligó a agarrarme a su camisa.

Ryan regulaba la presión, se apartaba antes de que pudiera recuperar el aliento y regresaba cuando mi cuerpo empezaba a buscarlo.

Caminó conmigo hasta que la parte posterior de mis piernas tocó el sofá.

—Siéntate.

Obedecí. Él permaneció de pie, mirándome desde una posición que debería haberme intimidado. En cambio, la certeza de que podía detenerlo cuando quisiera me permitió entregarle el control.

—Quítate los zapatos.

Me incliné para desabrocharlos, aunque no me permitió terminar. Se arrodilló, liberó primero un tobillo y después el otro, y dejó los zapatos ordenados junto al sofá.

Sus dedos recorrieron la curva de mi pierna desde el empeine hasta la rodilla, con una lentitud que convirtió un contacto sencillo en algo difícil de soportar.

Llevaba demasiado tiempo sin sentir unas manos sobre mi cuerpo. El embarazo, el nacimiento de Adam y los meses posteriores habían transformado mi relación conmigo misma.

Mi cuerpo alimentó, protegió y sostuvo a mi hijo, pero dejó de pertenecer al deseo. Ryan parecía empeñado en recordarme que aún podía hacerlo.

Apartó el borde de la falda y besó la parte interior de mi rodilla.

—Mírame —ordenó.

Lo hice.

Sus ojos no abandonaron los míos mientras ascendía, deteniéndose antes de alcanzar el lugar donde mi respiración se quebraba. Después retrocedió y volvió a ponerse en pie.

—Eso no ha sido justo —protesté.

—No recuerdo haberte prometido justicia.

Me ofreció una mano. Al levantarme, me hizo dar la espalda y retiró mi cabello hacia un lado. Sus labios recorrieron la base del cuello mientras localizaba la cremallera del vestido.

—¿Puedo?

—Sí.

La bajó despacio. La gasa perdió su sujeción y se abrió sobre mi espalda. Ryan deslizó los dedos por la piel recién descubierta y me hizo volver hacia él.

—Quítatelo.

Dejé caer el vestido hasta el suelo. La decisión de llevar ropa interior sexi, tomada varias horas antes sin admitir qué esperaba de aquella noche, dejó de parecer una frivolidad. Ryan recorrió mi cuerpo con una atención franca, sin apresurarse a ocultar el deseo.

El impulso de cubrirme apareció durante un instante. Había cambiado desde la última vez que un hombre me vio desnuda: mis caderas eran más amplias, los pechos conservaban las huellas de la maternidad y una línea pálida permanecía bajo mi vientre.

Ryan me tomó las muñecas antes de que pudiera cruzar los brazos y las llevó detrás de mi espalda.

—No te escondas.

—No soy la misma que antes.

—Me alegro. La mujer de antes no estaría aquí conmigo.

Besó mi hombro, siguió por la clavícula y descendió con una paciencia que acabó con cada protesta. Mantuvo mis manos sujetas con una sola de las suyas, sin hacerme daño, mientras la otra exploraba las curvas que yo había aprendido a juzgar con demasiada dureza.

—Eres preciosa —murmuró contra mi piel.

No pronunció aquellas palabras para tranquilizarme. Las acompañó con una atención que las hizo indiscutibles.

Liberé mis manos y empecé a desabrocharle la camisa. Ryan me dejó abrir varios botones antes de apartarme los dedos.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque llevas semanas diciéndome lo que tengo que hacer en el trabajo. Esta noche me toca a mí.

—Eres insoportable.

—Y tú has subido hasta mi casa.

Volvió a besarme. Me hizo retroceder hacia la escalera y subimos sin separarnos durante más de dos peldaños seguidos. La música quedó abajo, aunque continuó llegando hasta nosotros, debilitada por la distancia.

El dormitorio ocupaba el extremo de la planta superior. Una cama amplia presidía la estancia, frente a otro ventanal que mostraba las luces de Dublín. Ryan encendió una lámpara junto a la puerta y dejó el resto en penumbra.

Me condujo hasta la cama, pero no permitió que me tumbara todavía. Se colocó detrás de mí, desabrochó el sujetador y lo dejó caer. Después recorrió con las manos mi cintura y mi vientre, manteniéndome cerca de su cuerpo.

—¿Sigues queriendo estar aquí? —me preguntó al oído.

—Sí.

—Dímelo sin dudar.

—Quiero estar aquí, Ryan.

Aquello pareció acabar con la última parte de su prudencia. Me volvió hacia él y el beso adquirió una intensidad distinta. Terminé de abrirle la camisa, recorrí su pecho y descubrí que su autocontrol era mucho menos sólido de lo que aparentaba.

