Capítulo 14 #2
No podíamos demostrarlo. Bastó aquella mirada para acordar que guardaríamos silencio.
Ryan pidió una lupa al responsable de seguridad y examinó primero el reverso. Recorrió los bordes de la placa, la zona cercana a las sujeciones y varios puntos de la superficie pictórica. Después consultó las imágenes de alta resolución del expediente.
—La pátina del cobre tampoco coincide en las zonas protegidas por el marco —comentó—. Está extendida con demasiada uniformidad.
—Eso puede deberse a una restauración —protestó Nessa.
—Una restauración que no figura en el informe.
Retiró la lupa y abrió el apartado correspondiente a la adquisición.
—Tú aprobaste la operación.
—Basándome en el dictamen de un experto.
—El experto trabajaba para el vendedor. Solicitaste una revisión documental, pero no un análisis independiente.
—La obra procedía de una fuente fiable.
—Con treinta años de procedencia comprobable para una pieza supuestamente pintada hace cuatro siglos.
—La aprobaste conmigo.
—Aprobé la inversión porque me aseguraste que la investigación estaba completa.
Nessa recogió el teléfono y la tableta.
—No pienso permitir que una empleada de limpieza y su amiga cuestionen mi trabajo.
—No son ellas quienes han dejado un agujero en las cuentas de la empresa —le respondió Ryan.
—Todavía no sabemos que sea falsa.
—Lo sabremos. Hasta entonces, la operación queda suspendida y la pieza irá a un laboratorio independiente.
—Estás creyéndola a ella antes que a mí.
—Estoy creyendo lo que tengo delante.
Nessa apartó una silla con tanta fuerza que las patas arañaron el suelo.
—¡Pues disfruta de tu nueva asesora! Quizás también pueda limpiar el desastre cuando terminéis de arruinar la reputación de la empresa.
Salió a grandes pasos y cerró la puerta de un golpe.
Serena contempló el lugar por el que había desaparecido.
—Ha reaccionado con la serenidad propia de quien confía plenamente en su trabajo.
Ryan le indicó al responsable de seguridad que revisara todas las grabaciones y restringiera el acceso a la pieza. Después pidió a Chloe que localizara un laboratorio que pudiera realizar análisis de fluorescencia de rayos X, fotografía infrarroja y estudio del soporte.
Cuando todos empezaban a abandonar la sala, se dirigió a mí.
—Tú no. Ven a mi despacho.
Serena me apretó la mano al pasar junto a mí.
—Si tardas más de media hora, entraré con un abogado —murmuró—. En cuanto encuentre uno barato.
Seguí a Ryan. Cerró la puerta de su despacho y dejó el expediente sobre la mesa, aunque no se sentó.
—Quiero que me expliques cómo sabes todo eso.
—Solo hice unas observaciones.
—Identificaste defectos que no detectó el equipo que recomendó una inversión considerable.
—Todavía necesitan confirmarse.
—Sabías qué pruebas había que solicitar y por qué. También reconociste el comportamiento anormal de una pintura sobre cobre. Eso no se aprende limpiando vitrinas.
No tenía sentido continuar ocultándolo. El secreto que había protegido por orgullo acababa de salvarme de una acusación de robo.
—Estudié Historia del Arte en Ucrania y después me especialicé en conservación y restauración.
Ryan tardó unos segundos en asimilarlo.
—¿Eres restauradora?
—Trabajé varios años en un laboratorio de conservación. Participaba en intervenciones, estudios técnicos y procesos de autentificación.
—¿Dónde?
—En el Laboratorio de Conservación Artística Orlov.
—Conozco los trabajos que se hacían allí.
Aquello me sorprendió.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Usted no me preguntó.
—Te pregunté por qué sabías que la luz directa podía dañar una pintura.
Caminó hasta la cristalera, pero regresó a la mesa antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Alguien de la empresa lo sabía?
—Chloe, desde la entrevista. Se lo expliqué porque aparecía en mi currículum.
—¿Y Nessa?
—También.
—¿Desde cuándo?
—Desde mi primera semana. Me ordenó aplicar un producto sobre una alfombra antigua y me negué. Le confesé que había trabajado como restauradora para explicarle por qué podía dañarla.
El enfado transformó la expresión de Ryan.
—Ha sabido todo este tiempo que estabas cualificada.
—Sí.
—Y hace unos minutos te llamó “limpiadora” para desacreditarte delante de todos.
—Ese es mi trabajo aquí.
—No es todo lo que eres.
La respuesta me afectó más de lo que deseaba mostrar.
—En Irlanda, mi título y mi experiencia no me han servido para conseguir otro empleo.
—Eso explica por qué aceptaste este.
—Necesitaba trabajar. Adam necesitaba una casa y yo no podía esperar meses a que alguien decidiera reconocer lo que había hecho durante años.
Ryan abrió de nuevo el informe de la pintura.
—Hoy has visto en unos minutos lo que mi directora de Adquisiciones no comprobó en semanas.
—Solo he señalado indicios. Quizás los análisis demuestren que me equivoco.
—No lo crees.
—No.
Una sonrisa breve apareció en sus labios.
—Yo tampoco.
Me observó de una manera distinta. Ya no trataba de comprender por qué una empleada de limpieza sabía proteger un cuadro o conocía el valor de una pieza. Ahora estaba reconstruyendo cada conversación que habíamos mantenido a partir de una verdad que Nessa conoció antes que él.
—¿Serena también lo sabe?
—Me descubrió contemplando un cuadro durante mi primer día. Es difícil ocultarle algo. Habla mucho, pero observa todavía más.
—Empiezo a comprenderlo.
—No quiero que la culpe. Le pedí que no dijera nada.
—¿Por qué querías ocultarlo?
Miré a través de la cristalera. Desde allí se veía el pasillo que limpiaba cada noche y la sala donde la pintura esperaba un análisis que debió realizarse antes de su adquisición.
—Porque no quería que nadie pensara que me creía demasiado importante para hacer mi trabajo. Y porque estaba cansada de explicar quién había sido antes de llegar a Dublín.
—No has dejado de serlo por haber llegado aquí.
—Eso resulta fácil de decir cuando nadie le obliga a demostrar cada parte de su vida con un documento.
Ryan aceptó el reproche sin defenderse.
—Tienes razón.
Fue una respuesta sencilla, pero no esperaba escucharla de un hombre acostumbrado a tener la última palabra.
—Puedes volver con Serena —añadió—. Y, Nadia...
Esperé junto a la puerta.
—Gracias por decir la verdad aunque pudiese perjudicarte.
—No lo hice por la empresa. Lo hice porque me estaban acusando de robar.
—Me parece un motivo excelente.
Salí del despacho y encontré a Serena fingiendo ordenar material en el pasillo.
—¿Y bien? —me preguntó—. ¿Sigues empleada?
—Eso parece.
—¿Ya sabe que eres restauradora?
—Sí.
—Gracias a Dios. Estaba agotada de guardar el secreto. Me duró casi dos semanas y creo que es mi récord personal.
Miré hacia la sala de revisión. Dos guardias custodiaban la pieza y un técnico fotografiaba el lugar donde Serena la había encontrado. Ninguna mencionó lo que ambas sospechábamos.
Nessa había querido utilizar aquella pintura para echarme. Y Serena, que era más lista que el hambre, sospechó dónde podía haberla guardado.