Capítulo 15 #2
—Probablemente de la segunda mitad del siglo XX —confirmó uno de los responsables—. El laboratorio continuará estudiándola, pero queda descartada cualquier atribución al siglo XVII.
Ryan abrió el expediente de compra.
—Hemos suspendido el pago final y nuestros abogados han contactado con el vendedor. También revisaremos la participación de todos los intermediarios.
—¿Han comprobado las cámaras del cuarto de limpieza? —me atreví a preguntar.
El jefe de seguridad negó.
—La cámara de ese pasillo dejó de grabar durante treinta y siete minutos en la franja en la que se supone que se produjo el robo.
Serena y yo intercambiamos una mirada.
—¿Por qué? —preguntó Ryan.
—Alguien accedió al panel interno con un código autorizado. Estamos revisando qué códigos se utilizaron, pero el sistema registra el nivel de acceso, no la identidad individual. Varios miembros de la dirección disponen de autorización suficiente.
Nessa sería uno de ellos. No necesitábamos pronunciar su nombre para que aquella posibilidad ocupara la sala.
—¿Hay imágenes de la vitrina? —quise saber.
—La cámara de la sala continuó grabando, pero el ángulo no cubre el cajón donde se guardaba la llave. La pieza desaparece entre dos revisiones. La primera la realizó la señora Mandeville; la segunda, uno de los conservadores.
—¿Nessa informó de que la obra seguía allí cuando la revisó? —preguntó Ryan.
—Eso consta en su registro.
Si había mentido, lo hizo por escrito. Aun así, la ausencia de imágenes impedía demostrar quién sacó la pintura y la escondió en mi carro.
La reunión terminó con la orden de revisar todos los accesos. Cuando los demás salieron, Ryan me pidió que me quedara.
—Tenías razón en todo —me reconoció.
—No en todo. Pensé que la preparación podía contener titanio, pero no habría identificado el azul sin un análisis.
—Esa precisión no reduce lo que hiciste.
Colocó varios expedientes sobre la mesa. Pertenecían a piezas adquiridas o estudiadas durante los seis meses anteriores: dos pinturas, un manuscrito, una colección de joyas y una escultura de pequeño formato.
—Quiero que revises esto.
—¿Yo?
—Necesito una primera lectura técnica antes de encargar nuevos análisis. Tú sabes localizar ausencias, contradicciones y señales que nuestro equipo financiero puede pasar por alto.
—Tiene conservadores externos.
—Que intervienen cuando alguien solicita sus servicios. En el caso de la pintura, nadie lo hizo.
—No puedo encargarme mientras limpio las oficinas.
—No te lo estoy pidiendo dentro de tu contrato de limpieza. Chloe está preparando una colaboración temporal, con horario y remuneración distintos. Empezarías revisando los informes, no manipulando las piezas.
—Señor Bellew, no quiero que me dé un puesto porque siente que debe compensarme por lo ocurrido.
—No siento que deba compensarte. Siento que he estado pagando por asesoramiento mediocre mientras una especialista calentaba pollo para mí en el cuarto del personal.
—Aquello no fue asesoramiento.
—Me explicaste que no sabía organizar mi cena. También tenías razón.
Intenté contener una sonrisa.
—No tengo homologado el título.
—No voy a contratarte para firmar informes oficiales. Trabajarás como asistente técnica y cualquier conclusión se enviará a un especialista acreditado. Tus funciones quedarán delimitadas.
—¿Nessa está de acuerdo?
—No.
La rapidez de su respuesta me hizo reír.
—Al menos es sincero.
—La empresa es mía. No necesito que esté de acuerdo con una contratación técnica.
—Pero ella dirige Adquisiciones.
—Precisamente por eso no debe controlar en solitario la revisión de sus propias operaciones.
Ryan acercó los expedientes hacia mí.
—No tienes que responder ahora. Llévatelos a la sala de documentación, míralos durante una hora y dime si este trabajo te interesa. Esa hora también se pagará.
Abrí el primer archivo. Volver a encontrarme ante un informe de condición, una procedencia y fotografías técnicas provocó una emoción que no esperaba. Durante meses había pensado que aquella parte de mi vida se encontraba al otro lado de una frontera imposible.
—Me interesa —admití—. Pero no aceptaré ningún trato especial.