Me tumbó sobre la cama y se quedó a mi lado. Durante los minutos siguientes convirtió la espera en parte del placer. Sus manos y su boca avanzaban y retrocedían, se detenían cuando estaba cerca de perder el control y regresaban con una precisión que me hizo olvidar cualquier intento de dirigirlo.

—Ryan...

—Todavía no.

—No puedes decirme eso cada vez.

—Puedo mientras sigas obedeciendo.

Había una sonrisa en su voz, aunque sus caricias no tenían nada de burlón. Reconocía cada reacción y la utilizaba para llevarme un poco más lejos. Cuando trataba de acelerar el ritmo, me sujetaba las caderas; si apartaba la vista, me pedía que lo mirara.

Me había prometido dejarme llevar, pero no sabía que aquello significaría renunciar a todas mis defensas. Ryan no buscaba únicamente provocarme placer; quería que lo sintiera sin contenerlo, que aceptara cada sensación sin avergonzarme de la intensidad.

Cuando alcanzó el primer clímax, mi cuerpo respondió con una fuerza que me obligó a aferrarme a las sábanas. Ryan me sostuvo durante cada estremecimiento, sin apartarse hasta que recuperé el aliento.

—No sabía que podía ser así —confesé.

—Aún no hemos terminado.

La promesa no tenía nada que ver con la mañana siguiente.

Me ayudó a incorporarme y terminó de desvestirse. Lo contemplé sin ocultar la expectación, disfrutando de que aquel hombre, siempre tan seguro tras un escritorio, perdiera parte de su dominio cuando fui yo quien lo tocó.

Ryan me permitió provocarlo durante unos minutos. Después volvió a tomar el control y me tendió sobre las almohadas.

Se aseguró de que estuviera preparada y buscó protección antes de unirse a mí. La primera sensación me obligó a cerrar los ojos. Había transcurrido tanto tiempo que mi cuerpo necesitó unos instantes para adaptarse.

—Despacio —le pedí.

Ryan se detuvo.

—¿Estás bien?

—Sí. Solo... dame un momento.

Me besó el cuello y esperó hasta que fui yo quien movió las caderas. Entonces comenzó a guiar el ritmo, sin brusquedad, atento a cada cambio de mi respiración. La presión inicial cedió y fue sustituida por un placer profundo, más intenso cada vez que modificaba el ángulo o me atraía hacia él.

—Mírame —repitió.

Abrí los ojos.

La imagen de Ryan sobre mí, con el control debilitándose en su rostro, añadió algo nuevo a las sensaciones. Le rodeé el cuello y acerqué su boca.

El ritmo aumentó. Su mano descendió entre nuestros cuerpos y volvió a llevarme hacia un límite que creí haber alcanzado minutos antes. Intenté apartarme de la intensidad, pero Ryan me sostuvo.

—No huyas.

—No puedo...

—Sí puedes.

Su voz, sus dedos y cada movimiento se coordinaron hasta no dejar espacio para ningún pensamiento. Alcancé otro clímax con su nombre en los labios y el cuerpo aferrado al suyo. Ryan continuó unos segundos más, perdió finalmente el control y enterró el rostro junto a mi cuello.

Permaneció sobre mí hasta que la respiración de ambos empezó a serenarse. Después se apartó, retiró la protección y regresó con una toalla y un vaso de agua.

—Bebe.

—Sigues dando órdenes.

—Estás cumpliéndolas todas.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Bebí mientras él se tumbaba a mi lado. No hablamos de sentimientos ni preguntamos qué sucedería al regresar a la oficina. Ryan recorrió con los dedos las marcas suaves que había dejado en mi cintura y yo apoyé una mano sobre su pecho.

La música continuaba sonando en la planta inferior. Cuando empezó otra canción, se levantó y me tendió la mano.

—¿Qué haces?

—Todavía nos queda champán.

—Estoy desnuda.

—Te traeré algo.

Nos pusimos unas camisetas y bajamos al salón. Bebimos la segunda copa sentados sobre la alfombra, frente a la ciudad.

Ryan me contó historias disparatadas sobre algunas obras de su colección y yo discutí dos atribuciones solo para irritarlo. Volvió a besarme a mitad de una explicación y terminé sobre su regazo, riéndome contra su boca.

Más tarde regresamos al dormitorio.

La segunda vez fue distinta: menos prudente, más juguetona y todavía más íntima.

Él ya conocía las reacciones que trataba de ocultar y yo había descubierto la forma de quebrar su autocontrol.

Siguió dirigiendo cada movimiento, aunque me permitió desafiarlo hasta que recuperó el dominio y volvió a llevarme al límite.

Cuando todo terminó, me acurruqué entre las sábanas con el cuerpo agotado y una satisfacción que había olvidado que existía.

No hicimos promesas.

No mencionamos el futuro. Aquella noche no necesitábamos convertir el deseo en otra cosa. Solo dejamos que durara.