El secreto de Nadia Capítulo 11
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Capítulo 11

El domingo amaneció con una lluvia fina que no parecía suficiente para obligarnos a quedarnos en casa, aunque Emily opinó que en Irlanda no se debía juzgar el tiempo por lo que hacía en un momento concreto.

—Puede estar lloviendo, salir el sol y granizar antes de que termines de vestirte —me explicó durante el desayuno—. Nuestro clima necesita atención constante.

Habíamos decidido dar un paseo por el barrio antes del almuerzo. Adam llevaba un mono acolchado de color beige que le hacía parecer un oso pequeño y malhumorado.

Protestó mientras lo acomodaba en el cochecito, dejó de hacerlo cuando Emily le entregó el zorro de trapo y volvió a protestar al descubrir que el juguete no era comestible.

La mañana tenía una tranquilidad que todavía me costaba aceptar sin sospechar de ella.

Las calles brillaban por la lluvia, algunas cafeterías empezaban a llenarse y del parque llegaban los gritos de unos niños que decidieron que los charcos formaban parte del mobiliario urbano. Emily caminaba a mi lado, comentando los escaparates y saludando a personas que conocía de toda la vida.

—Necesitamos pan —anunció cuando pasamos frente a una panadería—. Y no pongas esa cara. El que tenemos en casa no sirve.

—Lo compramos ayer.

—Precisamente. Tiene casi veinticuatro horas.

—En Ucrania aún lo consideraríamos pan blando.

—En Irlanda también, pero hoy quiero uno mejor.

Entró en la tienda y me dejó fuera con Adam porque el espacio entre el mostrador y las mesas era demasiado estrecho para el cochecito. Me aparté bajo el toldo. Desde allí podía ver a Emily examinando varias hogazas con la gravedad de quien debía elegir un órgano para un trasplante.

Bajé la capota del cochecito para proteger a Adam de la humedad y le limpié la barbilla. Estaba inclinada sobre él cuando escuché una voz a mi espalda.

—Vaya. Así que sigues en Dublín.

Mis dedos permanecieron sobre la manta de Adam. No necesité volverme para reconocerlo.

Aaron Kelleher estaba a pocos pasos. Llevaba un abrigo oscuro, pantalones de vestir y los zapatos impecables a pesar de la lluvia.

Tenía una bolsa de una farmacia en una mano. Su aspecto era el de un hombre respetable que regresaba a casa después de hacer un recado, no el del individuo que había entrado en mi habitación de madrugada y deslizado una mano bajo mi ropa mientras mi hijo dormía a menos de un metro.

—Aléjese de nosotros —le ordené.

Aaron miró el cochecito.

—El niño parece muy tranquilo.

Coloqué una mano sobre el asa y busqué con la otra el teléfono que llevaba dentro del bolso.

—No se acerque.

—Tranquila. Estamos en plena calle.

La sonrisa que acompañó aquellas palabras me devolvió por unos segundos al dormitorio del centro: el olor de su loción, la presión de su cuerpo, su voz asegurándome que nadie creería a una refugiada.

Tuve que recordarme dónde estaba. Había gente entrando y saliendo de las tiendas. Un autobús acababa de detenerse al otro lado de la calle. Emily se encontraba a pocos metros.

Aaron me observó de arriba abajo.

Yo llevaba el abrigo que Emily me regaló, los botines de la entrevista y una bufanda de lana nueva. Debió de advertir que ya no cargaba con una maleta ni calculaba cuánto podía gastar en una habitación para una sola noche.

—Te veo muy bien —comentó—. Parece que encontraste quien te mantuviera.

—Encontré una casa y un trabajo.

—¿Un trabajo?

Dejó escapar una risa breve.

—¿De qué? ¿De limpiadora?

No respondí. Su expresión me indicó que había acertado y que aquello le proporcionaba una satisfacción difícil de comprender.

—No te avergüences. Es un empleo honrado —añadió—. Aunque, con tu situación, me sorprende que te alcance para todo esto.

