Capítulo 16
Cuando llegué a casa, Emily me esperaba con la cena caliente y Adam dormido en el parque junto a la mesa.
Me bastó verla para comprender cuánto iba a cambiar nuestra rutina.
Ryan me había ofrecido un puesto temporal como asistente técnica, inicialmente de ocho de la mañana a dos de la tarde, con un salario muy superior al que recibía por limpiar las oficinas.
Todavía me costaba creer que, después de tantos meses, alguien quisiera pagarme otra vez por mis conocimientos.
—Es maravilloso —celebró Emily cuando se lo conté—. Volverás temprano, trabajarás en lo tuyo y ganarás mucho más.
—Tendré que buscar una guardería para Adam.
—Ni de coña.
La miré sorprendida, pero ella continuó cenando con absoluta tranquilidad. Aseguró que cuidaría de Adam durante las mañanas y que la señora O’Connor la ayudaría hasta que se recuperara por completo de la caída.
Protesté porque seis horas eran demasiadas y no quería aprovecharme de ella, aunque Emily se negó a escucharme.
—Ese niño no es una carga, Nadia. Me hace compañía, me mantiene ocupada y consigue que esta casa vuelva a parecer un hogar. Lo que vas a ganar será para ti y para su futuro, no para pagar a alguien que haga algo que yo quiero hacer.
Acepté probar durante unas semanas, con la condición de buscar otra solución si resultaba demasiado.
Emily accedió con tanta rapidez que supe que no pensaba reconocerlo jamás.
Después levantó el vaso para brindar por mi nuevo puesto y declaró que Bellew Art Capital había tardado muy poco en descubrir que yo no era únicamente la mujer que limpiaba sus oficinas.
Mientras cenábamos, volví a mirar el contrato. El miércoles empezaría a trabajar de ocho a dos.
Sentí miedo, ilusión y una incredulidad que todavía no sabía ordenar, pero aquellas dos palabras impresas junto a mi nombre: “asistente técnica”, me devolvieron una parte de la mujer que había sido antes de llegar a Dublín.
El miércoles amaneció con una llamada de la agente Murphy. Me encontró en la cocina, preparando tortitas mientras Emily intentaba colocarle un calcetín a Adam sin inclinarse demasiado. Había madrugado mucho porque el peque se despertó.
Su cadera continuaba dolorida y el hombro le impedía realizar algunos movimientos, pero había recuperado la energía suficiente para discutir conmigo desde que abría los ojos.
—Señora Danylenko, quería informarla antes de que conociera la noticia por otra vía —me explicó la agente—. Aaron Kelleher compareció ayer ante el tribunal y continuará privado de libertad, al menos hasta una nueva vista.
Me aparté del fuego.
—¿Por la agresión a Emily?
—Por esa agresión y por el riesgo de que trate de abandonar la jurisdicción. El hecho de que lo localizaran con una maleta cuando se disponía a salir de Dublín ha influido en la decisión.
—¿Qué ocurre con lo que me hizo en el centro?
—La investigación sigue abierta. Hemos localizado a tres antiguas residentes relacionadas con los documentos encontrados en su despacho. Dos han aceptado hablar con nosotros.
—¿Han contado algo?
—Todavía no puedo facilitarle esa información, pero una de ellas ha presentado una denuncia. Los hechos que relata guardan semejanzas con los suyos.
Cerré los ojos durante unos segundos. No sentí alivio al saber que otra mujer había sufrido algo parecido, aunque su testimonio podía impedir que Aaron volviera a acercarse a cualquiera de nosotras.
—¿También la expulsó?
—La trasladaron a otro alojamiento después de que comunicara una conducta inapropiada. En su expediente figura que el cambio se produjo a petición de ella, pero lo ha negado.
—Entonces falsificó el motivo.
—Eso tendremos que demostrar. También se investiga por qué su queja no se remitió a los responsables del programa.
Miré a Emily. Permanecía sentada junto a la trona, con el calcetín de Adam todavía en una mano. Había comprendido suficiente para saber que la noticia era importante.
—¿Aaron puede comunicarse con alguien del centro?
—No directamente. Además, se han adoptado medidas para preservar los archivos. Si usted recuerda nombres, fechas o cualquier detalle sobre otras residentes que tuvieran problemas con él, anótelo y nos lo envía.
Le prometí que lo haría. Antes de terminar, la agente preguntó por Emily y me recordó que debía acudir a la revisión médica programada.
Emily frunció el ceño. Esperó a que guardara el teléfono antes de protestar.
—No tienes que esconder nada. Voy a ir.
—Ayer querías cancelar la cita.
—Porque ya sé que tengo un golpe.
—El médico necesita comprobar que te recuperas bien.
—Los médicos sienten una afición excesiva por comprobar cosas evidentes.
Le conté que Aaron continuaría detenido y que otra mujer lo había denunciado. Emily dejó el calcetín sobre la mesa.
—Ojalá las demás también puedan hablar.
—Quizás algunas no quieran.
—Están en su derecho, aunque es una pena. Denunciar exige mucho más valor del que la gente cree.
