Capítulo 13
A las diez menos cinco, Serena y yo guardamos los productos en el cuarto de limpieza y comprobamos que ninguna papelera quedara pendiente.
Durante la última hora había tratado de sonsacarme cada detalle de la cena, aunque su concepto de “detalle” incluía saber cuántas veces me había mirado Ryan, si nuestras manos se rozaron al coger el pan y quién lavó los platos.
—Él los llevó al fregadero —le respondí cuando ya no soporté más preguntas.
Serena cerró el armario con una expresión triunfal.
—Eso es importante.
—No lavó nada.
—Ningún hombre pasa directamente del primer plato de pollo al matrimonio. Hay etapas.
—También hay mujeres que pierden su empleo por inventar tonterías sobre el dueño de la empresa.
—En ese caso, espero que te permitan visitarme.
Recogimos nuestros bolsos y atravesamos la zona principal. Las luces de los despachos se habían apagado, incluida la de Ryan.
Me sorprendió reparar en ello. Había supuesto que continuaría trabajando después de que nos marcháramos, aunque ya era bastante tarde y había permanecido allí durante todo el día.
Serena observó la cristalera vacía y me dio un pequeño golpe con el hombro.
—Parece que el pollo le ha recordado que existe vida fuera de la oficina.
—O ha decidido marcharse para evitar otra conversación contigo.
—También sería razonable.
El vigilante nos abrió la puerta. El aire frío de la noche me recibió con olor a lluvia, aunque en aquel momento no caía una sola gota. Estaba buscando en el bolso la tarjeta del autobús cuando Serena me agarró del antebrazo.
—No mires ahora.
Levanté la cabeza de inmediato.
—Siempre miras cuando digo que no mires.
Ryan esperaba junto a un coche oscuro aparcado frente al edificio. Se había puesto la chaqueta, pero no la corbata, y sostenía las llaves en una mano. Al vernos salir, se separó de la puerta del conductor y caminó hacia nosotras.
—Voy a llevarte a casa —me anunció.
No lo planteó a modo de invitación.
—No es necesario, señor Bellew. Serena viene conmigo hasta la parada.
—Irá más segura con usted. Ya le habrá contado lo que pasó —le soltó ella con total frescura.
Ryan trató de ocultar una sonrisa.
—Entonces ya está decidido.
—No está decidido —repliqué—. Puedo tomar el autobús igual que cualquier otra noche.
—Cualquier otra noche no acababas de contarme que un hombre que te amenazó conoce el barrio en el que vives.
—No sabe dónde está mi casa.
—Tampoco sabes dónde está él.
—La policía lo está buscando.
—Precisamente.
Avancé hacia la parada, pero Serena se colocó delante de mí y extendió los brazos.
—No puedes pasar.
—Quítate.
—No. Este hombre tiene coche, calefacción y una preocupación bastante razonable por tu integridad. Yo tengo un abono de transporte y zapatos que me están destruyendo los pies. Todos sabemos cuál es la opción correcta.
—No voy a molestar al señor Bellew.
—Está aquí esperando. A estas alturas, la molestia ya se ha producido.
Ryan guardó las llaves en el bolsillo y cruzó los brazos.
—No me quedaré tranquilo si te marchas sola.
La firmeza de su voz no tenía nada que ver con una orden de jefe. Había esperado fuera porque estaba preocupado, aunque yo hubiese rechazado su ofrecimiento durante la cena.
—No tiene que preocuparse por mí.
—Eso también ha dejado de ser una decisión tuya.
Serena me empujó con suavidad hacia el coche.
—Sube antes de que se ponga romántico y yo tenga que esconderme detrás de una farola —murmuró en mi oído.
—No se está poniendo romántico —mascullé entre dientes.
—Claro que no. Los hombres esperan todas las noches a sus empleadas en la calle por interés en la movilidad urbana —dijo de nuevo por lo bajini.
Ryan abrió la puerta del acompañante.
—¿Siempre habla tanto? —me preguntó entonces, sin poder descifrar nuestros murmullos.
