Capítulo 14
Durante los días siguientes, Nessa no volvió a dirigirme la palabra. Tampoco necesitó hacerlo para dejar claro que mi presencia la molestaba.
Si entraba en una sala, encontraba un motivo para marcharse; si coincidíamos en un pasillo, reducía nuestra relación a una mirada cargada de desprecio.
Yo continué trabajando y procuré no conceder importancia a su comportamiento, aunque Serena opinaba que aquella tregua tenía “la estabilidad de una silla con dos patas”.
El jueves por la tarde llegó a la empresa una nueva adquisición. Dos transportistas especializados introdujeron una caja de madera que terminó en la sala de revisión, acompañada por un conservador externo y dos miembros del equipo de inversiones.
Serena y yo recibimos instrucciones de no entrar hasta que terminaran, aunque desde el pasillo vimos sacar una pintura de pequeño formato.
Se trataba de una escena religiosa ejecutada sobre cobre. La Virgen sostenía al niño ante un fondo oscuro, con una ventana abierta hacia un paisaje flamenco.
Un marco dorado, demasiado ornamentado para una obra de aquel tamaño, rodeaba la imagen. Según explicó uno de los empleados, la tabla estaba atribuida al taller de un maestro de Amberes del siglo XVII y su valor se aproximaba a los cien mil euros.
La contemplé mientras la trasladaban a una vitrina.
No necesité acercarme demasiado para percibir que algo no encajaba. La superficie presentaba un cuarteado regular, casi decorativo, que recorría por igual el cielo, los rostros y las zonas oscuras.
En una obra sobre cobre, la red de grietas no debía comportarse exactamente igual que en un lienzo. También me llamó la atención el reverso: la placa tenía un grosor uniforme y unos bordes rectos, cortados con una precisión impropia de una lámina martillada varios siglos atrás.
No comenté nada.
Había aprendido que mis conocimientos no formaban parte del empleo por el que me pagaban.
Además, solo pude observar la pieza durante unos minutos y desde cierta distancia. Para formular una conclusión seria necesitaba examinarla, revisar su procedencia y conocer los análisis que se realizaron antes de la compra.
Aun así, cuando Serena y yo entramos a trabajar dos horas más tarde, me acerqué a la vitrina.
—¿Es el cuadro millonario? —me preguntó ella.
—Eso creen.
—No has utilizado un tono muy convincente.
—Solo estoy mirando.
—Tú nunca “solo miras”. Pones esa cara y dentro de tu cabeza empiezan a reunirse científicos, historiadores y señores con lupa.
Le pedí que bajara la voz. Antes de separarme de la vitrina, advertí otro detalle: en el borde inferior había una pérdida diminuta de pintura.
Bajo la capa oscura aparecía una preparación blanca de una pureza extraña. No constituía una prueba definitiva, pero aumentó mis dudas.
—¿Qué ves? —insistió Serena.
—Algo que no me gusta.
—A mí tampoco me gusta, pero porque el niño tiene cara de estar planeando un crimen.
—No hablo de la imagen.
Nessa apareció en la entrada y ambas nos apartamos. Se acercó a la vitrina, comprobó la cerradura y anotó algo en una tableta.
—Esta pieza no se toca bajo ningún concepto —nos advirtió—. Mañana la trasladarán al área de conservación para documentarla. Si tenéis que limpiar la vitrina, esperad a que esté vacía.
—Sí, señora Mandeville —le respondí.
Sus ojos se detuvieron en mí.
—Espero no tener que repetirlo.
—No tendrá que hacerlo.
La obra continuaba dentro de la vitrina cuando salimos de aquella sala. Lo recordaba con claridad porque Serena volvió a bromear sobre el valor del cuadro y calculó que necesitaría limpiar oficinas durante dos mil trescientos años para comprarlo.
A primera hora de la mañana, nos llamaron a Serena y a mí para que acudiéramos al trabajo de forma urgente. Llegué primero y Chloe me recibió junto a los ascensores con una preocupación que no intentó disimular.
—Nadia, acompáñame, por favor.
—¿Qué pasa?
—Ahora.
Me condujo hasta la sala de revisión. Ryan estaba junto a la mesa central, con el teléfono en una mano, mientras un responsable de seguridad examinaba la vitrina. Nessa caminaba de un lado a otro. Cuando entré, se detuvo.
—Ahí está —declaró—. Pregúntaselo.
La puerta se cerró a mi espalda.
—¿Qué ocurre?
Ryan guardó el teléfono.
—Ha desaparecido la pieza flamenca que llegó ayer.
Miré la vitrina. La cerradura no parecía dañada, pero el interior estaba vacío.
—Anoche estaba ahí cuando terminamos.
—Lo sabemos —repuso Nessa—. Las cámaras muestran que fuiste la última persona que se acercó.
—Me acerqué a mirar. No la toqué.
—Permaneciste delante durante varios minutos.
—La vitrina estaba cerrada.
—La llave se guardaba en ese cajón.
Señaló un mueble situado cerca de la pared.
—No sabía dónde estaba la llave.
—Cualquiera pudo verla ayer mientras se manipulaba la pieza.
—Yo no la vi.
—No seas insolente.
Ryan intervino antes de que respondiera.
—Nessa, deja que hable.
—¿Qué quieres que diga? La pieza estaba aquí al terminar la jornada, ella merodeó alrededor y esta mañana ha desaparecido.