—Si tú no hubieras grabado...
—Habríamos encontrado otra manera.
No estaba segura de que fuese cierto, pero comprendí que intentaba evitar que regresara a las mismas dudas.
—La agente quiere que recuerde nombres de mujeres que tuvieron problemas con él —añadí—. Conocí a una madre moldava que desapareció del centro de un día para otro. Nos dijeron que se había marchado con unos familiares, aunque ella aseguraba que no conocía a nadie en Irlanda.
—Escríbelo.
—No recuerdo su apellido.
—Escribe lo que recuerdes. La policía averiguará el resto.
Aparté la sartén del fuego porque una de las tortitas empezaba a quemarse. Emily señaló el humo.
—Si vas a convertirte en una importante experta en arte, quizás deberíamos comprar un extintor.
—Es la primera que se quema.
—Y todavía no has empezado tu nuevo puesto.
A primera hora, llegué a Bellew Art Capital con un pantalón negro y una blusa azul que Emily insistió en planchar a pesar de tener un brazo dolorido.
Serena me esperaba en la recepción porque Ryan quiso agradecerle su participación en la recuperación del cuadro y ella le dijo que mejor la pasaba al turno de mañana.
—Vengo loca por contemplar tu ascenso —me explicó—. Quería traerte flores, pero he comprobado mi cuenta bancaria y he decidido regalarte mi presencia.
—¿Por qué has llegado tan pronto?
—También entro a esta hora. No pienses que he cruzado Dublín solo para verte abrir un expediente.
—No lo pensaba.
—Podrías mostrar un poco de emoción. Es tu primer día en el mundo de los documentos importantes.
Me examinó de arriba abajo y asintió satisfecha.
—Pareces otra persona.
—Soy la misma.
—Sí, pero hoy no llevas en la mano nada que pueda desinfectar un baño. Eso cambia mucho la percepción social.
Chloe apareció para entregarme una tarjeta provisional de acceso y explicarme las normas del área de documentación.
Serena la escuchó con más atención que yo hasta que comprendió que la tarjeta no permitía entrar en las cámaras de seguridad ni en los despachos privados.
—No pensaba utilizarla —aclaró.
—No pensaba dártela —le respondió Chloe.
Me condujeron a una sala interior con dos mesas amplias, archivadores ignífugos y lámparas articuladas.
No había obras originales, solo expedientes, fotografías de alta resolución y copias de informes técnicos. Ryan había seleccionado tres adquisiciones pendientes para que revisara la documentación antes de que la empresa comprometiera más dinero.
Lo encontré hojeando el informe de una miniatura del siglo XVIII. Había dejado su chaqueta en el respaldo de una silla y sostenía una lupa entre los dedos.
—Llegas cinco minutos antes —comentó.
—Es mi primer día.
—¿Los siguientes piensas llegar tarde?
—Los siguientes llegaré diez minutos antes para que no pueda quejarse.
—Ryan.
—Señor Bellew.
—Estamos en una reunión técnica.
—No ha empezado todavía.
Consultó su reloj.
—Ahora sí.
La sonrisa que apareció en su rostro me obligó a concentrarme en los expedientes.
Ryan comenzó por explicarme lo que necesitaba. No esperaba una autentificación, sino una lectura crítica: incoherencias en la procedencia, ausencias en los informes, pruebas que debieron solicitarse y circunstancias que aconsejaran detener una operación.
—Quiero saber qué preguntas no estamos haciendo —resumió.
—Eso puede incomodar a mucha gente.
—Después de la pintura, necesito incomodar a algunas personas.
Empezamos con la miniatura. Según la documentación, representaba a la hija de un diplomático británico y había permanecido en la misma familia hasta la década de los setenta.
Las fotografías mostraban un retrato sobre marfil, montado en un marco de oro con una pequeña trenza de cabello en el reverso.
—¿Qué ves? —me preguntó.
—Una pieza hermosa.
—Eso también lo veo yo.
—Entonces no necesita pagarme.
—Mi intención es descubrir qué ves después.
Revisé el informe de condición. Mencionaba una grieta en el soporte y una antigua intervención en la zona del vestido, pero no indicaba si se había identificado el material mediante técnicas no invasivas.
—El informe da por sentado que es marfil —señalé—. Deberían confirmarlo.
—¿Crees que puede ser otro material?
—Existen imitaciones realizadas con hueso o materiales sintéticos. No afirmo que sea el caso, pero hay que documentarlo antes de adquirirla. También falta una imagen del perfil de la placa y no se explica por qué la grieta no continúa bajo la zona restaurada.
Ryan acercó la fotografía.
—Podría haberse rellenado.
—Podría. En ese caso, necesitamos conocer la extensión del relleno y si afecta al rostro. El valor cambia mucho si la intervención ocupa más superficie de la declarada.
Tomó notas mientras hablaba. Me sorprendió que no intentara demostrar que ya conocía las respuestas. Preguntaba, contrastaba mis observaciones con el expediente y aceptaba las dudas sin convertir cada una en un desafío a su autoridad.