—Claro que no me avergüenzo, me siento muy orgullosa. Y el resto no es asunto suyo.

—Un abrigo nuevo, un cochecito bastante decente, el niño bien vestido... Quizás has descubierto una ocupación que paga mejor.

Tardé un instante en asimilar lo que insinuaba.

—¿Qué ha dicho?

—No finjas que no lo entiendes. Hay hombres a los que les gustan las mujeres vulnerables. Y tú ya sabes cómo conseguir que se interesen.

El asco apartó el miedo.

—El único hombre que intentó aprovecharse de mi situación fue usted.

Aaron se acercó lo suficiente para obligarme a levantar la cabeza.

—Ten cuidado.

—Entró en mi dormitorio cuando Adam dormía. Me tocó y trató de obligarme a acostarme con usted.

—Alcé la mano para darte consuelo. Estabas alterada.

—Metió la mano debajo de mi camisón.

Sus labios se curvaron con una lentitud repulsiva.

—No parecías tan ofendida al principio.

Aquella respuesta borró cualquier duda. Ya no pretendía negarlo ante mí. Disfrutaba recordándome que, durante unos segundos, el miedo me había impedido reaccionar.

—Le pegué porque no se apartaba.

—Y yo podría haberte denunciado por agresión.

—Me expulsó en mitad de la noche con un bebé de seis meses.

—Abandonaste el centro por voluntad propia.

—Me dijo que, si no aceptaba lo que quería, me pondría en la calle.

Se inclinó un poco hacia mí.

—¿Y quién va a creer eso? No hay testigos. No hay cámaras dentro de los dormitorios. No tienes pruebas de que te tocara.

—Lo denunciaré.

—Hazlo. Contaré que intentaste seducirme para obtener privilegios y que te marchaste cuando no los conseguiste. No serías la primera residente que inventa algo así.

El desprecio con que habló de aquellas mujeres me hizo pensar que quizás yo tampoco había sido la primera.

Hasta ese momento recordaba lo sucedido como una desgracia que me pertenecía únicamente a mí. De pronto aparecieron otras habitaciones, otras madres, otras mujeres a las que Aaron podía haber amenazado con quitarles la cama, la comida o el poco amparo del que dependían.

—Entonces tendrá que explicar por qué acaba de reconocerlo todo.

La seguridad desapareció de su rostro.

—No he reconocido nada —me soltó con sorna.

—Ha dicho que al principio no parecía ofendida.

—Estás confundiendo mis palabras.

—Y acaba de admitir que no hay cámaras en los dormitorios.

—Todo el personal sabe eso.

La puerta de la panadería se abrió. Emily salió con una bolsa de papel bajo el brazo. Miró primero a Aaron, después a mí.

Debió de verme desde el interior, porque no mostró sorpresa. Su semblante cambió de una manera que solo yo habría sabido interpretar. No se acercó enseguida. Dejó la bolsa sobre una mesa desocupada bajo el toldo y sacó el teléfono del bolsillo.

Aaron no reparó en ella.

—Deberías agradecer que no comunicara tu comportamiento a las autoridades —prosiguió—. Podría haberte creado problemas con tu solicitud de protección.

—Usted no tenía derecho a entrar en mi habitación.

—Tenía derecho a inspeccionarla.

—No a tocarme.

—No habría tenido que insistir si hubieras sido un poco más amable.

—¿De verdad creía que iba a ceder ante su indecencia?

—Regalarme un rato de placer es lo menos que habrías podido hacer, desgraciada.

Sentí que alguien se colocaba junto al cochecito.

—Creo que ya ha admitido bastante —intervino Emily.

Aaron se volvió hacia ella.

—Esta conversación no le concierne.

—Todo lo que concierne a Nadia me concierne.

—¿Quién es usted?

—La mujer que le aconseja que se marche antes de empeorar las cosas.

Aaron la examinó. Vio a una señora de sesenta y seis años, más baja que él, con un impermeable amarillo. Cometió el error de confundir su aspecto amable con debilidad.

—No sabe con qué clase de persona se ha metido en casa.