—También estaban Serena, el vigilante y varias personas de seguridad —le recordé.
—Las cámaras registran sus movimientos. Tú saliste dos veces del ángulo de visión.
—Porque fui a vaciar las papeleras.
—¿Dónde está la pintura?
—No lo sé.
Nessa tomó el teléfono.
—Voy a llamar a la policía. Supongo que registrarán la casa en la que te has instalado. Quizás entonces recuerdes algo.
La mención de la casa de Emily cambió mi miedo por indignación.
—Llame.
Ryan me observó con sorpresa.
—Nadia...
—No he robado nada. Pueden revisar todo lo que consideren necesario, pero no entrarán en la casa de Emily sin una orden.
—Te convendría colaborar —me indicó Nessa.
—Estoy colaborando. También estoy intentando comprender por qué cree que sería tan imbécil de robar una pieza de una sala llena de cámaras.
—Vale cerca de cien mil euros. La gente ha hecho cosas peores por mucho menos.
Miré la vitrina vacía y después los documentos extendidos sobre la mesa. Reconocí el catálogo de la adquisición, varias fotografías y un informe de condición.
Aquella obra había despertado mis dudas desde el primer momento; sin embargo, Nessa la utilizaba para acusarme de un delito y amenazar el único hogar seguro que Adam y yo habíamos conocido en Dublín.
—Esa pieza no vale tanto —afirmé.
Nessa dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Qué has dicho?
—Que no tiene ni la décima parte del valor que le atribuyen. Quizás no tenga una vigésima parte.
Ryan frunció el ceño.
—¿En qué te basas?
—La vi ayer.
—Antes de robarla, la miraste durante unos minutos desde el otro lado de una vitrina —objetó Nessa—. No tienes idea de lo que estás hablando.
—Vi lo suficiente para saber que algo está mal. Y yo no la robé.
Me acerqué a una de las fotografías. Era una imagen del reverso tomada durante la recepción de la obra.
—La placa de cobre tiene un grosor demasiado uniforme y los bordes parecen cortados por medios industriales. Las láminas empleadas en el siglo XVII se trabajaban a mano; dejaban irregularidades, marcas de martillado y pequeñas variaciones. Aquí no hay ninguna.
Ryan colocó la fotografía bajo la lámpara de la mesa.
—Podría haberse recortado durante una intervención posterior.
—Podría, aunque no explicaría lo demás. El cuarteado de la pintura es excesivamente regular. Atraviesa las distintas zonas sin responder a los cambios de grosor ni al comportamiento de los pigmentos. Parece provocado para darle edad.
—Eso es una suposición —espetó Nessa.
—Sí. Por eso debería haberse comprobado mediante análisis antes de pagar por ella.
Busqué la fotografía de la parte frontal y señalé la pérdida del borde inferior.
—Aquí se ve una preparación blanca. No puedo identificarla a partir de una imagen, pero tiene una opacidad que me hace sospechar de un pigmento moderno. Un análisis elemental permitiría saber si contiene titanio. Si es así, la obra no puede ser del siglo XVII.
Ryan revisó el informe.
—No hay análisis de pigmentos.
—Porque no era necesario —aseguró Nessa—. La procedencia estaba documentada.
—¿Desde cuándo? —le pregunté.
Ella no respondió. Ryan pasó varias páginas hasta encontrar la relación de propietarios.
—La primera referencia verificable es de 1987.
—Procede de una colección familiar belga —argumentó Nessa—. Existen cartas anteriores.
—Cartas sin inventario, sin fotografías y sin una descripción que permita identificar esta pintura —observé—. Podrían referirse a cualquier Virgen con niño.
—¡Eres una limpiadora! —exclamó—. No estás capacitada para cuestionar un informe elaborado por especialistas.
—Entonces demuestre que estoy equivocada. Y sabe que soy algo más.
La puerta se abrió antes de que pudiera continuar. Serena entró empujando mi carro de trabajo. Estaba rara y llevaba algo envuelto en una bolsa transparente destinada a proteger textiles.
—Creo que he encontrado lo que buscan. Chloe me ha contado.
El responsable de seguridad se adelantó. Serena retiró el plástico y mostró el pequeño marco dorado.
Nessa abrió mucho los ojos.
—¿Dónde estaba?
—En el compartimento inferior del carro de Nadia, detrás de las bolsas de basura.
Todas las miradas se dirigieron hacia mí.
—No lo puse ahí.
—Por supuesto que no —replicó Nessa—. La pintura decidió esconderse sola.
Serena dejó la obra sobre la mesa con enorme cuidado. Y entonces se explicó.
—Nadia no tuvo ayer acceso a ese carro. Curiosamente, tomó otro por error.
Se lo puedo asegurar, nos dimos cuenta y le dije que daba igual.
En ningún momento ni ella ni yo nos volvimos a acercar al cuarto de los productos de limpieza, que el encargado de seguridad cerró con llave.
Sin duda, todo lo que afirmo aparecerá en las cámaras.
Quien haya querido involucrarla en esto, ha metido la pata.
—Eso no puede ser —comentó Nessa.
—Y yo le digo que sí.
Serena me miró. En sus ojos apareció la misma sospecha que acababa de formarse en mi cabeza. Nessa conocía nuestros horarios, tenía acceso a la sala y sabía cuál era mi carro. También había sido quien más insistió en acusarme antes de que nadie comprobara los espacios de limpieza.