—Tendrás que cumplir horarios, entregar observaciones por escrito y justificar cada recomendación.
—Eso no me preocupa.
—También tendrás que llamarme Ryan durante las reuniones técnicas.
Levanté la vista.
—Eso no aparece en ningún contrato.
—Puedo pedirle a Chloe que lo añada.
—Entonces leeré la letra pequeña.
Su sonrisa permaneció conmigo cuando llevé los expedientes a la sala contigua.
Serena entró veinte minutos después con la excusa de vaciar una papelera que estaba prácticamente vacía. Al verme rodeada de documentos, abrió los brazos. Y le conté.
—Mírala. Ayer empujaba un carro y hoy audita un imperio.
—Solo estoy revisando información.
—Así empiezan los imperios. Después llegan los despachos y las personas que te traen café.
Le pedí que cerrara la puerta. Entonces le conté lo ocurrido con la cámara del pasillo.
Serena se acercó a la mesa. Había abierto el expediente de una escultura atribuida a un artista francés y revisaba la documentación de procedencia. En la última página figuraban los intermediarios que presentaron la operación a Bellew Art Capital.
—Es él —susurró.
—¿Quién?
Señaló una fotografía tomada durante una reunión privada. En ella aparecían Ryan, Nessa y tres representantes de una firma de inversión. El hombre situado a la derecha, reconocí su rostro.
Era el invitado de la recepción. El mismo al que había visto conversar con Nessa después de que Serena regresara del pasillo de los baños.
—¿Estás segura?
—Le vi la boca pegada a la de Nessa, Nadia. Lo recuerdo perfectamente.
Leí la nota bajo la fotografía. No se trataba únicamente de un inversor: representaba a la sociedad que había puesto en contacto a Bellew Art Capital con varios vendedores privados durante el último año.
Busqué el expediente de la pintura falsa. Su nombre aparecía en la segunda página, dentro del apartado reservado a la intermediación.
Él había presentado la obra.
También recomendó al experto que avaló su autenticidad y cobró una comisión por la operación.
—Nessa aprobó la compra —murmuré.
—Y se estaba acostando con el hombre que iba a ganar dinero gracias a ella.
—No sabemos si se acostaban.
Serena me lanzó una mirada cargada de paciencia.
—Bien. Se besaban apasionadamente en un baño para discutir cuestiones fiscales.
Revisé las firmas. Nessa autorizó que el análisis independiente se pospusiera hasta después de formalizar la adquisición. El motivo anotado era la urgencia de cerrar la operación antes de que apareciera otro comprador.
Aquello podía ser una mala decisión profesional, un exceso de confianza o algo mucho peor.
—Ryan tiene que saberlo —afirmó Serena.
—Necesitamos pruebas.
—Tenemos un cuadro falso, una cámara desconectada, una directora que te acusó de robar y un amante que cobró por vender la falsificación.
—Solo podemos demostrar lo del cuadro y la comisión. Lo demás son sospechas.
—¿Y el beso?
—Lo viste tú. Nessa dirá que mientes.
Serena contempló de nuevo la fotografía.
—Entonces tendremos que encontrar algo que no pueda negar.
La puerta se abrió. Ryan entró con otro expediente en la mano y advirtió enseguida la imagen proyectada en la pantalla.
—¿Habéis encontrado algo?
Cerré el documento antes de responder. No pretendía ocultárselo para siempre, pero contarle que su novia se besaba con uno de sus socios, sin aportar más prueba que el testimonio de Serena, podía destruir nuestra credibilidad antes de empezar.
—Una conexión entre varias operaciones —le expliqué—. Necesito revisarla mejor.
Ryan depositó el nuevo archivo a mi lado.
—Tómate el tiempo que necesites.
Salió de la sala. Serena esperó hasta que la puerta volvió a cerrarse.
—Se lo diremos —me advirtió.
—Sí.
—Pronto.
—Cuando sepamos qué hizo ese hombre.
Regresé al expediente de la pintura. A través de la pared llegaban las voces de Ryan y Nessa, que habían comenzado otra discusión en el despacho contiguo.
Por primera vez, comprendí que la falsificación podía no ser el error que destruiría su relación. Podía ser la prueba de que Nessa llevaba mucho tiempo traicionando a su novio de varias maneras.