—Esta es su versión moderada —le respondí.
—Estoy aquí delante —protestó Serena.
Me dio un abrazo rápido y aprovechó para murmurarme al oído de nuevo:
—Luego me lo cuentas todo. Ponme un mensaje.
Se apartó antes de que pudiera responder y saludó a Ryan con una solemnidad teatral.
—Se la entrego sana y salva. Procure devolverla en el mismo estado.
—Haré lo posible.
—No la anime —le advertí.
Terminé entrando en el coche porque continuar discutiendo habría atraído la atención del vigilante, del conductor de un taxi detenido cerca y quizás de media ciudad.
Ryan cerró la puerta, rodeó el vehículo y ocupó el asiento del conductor.
El interior olía a cuero lujoso. No había objetos personales salvo una carpeta en el asiento trasero y unas gafas dentro del compartimento central. Me abroché el cinturón mientras él encendía el motor.
—¿Dónde vives?
Le indiqué la dirección de Emily. El nombre de la calle pareció resultarle familiar y calculó la ruta antes de ponerse en marcha.
—Podría haber ido en autobús —comenté.
—Ya lo hemos hablado…
—Puedo defenderme sola.
—No lo dudo.
—Pues actúa de otra manera.
—Tú te defendiste de Aaron. Emily reunió una prueba. La policía está investigando. Nada de eso impide que sea sensato acompañarte esta noche.
Me costó encontrar una objeción que no sonara infantil.
—Gracias —murmuré.
—De nada.
—Pero no quiero que esto se convierta en una costumbre.
—¿Cenar juntos o discutir durante varios minutos antes de subir al coche?
—Ninguna de las dos cosas.
—La cena estaba buena. Esa parte podría repetirse.
Volví la cabeza hacia él. La iluminación de la calle se deslizaba por su perfil mientras conducía, y la curva de su boca indicaba que disfrutaba provocándome.
—Podría aprender a pedir comida a tiempo.
—También podría contratarte como asesora de cenas.
—No creo que pudiera pagarme —bromeé.
—Esa afirmación resulta atrevida teniendo en cuenta que conoces mis negocios.
—He visto el edificio.
—Y yo he visto tus conocimientos de negociación. Cobrarías demasiado.
Sonreí a pesar de mi intención de mantener la distancia. Ryan encendió la calefacción cuando me vio frotarme las manos y subió la temperatura sin comentarlo.
—¿Emily estará bien para cuidar del niño? —me preguntó.
—Sí. Le duele la cadera, pero la medicación está funcionando. Su vecina se quedó un rato para ayudarla con Adam.
—Debes de estar deseando llegar.
—Llevo todo el día pensando que no debería haberla dejado sola.
—Ella no quería que faltaras, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabe?
—Por la forma en que hablas de ella. Parece bastante difícil obligarla a hacer algo que no quiera.
—No se imagina cuánto. Esta mañana trató de convencerme de que podía cargar a Adam con un solo brazo.
—¿Y quién ganó?
—Yo, pero solo porque escondí el portabebés.
Se rio y me preguntó cuánto tiempo hacía que vivíamos juntas. Cuando le expliqué que apenas unas semanas, me miró con sorpresa.
—Hablas de ella como si…
Se detuvo y reformuló la frase antes de terminarla.
—Parecéis una familia.
—Eso somos.
La respuesta me salió con absoluta certeza. Emily no era una mujer que me hubiera alquilado una habitación. Era quien se levantaba cuando Adam lloraba, quien había aprendido a pronunciar algunas palabras en ucraniano y quien se interpuso entre Aaron y yo sin calcular el riesgo.
—Tuviste suerte al encontrarla —observó Ryan.
—Ella asegura que también la tuvo conmigo.
—Quizás las dos tengáis razón.
Mi teléfono comenzó a sonar dentro del bolso. Vi un número desconocido y respondí enseguida, temiendo que fuese el hospital o la policía.
—¿Señora Danylenko? Soy la agente Murphy. Hablamos ayer en la comisaría.
