El secreto de Nadia Epílogo
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Epílogo

Dos años después, sonreía en una habitación de la clínica con mi hija dormida junto a la cama y la mano de Ryan cerrada alrededor de la mía.

El parto había terminado pocas horas antes.

El cansancio ocupaba cada parte de mi cuerpo, pero bastaba volver la cabeza para contemplar el rostro diminuto que asomaba entre las sábanas.

Tenía las mejillas rosadas, una pequeña arruga entre las cejas y una mata de cabello oscuro que Ryan había examinado varias veces, incapaz de decidir a quién se parecía.

—A mí —aseguró.

—Acaba de nacer. Se parece a un bebé enfadado.

—Es una Bellew. Tenemos expresiones intensas.

—También es una Danylenko.

—Y tan bonita como tú.

Ryan llevaba la misma camisa desde el día anterior, arrugada y abierta en el cuello.

No había dormido, aunque se negaba a abandonar la silla.

Durante el parto permaneció a mi lado, soportó que le apretara la mano hasta dejarle los dedos marcados y siguió cada instrucción del equipo médico con una atención que habría resultado excesiva durante una reunión de inversiones.

Se levantó para acercarse a la cuna. Introdujo una mano bajo las sábanas y rozó los dedos de la niña.

—No puedo creer que esté aquí.

—Llevas diciéndolo desde que nació.

—Continúa siendo verdad.

Alguien llamó a la puerta. Mi madre entró primero y cerró detrás de ella para disponer de unos instantes a solas antes de que llegaran Emily y Adam, que estaban en la cafetería porque al niño se le antojó un batido.

Larysa vivía con Emily desde nuestra boda y las dos habían desarrollado una convivencia tan eficaz que ya no necesitaban utilizar el traductor para discutir.

Mi madre hablaba un inglés aceptable; Emily había aprendido varias expresiones en ucraniano, aunque utilizaba algunas en momentos poco adecuados.

Larysa se acercó a la cuna y se cubrió la boca con una mano.

—Mi niña...

No supe si se refería a la recién nacida o a mí. Se inclinó para besarme y terminamos abrazadas, llorando y riendo a la vez.

—Ya tienes una nieta —le murmuré.

—Tengo dos nietos. Uno de ellos lleva toda la mañana preguntando cuándo puede conocerla y ahora le da por retrasarse.

La puerta se abrió antes de que terminara de hablar.

Adam apareció corriendo con su batido en la mano, perseguido por Emily y por una enfermera que trataba de recordarle que aquello era una clínica.

—¡Mi hermana! —gritó.

Ryan llegó a la puerta a tiempo de sujetarlo antes de que alcanzara la cuna.

—Más despacio, campeón.

—Quiero verla.

—La verás, pero tienes que acercarte con cuidado.

Adam tenía ya una opinión definida sobre casi todo. Durante el embarazo preguntó varias veces si podía devolver a la niña si lloraba demasiado y después decidió que compartiría con ella sus juguetes, salvo el zorro de trapo y un camión rojo cuya propiedad consideraba sagrada.

Ryan lo levantó para que pudiera mirar dentro de la cuna.

El entusiasmo desapareció de su rostro y fue reemplazado por una concentración solemne.

—Es pequeña.

—Tú también lo eras —le explicó Ryan.

—No tanto.

—Eras exactamente así.

Adam acercó un dedo. Su hermana cerró la mano alrededor de él y lo sostuvo.

—Me ha cogido.

—Creo que le gustas —le aseguré.

—Ya sabe que soy su hermano.

Ryan contempló a los dos con una emoción que no intentó ocultar.

Desde que entró en nuestra vida, nunca estableció diferencias entre Adam y la hija que acababa de nacer.

Aprendió a cambiar pañales, asistió a cada revisión y convirtió el dormitorio contiguo al nuestro en una habitación que los dos niños acabarían compartiendo.

Cuando hablaba de ellos, siempre utilizaba las mismas palabras: “mis hijos”.

