Capítulo 20
Faltaban cinco días para Navidad. Había pasado un tiempo desde que Nessa abandonó Bellew Art Capital.
Durante aquel tiempo, los abogados de la empresa entregaron a las autoridades los registros de las operaciones sospechosas, los mensajes enviados a su amante y las pruebas recuperadas del sistema de seguridad.
La investigación continuaba, aunque Ryan había dejado de hablar del asunto fuera de las reuniones estrictamente necesarias.
La ausencia de Nessa transformó el ambiente de la oficina. Nadie temía que una observación técnica se interpretara como un desafío personal y las adquisiciones se sometían a controles más rigurosos.
Mi contrato de seis horas se amplió varias veces cuando el trabajo lo exigió, no por obligación, sino porque había recuperado una parte de mi vida que creí perdida y me costaba abandonar un expediente cuando estaba cerca de resolver una duda.
Ryan y yo pasábamos cada vez más tiempo juntos.
Al principio solo coincidíamos durante las revisiones. Después empezó a entrar en mi despacho con cualquier excusa: una consulta sobre pigmentos, una procedencia incompleta o un café que la máquina había servido “por error”.
Cuando el diploma que mi madre mandó escanear llegó impreso y enmarcado, apareció una mañana con una caja de herramientas y decidió colgarlo él mismo.
Hizo tres agujeros antes de aceptar que necesitaba ayuda.
—Diriges un fondo de inversión —le recordé mientras corregía la posición del marco—. Deberías saber utilizar un nivel.
—Mi trabajo consiste en comprar lo que cuelga de las paredes, no en perforarlas.
—Está torcido.
—Es una cuestión de perspectiva.
—Es una cuestión de gravedad.
Desde aquel día empecé a tutearlo. No ocurrió durante una conversación importante, sino después de que dejara sobre mi mesa una chocolatina con una nota: “Soborno para que apruebes una adquisición”.
Le respondí que el soborno era insuficiente y, cuando volvió a negociar, lo llamé Ryan sin darme cuenta.
Él lo celebró invitando a café a todo el departamento.
También se había aficionado a modificar la placa de mi puerta. Algunas mañanas llegaba y encontraba mi cargo sustituido por denominaciones de lo más chistosas.
Chloe guardaba las placas falsas en un cajón porque, según ella, algún día servirían para demostrar que el dueño de la empresa necesitaba más trabajo.
Aquel acercamiento no borró los límites entre nosotros, aunque los volvió más difíciles de ignorar.
Ryan se detenía al pasar junto a mi despacho, recordaba cada historia que le contaba sobre Adam y preguntaba por Emily.
Algunas tardes compartíamos el almuerzo en mi despacho y discutíamos sobre arte, dinero o las diferencias entre las madres ucranianas y las irlandesas. En ambas culturas, concluimos, una persona podía tener cuarenta años y seguir sin saber vestirse para el frío.
Nunca mencionamos la atracción que crecía entre los dos.
La fiesta de Navidad se celebró el viernes por la noche en la sede de la empresa.
Retiraron parte del mobiliario de la sala principal, instalaron una barra cerca de la recepción y cubrieron las vitrinas más delicadas para proteger las obras.
Un cuarteto tocaba junto a la escalera y varias composiciones de ramas, frutos rojos y velas eléctricas decoraban las mesas altas.
Emily convirtió mi preparación en un acontecimiento familiar.
Con su máquina de coser y esas manos que tenía para la costura (todo lo contrario que para la cocina), me sorprendió con un vestido de gasa verde oscuro, ajustado en la cintura y con un escote cruzado que dejaba los hombros cubiertos, pero insinuaba mucho más de lo que acostumbraba a mostrar.
La falda llegaba por debajo de las rodillas y se abría al caminar. Lo acompañé con unos zapatos negros de tacón fino y unos pendientes dorados que ella me prestó.
—Eran de Megan —me explicó mientras me ayudaba a colocarlos—. Le gustaba llevarlos cuando quería que alguien se arrepintiera de haberla subestimado.
—No quiero que nadie se arrepienta de nada.
—Entonces te has equivocado de vestido.
Había recogido parte de mi cabello en la nuca y dejado el resto suelto sobre la espalda. Cuando terminé de maquillarme, Adam me observó desde los brazos de Emily con una desconfianza que nos hizo reír.
—No me reconoce.
—Sí te reconoce. Está procesando que su madre tenga pestañas.
Lo besé antes de marcharme y dejé instrucciones suficientes para alimentar a un regimiento. Emily me acompañó hasta la puerta y me prometió que no llamaría salvo que sucediera algo importante.
—¿Qué consideras importante?
—Que Ryan te bese, por ejemplo.
—Eso no va a suceder.
—En ese caso, no tendré motivo para telefonearte.
Llegué a la fiesta poco después de las ocho. Serena me recibió en la entrada con un vestido rojo de manga larga, unas sandalias plateadas y una copa que parecía haber encontrado nada más cruzar la puerta.
—Estás espectacular —declaró—. Si Ryan sobrevive, dejaré de confiar en los hombres irlandeses.
—No me he arreglado por Ryan.
—Claro. Te has vestido así por respeto a los accionistas.
Me obligó a dar una vuelta y aprobó el resultado. Después señaló hacia la sala principal.