—Sí, soy yo.
Ryan redujo un poco la velocidad. Me concentré en la voz de la agente, que confirmó mis datos antes de explicarme el motivo de la llamada.
Habían localizado a Aaron aquella tarde. Un aviso interno permitió identificarlo cuando intentaba abandonar Dublín en un taxi con destino a Belfast.
Llevaba una maleta y había comunicado al centro que se ausentaría varios días por un asunto familiar, aunque no pudo facilitar una dirección en la que localizarlo. Quedó detenido mientras continuaban las diligencias por la agresión a Emily y los hechos denunciados en el centro.
—¿Está detenido ahora? —pregunté.
—Sí. Queríamos informarla para que pudiera estar tranquila esta noche. Nos pondremos en contacto con usted cuando necesitemos que amplíe la declaración.
—¿Puede acercarse a nosotras?
—En este momento no. Si su situación cambia, se lo notificaremos. Conserve las copias de la grabación y no responda si intenta comunicarse con usted por medio de otra persona.
Le di las gracias antes de terminar la llamada.
Mantuve el teléfono entre las manos. Había esperado aquella noticia desde el día anterior, pero recibirla provocó una mezcla de alivio, cansancio y una incredulidad que me obligó a repetir mentalmente las palabras de la agente.
—Lo han detenido —le comuniqué a Ryan—. Intentaba salir de Dublín.
Su expresión se endureció primero y después mostró una satisfacción abierta.
—Eso no parece propio de alguien convencido de su inocencia.
—Dijo que no tenía pruebas contra él.
—Ahora tienes su voz, varios testigos y un intento de fuga bastante oportuno. El tipo es patético.
Se me escapó una risa nerviosa. Después llamé a Emily. Respondió con voz adormilada y tardó unos segundos en comprender lo que le contaba.
—¿Lo han detenido?
—Sí. Estaba intentando marcharse de la ciudad.
—Cobarde.
—La agente dice que estamos seguras.
—Ya lo sabía. Tenemos cerrojos, una vecina entrometida y una cuchara de madera enorme.
—Emily, la cuchara no es un arma.
—Depende de quién la utilice.
Le pregunté por Adam y aseguró que dormía. Cuando quise saber si había tomado la segunda dosis del analgésico, protestó porque mi llamada había empezado como una noticia emocionante y terminado en interrogatorio médico.
—Llegaré en unos minutos —le prometí—. Estoy en un coche.
—¿En qué coche?
Vacilé.
—En el del señor Bellew.
—¿Tu jefe?
—Me ha acompañado porque no quería que regresara sola.
—Me cae bien.
—No lo conoces.
—Acaba de ahorrarte un autobús nocturno. Ya tiene un punto a favor.
Terminé la llamada antes de que comenzara a hacerme preguntas. Cuando guardé el teléfono, Ryan me observaba con una sonrisa.
—¿Qué?
—Nada.
—Ha entendido lo que decía.
—Solo la palabra “jefe”. El resto lo he deducido por tu cara.
—Emily le agradece que me lleve.
—Eso no es exactamente lo que ha dicho.
—Es una traducción libre.
Llegamos pocos minutos después. Le indiqué el edificio y se detuvo frente a la entrada. La luz del salón estaba encendida en nuestra planta. Una figura se movió detrás de las cortinas y supe que Emily había abandonado el sofá para comprobar qué clase de coche me llevaba a casa.
—Es ahí —señalé.
—Esperaré hasta que entres.
—No hace falta.
—Es un placer.
Me quité el cinturón y abrí la puerta, aunque me detuve antes de bajar.
—Gracias por la cena.
—La comida era tuya.
—Gracias por traerme, entonces. Y por preocuparse.
—No tienes que agradecerme cada cosa tres veces.
—Intentaré limitarme a dos.
—Sería un avance.
Bajé del coche y cerré la puerta. Cuando llegué al portal, me volví. Ryan continuaba allí. Levanté una mano, entré y esperé hasta que el vehículo se alejó antes de subir.
