Capítulo 18
Dos semanas después de empezar a trabajar como asistente técnica, llegué a Bellew Art Capital dispuesta a terminar el análisis de una colección de grabados franceses.
Había dedicado buena parte de la noche anterior a revisar mis notas, por lo que esperaba encontrar sobre mi mesa los expedientes que dejé ordenados antes de marcharme.
Mi mesa estaba vacía.
El ordenador, la lámpara y la pequeña placa con mi nombre habían desaparecido. Solo quedaba una marca rectangular sobre la superficie, en el lugar donde había apoyado la carpeta de Megan durante aquellas dos semanas.
Miré alrededor. Los otros empleados trabajaban con normalidad y nadie parecía preocupado por el desmantelamiento de mi puesto.
Mi primer pensamiento fue que el contrato temporal había terminado antes de lo previsto. Quizás Nessa consiguió convencer a Ryan de que mi presencia causaba demasiados conflictos o la revisión de las acuarelas había agotado la paciencia de alguien.
Chloe salió del archivo con una carpeta entre las manos.
—¿Dónde están mis cosas? —le pregunté.
—Buenos días, Nadia.
—Buenos días. ¿Me han despedido?
—No que yo sepa.
—Mi ordenador ha desaparecido.
—Eso suele ocurrir cuando trasladan un puesto.
—¿Adónde?
Chloe señaló el pasillo del área de documentación.
—Segunda puerta a la izquierda.
Caminé hacia allí sin comprender nada. Aquella habitación había permanecido cerrada desde mi llegada.
En otro tiempo se utilizó para guardar catálogos, aunque Ryan ordenó vaciarla la semana anterior. Supuse que la convertirían en una sala de reuniones o en una ampliación del archivo.
La puerta estaba abierta.
Dentro encontré mi ordenador sobre un escritorio de madera clara, la lámpara técnica instalada cerca de una mesa de examen y los expedientes colocados en un archivador.
Habían añadido una estantería, dos sillas para visitas y una pantalla de mayor tamaño que la anterior. Una placa nueva aparecía junto a la entrada:
“Nadia Danylenko. Análisis técnico y conservación.”
Permanecí en el umbral, leyendo mi nombre una y otra vez.
—¿Qué significa esto?
—Normalmente significa que la persona mencionada en la placa trabaja aquí —me respondió Chloe desde el pasillo.
—No tengo despacho.
—Te aconsejo que entres antes de que alguien lo reclame.
Crucé la puerta. Sobre la mesa encontré un juego de llaves y una caja que contenía material de escritura, guantes y herramientas de medición. Hasta habían trasladado la carpeta de Megan, procurando no doblar ninguno de los documentos.
—Tiene que haber algún error.
—El señor Bellew lleva dos días organizándolo.
—No me comentó nada.
—Quería darte una sorpresa.
La expresión de Chloe me indicó que conocía algo más, pero no llegué a preguntárselo. Nessa apareció acompañada por uno de los responsables financieros. Hablaba sobre una adquisición y se interrumpió al descubrirme dentro del despacho.
—¿Qué haces aquí?
—Intento averiguarlo.
Examinó la placa. La sorpresa dio paso a una indignación que tampoco trató de disimular.
—Esta sala estaba reservada para el nuevo equipo de procedencia.
—Al parecer, han cambiado los planes —le explicó Chloe.
—¿Quién los ha cambiado?
—Yo.
Ryan se acercaba por el pasillo con varios documentos bajo el brazo. Abrió la carpeta superior y se la entregó a Chloe antes de entrar en el despacho.
—¿Qué significa todo esto? —le preguntó Nessa.
—Que Nadia necesita un espacio adecuado para trabajar.
—¿Cuánto lleva en la empresa? ¿Cinco minutos?
—Lleva semanas encontrando errores que otras personas no detectaron en varios meses.
—Su contrato es temporal.
—Eso también ha cambiado.
Mi desconcierto aumentó.
—Señor Bellew, ¿podría explicarme qué ocurre?
—Pensaba hacerlo cuando llegaras. Lo has hecho antes.
—Llego a la misma hora todos los días.
—Precisamente por eso debería haber calculado mejor.
Nessa cruzó los brazos.
—¿Qué has cambiado exactamente?
Ryan sacó un documento del interior de la carpeta. Reconocí la traducción jurada de mi título y las certificaciones que envié cuando solicité su reconocimiento. Al final, encontré una comunicación que no había visto nunca.
—Durante la entrevista explicaste que no habías conseguido que valoraran tu formación porque te faltaban varios documentos y nadie lograba verificar parte de tu expediente académico —me recordó—. Chloe conservaba las copias que aportaste.
—¿Ha revisado mis documentos?
—Con tu autorización para comprobar tus antecedentes profesionales. Figuraba en el contrato que firmaste.
—No sabía que pensaba hacer esto.
