El secreto de Nadia Capítulo 17
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Capítulo 17

La primera semana en mi nuevo puesto alteró las costumbres de la casa.

Ya no salía cuando Adam empezaba a prepararse para dormir, sino poco después de las siete, mientras Emily le daba el desayuno y discutía con él porque pretendía beberse el agua del vaso en lugar de aceptar su biberón.

Aquella mañana los encontré en la cocina. Adam ocupaba la trona con un babero amarillo y sostenía una cuchara que no pensaba utilizar para comer. Emily había colocado frente a mí una taza de té, dos tostadas y un recipiente con las sobras de la cena.

—Eso es para el almuerzo —me explicó cuando intenté abrirlo—. Anoche cocinaste suficiente para tres días y voy a sacarle provecho.

—Podría comprar algo cerca de la oficina.

—También podrías prenderle fuego al dinero. Sería más rápido.

Su cadera aún le molestaba después de la caída, aunque ya caminaba sin ayuda y había recuperado casi toda la movilidad del hombro.

La señora O’Connor pasaba varias horas con ella durante la mañana, pese a que Emily aseguraba que aquella colaboración respondía al interés de su vecina por enterarse de nuestra vida.

—No cargues a Adam si vuelve a dolerte —le pedí.

—Buenos días a ti también.

—Te he dado los buenos días en la habitación.

—Entonces todavía no habías empezado a dirigirme.

Adam golpeó la cuchara contra la bandeja y consiguió lanzarla bajo la mesa. Me agaché para recogerla, pero Emily sacó otra del cajón.

—Tengo seis preparadas —presumió—. Ayer agotó cuatro antes de las nueve.

—No deberías animarlo.

—Estoy desarrollando su coordinación.

—Está aprendiendo a arrojar cubiertos.

—Toda habilidad empieza por algo sencillo.

Dejé la cuchara en el fregadero y comprobé la hora. Aún disponía de unos minutos, pero la posibilidad de llegar tarde me preocupaba desde que firmé el contrato.

Seguía esperando que alguien descubriera un error y decidiera que una mujer sin títulos reconocidos en Irlanda no debía examinar adquisiciones valiosas.

Emily advirtió que volvía a leer la hora y abrió el aparador.

—Tengo algo para ti.

Sacó una carpeta de piel color coñac, de tamaño suficiente para guardar documentos. Presentaba algunas rozaduras en las esquinas y una pequeña marca circular cerca del cierre, aunque el cuero se conservaba flexible.

—Era de Megan —me explicó—. La utilizaba cuando empezó a trabajar. Después compró una más moderna porque esta, según ella, la hacía parecer una abogada de los años cincuenta.

—No puedo quedármela.

—No te la estoy regalando. Te la presto durante los próximos cuarenta años.

Pasé los dedos por el borde de la solapa.

—Es demasiado importante.

—Precisamente por eso quiero que la uses. Lleva mucho tiempo guardada.

No insistí. Metí dentro el cuaderno, el contrato y las notas que había preparado para la jornada. Emily observó el resultado y asintió satisfecha.

—Ahora sí pareces una experta.

—Ayer también lo era.

—Ayer llevabas los documentos en una bolsa de supermercado.

—Era resistente.

—Tenía dibujada una vaca.

Me acerqué para besarla y después hice lo mismo con Adam. Él aprovechó para agarrarme un mechón y se resistió a soltarlo hasta que Emily le ofreció otra cuchara.

—Estaré aquí a las tres —prometí.

—Nosotros también. A menos que Adam y yo decidamos empezar una nueva vida.

—Llévate las seis cucharas.

Antes de salir, consulté el correo en el teléfono. Había recibido un mensaje de la agente Murphy: Todo marchaba por su cauce. Aaron seguía privado de libertad a la espera de juicio y podía quedarme tranquila. No ofrecía más detalles.

Guardé el aparato sin enseñárselo a Emily porque no quería que aquellas noticias ocuparan todas nuestras mañanas. Aaron continuaba lejos, la investigación avanzaba y ya no necesitábamos vivir pendientes de cada uno de sus movimientos.

Llegué a Bellew Art Capital diez minutos antes de las ocho.

La actividad diurna apenas se parecía al ambiente que conocí durante mis turnos de limpieza. Sonaban teléfonos, las salas se llenaban de reuniones y los empleados cruzaban los pasillos con ordenadores, carpetas y tazas de café.

Durante las primeras jornadas me sorprendió descubrir cuántas decisiones se tomaban alrededor de las obras antes de que alguien llegara siquiera a contemplarlas.

Chloe me había instalado en un puesto cercano a la sala de documentación. Disponía de un ordenador, acceso a los archivos técnicos y una lámpara especial para estudiar fotografías y documentos.

No era un despacho, pero ver mi nombre en la tarjeta provisional situada sobre la mesa seguía produciéndome una satisfacción difícil de ocultar.

Había empezado a revisar el expediente de seis acuarelas botánicas atribuidas a una artista irlandesa de mediados del siglo XIX. Bellew Art Capital pretendía adquirirlas para un fondo dedicado a obras sobre papel y Nessa había organizado una presentación para varios inversores aquella misma mañana.