Sentó a Adam sobre su brazo y acercó la otra mano a la niña.

—Aquí están —murmuró—. Mis dos pequeños.

—Yo soy grande —protestó Adam.

—Perdona. Mi hijo mayor y mi pequeña.

Emily permanecía cerca de la puerta, observándonos con los ojos brillantes.

Llevaba un vestido azul claro, un bolso enorme lleno de objetos que nadie había pedido y una bolsa con comida porque consideraba que las clínicas no alimentaban adecuadamente a las mujeres que acababan de dar a luz.

Eso sí, me contó que la había preparado mi madre.

—Deja que me acerque —le pidió a Ryan—. Llevo meses esperando y tú has tenido toda la mañana.

Él bajó a Adam y tomó a la niña con una seguridad muy distinta a la que mostró la primera vez que sostuvo a un bebé. La colocó en brazos de Emily.

—Aquí tienes a tu nueva nieta.

Ella la recibió con delicadeza.

—Es divina.

La niña abrió los ojos durante unos segundos. Emily recorrió con un dedo la línea de su mejilla.

—Todavía no me habéis dicho cómo se llama.

Ryan se acercó a mi cama y tomó mi mano. Habíamos elegido el nombre meses antes, aunque decidimos mantenerlo en secreto hasta que Emily pudiera conocerla.

—Se llama Megan —le comuniqué.

Emily levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Megan, se llama Megan.

Sus labios temblaron. Miró a la niña y después a nosotros.

—No teníais que hacer eso.

—Queríamos hacerlo —le explicó Ryan.

—Pero...

—No ocupará el lugar de tu Megan —añadí—. Llevará su nombre para que forme parte de todo lo que venga después.

Emily apretó a la niña contra su pecho y las lágrimas empezaron a recorrerle las mejillas.

—Hola, pequeña Megan —susurró—. Tienes un nombre maravilloso.

Adam se acercó y trató de pronunciarlo. Le salió “Mena”, por lo que anunció que la llamaría así hasta que aprendiera.

Mi madre abrazó a Emily por los hombros. Las dos mujeres permanecieron juntas, contemplando a la bebé que acababa de unir otra vez nuestras historias.

Los dos años anteriores habían cambiado mucho más que nuestra familia. Bellew Art Capital se recuperó del fraude y reforzó todos sus procesos de adquisición.

El pequeño puesto que Ryan creó para mí se convirtió en un departamento de análisis técnico y conservación con cinco especialistas.

Trabajábamos juntos todos los días y habíamos aprendido a separar las discusiones profesionales de la vida doméstica, aunque Serena aseguraba que nuestras reuniones parecían un matrimonio con documentos caros.

Ryan aportaba la visión empresarial; yo defendía las obras, la investigación y la prudencia. Discutíamos, negociábamos y terminábamos encontrando soluciones mejores que las propuestas por cualquiera de los dos por separado.

Éramos un gran equipo dentro y fuera de casa.

Aquel día, sin embargo, no existían inversiones, informes ni piezas que autentificar. Solo estaban Ryan, mi madre, Emily, Adam y la niña que había llegado para completar una familia nacida de pérdidas, encuentros inesperados y segundas oportunidades.

Ryan se sentó junto a mí mientras Emily sostenía a Megan y Adam explicaba a todo el mundo cuáles de sus juguetes pensaba prestarle.

—Míralos —me pidió.

Apoyé la cabeza sobre su hombro.

—Los estoy mirando.

Besó mi cabello y mantuvo la mano sobre la mía.

Había llegado a Dublín creyendo que solo podría aspirar a sobrevivir. Aquella mañana tenía una profesión que volvía a pertenecerme, dos mujeres convertidas en mi hogar, un hombre que caminaba a mi lado y un par de hijos alrededor de los cuales giraba nuestra vida.

La pequeña Megan volvió a cerrar los ojos en brazos de Emily.

Y todo, por fin, estaba en su lugar.