El secreto de Nadia Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Mi relación con ella terminó mucho antes de que la echara. Yo tardé en reconocerlo porque confundía los años compartidos con algo que todavía podía salvarse.

—Debes de haberla querido.

—La quise. Eso no significa que quiera recuperarla.

La sinceridad de su respuesta me impidió refugiarme en una explicación sencilla.

—¿Y qué quieres ahora?

Ryan sacó una mano del bolsillo y tomó mi copa para dejarla junto a la suya. Después se acercó lo suficiente para que el abrigo rozara su chaqueta.

—Llevo semanas intentando no responder a esa pregunta.

—¿Por qué?

—Porque trabajas para mí, porque llegaste a esta ciudad después de perder demasiado y porque no quiero convertirme en otro hombre que utilice su posición para pedirte algo.

Recordé a Aaron y comprendí el cuidado con que había mantenido la distancia, incluso en los momentos en que los dos sentíamos la atracción.

—No te pareces a él.

—No quiero que tengas que recordártelo para decirme que sí.

—No estoy indefensa, Ryan.

—Lo sé.

—Y tampoco soy una mujer a la que hayas rescatado.

—Lo sé mejor que nadie. Tú rescataste a mi empresa.

Sonreí.

—Con ayuda de una pintura bastante mala.

—Nunca le agradeceré suficiente su falta de talento al falsificador.

Una ráfaga movió el borde de mi abrigo. Ryan lo cerró sobre mi pecho y dejó las manos en las solapas.

—Si te beso, ¿vas a arrepentirte mañana?

—Probablemente.

—No es una respuesta alentadora.

—También me arrepentiré si no lo haces.

Su expresión cambió. La prudencia que había conservado durante semanas cedió ante algo mucho más directo.

—Eso sí puedo entenderlo.

Me acarició la mejilla con los nudillos y esperó. No avanzó hasta que fui yo quien redujo la distancia.

El primer contacto de su boca fue lento, una pregunta que apenas duró unos segundos. Le sujeté la chaqueta y volví a besarlo antes de que pudiera apartarse. Entonces desapareció cualquier precaución.

Una mano descendió hasta mi cintura y me acercó a su cuerpo. La otra se introdujo bajo mi cabello, sosteniéndome la nuca mientras su boca se abría sobre la mía.

El beso adquirió una urgencia nacida de todas las veces que nos habíamos detenido, de las bromas utilizadas para ocultar el deseo y de las horas compartidas fingiendo que nuestras conversaciones no eran una forma de buscarnos.

Ryan me llevó hacia la pared protegida del viento. Mis dedos alcanzaron su nuca y deshicieron parte del peinado que había sobrevivido intacto durante la fiesta. Cuando su boca descendió hasta mi cuello, tuve que aferrarme a sus hombros.

—Dime que pare —murmuró contra mi piel.

—No.

Me besó otra vez, con una intensidad que borró la música amortiguada bajo nuestros pies y el frío de la terraza. Su mano recorrió mi espalda hasta llegar al borde del vestido, aunque se detuvo allí.

Cuando conseguimos separarnos, ambos respirábamos deprisa. Ryan apoyó una mano en la pared, cerca de mi cabeza, sin dejar de mirarme.

—Podemos volver abajo —me propuso—. Nadie tiene por qué saberlo y no tienes que decidir nada esta noche.

Sabía lo que me ofrecía: una salida sin preguntas, sin consecuencias inmediatas y sin convertir aquel beso en una obligación.

—No quiero volver abajo.

—¿Qué quieres?

La respuesta me asustaba por lo clara que era.

—Quiero ir contigo.

Ryan cerró los ojos un instante y después volvió a besarme, esta vez con una lentitud que convirtió la decisión en algo todavía más real.

Regresamos a la fiesta por separado para recoger nuestras cosas. Encontré a Serena cerca de la barra y le expliqué que me marchaba. Me observó la boca, después el cabello y finalmente el abrigo mal cerrado.

—¿Necesitas que pregunte algo?

—No.

—Perfecto. Emily va a adorarme cuando le cuente...

—No vas a contarle nada —le advertí temiendo que lo hicieran, pues ya se conocían.

—Entonces mándale tú un mensaje. Y utiliza maquillaje antes de entrar en casa mañana.

Escribí a Emily mientras esperaba junto a la recepción: “Estoy bien. Volveré mañana. Adam tiene leche suficiente y las instrucciones están en la cocina”.

Su respuesta llegó de inmediato.

“Las instrucciones llevan allí desde hace meses. Diviértete y deja de mirar el teléfono.”

Añadió un corazón y un símbolo que tardé en identificar porque no esperaba que una mujer de sesenta y seis años me enviara un guiño.

Ryan llevaba chófer esa noche. Durante el trayecto nos sentamos separados al principio, aunque aquella distancia duró menos de dos calles.

Me tomó la mano sobre el asiento y entrelazó los dedos con los míos.

No intentó besarme delante del conductor; aquel gesto discreto resultó más íntimo que muchas caricias.

Su ático se encontraba en un edificio moderno cercano al Grand Canal.

El ascensor subía directamente desde el aparcamiento y solo funcionaba mediante una llave electrónica.

Mientras ascendíamos, contemplé nuestro reflejo en las puertas metálicas: mi cabello ya no conservaba el recogido, el pintalabios había desaparecido y la pajarita de Ryan estaba torcida.

¿Qué estaba haciendo?

Iba a pasar la noche con mi jefe, un hombre que había terminado una relación de años pocas semanas antes y cuya vida no se parecía en nada a la mía.

Emily cuidaba de Adam mientras yo ascendía hacia un ático de lujo con una mezcla de deseo y temor que debería haberme llevado a pulsar el botón de regreso.

No lo hice.

Ryan mantenía mi mano entre las suyas y me dejaba abierta, incluso entonces, la posibilidad de marcharme. Lo miré y comprendí que no quería utilizarla.

Las puertas se abrieron.

Ante nosotros apareció un vestíbulo revestido de madera clara que comunicaba con un salón enorme. Los ventanales ocupaban toda la pared del fondo y mostraban Dublín iluminada bajo la noche. Había arte en cada espacio, muebles de diseño y una escalera que ascendía hacia una planta superior.

Ryan entró primero, desactivó la alarma y se volvió hacia mí.

—Todavía puedes pedirme que te lleve a casa.

Crucé el umbral.

—Cierra la puerta, Ryan.

Lo hizo. Y el resto de la ciudad quedó al otro lado.

En ese momento, supe que había cruzado algo más que el umbral de una puerta.