—Al principio tampoco lo sabía. Después de lo que ocurrió con la pintura, contacté con una especialista en reconocimiento de titulaciones extranjeras. Ella localizó la equivalencia correspondiente en el marco académico irlandés y se puso en contacto con tu universidad.
Tomé el documento. Las palabras en inglés se mezclaron delante de mis ojos, aunque distinguí mi nombre, la universidad ucraniana y el nivel reconocido dentro del sistema irlandés.
—Mi universidad no respondía.
—Respondió cuando encontraron el departamento adecuado. La guerra desplazó parte de sus archivos y tus consultas no estaban llegando a la persona responsable. También faltaba la certificación de una de tus especializaciones. La consiguió directamente del centro que la expidió.
—¿Está homologado?
—Tienes una declaración oficial de comparabilidad académica y la universidad ha verificado la autenticidad del título.
Para este trabajo, Bellew Art Capital reconoce tu formación y tu experiencia profesional.
Ya no existe ningún impedimento para contratarte de manera indefinida en el puesto técnico.
Tuve que sentarme. Durante meses envié correos, cumplimenté formularios y aporté documentos que parecían desaparecer dentro de oficinas a las que nunca conseguía acceder.
Había terminado por creer que mi carrera se quedó en Ucrania junto con el laboratorio, los libros y la vida que abandoné.
—¿Cómo lo ha conseguido en tan poco tiempo?
—Tengo buenos asesores y algunos contactos en el ámbito universitario.
—No me lo puedo creer...
—No han inventado tu título ni modificado su nivel. Solo han conseguido que las personas correspondientes revisaran los documentos.
—Utilizaste tus contactos para ella —intervino Nessa.
Ryan se volvió hacia ella.
—Utilicé recursos de la empresa para comprobar las credenciales de una empleada que nos ha evitado cuantiosas pérdidas.
—Has presionado para que reconocieran una titulación extranjera.
—He presionado para obtener respuesta. El reconocimiento se basa en lo que estudió, no en una llamada mía.
Nessa tomó la comunicación y la leyó deprisa.
—Esto no la convierte en conservadora acreditada para intervenir cualquier obra en Irlanda.
—Nadie ha afirmado eso. Su puesto consiste en realizar análisis preliminares, revisar informes y participar en decisiones de conservación. Las intervenciones que requieran otra acreditación continuarán en manos de especialistas externos.
—Entonces no necesita un despacho.
—Necesita una mesa de examen, acceso restringido a expedientes y un lugar donde recibir a los conservadores con los que trabaja.
—El equipo de procedencia iba a instalarse aquí.
—Ocupará la sala del otro extremo.
—Esa sala es más pequeña.
—Son dos personas. Se organizarán.
Los dedos de Nessa apretaron el borde del documento. Durante unos segundos pareció buscar un argumento que no hubiera sido contestado de antemano.
—Todo esto por una mujer que hace unas semanas limpiaba los lavabos.
Ryan le quitó el papel con cuidado.
—Todo esto por una profesional a la que tú obligaste a defender sus conocimientos mientras la acusabas de robar una falsificación.
—Vas a lamentar haberle dado tanta confianza.
—Esa decisión también me corresponde.
Nessa salió del despacho y estuvo a punto de chocar con Serena, que empujaba un carro por el pasillo.
—Apártate —le ordenó Nessa.
Serena desplazó el carro.
—Buenos días para usted también.
Esperó a que se alejara antes de acercarse a la puerta. Vio el despacho, la placa y mi cara.
—¿Qué ha pasado?
—Nadia tiene algo que contarte —respondió Ryan—. Antes necesito entregarle el contrato.
Colocó otra carpeta sobre el escritorio. El documento sustituía mi colaboración temporal por un puesto indefinido, mantenía el horario de ocho a dos durante los primeros meses y aumentaba de nuevo mi salario.
—Revísalo con calma —me recomendó—. Puedes llevarlo a casa y consultarlo con quien quieras antes de firmar.
—No sé qué decir.
—Empieza por leerlo. Después ya encontraremos palabras.
Dirigió la vista hacia una de las paredes, todavía vacía.
—También deberías pedirle a tu madre que te envíe el título.
—No pienso permitir que lo mande desde Ucrania por correo. Se podría perder.
—Entonces pídele una copia de buena calidad.
—¿Para qué?
—Para enmarcarla. Esa pared necesita algo que explique por qué estás aquí.
Ryan abandonó el despacho antes de que pudiera responder. Serena lo siguió con la vista hasta que desapareció al final del pasillo. Después cerró la puerta, dejó el carro fuera y se volvió hacia mí.
—¿Te has zumbado al jefe?
—¡Serena!
—Es una pregunta legítima. Ayer trabajabas en una mesa compartida y hoy tienes despacho, contrato indefinido y el doble de sueldo.
—No me he zumbado a nadie.
—¿Ni un beso pequeño para acelerar los trámites?