Ryan conversaba con dos miembros del consejo. Llevaba un esmoquin negro, camisa blanca y pajarita.
El corte de la chaqueta acentuaba sus hombros y el cabello, peinado hacia atrás, dejaba despejada una frente que solía ocultar cuando trabajaba durante horas y acababa pasándose los dedos por él.
Levantó la vista.
La conversación que mantenía continuó, pero su atención dejó de pertenecer a quienes estaban delante. Recorrió mi vestido y volvió a mi rostro con una lentitud que me dificultó respirar con normalidad.
—Ha sobrevivido —murmuró Serena—, pero por poco.
Ryan se disculpó con sus acompañantes y se acercó.
—Nadia.
—Ryan.
—Estás...
Esperé.
—¿Qué?
—Intento encontrar una palabra apropiada para el entorno laboral.
—Puedes consultar un diccionario.
—Necesitaría uno bastante extenso.
Serena bebió un sorbo de su copa.
—Yo puedo ayudar. Está absolutamente deslumbrante.
—Gracias, Serena —le respondió—. Tu colaboración sigue siendo tan valiosa como siempre.
—Esperaba una bonificación.
—Esperaba que nos dejaras hablar.
—Eso también puede negociarse.
Serena se alejó hacia la barra, aunque antes me guiñó un ojo. Ryan volvió a contemplarme y abandonó la búsqueda de una expresión profesional.
—Estás preciosa.
—Tú tampoco estás mal.
—Después de varias semanas llamándome viejo, tirano e incapaz de utilizar herramientas, esperaba algo más.
—No te he llamado viejo.
—Alguna que otra insinuación ha habido.
—Eso te lo estás inventando porque quieres que te regale el oído. Y no pienso hacerlo.
Sonrió y me ofreció una copa. Aquel intercambio redujo la intensidad del primer encuentro, pero no consiguió eliminarla.
Durante la hora siguiente hablamos con empleados, inversores y colaboradores. Ryan debía atender a todos y, aun así, encontraba la manera de regresar a mi lado.
Una vez rozó mi espalda para dejar pasar a un camarero; otra se inclinó hacia mí para comentar una anécdota sobre uno de los invitados. Cada contacto duraba poco, aunque dejaba una conciencia persistente de su proximidad.
Bailé con Serena y con Chloe. También acepté la invitación de uno de los conservadores externos, un hombre encantador de casi setenta años que dedicó toda la canción a explicarme por qué había abandonado el vals después de pisar a una embajadora. Cuando terminó, Ryan nos esperaba cerca de la pista.
—Parece que tengo competencia —me comentó el conservador antes de despedirse.
A las once, el calor y el ruido empezaron a resultar abrumadores. Había bebido poco, pero la combinación de música, conversaciones y la presencia continua de Ryan me impedía ordenar los pensamientos. Aproveché que se encontraba con varios directivos para subir a la azotea.
La terraza ocupaba buena parte de la cubierta. En verano se utilizaba para recepciones pequeñas, aunque aquella noche estaba vacía.
El suelo conservaba humedad de una lluvia reciente y las mesas permanecían cubiertas. Desde allí se veían las luces de Dublín extendidas entre edificios, calles y puentes, con el cielo oscuro cerrándose sobre la ciudad.
El frío me recibió antes de que pudiera arrepentirme. Crucé los brazos y avancé hacia la parte protegida por un muro bajo. Necesitaba unos minutos sin sentir que cada vez que Ryan se acercaba, mi cuerpo lo reconocía antes que mi razón.
La puerta volvió a abrirse.
—Sabía que estarías congelándote en algún lugar poco práctico.
Ryan apareció con dos copas y mi abrigo doblado sobre un brazo.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Te vi salir. Después Serena señaló hacia arriba y me pidió que no arruinara “el momento”.
—No existe ningún momento.
—Eso le dije. Se rio de mí.
Dejó las copas sobre una mesa y colocó el abrigo sobre mis hombros. Sus manos permanecieron cerca de mi cuello mientras ajustaba las solapas.
—Gracias.
—Podrías haberlo cogido antes de subir.
—Solo quería respirar.
—¿La fiesta te agobia?
—La fiesta no.
—Entonces soy yo.
La exactitud de su respuesta me obligó a mirarlo.
—No he dicho eso.
—Llevas toda la noche alejándote cada vez que estamos solos.
—Has estado rodeado de gente.
—Y tú has procurado que continuara así.
Me entregó una de las copas. Era champán, aunque apenas lo probé.
—No sé cómo comportarme contigo —admití.
—Podrías empezar por no huir a una azotea en diciembre.
—Dentro eres mi jefe.
—Aquí también.
—Ese es el problema.
Ryan dejó su copa y metió las manos en los bolsillos del pantalón, concediéndome el espacio que no había pedido.
—Tu puesto no depende de mí, Nadia. El consejo ha ratificado tu contratación y tus informes hablan por ti. Si mañana me dices que no quieres volver a verme fuera de una reunión, nada cambiará en tu trabajo.
—No es solo eso.
—¿Qué más?
—Hace poco pensabas comprometerte con otra mujer.
—Hace poco descubrí que llevaba tiempo engañándome y robando a la empresa.
—No quiero ser la persona que utilizas para olvidar a Nessa.