—Sé que es una mujer instruida, una madre excelente y bastante más educada que usted. Con eso me basta.

—¿Le ha contado por qué la echaron del centro?

—Sí. También me ha contado lo que usted trató de hacerle.

—Entonces solo conoce su versión.

—Ahora conozco también la suya.

Emily levantó el teléfono. En la pantalla se veía la grabación en curso.

Aaron perdió el color.

—¿Qué está haciendo?

—Recogiendo su versión —respondió ella—. Ha resultado muy ilustrativa.

Él dio un paso en su dirección.

—No puede grabarme sin mi consentimiento.

—Podremos discutirlo con la policía.

—Borre eso.

—No.

Aaron intentó quitarle el teléfono. Emily lo apartó y retrocedió.

—¡No la toque! —le grité.

Varias personas se volvieron hacia nosotros. El hombre que atendía la panadería levantó la cabeza desde detrás del mostrador. Una pareja que salía de la cafetería contigua aminoró el paso.

Aaron miró alrededor. Ya no podía amenazarnos con la misma impunidad. Su mano cayó, pero sus ojos siguieron fijos en el móvil.

—Está cometiendo un error —le dijo a Emily.

—He cometido muchos. Grabarle no figura entre ellos.

—Entréguemelo.

—Acérquese otra vez y estará perdido.

Aaron se lanzó hacia ella.

Todo ocurrió con una rapidez brutal. Emily intentó esquivarlo mientras protegía el teléfono contra el pecho. Él la agarró del brazo. Me abalancé sobre su mano y grité pidiendo ayuda. Adam empezó a llorar dentro del cochecito.

—¡Suélteme! —exigió Emily.

—¡Borre la grabación!

—¡Policía! —grité—. ¡Que alguien llame a la policía!

La pareja de la cafetería corrió hacia nosotros. Aaron soltó a Emily, pero al hacerlo la empujó para abrirse paso. Ella perdió el equilibrio en el borde de la acera y cayó de costado.

Escuché el golpe de su cuerpo contra el suelo.

—¡Emily!

Me arrodillé junto a ella. Había caído sobre la cadera y el hombro. El teléfono se deslizó por el pavimento, aunque un hombre lo recogió antes de que Aaron pudiera alcanzarlo.

—¡Devuélvame eso! —ordenó.

—Ni hablar —repuso el desconocido.

Una mujer se interpuso entre Aaron y nosotras. El panadero salió a la calle con el móvil pegado a la oreja.

—La policía está en camino —anunció.

Aaron observó a las personas que empezaban a rodearnos. Alguien le hizo una fotografía. Otro hombre señaló hacia la esquina y le advirtió que no se moviera.

Él lo empujó y echó a correr.

—¡Deténganlo! —gritó la mujer.

Uno de los presentes trató de perseguirlo, pero cruzó la calle entre dos coches y desapareció por una bocacalle.

No fui detrás. Adam lloraba y Emily seguía en el suelo.

—No te muevas —le pedí—. La ambulancia viene en camino.

—No necesito una ambulancia.

—Te has golpeado.

—Y sigo teniendo una opinión muy clara sobre las ambulancias.

—Emily, por favor.

Mi voz debió de mostrarle cuánto miedo sentía, porque dejó de protestar. Movió los dedos, flexionó con cuidado una pierna y negó cuando le pregunté si le dolía el cuello.

—La cadera y el hombro —respondió—. Creo que no hay nada roto.

—Eso lo decidirá un médico.

—Te estás volviendo mandona.

—He aprendido de ti.

El hombre me devolvió el teléfono.

—La grabación seguía activa —explicó—. No he tocado nada.

La detuve y comprobé que se había guardado. Había registrado toda la conversación, los insultos de Aaron, su referencia a lo ocurrido en el dormitorio y el momento en que exigía que la borráramos. También se escuchaba con claridad a Emily ordenándole que la soltara.

El panadero se acercó.

—Tenemos una cámara que enfoca la entrada —nos informó—. La caída habrá quedado grabada.

