El secreto de Nadia Capítulo 12
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Capítulo 12

El lunes, Emily intentó convencerme de que podía quedarse sola con Adam, aunque necesitó casi tres minutos para levantarse del sofá y otros dos para alcanzar el sonajero que él había arrojado al suelo.

—Estoy perfectamente —insistió, acomodándose de nuevo entre los cojines.

—Tienes un brazo en cabestrillo.

—Por precaución.

—Y un hematoma en la cadera.

—En un lugar que nadie tiene por qué mirar.

—Yo lo he visto esta mañana.

—Porque careces de respeto por la intimidad de una anciana.

Adam golpeó la bandeja de la trona y soltó un chillido que parecía respaldarla. Había pasado buena parte de la merienda tratando de aplastar un trozo de plátano con la mano y ahora tenía restos entre los dedos, en la manga del pijama y cerca de una ceja.

—No puedo faltar durante mi segunda semana —le expliqué mientras le limpiaba la cara—, pero llamaré varias veces. El teléfono se queda a tu lado, no te levantes con Adam en brazos y, si necesitas cualquier cosa, avisas a la vecina.

—Sí, mamá.

—No te burles.

—No me burlo. Me emociona tener una hija tan autoritaria.

Me acerqué para besarla en la mejilla. Emily aprovechó para sujetarme la barbilla y examinarme con atención.

—¿Has dormido algo?

—Lo suficiente.

—Eso significa que no.

La grabación de Aaron había regresado a mi cabeza cada vez que cerraba los ojos.

Ya no recordaba solo lo que ocurrió en el centro, sino su rostro al descubrir el teléfono de Emily, el modo en que la agarró y el ruido de su cuerpo contra la acera.

La agente que nos atendió había asegurado que lo localizarían pronto; sin embargo, la idea de que conociera el barrio y pudiera aparecer de nuevo me impedía alejarme de las ventanas sin comprobar antes la calle.

—Estaré mejor cuando sepamos algo de la policía —admití.

—Y yo estaré mejor cuando dejes de pensar que tienes que vigilarme durante las veinticuatro horas.

—Ese hombre te empujó por defenderme.

—Ese hombre me empujó porque es un miserable. Tú no dirigías su brazo, Nadia.

Ya me lo había repetido varias veces, pero todavía no conseguía separar mi presencia de su caída.

Dejé preparada la cena antes de marcharme: pollo guisado con patatas, zanahorias y eneldo, suficiente para las dos y para que sobrara una ración. Emily observó la olla desde la entrada de la cocina y declaró que mi costumbre de cocinar platos así de elaborados constituía una bendición.

Guardé una porción en un recipiente para llevármela al trabajo. Luego anoté las horas de la medicación en una hoja, aunque ella conocía las instrucciones de memoria, y coloqué el papel sobre la mesa.

—Voy a tirarlo en cuanto cierres la puerta —me advirtió.

—Lo imaginaba. Por eso he hecho una fotografía.

—Eres despiadada.

—Te llamaré a las ocho.

—A las nueve.

—A las ocho y media.

Aceptó el acuerdo con una dignidad impropia de alguien que acababa de negociar la hora de una llamada telefónica.

Cuando llegué a Bellew Art Capital, Serena estaba en el cuarto del personal, cambiándose los zapatos y contando monedas sobre el banco.

—Necesito café —me anunció—. He comprado uno esta tarde y la máquina se ha tragado el cambio. Esto ya es personal.

—Quizás no le gusta el café que eliges.

—He marcado el más barato. Lo habrá considerado una falta de ambición.

Introdujo otra moneda en la máquina y pulsó el botón con el dedo corazón. El vaso cayó, empezó a llenarse y terminó rebosando porque había quedado torcido.

—¿Ves? —protestó—. Tenemos una relación tóxica.

Le conté lo ocurrido con Emily mientras limpiaba el café derramado. Serena dejó de hacer bromas antes de que terminara. Me preguntó varias veces si estaba bien, si Aaron había sido detenido y si necesitábamos que alguien nos acompañara al volver a casa.

—Podría ir contigo —me ofreció—. No sé pelear, pero grito en español y eso intimida bastante.

—La policía tiene su nombre y su lugar de trabajo. No creo que se acerque otra vez.

—Los imbéciles nunca hacen lo que una persona razonable espera. Precisamente por eso son imbéciles.

Me abrazó con tanto cuidado que apenas llegó a rozarme. Después preguntó por Emily y aseguró que una mujer capaz de grabar a un acosador tras comprar una hogaza de pan merecía una estatua en el centro de Dublín.

Empezamos la jornada en la zona de reuniones.

La recepción del viernes había dejado huellas que el servicio del fin de semana no consiguió eliminar: marcas de copas sobre varias mesas, una mancha de vino junto a un rodapié y una servilleta escondida detrás de una escultura.

Serena la extrajo con las pinzas y la alzó.

—Mira. Un inversor ha dejado su patrimonio.

—Es una servilleta.

—Eso vale más que mi cuenta corriente.

A las siete, Nessa atravesó la sala con el bolso colgado del antebrazo y el teléfono pegado al oído. Llevaba un traje color crema y unos zapatos que producían un golpe seco a cada paso. Ni siquiera miró en nuestra dirección antes de entrar en el despacho de Ryan.

Permaneció allí menos de diez minutos. Cuando volvió a salir, guardaba el móvil y tenía prisa.

—Aseguraos de que la sala principal quede terminada hoy —nos ordenó—. Mañana tenemos una reunión a primera hora.