—¿Así trabajabas en Ucrania? —quiso saber.
—Con mejores equipos y menos personas vigilando si llamaba a alguien por su nombre.
—No te vigilo.
—Ha contado cuántas veces lo he llamado “señor Bellew” desde que entré.
—Cinco.
—Eso demuestra mi argumento.
—Solo demuestra que sé contar.
La puerta se abrió antes de que respondiera. Nessa entró con una carpeta bajo el brazo y se detuvo al verme sentada frente a Ryan.
—Pensaba que revisaríamos juntos las adquisiciones pendientes.
—Ya las revisamos antes de aprobarlas —le recordó él—. Ahora estamos realizando un control independiente.
—Ella no es independiente. Trabaja para ti.
—También trabajas para mí y aprobaste la pintura falsa.
Nessa cerró la puerta.
—¿Podemos hablar en privado?
—Nadia está elaborando un informe. Si quieres comentar una de las piezas, puedes hacerlo aquí.
—Quiero hablar de nosotros.
Aquella respuesta me hizo recoger mis papeles.
—Puedo continuar en otra sala.
—No hace falta —me indicó Ryan—. Hemos terminado con esta pieza. Tómate diez minutos y después seguimos con el manuscrito.
Salí sin mirar a Nessa. Apenas había avanzado por el pasillo cuando escuché que la discusión comenzaba.
—Esto es una humillación —le reprochó ella.
—Es una auditoría.
—La has sentado en mi lugar.
—No sabía que tuvieras un lugar asignado en esa mesa.
—Sabes perfectamente de qué hablo. Hace dos días limpiaba tu despacho y ahora revisa mis operaciones.
—Porque demostró que sabe hacerlo.
—Lo único que ha demostrado es que sabe atraer tu atención.
Me alejé antes de oír la respuesta. No deseaba conocerla. Entré en el cuarto del personal y encontré a Serena peleándose con la máquina de café.
—¿Ya has conquistado el mercado internacional? —me preguntó.
—He recomendado analizar una miniatura.
—Eso suena menos emocionante.
—Nessa acaba de llegar.
—Ahora mejora.
Le conté que quería hablar con Ryan en privado. Serena introdujo una moneda y escogió la bebida más barata.
—Seguro que van a mantener una conversación madura sobre confianza y responsabilidad.
Desde el pasillo llegó una voz elevada, aunque no distinguimos las palabras.
—Ahí la tienes —añadió—. La madurez.
El vaso cayó bien, pero la máquina no sirvió el café.
—Un día voy a arrancarla de la pared.
—Eso sí quedaría grabado por las cámaras.
La puerta se abrió y Ryan apareció en el pasillo. No nos había oído, aunque su expresión mostraba que la conversación con Nessa no terminó bien.
—Cuando estés lista, continuamos —me indicó.
Regresé con él a la sala de documentación. Nessa ya no estaba. La carpeta que había llevado descansaba sobre la mesa y una silla había quedado fuera de su sitio.
—Podemos dejarlo para otro día —le propuse.
—¿Por qué?
—Quizás tenga asuntos más importantes que resolver.
—Ahora mismo, este es el asunto más importante.
Abrió el expediente del manuscrito y me pidió que lo examinara. La firmeza con la que retomó el trabajo no consiguió borrar el cansancio de su rostro.
—No quiero causarle problemas con la señora Mandeville —le expliqué.
—No los causas tú.
—Ella no lo considera así.
—Nessa y yo teníamos problemas antes de que entraras en este edificio.
Recordé al hombre de la corbata color granate y tuve que bajar la vista hacia el manuscrito.
—No me corresponde opinar sobre eso.
—No te he pedido que opines.
—Entonces estamos de acuerdo.
—¿Siempre encuentras una manera de cerrar una conversación?
—Solo las que no debería mantener con mi jefe.
—Otra vez “mi jefe”.
—Sigue siéndolo.
—Y tú sigues teniendo razón con demasiada frecuencia.
La proximidad que se había creado entre nosotros resultaba distinta a la de la cena.
Allí no compartíamos comida por casualidad ni hablábamos de problemas personales. Estábamos trabajando en algo que ambos comprendíamos y que nos interesaba.
Ryan no me trataba con condescendencia y yo empezaba a olvidar que debía protegerme de la atracción que sentía por él.
Pasamos más de una hora revisando el manuscrito. Encontré una discrepancia entre el número de folios descrito en un catálogo antiguo y el actual. Faltaban dos páginas, aunque el vendedor afirmaba que la obra permanecía completa.
—Podrían haberse separado antes del primer inventario fotográfico —apuntó Ryan.
—Sí, pero el precio se ha calculado para un ejemplar completo. Necesitamos saber cuándo desaparecieron y qué contenían.
—¿Puedes averiguarlo?
—Puedo intentarlo si consigo localizar el catálogo de la colección anterior.
—Hazlo.
—Eso ha sonado a orden.
—Lo era.
—Entonces vuelve a ser el señor Bellew.
—La negociación del nombre está resultando agotadora.
—Puede incluirla en el presupuesto de la auditoría.