Capítulo 12 #2
Serena se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendida, y anunció que iba a retirar las bolsas de las papeleras con una eficacia que conmovería a los accionistas.
Antes de marcharse, miró mi recipiente de comida dentro del frigorífico y después a Ryan. Su sonrisa fue tan evidente que deseé encerrarla en el armario.
—Nadia cocina muy bien —informó—. Lo digo por aportar datos relevantes.
—Serena...
—Ya me voy. La discreción también figura en mi convenio.
Esperé hasta que desapareció por el pasillo.
—No siempre es así —murmuré.
—¿Tiene días peores?
—Mucho peores.
Ryan observó el recipiente que había señalado.
—No voy a quitarte la cena.
—No pensaba que fuera a hacerlo.
—Has colocado una mano delante del frigorífico.
La retiré.
—Solo iba a cerrarlo.
—Por supuesto.
Debería haber tomado mi comida y marcharme a otra estancia, pero su intento fallido de encontrar algo comestible me hizo pensar en la posibilidad de compartirla.
—Puede probar un poco —le ofrecí—. Si quiere.
—No hace falta.
—Ha revisado tres armarios y ha considerado cenar galletas caducadas. Sí hace falta.
Arqueó las cejas, divertido.
—¿Siempre das órdenes a tu jefe?
—Solo cuando mi jefe no sabe alimentarse.
Calenté el pollo mientras él sacaba dos platos. Pensé que tomaría la comida y regresaría a su despacho, pero se sentó en la mesa del cuarto del personal, algo que no habría imaginado el día que lo conocí. A decir verdad, me sorprendía hasta que supiera de su existencia.
Tuve que ocupar la silla de enfrente, aún desconcertada por la facilidad con la que habíamos terminado cenando juntos.
—¿Lo has preparado tú o fue Emily? —me preguntó después del primer bocado.
—No. Emily no cocina.
—¿Nada?
—Puede preparar té, tostadas y unos huevos que necesitan asistencia médica.
—Entonces has cocinado tú.
—Todos los días dejo algo hecho antes de venir.
Probó otra cucharada y aseguró que comprendía por qué Emily había renunciado a la cocina.
—Eso no tiene sentido.
—Ha encontrado a alguien que lo hace mejor. Es una buena decisión empresarial.
—¿También dirige fondos de inversión en su casa?
—No. En mi casa solo soy capaz de dirigir el microondas.
La forma en que pronunció “mi casa” me hizo preguntarme si vivía con Nessa, pero no quise mostrar curiosidad.
—¿Qué le ocurrió a Emily? —me preguntó entonces—. Si no te importa contármelo.
Mis dedos se cerraron alrededor del tenedor. Podía haber respondido que se cayó y terminar allí, aunque ya estaba cansada de esconder lo sucedido por vergüenza.
—Un hombre la empujó ayer.
Ryan dejó de comer.
—¿Quién?
Le expliqué que Aaron dirigía el centro de acogida donde había vivido con Adam.
No relaté todos los detalles de aquella noche, pero sí que entró en mi dormitorio, me tocó sin mi consentimiento y me expulsó cuando lo rechacé.
Le conté el encuentro frente a la panadería, los insultos, la astucia de Emily al grabarlo y el intento de quitarle el teléfono.
—La empujó para escapar —concluí—. Por suerte, no se rompió nada. Presentamos una denuncia y entregamos la grabación.
La diversión había desaparecido del rostro de Ryan.
—¿Ese hombre sabe dónde vives?
—No.
—Pero os encontró en vuestro barrio.
—Fue casualidad.
—Eso no puedes saberlo.
—La policía conoce su nombre y su trabajo. Nos dijeron que lo localizarían.
—¿Has vuelto sola esta noche?
—Vine en autobús.
No corrigió la pregunta. Sus ojos descendieron hacia mi plato y luego regresaron a mí.
—¿Quieres que alguien de seguridad te acompañe al salir?
—No es necesario.
—No te he preguntado si es necesario.
—Entonces, ¿qué me ha preguntado?
—Si quieres que alguien te acompañe.
Agradecí que no tratara de decidir por mí. Aun así, negué con la cabeza.
—Serena y yo terminamos a la misma hora. Volveremos juntas hasta la parada.
—Entiendo.
—No quiero un trato especial.
—Preocuparme porque un acosador podría esperarte fuera no es un trato especial.
—Soy una empleada a la que apenas conoce.
—Eso no convierte en aceptable que alguien te haga daño.
Aparté la vista y bebí agua. No estaba acostumbrada a que un hombre ofreciera ayuda sin exigir algo a cambio. Tampoco a que aceptara mi negativa sin convertirla en una afrenta.
Ryan terminó el plato y contempló el recipiente vacío.
—Estaba muy bueno.
—Gracias.
—Mucho mejor que las galletas.
—Es un elogio desbordante.
—No acostumbro a cenar con el personal. Tengo que aprender el protocolo.
—Podría empezar por no dejar las tazas sobre los documentos.
—¿También inspeccionas mi mesa?
—Tengo que levantar sus cosas para limpiarla.
—Mis cosas y las de mi mesa también podéis tutearnos.
—No creo que sus documentos tengan opinión.
—Yo sí.
—Usted es mi jefe.
—Ryan.
—Señor Bellew.
—Me llamas Ryan cuando hablas con Serena.
—Porque entonces no está presente.
Tardó un instante en responder; después sonrió y recogió los platos.
—Eso es completamente ilógico.
—También es mi sistema y funciona.
—¿Cambiarás de sistema alguna vez?
—Quizás cuando deje de ser mi jefe.
La frase salió antes de que pudiera medirla. Ryan se detuvo junto al fregadero con los platos en las manos. La pregunta que apareció en sus ojos era demasiado cercana a una que ninguno de los dos debía formular.
—Será mejor que vuelva a trabajar —añadí, levantándome.
—Nadia.
Me volví desde la puerta.
—Gracias por la cena.
—De nada, señor Bellew.
Encontré a Serena al final del pasillo. Fingía limpiar una vitrina, aunque sostenía el paño al revés y no había avanzado ni un palmo desde que nos dejó solos.
—No preguntes —le advertí.
—No iba a preguntar nada.
—Milagro.
—Solo iba a comentar que Nessa se marcha temprano, Ryan cena contigo y yo empiezo a sentirme secundaria en mi propia telenovela.
—Compartí mi comida porque no había cenado.
—Sí, así comienzan todas las grandes historias de amor: primero compartes el pollo y luego el patrimonio.
Empujé el carro para alejarme, pero me siguió por el pasillo describiendo la boda, el reparto de las obras de arte y el puesto que esperaba obtener por haber facilitado nuestra primera cena.
Me reí de sus disparates y traté de convencerme de que no había sucedido nada importante. Solo había compartido un plato de pollo con mi jefe en el cuarto del personal.
Sin embargo, durante el resto de la noche recordé varias veces su sonrisa al pedirme que lo llamara Ryan y la forma en que escuchó mi historia sin compasión ni desconfianza.
Y eso sí era importante. Mucho más de lo que me convenía.