Le di las gracias tantas veces que terminó apoyándome una mano en el hombro.

—No se preocupe. Guardaremos las imágenes.

La ambulancia llegó pocos minutos antes que dos agentes. Mientras atendían a Emily, expliqué lo sucedido sin dejar de vigilar el cochecito.

Adam había parado de llorar, aunque me miraba con los ojos muy abiertos. Fue la mujer del panadero quien nos llevó al niño y a mí hasta el hospital, mientras su marido se quedaba con el cochecito.

En el hospital confirmaron que Emily no tenía fracturas. La caída le había causado una contusión en la cadera, otra en el hombro y una pequeña herida en el codo. Por suerte, nada irremediable.

Salimos con el parte de lesiones, una copia de las indicaciones médicas y una receta para el dolor. Dos agentes nos esperaban porque yo había decidido formalizar la denuncia aquel mismo día.

En la comisaría reprodujimos la grabación.

Escuchar la voz de Aaron desde fuera de aquel instante resultó peor de lo que esperaba.

Cada palabra sonaba más sucia, más consciente. Cuando afirmó que yo no había parecido ofendida “al principio”, uno de los agentes levantó la vista. Al oírlo exigir que borráramos el archivo y agarrar a Emily, tomó varias notas.

Presenté la denuncia por lo sucedido en el centro, las amenazas de aquella mañana y la agresión a Emily. Ella hizo lo mismo por separado. Entregamos los datos del panadero, de los testigos y del establecimiento que disponía de las imágenes.

—Lo localizarán, ¿verdad? —pregunté.

—Tenemos su nombre, su lugar de trabajo, la grabación, testigos y unas posibles imágenes de la agresión —respondió la agente—. Será como un juego de niños.

Miré a Emily. Estaba sentada a mi lado, dolorida, con el brazo en cabestrillo por precaución y el impermeable manchado a la altura de la cadera. Aun así, cuando nuestras miradas coincidieron, sonrió.

—Te dije que grabarle no era uno de mis errores.

—Podrías haberte lastimado más.

—Y él podría no haber sido un cerdo.

—Te ha empujado por mi culpa.

Su expresión se volvió seria.

—No vuelvas a decir eso. Me empujó porque es un cobarde y quiso destruir una prueba. La culpa es suya.

—Si yo no hubiera...

—Si tú no hubieras hablado, seguiría creyendo que puede hacer lo mismo con cualquier mujer del centro. Hoy has conseguido algo importante.

Bajé la vista hacia el informe que sostenía entre las manos.

—Ha sido muy feo…

—Eso no significa que hayas hecho mal.

Salimos de la comisaría un rato después. La lluvia había cesado. Pedí un taxi y ayudé a Emily a entrar en él.

—El pan —dijo ella cuando arrancamos.

—¿Qué?

—La bolsa se quedó en la puerta de la panadería.

La miré, incapaz de creer que estuviera pensando en aquello.

—Casi acaba en el suelo por una hogaza.

—No fue por una hogaza. Fue por una grabación excelente.

—Mañana compraré más pan.

—Asegúrate de que sea fresco.

Me reí a pesar del cansancio. Emily tomó mi mano y la mantuvo entre las suyas durante el resto del trayecto.

Esa noche la instalé en el sofá con almohadas, una manta y una taza de té. Le llevé la medicación, preparé la cena y coloqué a Adam a su lado.

Él le agarró un dedo con toda la mano. Emily le explicó que había combatido contra un villano y que, desde aquel momento, esperaba ser tratada como una heroína.

Después guardé varias copias de la grabación. La envié a mi correo, al de Emily y a una carpeta en línea. Ya no permitiría que aquel hombre pudiera borrarla arrebatándonos un teléfono.

Aaron había tenido razón en una cosa: hasta aquella mañana yo no había dispuesto de pruebas.

Ahora tenía su voz, testigos, imágenes, un parte médico y dos denuncias.

Y, por primera vez desde la noche en que me expulsó con Adam en brazos, era él quien tenía motivos para sentir miedo.