—Sí, señora Mandeville —respondí.

Serena esperó a que las puertas del ascensor se cerraran.

—Otra vez se marcha temprano.

—Son más de las siete.

—Para nosotros es temprano. Para la realeza empresarial, también. Estos dos antes cerraban juntos el edificio.

—Puede tener una cita con… ya sabes, con el tipo ese.

—Estoy segura de que la tiene.

La miré de inmediato.

—No lo sabes a ciencia cierta.

—Sé lo que vi el viernes.

—Viste un beso. No sabes qué significa.

—Yo soy española, Nadia. En nuestra cultura hemos realizado investigaciones muy serias sobre los besos. Aquel no significaba “gracias por invertir en el fondo”.

Tuve que contener la risa porque un empleado cruzaba el pasillo. Serena fingió revisar la base de una escultura hasta que desapareció.

—Quizás va a ver a su madre —sugerí.

—Claro. Y quizás el señor de la corbata color granate es su ginecólogo.

—Habla más bajo.

—Ryan continúa en su despacho —añadió, inclinándose hacia mí—. Mira, ahí está el novio inocente, trabajando para construir un imperio mientras su princesa huye antes del postre.

A través de la cristalera lo vi concentrado en el ordenador. Se había quitado la chaqueta y remangado la camisa hasta los antebrazos. Había varios expedientes abiertos sobre la mesa y una taza a su derecha. No parecía pendiente de la hora ni de la salida de Nessa.

—No sabemos qué clase de relación tienen —le recordé.

—Tú sigue defendiendo a todo el mundo. El día que descubras a alguien enterrando un cadáver, le preguntarás si necesitaba ayuda con la pala.

Cerca de las ocho, llamé a Emily desde el cuarto del personal. Había tomado la medicación, cenado y acostado a Adam sin levantarse con él en brazos. La vecina subió para ayudarla con el baño y pensaba quedarse hasta que yo regresara.

—¿Te duele mucho? —le pregunté.

—Menos que la última vez que me lo preguntaste.

—Eso no es una respuesta.

—Es exactamente una respuesta.

—¿Te has puesto hielo?

—Sí.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Nadia, ¿estás llamando para saber cómo estoy o para examinarme?

—Para ambas cosas.

Emily empezó a describirme la cena con exagerado entusiasmo. Afirmó que el pollo era tan bueno que podría perdonarme por haberle dejado una hoja con instrucciones.

Después acercó el teléfono a la cuna de Adam. Mi hijo respiró contra el aparato, emitió varios sonidos y terminó golpeando la pantalla.

—Eso significa que te echa de menos —tradujo ella—. O que quiere comerse el teléfono. Con Adam nunca estamos seguros.

Estaba riéndome cuando advertí que Ryan había entrado en el cuarto. Llevaba la taza vacía y buscaba algo en uno de los armarios. Me volví para darle la espalda, bajé la voz y terminé la llamada con cierta rapidez.

—Te veo dentro de poco. No hagas esfuerzos y, por favor, llama si necesitas algo.

Guardé el móvil, avergonzada por haber dedicado varios minutos de mi jornada a una conversación personal.

—Lo siento, señor Bellew. Solo quería comprobar que Emily estuviera bien.

—No tienes que disculparte.

—Ha sido un momento.

—Han sido cuatro minutos —precisó, consultando su reloj—, pero no pensaba descontártelos.

No supe si hablaba en serio hasta que distinguí una sonrisa en su rostro.

—No volverá a ocurrir.

—Espero que sí. Sería preocupante que dejaras de interesarte por la salud de alguien para proteger cuatro minutos de sueldo.

Abrió otro armario y encontró un paquete de galletas. Lo examinó, leyó la fecha de caducidad y lo devolvió a su sitio.

—¿Se encuentra enferma? ¿Quién es ella? Ya la mencionaste el otro día —me preguntó.

—Está dolorida por una caída. Y es mi casera. Bueno, no exactamente, porque tampoco le pago. En fin, que es un lío. Y está un poco pachucha, sí.

—Creí oírte mencionar hielo, medicación y que no debía hacer esfuerzos.

—No sabía que estaba escuchando.

—Has mantenido una conversación a dos metros de mí. Resultaba difícil no hacerlo.

—Perdone.

—Acabas de disculparte por segunda vez en menos de un minuto.

—Perdone —repetí antes de advertirlo.

Ryan soltó una carcajada.

—Eso ya parece provocación.

Serena apareció en la puerta empujando el carro. Alternó la vista entre nosotros y el paquete de galletas.

—¿Busca comida?

—Algo que no caduque durante esta conversación —le respondió.

—Mala suerte. En esta empresa las obras de arte duran cuatrocientos años y las galletas, diez minutos.

—¿No ha cenado? —le pregunté.

—Pensaba pedir algo, pero se me ha hecho tarde.

—¿No se ha dado cuenta de que son más de las ocho?

—Me he dado cuenta de que mi ordenador tiene un reloj. No he tenido tiempo de consultarlo.

Serena volvió la cabeza hacia mí.

—Traducido al idioma de la gente normal: lleva nueve horas sentado y su cerebro ya está intentando comerse los informes.

—Gracias por la interpretación —comentó él.

—Para eso estamos. Limpiamos, traducimos y salvamos recepciones de inversores. Nuestro convenio es amplísimo.

Ryan le preguntó si pensaba trabajar aquella noche o limitarse a enumerar sus capacidades.