Las piezas llegaron poco después, protegidas en carpetas individuales. Dos técnicos las colocaron sobre una mesa en el área de examen.

Me puse los guantes de nitrilo y observé la primera bajo una iluminación regulada. Representaba un grupo de ilustraciones botánicas, con anotaciones manuscritas junto al tallo y pequeñas correcciones realizadas en grafito.

Las tres primeras presentaban un estado aceptable.

En la cuarta encontré manchas pardas repartidas por el papel y una ondulación leve en el margen.

La quinta había sufrido una exposición prolongada a la luz: los verdes perdieron intensidad y algunas flores mostraban diferencias de color en las zonas que habían permanecido ocultas bajo un paspartú anterior.

La última me preocupó más. Un desgarro antiguo atravesaba la esquina inferior y la reparación se realizó con una cinta adhesiva que había amarilleado.

El informe describía la intervención, pero no mencionaba que el adhesivo empezaba a migrar hacia el anverso.

Estaba anotándolo cuando Nessa entró acompañada por Chloe. Llevaba una tableta bajo el brazo y un traje de color ciruela que parecía elegido para una reunión mucho más importante que aquella inspección.

—Quiero las seis acuarelas montadas en la sala principal antes de las diez —ordenó a los técnicos—. Utilizaremos los marcos provisionales.

—La última pieza no debería montarse todavía —intervine.

Nessa se detuvo junto a la mesa.

—¿Por qué?

—La cinta de la reparación está degradándose. El adhesivo ha empezado a penetrar en las fibras y puede producir una mancha irreversible. Debería estabilizarse antes de colocarla en vertical.

—La presentación durará una hora.

—El problema no es solo la duración. El sistema provisional presiona el margen en la zona del desgarro.

—Los marcos están diseñados para obras sobre papel.

—No para una hoja con esta intervención.

Se inclinó hacia la acuarela, aunque no llegó a examinar el reverso.

—El informe autoriza su exhibición.

—El informe se redactó hace ocho meses. La fotografía incluida no muestra esta coloración.

—¿Estás cuestionando al conservador que lo firmó?

—Estoy describiendo el estado actual.

Chloe tomó el documento y comparó la imagen con la pieza. La diferencia resultaba visible una vez señalada.

—Nadia tiene razón —reconoció—. La mancha se ha extendido.

Nessa cerró la carpeta con brusquedad.

—No pienso presentar una serie incompleta por una reparación antigua que lleva décadas en el mismo lugar.

—Podemos mostrar cinco originales y una reproducción de alta calidad —propuse—. También deberíamos reducir la iluminación. Los pigmentos de las otras piezas ya han sufrido alteraciones por exposición.

—La sala se preparó siguiendo mis indicaciones.

—Entonces habría que modificarlas.

Sus ojos se clavaron en mí.

—Tu cometido consiste en revisar documentación, no en reorganizar mis presentaciones.

—Mi cometido es advertir de cualquier circunstancia que pueda afectar a las obras.

—Y ya lo has hecho. He decidido continuar.

Uno de los técnicos mantenía el marco provisional entre las manos sin saber si debía acercarse a la mesa. Chloe consultó el reloj y propuso llamar a un conservador externo, pero Nessa rechazó la idea porque los inversores llegarían en menos de una hora.

—Montad las seis —ordenó—. Si la asistente tiene más objeciones, puede incluirlas en su informe.

El uso de mi cargo tuvo un tono que lo convertía en una forma de recordarme que ocupaba el nivel inferior de aquella sala. Me quité los guantes y los deposité en el recipiente correspondiente.

—No firmaré un informe que autorice ese montaje.

—Nadie te ha pedido que firmes nada. Ni siquiera puedes hacerlo.

—Por eso quien asuma la responsabilidad debería examinar antes la pieza.

Nessa dio un paso hacia mí.

—Has tenido mucha suerte desde que llegaste a esta empresa, Nadia. No la confundas con autoridad.

La puerta volvió a abrirse. Ryan entró con varios documentos en una mano y una llamada terminada en la pantalla del teléfono. Advirtió los marcos, la acuarela todavía extendida y el grupo reunido alrededor de la mesa.

—¿Qué ocurre?

—Nada que no pueda resolver —le respondió Nessa—. Estamos preparando la presentación.

—Existe un problema con una de las reparaciones —le expliqué—. He recomendado que no se monte hasta que la examine un conservador de papel.

Nessa soltó el aire por la nariz.

—Es una precaución innecesaria basada en una variación mínima de color.

Ryan dejó los documentos sobre otra mesa y se acercó. Chloe le mostró la fotografía antigua junto al estado actual. Después de comparar ambas, pidió ver el reverso.

—¿Qué puede ocurrir si la montamos? —me preguntó.

—La presión podría agravar el desgarro. El adhesivo también necesita retirarse en condiciones controladas. Quizás no suceda nada durante la presentación, pero no existe ningún motivo para correr el riesgo.

—Existe un motivo —intervino Nessa—. Tenemos seis inversores esperando conocer la serie completa.

—Pueden conocerla mediante una reproducción —le recordó Ryan.

—Eso dará la impresión de que intentamos ocultar un defecto.

—Si compramos la colección, tendremos que explicar el defecto de todas formas.

—La pieza lleva así años.