—Ha conseguido que reconozcan mi título.
—Entonces retiro la pregunta.
—Gracias.
—Ahora quiero saber si te lo vas a zumbar para agradecérselo.
—¡Sal de mi despacho!
Serena abrió la boca.
—Acabas de decir “mi despacho”. Repítelo.
—No pienso repetirlo.
—Lo has dicho con autoridad. Dentro de una semana tendrás secretaria y ordenarás mi ejecución por insubordinación.
Tomó la copia del reconocimiento y trató de leerla, aunque la terminología académica acabó con su paciencia en la segunda página.
—Explícamelo en idioma para personas que abandonaron los estudios porque preferían bailar.
—Han verificado mi título y su equivalencia dentro del sistema irlandés. La empresa puede reconocer oficialmente mi formación para el puesto que desempeño.
—O sea, que eres restauradora aquí igual que lo eras allí.
—Con algunas limitaciones profesionales, pero sí. Mi formación ya no es un papel que nadie quiere leer.
La emoción, aplazada mientras Ryan y Nessa discutían, llegó de golpe. Tuve que cerrar la carpeta porque las letras empezaron a desdibujarse. Serena abandonó las bromas, rodeó el escritorio y me abrazó.
—Te lo mereces —me aseguró—. Y si vuelves a limpiar algo en este edificio, que sea porque has derramado champán sobre tu propio escritorio.
Me reí entre lágrimas.
—Tengo que llamar a mi madre.
—Llámala. Yo vigilaré la puerta y fingiré que estoy trabajando. Es una de mis mejores habilidades.
Larysa respondió al tercer tono. Eran dos horas más tarde en Ucrania y se encontraba en una cola para comprar medicamentos. Le expliqué el reconocimiento, el contrato y el despacho mientras varias personas hablaban a su alrededor.
—¿Han aceptado tu título? —me preguntó.
—Sí, mamá. La universidad confirmó todos los datos.
Mi madre empezó a llorar. Después me reprendió por hacerla llorar en una farmacia y anunció a las personas de la cola que su hija volvía a trabajar como restauradora en Dublín. Escuché felicitaciones de desconocidos antes de que pudiera detenerla.
—Ryan dice que tengo que enmarcar el título.
—Ese hombre parece sensato.
—No lo conoces.
—Ha reconocido lo que vales. Eso me basta de momento.
Prometió llevar el diploma a un establecimiento donde pudieran escanearlo con buena calidad. Antes de terminar, pidió ver el despacho. Activé la cámara y recorrí la habitación despacio. Cuando enfoqué la placa de la puerta, guardó la imagen con una captura.
—Estoy muy orgullosa de ti —me confesó.
Tuve que despedirme poco después porque ya no podía hablar sin llorar.
Nessa no regresó durante aquella mañana. Desde mi nueva mesa escuché dos llamadas de Ryan relacionadas con ella y vi a su asistente retirar una reunión conjunta del calendario.
La alegría por el reconocimiento no borró el deterioro que se extendía entre ambos. Al contrario, mi nombramiento parecía haber llevado a Nessa un paso más cerca de una desesperación que empezaba a resultarle difícil esconder.
También llamé a Emily para contarle. Nadie más que ella se merecía que compartiera mi enorme alegría.
Al llegar a casa encontré la mesa preparada, una botella de vino espumoso dentro de una cubitera y varias cajas de comida de un restaurante del barrio.
—Antes de que preguntes, no he cocinado —me aclaró—. Aunque puedes verlo por ti misma.
Emily escuchó todos los detalles mientras almorzábamos. Revisó el contrato, calculó cuánto podría ahorrar cada mes y declaró que Ryan acababa de conseguir un tercer punto a favor.
—No estamos puntuando a mi jefe.
—Yo sí. Tú no tienes que participar.
—Ha hecho mucho por mí.
—Ha conseguido que otras personas vean lo que él ya había visto.
Miré hacia Adam. Permanecía en la trona, golpeando un juguete contra la bandeja, ajeno a contratos, títulos y reconocimientos académicos.
—Mañana llevaré su obra al despacho —decidí.
—Eso establecerá tu autoridad desde el primer día.
—También pondré una foto suya.
—Lleva la que hice en el parque. En esa tiene cara de ser propietario de varios edificios.
—Tenía sueño.
—Los hombres ricos suelen parecer cansados.
Después de acostarlo para la siesta, guardé el contrato dentro de la carpeta de Megan y preparé la cartulina de las manos verdes para llevarla a la oficina.
Elegí también una fotografía en la que Adam aparecía sentado sobre mi regazo, riéndose mientras intentaba quitarme la bufanda.
A la mañana siguiente, colocaría ambas cosas en aquel despacho: el recuerdo de todo lo que había perdido y la prueba de todo lo que estaba construyendo.
El título tardaría algunos días en llegar. La vida que representaba ya había regresado.