Emily me recibió con el brazo en cabestrillo, una sonrisa llena de curiosidad y la cuchara de madera apoyada en el sofá.
—No pienso preguntar nada —anunció.
—Eso sería una novedad.
—Solo quiero saber si es tan guapo de cerca como desde la ventana.
A la tarde siguiente, todavía me estaba riendo al recordarlo cuando llegué a Bellew Art Capital.
Serena me esperaba junto a los ascensores, ansiosa por conocer cada segundo del trayecto. No pude contarle mucho porque Chloe apareció y nos pidió que empezáramos por la sala de juntas.
Llevaba menos de media hora trabajando cuando Nessa entró.
—Nadia, ven conmigo.
Su tono no admitía demora. La seguí hasta una sala pequeña utilizada para reuniones privadas. Cerró la puerta y dejó el bolso sobre una silla.
—No sé qué crees que estás haciendo, pero vas a dejarlo ahora mismo.
—No sé a qué se refiere, señora Mandeville.
—No te hagas la ingenua. Ryan me contó que anoche te llevó a casa.
La noticia me desconcertó. No porque se lo hubiese contado, sino porque Nessa parecía considerar aquel gesto una traición.
—Me acompañó porque tuve un problema.
—Tú siempre tienes un problema, ¿verdad? Una mujer desgraciada, un bebé, una anciana herida… Es una historia perfecta para dar pena.
El insulto tardó un momento en adquirir todo su peso.
—No le he pedido nada al señor Bellew.
—Conozco a las mujeres como tú. Llegan fingiendo humildad, esperan el momento oportuno y se acercan al hombre que puede solucionarles la vida.
—Usted no sabe nada de mí.
—Sé que limpias estas oficinas y que ayer estuviste a solas con mi novio. No se te ocurra creer que puedes tener algo con él. Ryan fue amable porque siente lástima. Eso es todo lo que alguien como tú podría inspirarle.
Apreté el paño que aún llevaba en una mano. Podía soportar que despreciara mi trabajo, pero no que utilizara a Adam y a Emily para humillarme.
—No quiero tener nada con su novio.
—Entonces mantente lejos de él.
—Trabajo aquí. No puedo desaparecer cada vez que entre en una habitación.
—Puedes recordar cuál es tu sitio.
Pensé en Serena saliendo del pasillo de los baños durante la recepción, pálida por lo que acababa de presenciar.
Recordé al hombre de la corbata color granate y la mano de Nessa sobre su brazo cuando regresaron a la sala.
Hasta aquel momento había guardado el secreto porque no era asunto mío. Ella acababa de convertirlo en uno.
—No he hecho nada que deba ocultar —le aseguré—. No sé si todas las mujeres que se acercan al señor Bellew pueden decir lo mismo.
Nessa parpadeó. La seguridad con la que entró en la sala se debilitó.
—¿Qué significa eso?
—Lo que ha oído.
—¿Y a qué ha venido ese puñetero comentario?
—Tengo que volver a trabajar.
Intenté abrir la puerta, pero me sujetó por el brazo.
—Respóndeme.
Miré su mano hasta que la retiró.
—Si confía tanto en su relación, no entiendo por qué le preocupa que su novio acompañe a una empleada después de que un acosador haya tratado de huir de la ciudad.
—No sabes con quién estás jugando.
—No estoy jugando con nadie, señora Mandeville. Esa parece ser la diferencia entre nosotras.
Salí antes de que encontrara una respuesta. Serena aguardaba al final del corredor con el carro detenido y los ojos llenos de preguntas.
—¿Qué ha ocurrido?
—Creo que acabamos de dejar de ser las únicas que sabemos lo que viste el viernes.
Detrás de mí, la puerta se abrió.
Nessa no salió. Permaneció en el umbral, observándonos mientras trataba de averiguar cuánto sabíamos y qué pensábamos hacer con ello.
Por primera vez desde que la conocía, no parecía enfadada. Parecía preocupada.